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EL HOMBRO DE ORIÓN

Druk • Juan Ramón V. Mora

Juan Ramón V. Mora

Druk, fotograma de la película
Druk, fotograma de la película
Druk • Juan Ramón V. Mora

¡No hay cosa que más despierte
que pensar siempre en la muerte!
Pregón de Las Hurdes (Buñuel, 1933)


 

La cultura dominante sufre una paradoja irresoluble. Por una parte se admiten libertinajes y escándalos de toda índole; por el otro, se promueve un puritanismo digno de los inquisidores dominicos. Lo que es peor: este puritanismo y sus enfurecidos vigilantes no están patrocinados por ningún estado nacional (como lo profetizó el preclaro Orwell), sino por un falso sentido de superioridad moral que surge desde los propios individuos, dispuestos la mayoría de ellos a aliarse en turbamultas para linchar a cualquier transgresor de sus normas —que tuercen a conveniencia. Siguiendo el ejemplo de la Stasi —cuyo objetivo expreso era "saberlo todo"—, los esbirros de este nuevo orden puritano no se ahorran ninguna indiscreción, ni tienen empacho alguno en condenar, arruinar y acusar a quien sea, nadie está a salvo. Así, los insultos corren con gran facilidad desde esa mezcla hoy corriente de ignorancia y altanería. "Fascista", "reaccionario", "atávico", "machista" o "racista" son adjetivos de uso despectivo que se lanzan con gran facilidad. Abunda la velocidad para condenar mientras faltan el conocimiento suficiente del lenguaje, la historia y otras asignaturas esenciales para cualquier debate serio. 

Este desapego  moralino y convenenciero deja fuera una parte de nosotros que es primordial: el error, la incertidumbre, lo incontrolable. Ninguno de nosotros, santos o criminales, estamos exentos de los caprichos que impone sobre nosotros el yerro y el acierto de la fortuna. Es nuestro destino, aquí abajo, estar sujetos a las debilidades de nuestra condición. Los prestos en juzgar fallan al no reconocerse, ellos mismos, miembros del más que falible género humano. La era del Maschinenmensch trae consigo nuevos delirios de elevación desde donde ver a los demás como Untermenschen: caídos indignos del edén binario y la utopía aséptica. La vieja dialéctica del "ustedes" y el "nosotros". Una muestra más de que todos nuestros intentos por crear al "hombre nuevo" chocan con su materia prima: el hombre mismo, sin aditivos. La vida de los seres humanos, por naturaleza, es inclasificable. Los intentos ideológicos de compartimentar la experiencia siempre dejan fuera de la maleta una manga, un pedazo de pantalón, una calceta…

Una de las características más amargas del puritanismo actual es la llamada "guerra contra las drogas". En contra del sentido común, los aparatos legales de nuestras democracias (maduras o en ciernes) proscriben gamas enteras de psicofármacos, negando de entrada cualquier efecto benéfico o el simple derecho a usarlos. Esto nos tiene en un desastre tal que, en casos como el de México, ha provocado que nos enfrentemos a la dura realidad de un estado al borde del fracaso, si no es que fallido de plano. En vez de que el estado administre y suministre las drogas pertinentes para cada caso, sin establecer una línea arbitraria entre drogas "buenas" y drogas "malas", el enorme poder que provoca su comercio se le entrega de plano a grupos delincuenciales. 

El alcohol, que según uno de los clásicos es «ese phármakos único para inducir el sueño y el olvido de las penas cotidianas que se vierte en libación para los dioses y es en sí un dios» ha sido también objeto tradicional de estos embates ignorantes, que en aras de una supuesta salud pública lo único que demuestran es afán represivo y dogmatismos a veces políticos, a veces religiosos, que dejan frío a cualquiera dotado con un mínimo de inteligencia.

Ante estas realidades de la vida contemporánea, la última película del danés Thomas Vinterberg opone una visión libertaria de la existencia. Su anécdota no es sólo un relato más sobre la traída y llevada "crisis de la mediana edad", aunque también es eso. El argumento narra la historia de un grupo de profesores de bachillerato desencantados de la vida y de su ocupación que deciden emprender un experimento. Éste consiste en vivir todos los días ligeramente alcoholizados. El juego conduce primero a una renovación del impulso de vivir, después va escalando y llega a una disolución exasperante, destructiva. Lo que está al final del sendero en que se afanan los profesores de Druk es, sin duda alguna, la muerte —a veces literal y otras metafórica.

Estos oficiantes de Dionisio experimentan en carne propia lo que significa ser poseídos por el dios de la vitalidad y la regeneración —pero también, desde Nietzsche, de la tragedia, desarrollo artístico que según él sólo era posible en una sociedad o individuo maduros, capaces de mirar de frente su finitud. Por un lado se encuentra la resignación hacia las maneras comunes, el laberinto de conformismo que una sociedad como la danesa exige tradicionalmente a sus miembros. Por el otro está la llama siempre viva del Puer Æternus, su eco extático y la procuración de la fuga, especialmente de sí mismo. Muerte y resurrección peculiares: salir de uno para renacer en otro. El alcohol brinda la oportunidad tanto de recuperar como de extraviar. En sus misterios, ambas opciones se encuentran mucho más cerca de lo que parece. Los nuevos ojos que nos otorgan el uso de drogas pueden ser también los de la última visión. Podemos, al intentar quitarnos las lagañas de la costumbre, arrancarnos los ojos de raíz.

La escena final, protagonizada por las impresionantes dotes corporales de Mads Mikkelsen, es una puesta en escena de la gran apoteosis. Una segunda oportunidad, un dejar ir, un no importar. Ceremonia de libertad, renacimiento de aquello que habíamos dado por muerto. La belleza, la juventud y la espontaneidad vuelven a tomar el lugar que les corresponde. La cinta de Vinterberg nos muestra que los sobrevivientes no tenemos otra opción mas que bailar. El baile es gozoso pero también lamento ritual de la fugacidad. Nuestra vida transcurre cercada por dos misterios absolutos y en medio aleteamos todos, como la golondrina que cruza veloz por una habitación vacía. La vida, entre más conciencia tiene de su caducidad, más se acerca al espíritu creativo —quizá el fin supremo de nuestro paso por esta región.


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Juan Ramón V. Mora (León, 1989) es venerador felino, escritor, editor, traductor y crítico de cine. Ganó la categoría Cuento Corto de los Premios de Literatura León 2016 y fue coordinador editorial en la edición XXII del Festival Internacional de Cine Guanajuato. Escribe sobre cine en su blog El hombro de Orión.



 

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