Es lo Cotidiano

El peso del mundo y el del equipo de grabación

Rafael Cisneros

El peso del mundo y el del equipo de grabación

Hace poco más de un mes que no escribo. En ese periodo han pasado demasiadas cosas para abordar de una vez. Aunque un mes en tiempo internet es equivalente a como diez cochinos años, un montón de noticias se hallarán en boca de todos durante largo rato. Debe de ser así.

Agarrándome de la frase “todo pasó demasiado rápido” cuando se le pregunta al testigo y no desea dar detalles o, de plano, todo fue tan deprisa que no alcanzó a digerir el siniestro, este mes pasado ha resultado demasiado presuroso en eventos, y ni siquiera soy testigo directo de ninguna de estas relevancias. Esto conlleva a que hable de asuntos más personales de mi propia cotidianidad. Me salto a las historias mínimas que, por otra parte, tienen su gracia.

En realidad no había podido escribir este mes pasado por la más recurrente excusa de todas: trabajo. A veces ni siquiera eso, es mera cuestión de cuerpo cortado a consecuencia del fastidio. A veces es mero desánimo y a veces sí es la real fatiga, tardes que se ocupan por satisfacer a quienes más te aborrecen (jefes y clientes, quienes contradictoriamente son quienes más necesitan de tu profesión; no necesariamente de ti) y tener el capital para comida, libros y películas, eso sí. Por ese lado típico de ver las cosas es hasta cliché las menciones quejicas de lo que nos fastidia. Pero realmente no hay quejas mayores, no pasa de lo clásico superfluo. A fin de cuentas, hago lo que me gusta y me encuentro en constante disposición de saberle un tanto más a todas las trabas de esta labor que elegí para mí.

Esto de ser camarógrafo tiene más ventajas que desventajas. Pero a veces se admite que las segundas son el triple de fuertes; una sola desventaja puede valer por diez ventajas. Como en todo trabajo, la dificultad y apatía de las personas se entremezcla con las mejores actitudes y experiencias nunca antes atestiguadas. Desde bazofias humanas hasta gratísimas personas con notable empatía, desde situaciones donde te sientes el pelmazo más inútil del estúpido haber y el maldito aquí y el cochino ahora, hasta sentir que eres el único que realmente está aprendiendo algo, a punta de madrazos, pero con la conciencia de estar sintiendo que algo mejoró, un detalle, una reacción. Cualquier trabajo ofrece absolutamente todo lo que hay que saber de las formas sociales. Teniendo esto en mente, quisiera compartir una experiencia que me ha brindado el placer y turbación de las grandes ventajas (y poniéndome cursi aunque sea la puritita verdad, grandes bendiciones) de ser camarógrafo.

***

Por allá en Zacatecas, pasando Fresnillo, justito en Sombrerete, por esos rumbos donde prosperan hoteles y gasolineras de paso para traileros y secuestradores, había una mina de cobre a donde debíamos ir a grabar uno de sus refugios: la mina Rosa Ángela, de la Compañía Minera Sabinas. El objetivo del video era producir el tutorial de dicho refugio, de manera que, si tuvieras que usarlo en la debida emergencia, pudieras activar la pantalla que te brindaría las instrucciones de uso y la mención de todo pormenor en las instalaciones.

La cosa era sencilla: ir y grabar paso por paso, tomas detalladas de los artefactos, primeros planos del minero en plena labor, un procedimiento mecánico que prometía excelentes ángulos (que siempre salen). Para esto íbamos el Gonza (mi compadre laboral y un excelentísimo amigo, él se dedica a la parte de audio y, para quienes quieran reconocerlo más allá, es la auténtica voz de Danone y del nuevo “monillo” de Fanta), Marisol (una tipaza con toda la actitud de trabajo, dedicación, de frescos divagues e igualmente una excelente amiga) y su tarugo servidor.

Para empezar con broche de oro, la empresa nos había comprado los boletos mal. Para colmo, no nos dimos cuenta sino hasta la espera en la central que nuestro camión salía al día siguiente. Y en la empresa nos había dicho, con la ciega confianza de quienes oprimen el botón sin notar el letrero de “autodestrucción”, que el jodido camión salía en el respectivo momento en que aguardábamos por él. Así que compramos el boleto de horario más próximo en un arranque de rabia y emergencia, naturalmente. Como sea, el viaje no estuvo mal.

La ida a Sombrerete es tan difícil y larga como en una historia de frontera.

De León se hacen las debidas 8 horas a Zacatecas en camión y de ahí conviene más tomar un taxi hasta Sombrerete, ya que los camiones salen cada 3 o hasta 5 horas. Por supuesto que debido a la predilecta violencia del país, tomar un taxi a deshoras podría resultar fatal, más si llevábamos más de 50,000 pesos en equipo de grabación. Y más si llegas a Zacatecas en plena oscuridad de madrugada. Era un riesgo que me ponía bastante nervioso. Pero el Gonza es mi contraparte en materia de nervios y flexibilidad, así que [*chasquido entre dientes*] él se pidió el pinche taxi a deshoras como si de tacos se tratara, y el conductor nos dijo que nos llevaba a Sombrerete, donde se hallaba la mina, en menos de hora y media, por 500 pesos. Marisol y yo, igualmente nerviosos, nos resignamos al hecho. Era mejor llegar ahora que esperar hasta mañana y perder más tiempo, porque, ¡ah!, debíamos estar en la mina a las 7 de la mañana. La carretera por donde nos llevó es, que yo recuerde, la más espantosa que he vivido, sacada directamente de los créditos de inicio de Lost Highway, la peli de David Lynch, pero sin David Bowie de fondo: el taxista se aseguró de endulzarnos con el reggaeton más pestilente de la tierra. Durante el camino llegó a decirle al Gonza (quien iba en el asiento del copiloto) que esas carreteras eran sitio recurrente para tirar cadáveres. Lo dijo tan ufano y acostumbrado que, ¡meh!, no sé, inevitablemente me puse a repasar mi vida.

Por fortuna el taxista resultó de fiar y no fuimos secuestrados. Llegamos a Sombrerete, a un hotel que no estaba mal, de hecho era bastante cómodo. Sombrerete es pintoresco en su construcción. Pareciera ser un lugar que aplanaron vagamente para montar bloques con ventanas y obrillas negras y los caminos tienen más cráteres que la luna. Nos instalamos con rapidez y nos dirigimos al cuarto donde estaban los guías con los que grabaríamos el asunto. Nos organizamos y nos fuimos a dormir. Un par de horas. Cabe señalar que, antes de saltar a la cama, fuimos por unos bocadillos a una gasolinera frente al hotel. Las calles estaban casi desoladas, a excepción de unos cuantos traileros cargando su gasolina y unos extraños tipos con atuendo vaquero, como recién salidos de una fiesta o recién aguardando una. Comprados los antojitos, regresamos al hotel. Dormimos el par de horas.

Ya de rato preparamos el equipo y nos dirigimos a la mina. Del hotel hasta ahí haces unos cuarenta minutos en auto. Una vez ahí, a ajustarnos a las medidas de seguridad: botas de punta metálica, overoles, lentes de protección, casquetes para las orejas, cascos con lamparilla, guantes, en fin. Con todo esto sobre nuestra ropa casual, no daba el calorón que esperábamos, si hasta eso la seguridad no deparaba incomodidad. Los mineros que nos guiaron fueron todos unos tipazos, obreros que realmente se la jugaban todos los días, aplicando la filosofía de sonreír siempre en honor a lo que podría ser tu último día en la tierra. Nos explicaron que no debíamos estar nerviosos, la mina era bastante segura y, de haber derrumbe, tenían distintas zonas donde aguardar ayuda además del consabido refugio. Esta vez Gonza y yo estábamos igualmente emocionados; a Marisol se le caían los calzones de nervios, la pobre. No soportaba lugares cerrados, subterráneos y oscuros. El Gonza y yo no ocultábamos el entusiasmo, ya queríamos bajar.

Las minas ya no las hacen como antes. Aquél era un túnel de, según yo, unos 13 m de ancho y 13 de alto, lo suficientemente amplio para camiones y bulldozers, perfectamente iluminada y con incontables entradas más pequeñas a los lados del camino. Nos decían los mineros que tenían pozos dentro de esos pequeños túneles de aproximadamente 300 a 600 metros de profundidad, pero en caída directa; nuestro camino era en espiral.

El túnel fue fascinante, y siendo un entusiasta de Tolkien, me sentía en Torech Ungol. 540 metros bajo tierra después, llegamos al refugio. Estábamos a la mitad de la mina. Marisol estaba ansiosa por entrar mientras que Gonza grababa los distintos sonidos del túnel (entre el absoluto silencio y el eco de los camiones) y yo ajustaba las preferencias de la cámara. La imagen era impecable, el material que habíamos empezado a reunir fue extraordinario. La amplitud de la mina daba esa impresión neandertálica de ocultar emocionantes secretos. El Gonza y yo nos sentíamos como niños pataleando de felicidad por la aventura, pequeños hobbits deambulando en Moria, o Arthur Dents explorando la nave de los Vogon, y con Marisol formábamos una tríada de pequeñas hormigas en alguna sección onírica de la tierra. Estar ahí era tan increíble como estar en un relato de Cthulhu.

Entramos al refugio y fue tan minucioso y agotador como esperábamos. La labor llega a ser tan específica que, desde luego, no te alcanza el día. Debíamos regresar al día siguiente. El día duró de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Los mineros nos sugirieron regresar al hotel antes de las 5:30, cuando todavía teníamos luz. “Hay mucho secuestro por aquí, a veces usan los alrededores de la mina para depositar decapitados.” Tragamos la saliva junto con el pollo que nos comíamos. “No es por asustarlos, es nomás para que sean precavidos. Allá en Sombrerete hay toque de queda. A nadie le conviene salir de noche.” Quedamos petrificados. Marisol habló en tono nervioso: “Ayer salimos en la noche”. “Pero nomás a la tiendita”, justificó el Gonza. Ahora fueron los mineros quienes se petrificaron. “No hagan eso, muchachos. Ni aunque estén armados se salgan de noche.” ¡La puta que parió el mundo! ¡Buenos clientes los que se consiguió la empresa! ¡Lejísimos en uno de los demasiados traseros de la Tierra! Pero los mineros lograron cambiar el tema con sutileza y tornaron la hora de la comida en una reunión de amigos. Fue un momento agradable luego de un lapso de miedo trepidante.

Una vez regresados al hotel, no asomamos ni las uñas. Dormimos más horas que la noche anterior y, ya de mañana, repetimos el procedimiento hasta finalmente concluir la labor.

Grabadas las tomas del tutorial, era tiempo de volver a casa. De nuevo, se repitió el larguísimo viaje de poco más de diez horas.

***

Para terminar sin broche alguno, ya de vuelta en la ciudad y en un día cualquiera, fui a llevar mi auto al taller. El dueño es como parte de la familia, así que charlamos un poco después de que lo puse al tanto de las imperfecciones del auto. Le platiqué un poco del viaje.

Como los mineros... quedó petrificado.

Él conocía el lugar, el pueblo y, aunque de oídas, la mina. Me sugirió un par de precauciones para esos lugares, como lo hace un tío a su sobrino. Preguntó en qué hotel nos habíamos hospedado. Le di el nombre. Alzó sus cejas y torció la boca.

Resulta que ese hotel tenía su leyenda de terror, pero nada fantasmagórica. En una ocasión, una pandilla de maras entró a violar y asesinar a todo el que se había hospedado esa infortunada noche. No dejaron a nadie vivo, ni huéspedes ni cocineros ni recepcionistas. Inmediatamente llegando a casa busqué la noticia. Por supuesto que esa noticia no existe. Sucedió, pero como un murmullo en la oreja de la vida, como un secreto guardadísimo de la atrocidad. Estas noticias suceden y se van por el bien de los mirones y cuentacuentos, para que todos finjan que ahí nada pasó, y que no hay que temerle a la soledad de la noche, sino a los pasos bien vivos de quienes puedes ver directamente a los ojos.

¡Total, ya la experiencia está digerida, almacenada en los buenos recuerdos... y hasta escrita, la muy canija! El peso del equipo de grabación no pesará ni de chiste como el del mundo, pero aún peor es el peso de haber sobrevivido sin saber que se estaba en total y absoluto peligro de muerte. Y siendo honesto, es muy emocionante.

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Rafael Cisneros (León, Guanajuato, 1988) es escritor y cinéfilo. Ha producido, dirigido y editado numerosos videos para publicidad, grupos pop y cortometrajes artísticos. Ha publicado, bajo varios seudónimos, numerosos cuentos.

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