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Otra vez a solas

María Elisa Aranda Blackaller

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María Elisa Aranda Blackaller
Otra vez a solas

Vuelvo a encontrarme, después de no sé cuánto tiempo, con este sentimiento de ebullición que sale del pecho. De pronto, como una revelación, caigo en la cuenta de que es la soledad uno de los principales motores que me llevan a las letras. Escribo para acompañarme en mi propia soledad. No exagero. Nunca nadie exagera. Se siente lo que se siente, como se lo siente en el momento. A veces las emociones llegan como marea alta, a veces tocan a la puerta con timidez. 

Intento leer un libro, pero mi mente me reclama con fuerza. Debo levantarme, cambiarme a mi pijama, desmaquillarme, quitarme los aretes y sentarme a escribir. Es como si hubiera una urgencia por darles letras a mis emociones. No se trata de comunicar, no hay receptor. Quien lee en realidad hace su propia interpretación. En eso consiste la soledad. En eso consiste también el arte. No se hace arte para comunicar, se hace arte precisamente porque no es posible comunicarse. El artista siente algo que no puede explicar y tampoco podría pedir que nadie comprendiera. Se siente con fuerza, sin razón, sin lógica, con mucha verdad. 

Muy seguido, veo en las películas las bromas que se hacen sobre los artistas. Frágiles, dramáticos, exagerados. Los vemos como seres que quieren llamar la atención, como personajes ridículos que buscan ser únicos. Fuera de las películas, lo que veo es un montón de seres solitarios que se encarnan de diferentes maneras en sus obras, para darle forma a esa mezcla de ideas y emociones que parecen venir de las tripas, aunque muchas veces esas ideas y emociones tengan bastante de intelectual. Diría que tanto como la filosofía. 

Hace unos años me resultaba más fácil escribir ficción. Hace más años, comencé escribiendo mis reflexiones. Regresé a ese recurso. Me cuesta trabajo acercarme a la fantasía. No quiero exagerar. No quiero descansar en ese espacio lleno de creatividad que me hace fáciles las risas y las lágrimas. Es el espacio más solitario que he habitado. Lo extrañan mis entrañas, pero yo me resisto a volver a él. Mi feminidad no quiere que la confundan con ese cliché, no quiere ser tomada a la ligera, ni perder peso en sus argumentos. En este mundo y este tiempo, hay que tener razón, no ser honesta. Hay que argumentar, no expresar. Hay que ganar, no sentirse comprendida. La ficción, hoy, se siente como un escudo. Las reflexiones se sienten como hipótesis, más científicas, más maduras, más académicas, más como este mundo quisiera que fuéramos. Más como nadie es en realidad.

Dos días atrás, en una conversación con mi terapeuta, hablamos sobre la fuerte necesidad que tengo de un espacio creativo que sea completamente mío. No es suficiente una incubadora de empresas en una universidad, ni un laboratorio de innovación en una empresa. Necesito mi propio espacio, completamente mío. Pareció una necesidad muy egoísta, cuando ella me hizo reconocerla. Pero es cierto. Fácilmente recurro a espacios donde puedo jugar un rol que no es completamente mío. Sé hacerlo. Puedo ser financiera, científica, artista, lógica, calculadora, sociable, generosa, lo que sea necesario, excepto superficial o perversa. Eso sí me cuesta trabajo y me hace sentirme rápidamente perdida en mi rol. Pero de lo demás, casi todo puedo manejarlo. Ese espacio y ese rol me acompañan gran parte del día, a veces todo el día. Me dejan exhausta. Me frustran. Me desconectan.  

Hoy entiendo que ese espacio creativo, ese lugar donde mis formas, mis ideas, mis filosofías y mis colores están perfectamente permitidos y abrazados, con todas sus imprudencias, sus aparentemente dobles discursos, sus explosiones de sentimientos y su libertad… ese espacio, es mi soledad. Por eso me cuesta tanto trabajo regresar a él. La soledad ha sido múltiples veces dolorosa para mí. Muchas veces se acompañó de incomprensión, o de un abrazo que no terminó de cerrarse lo suficiente para que los dedos se tocaran entre ellos y se dijeran que lo que pasaba en oriente y occidente era la misma cosa. Me asusta reconocer que esa soledad que le dio el título a mi primer libro, “A solas”, es la misma a la que debo recurrir nuevamente. Tantos años después, tantas lágrimas más tarde, cuando una gran parte de mí siente que ya por fin no necesita estar sola. Quizá no es cosa de estar sola sino de ser sola. Es mi espacio personal, mi universo de creatividad. Ya no es un espacio de arte, es un espacio de supervivencia, para que yo siga siendo yo. Quizá es incluso el espacio para crearme o re-crearme, o interpretarme incluso, a mí misma. 

Muchos artistas escriben del amor. Escriben, sin embargo, en soledad, y con la soledad de amar como lo hacen. Aunque sean correspondidos, aunque se sientan profundamente amados y soportados, aunque agradezcan infinitamente esa complicidad de un amante, aman en soledad. Por eso necesitan el arte para escribir sobre el amor. No solamente los escritores, vamos. Todo artista que evoque el amor en sus obras, lo hace porque se reconoce solo en su exploración del mismo. Lo que sienta, lo que piense, lo que imagine mientras lo vive, ocurre en ese pequeño universo suyo al que nadie puede entrar. Cuando dos artistas se aman, cada pequeño universo es reconocido por el otro. Pero ni siquiera así, es posible que entre uno al espacio del otro. 

No es cosa de artistas, tal vez. Es cosa de humanos. Es cosa de sensibilidad. Es cosa de autenticidad. Es cosa de creatividad, seguramente. De que ese espacio personal parezca un lugar, con puerta de acceso y todo. Todos lo tenemos, sin duda.

A estas alturas de mi texto, siento que escribo desde ahí, que mi respiración va más despacio y ya no se siente en el pecho una fuerte ebullición, como al inicio. Siento que atravesé esa puerta y volví al espacio que conozco desde hace mucho tiempo. Hoy se ve como un gran jardín con pasto verde y un tronco acostado esperando que me siente a conversar conmigo misma. Empecé a escribir desde la puerta y, con cada párrafo, fui avanzando hasta el tronco. Ahora estoy sentada en él, viendo a mi alrededor. Estoy recordando cómo se veía ese sitio donde podía volver a sentirme protegida, donde sentir como siento, hablar como hablo -coherente o incoherentemente, pero siempre con una verdad al fondo-, es perfecto. No importan mis palabras, no necesito tener razones, ni estar en lo correcto. Lo que importa es que soy yo, es mi verdad, detrás de todas las ideas, palabras, filosofías y emociones. Eso está intacto, se ve a primera vista, lo abrazo y me siento como yo.

No estoy segura de cómo es que se logra tener este espacio tan a la mano mientras se vive en lo cotidiano, en medio del bullicio, en la practicidad citadina, en una república democrática y federal repleta de impuestos, noticias falsas, basura en las calles y pájaros que bajan a comer los restos de Cheetos que tiró un niño desnutrido que ha salido de la escuela. No se cierran los ojos para regresar ahí, porque entonces se pierde la continuidad de la historia. Tampoco es que ese sitio pueda estar tan cerca de los demás, porque podría pescar algún olor a orines o a smog. Quizá hay que vivir con ese espacio abierto dentro de una, mientras una se proyecta hacia afuera. Como cuando se despierta de un sueño que se recuerda vívidamente, como cuando una agradece por sentirse enamorada, pero tiene que ir a trabajar, como cuando se trata de hablar con Dios mientras se camina por una calle oscura. Como si una se reconociera cuerpo y espíritu, real e imaginaria, posible y real a la vez. ¿Será que así se logre?

María Elisa Aranda Blackaller

24 de marzo de 2019




 

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María Elisa Aranda Blackaller
(León, Guanajuato, 1984) comenzó a escribir recurrentemente cuando tenía 17 años. Encontró en las letras un mundo creativo y expansivo que la invitó a la exploración. Desde entonces ha navegado entre cuentos, ensayos y haikus.

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