domingo. 26.05.2024
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Tachas 562 • La zona de interés: El horror de la normalización • Fernando Cuevas

Fernando Cuevas

La zona de interés
La zona de interés
Tachas 562 • La zona de interés: El horror de la normalización • Fernando Cuevas

El peligro de normalización de la violencia, la brutalidad, la muerte y la injusticia, acecha constantemente: la banalización, lúcidamente explicada por Hannah Arendt, y la complicidad implícita, ya sea por omisión o facilitación, se suman a un escenario de terror. Sucede con claridad en momentos de guerra, ahora vistos por todos en tiempo real como en la franja de Gaza con el criminal grupo Hamás y el asesino gobierno israelí; las múltiples guerras en África, la invasión rusa a Ucrania; además se presenta en sociedades actuales como la mexicana, donde la muerte ha tenido permiso sobre todo a lo largo de los últimos quince años, volviéndose parte cotidiana del paisaje nacional y de la escenografía del deterioro colectivo.

Ante la todavía persistente incredulidad acerca del holocausto judío, Alain Resnais dirigió el impactante documental Noche y Niebla (1956), con material de archivo que pertenecía a los nazis y tomas a color que muestran el campo de exterminio de Auschwitz vacío: mientras vemos las imágenes, un texto firmado por Jean Cayrol se deja escuchar en la voz de Michel Bouquet, acompañada por la música de Hanns Eisler. Un filme que (de)muestra el genocidio de una forma cruda a partir de la ausencia humana y de la presencia de los contextos en donde, sabemos, fueron asesinados seres humanos por el solo hecho de pertenecer a un determinado grupo étnico. 

El prolongado y minucioso documental Shoah (Lanzmann, 1985) abonó con una amplia labor de entrevistas a sobrevivientes y a exoficiales nazis, mientras que Austerlitz (2016), en que el realizador bielorruso Sergey Loznitsa retomó la novela de W. G. Sebald para analizar las motivaciones de los miles de visitantes al memorial construido en el campo para rendir homenaje a las víctimas. Por su parte, El contador de Auschwitz (Shoychet, 2018), en que el funcionario del régimen Oskar Gröning habla abiertamente sobre su labor en el campo de concentración. Miradas que han ayudado a mantener vivo el recuerdo y a concientizar acerca de una de las grandes injusticias en la historia de la humanidad.

La novela La zona de interés (2014, Anagrama, 2015) del escritor británico Martin Amis (1949-2023) es un texto desarmante: rechazada por algunas editoriales debido a que ponía de protagonistas a los nazis, se arriesga con lances de humor negro, intrigas románticas y una fuerte carga satírica, abordando así la barbarie desde la enajenación de los victimarios y su irremediable tránsito hacia la deshumanización; la poderosa reelaboración fílmica que hace el británico Jonathan Glazer, quien debutó con Bestia salvaje (2000), se concentra en ese terror que implica la normalización, dejando fuera de cuadro el contexto genocida que sucumbe al otro lado de la barda: el mal se expresa a través del sonido y de algunos objetos que se quedan como colección o uso de los verdugos.

Siniestramente aséptica, la cinta La zona de interés (EU-RU-Polonia, 2023), nos ubica en una aparente normalidad familiar de los Höss, así llamados en la realidad: el padre proveedor que arregla asuntos laborales con puntual eficacia y se da tiempo de cuidar de los pequeños; la madre atendiendo a los cinco hijos, a las amigas y a la llegada de la abuela, yéndose sin avisar al sospechar del horror circundante; los niños jugando en sus recámaras o en un lindo jardín lleno de flores y con un huerto; la servidumbre manteniendo todo pulcro y la mascota que va y viene amenamente como por su casa: hay reuniones sociales y momentos de calma, conversaciones de los esposos en estrictas camas separadas y celebraciones cumpleañeras o por el motivo que corresponda.

En el filme se presenta al comandante como un hombre cerebral y cuidadoso (Christian Firiedel, impenetrable) a diferencia de la construcción del personaje de Amis, que resulta explosivo y desagradable, mientras que su esposa (Sandra Hüller en el tono justo), de cierta frivolidad, aprovecha su posición para quedarse con objetos valiosos de las deportadas, ejerce control con prepotencia sobre el día a día con la gente que trabaja en la casa, muestra cercanía afectiva e interesada hacia su marido, con sus discusiones por algún posible cambio de lugar de trabajo, pero sin tener otro interés romántico, como sí sucedía en el referente literario. En la película apenas vemos a dos personajes centrales de la novela: el oficial que llega con intereses románticos y el preso del campo de concentración (sonderkommando) que limpia las botas ensangrentadas y remueve las cenizas. 

Las principales manifestaciones del horror, además de las pesadillas de una de las hijas, la colección de dientes que muestra uno de los hijos, alguna fila de prisioneros que avanza entre la hierba y las personas de la servidumbre tratadas con la prepotencia y amenaza esperadas, son mera y dolorosamente sonoras, ya integradas al paisaje auditivo: gritos angustiantes, disparos ensordecedores, lamentos desgarradores, órdenes mortales y amenazas, complementadas por Mica Levi con su puntual y penetrante banda sonora, incluyendo inquietantes bramidos extradiegéticos que parecen recordar que el mal cohabita con la casa  familiar por más que se le quiera dejar del otro lado del muro. El fuera de campo -literal y cinematográficamente hablando- es el escenario donde se asienta, justamente, la zona de interés que da título al filme. 

En Bajo la piel (2013) el director exploraba la condición humana a través del periplo de un alien enfundado en la apariencia de una mujer en el que se topaba, interactuaba e indagaba a gente común por Glasgow, seguida por cámaras ocultas, y en Reencarnación (2004) planteaba la posibilidad de asumir como verdad una realidad impensable en términos de pensamiento racional: pareciera que un muro es suficiente para aislar las conciencias y mantenerse al margen de la masacre que sucede del otro lado, como la que en agobiante clave subjetiva nos refería El hijo de Saúl (Nemes, 2015). El malestar, sin embargo, no puede ser vomitado y permanece en el interior del cuerpo, provocando una hinchazón al fin recordatoria.

La teatralizada puesta en escena, influenciada por cómo capturaba la cotidianidad Chantal Akerman, según se ha señalado, incrementa el contraste desde la apertura en prolongada pantalla en negro y dar paso a otra transición posterior con un fundido a rojo intenso tras la toma de unas hermosas flores, hasta las cámaras que parecen colocadas para registrar todo lo que sucede en el idilíco hogar, incluyendo algún descenso para tratar asuntos delicados, recibir algún servicio sexual como parte de las costumbres asumidas o retratar el cónclave nazi en contrapicado cual colmena del mal. Las pequeñas grietas de humanidad aparecen en cámara termográfica para emitir cierto calor en la oscuridad y así captar cómo una joven deja manzanas en el bosque para que los prisioneros las puedan encontrar.

El ojo del cinefotógrafo polaco Łukasz Żal privilegia los planos generales para enfatizar los entramados sociales, los encuadres fijos en interiores y los desplazamientos horizontales, sobre todo en el jardín, para dar cuenta de manera pausada de la aparente concordia y paz que se respira en el ambiente natural y social, en tanto una macabra columna de humo se desprende hacia el cielo y en el río se encuentran cenizas y restos óseos, cual recordatorios de dónde estamos parados o el paso de una historia que se está escribiendo desde la ignominia.

Un enriquecedor ejemplo de cómo a partir de una gran novela se puede realizar un filme que retoma su esencia para cobrar vida propia y volverse una obra también mayor. Curiosamente, Martin Amis, quien ya había bordado el tema del Holocausto en La flecha del tiempo (1991; Anagrama, 1996), falleció el mismo día del estreno de la película en Cannes: la vida, el arte y sus coincidencias. 




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