domingo. 21.04.2024
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Tachas 560 • Victimismo blanco y la rebelión de los morenos • Alejandro Badillo

Alejandro Badillo

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Tachas 560 • Victimismo blanco y la rebelión de los morenos • Alejandro Badillo

México es un país lleno de tabúes. Uno, muy conocido, es el referente al color de piel. Es incómodo, para muchos, poner sobre la mesa lo que algunos académicos llaman “pigmentocracia”. Hacer notar, por ejemplo, que en los noticiarios y programas de televisión de las principales cadenas hay una sobrerrepresentación de personas con tez blanca saca chispas en las redes sociales y en cualquier convivio familiar. El mestizaje, la unión utópica en la cual la sangre española se unió a la indígena para crear una nación homogénea, es aún un dogma. Sin embargo, estudios pioneros como los realizados por el Colegio de México (que incluso tiene un sitio de internet dedicado al tema https://colordepiel.colmex.mx/) indican que el color de piel, si bien no es el único determinante para el casi nulo ascenso social en México, sí juega un papel importante. Existe, en diferentes niveles, una discriminación étnica-racial. 

El tema del color de piel y su debate volvió a cobrar fuerza, al menos en las redes sociales, a raíz de las entrevistas que hizo el periodista Hernán Gómez Bruera a los participantes de la llamada “marcha por la democracia” que se realizó recientemente. Gómez destacó que la mayor parte de los manifestantes eran de piel clara y que eso debería de ser motivo de una reflexión sobre el sector de la población que se siente agraviado por las políticas o el discurso del gobierno del presidente López Obrador. De inmediato surgieron comentarios acusándolo de dividir al país y otras cosas peores. Uno de los que se enardecieron más con el tuit del periodista fue Pablo Majluf, colaborador del portal Literal Magazine y de Foro TV. La mención de la mayoría blanca en la marcha le hizo escribir lo siguiente: “Es obvio que (el fascismo mexicano) no iba a llegar vía los arios, por favor no sean pendejos, sino de la mano de un movimiento etnonacionalista mayoritario. Tiene todos los componentes: racismo y xenofobia, militarismo, culto al líder y nostalgia provinciana”. Cualquier persona medianamente documentada sobre el tema y con un poco de sentido común, encontraría esta declaración exagerada y, por supuesto, fuera de la realidad. 

La idea que promueve Majluf y los que acusan de “fascistas” a los que hacen notar la discriminación por el color de la piel en México, repiten el discurso neoconservador que ha tomado fuerza en el mundo, particularmente en Estados Unidos. Este sinsentido tiene, a pesar de todo, una lógica: el victimismo que, curiosamente, es una característica importante del fascismo. El filósofo Jason Stanley en su libro Cómo funciona el fascismo del 2018 ofrece varias claves. La primera es que el victimismo surge cuando la élite se siente amenazada por un sector de la población que ha sido dominado históricamente y que empieza a reivindicar sus derechos. La angustia por perder no sólo el dominio sino la narrativa que la ha empoderado durante mucho tiempo hace que la élite fabrique un enemigo formidable que amenaza la convivencia social y los cimientos del Estado. De esta manera se presenta como un grupo artificialmente desempoderado y se promueve un discurso de odio contra los críticos de la desigualdad racial y sus múltiples ramificaciones. 

El problema del discurso victimista de Pablo Majluf y los defensores del llamado “racismo inverso” es que copian el molde de los neoconservadores de otros países sin considerar el contexto de México. Donald Trump, por poner uno de los ejemplos más claros, enfoca su discurso en la clase obrera blanca, hombres que han sufrido una erosión en su modo de vida gracias a las políticas de libre mercado de las décadas recientes. Estos votantes han dejado de apoyar al Partido Demócrata –afín ahora a las clases medias-altas que se han beneficiado por la globalización, pero que son minoría– y muerden el anzuelo que les tiende Trump y sus imitadores en el resto del mundo: los culpables de su situación son los migrantes, las mujeres, los grupos que defienden los derechos sexuales y cualquier otro enemigo a modo. En México, por el contrario, la población agredida por el neoliberalismo y que busca reivindicar sus derechos frente a la élite blanca que ha dominado al país es el electorado afín a Morena y a la llamada 4T. Independientemente de los resultados del sexenio, hay una clara identificación de los sectores populares con el gobierno, una población que, por supuesto, ha sufrido en carne propia la pigmentocracia, entre otras muchas afrentas que no ha logrado remediar la democracia liberal de mercado que, en el papel, nos llevaría a la prosperidad en este siglo.

Los propagandistas del racismo inverso, de esta manera, terminan hablándole a un sector poderoso, con muchos recursos, pero minoritario cuando hay votaciones, justo lo contrario de lo que ocurre en Estados Unidos. Su debilidad en las elecciones no debe, sin embargo, tranquilizarnos, pues propagan una narrativa peligrosa a un grupo que tiene recursos y poder político. El dicurso de odio, tarde o temprano, se materializa en la realidad de forma violenta. En tiempos de posverdad la propaganda no necesita mucha coherencia para crear fantasías en la gente que siente que sus privilegios son puestos en duda. Ahí están, por ejemplo, películas como Nuevo Orden de Michel Franco del 2020 que vende una distopía en la que una rebelión de morenos establece una dictadura militar después de llevar a los blancos a campos de concentración. Ahí están, también, columnistas y cartonistas como Francisco Martín Moreno o Paco Calderón que deshumanizan a los sectores populares tildándolos de ignorantes, manipulados y, peor aún, deslizando la idea de que no son capaces de ejercer un voto razonado, es decir, el que les dicen ellos –“votar bien” en palabras de Mario Vargas Llosa. Ante esto nunca hay que bajar la guardia.   






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Alejandro Badillo (CDMX, 1977) es narrador, ha publicado tres libros de cuentos: Ella sigue dormida (Fondo Editorial Tierra Adentro/ Conaculta), Tolvaneras (Secretaría de Cultura de Puebla) y Vidas volátiles (Universidad Autónoma de Puebla); y la novela La mujer de los macacos (Libros Magenta, 2013).
 

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