jueves. 09.02.2023
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Cántanos una canción, Bill Fay

Esteban Cisneros

Cántanos una canción, Bill Fay

De entre todos los hombres de la canción de finales de los 60 e inicios de los 70 del XX, seguramente el británico Bill Fay es el que permanece en la oscuridad aún hoy, y el que menos se menciona en cualquier discusión. Injusto e inexplicable. Folkie, sensible, confesional incluso, el verdadero interés de Fay era la canción en un nivel casi prosódico: su estructura, su entonación y la manera de generar melodías cada vez más logradas.

Bill Fay, contrario al folkie de tu elección, no iba pregonando con una guitarra. Barbudo, eso sí, se sentaba al piano, tranquilo, sin aspavientos ni gritos. Sólo entonces salía el monstruo. Lo que sonaba era abrumador. Quebraba hasta a los más escépticos.

Universitario y obsesivo, Fay comenzó tocando a mediados de los 60, con la calentura del pop a todo lo que daba. Una época propicia para crear música. En 1966 grabó una demo con un equipo móvil que le prestó un amigo. Terry Noon, que fue integrante de los legendarios Them, escuchó la grabación y quedó bastante impresionado. Influyente en Decca, recomendó a Fay. Al final, un single, “Some Good Advice b/w Scream In The Ears” (en mi opinión, uno de los singles debut más destacados ever) fue lanzado por la subsidiaria Deram.

Luego vinieron más grabaciones. Un disco, impresionante, sin una sola canción mediocre, Bill Fay (1970). Reconstruyendo el folk donde Dylan lo dejó antes de su extraña desaparición y posterior transformación, Fay repartía verdades y poesía. Algo, por supuesto, nada popular. A eso hay que sumarle su rechazo a tocar en público, su odio hacia la imagen redentora del folkstar (ni hablar de la imagen de oquedad del rockstar) y un estilo musical que no era ni estridente, ni fácil, ni abiertamente cool. El disco vendió absolutamente nada.

Time of the Last Prosecution (1971) fue su último disco con Deram, otra joya; otro disco que se construyó con el cuerpo y la sangre de Fay, lleno de versos crípticos, verdades con todas sus letras (sí, la metáfora está muy bien a veces, pero hoy no vengo con ganas, parecía decir), melodías casi barrocas –un artista en todo sentido-, derritiéndose en el plástico que luego se empacó para venderse y, una vez más, se quedó en los estantes.

Fay se retiró del negocio y desapareció, dejando ahí himnos como “The Sun is Bored”, “Narrow Way”, “Sing Us One Of Your Songs May”, “Be Not So Fearful”, “Pictures of Adolf Again”, “Tell It Like It Is” o “Dust Filled Room”, para que algún alma perdida encontrara el camino.

No fue sino hasta 2005 que Bill Fay, con un grupo de soporte, grabó Tomorrow, Tomorrow & Tomorrow, tercer disco apenas de un músico ya envejecido, pero con la mirada lúcida del que fue, vio y regresó sin haber vencido. Pero no era necesario. De cualquier modo, ¿quién quería ser Dylan y para qué? No había necesidad. Nadie la tenía. En cambio, esas canciones que dejó Bill Fay comenzaron a ser revaloradas. Jeff Tweedy de Wilco y Jim O’Rourke, dos nombres relativamente conocidos, fueron los primeros en levantar la voz, aunque ya en el XXI. Antes de eso, entre los anoraks, sus discos de vinilo comenzaron a cotizarse con precio de obra de arte. Eso fueron siempre. En 2012 nos regaló Life is People, y Who Is The Sender salió en 2015.

Afortunadamente sus dos álbumes clásicos han sido reeditados en CD, también.

Fay no habrá hecho historia por cambiar el mundo del pop. Nunca participó de un escándalo. Su nombre no está en las vueltas de tuerca de la historia de la música del XX. Sus discos nunca ingresarán en esas listas que los críticos gustan de elaborar para imponernos su gusto al imprimirlas en revistas de alta circulación. Sin embargo, Bill Fay ha compuesto esas canciones que, tenlo por seguro, van a cambiar tu historia. Sus discos y canciones ingresarán, sin duda y with a bullet, en esas listas de servilleta para matar el tiempo –que, admítelo, son sólo una manera de hacerte un mapa de vuelo cuando estás perdido.

Cántanos una canción, Fay. Sabemos que lo haces bien.

 

C/S.
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