Es lo Cotidiano

CINE

Tachas 641 • El miedo a la muerte • Luis Racionero

Luis Racionero

Imagen generada por IA
Imagen generada por IA
Tachas 641 • El miedo a la muerte • Luis Racionero

Cuatro actitudes ante la muerte

Un pánico del que no se habla aterroriza Occidente: es el miedo a la muerte. ¿Por qué este acto, tan natural como el nacimiento y consustancial a la vida, causa miedo? Por un error básico en la religión y ahora en la filosofía europea: ese error es concebir el ego contra el mundo, lo creado como distinto y separado del creador, y la palabra como explicación de todo. 

El antídoto para disipar ese erróneo miedo a la muerte no está en la filosofía ni en la religión hablada, está en la espiritualidad, que es una experiencia, un estado de ánimo, una transformación psicosomática del cerebro. La espiritualidad no consiste en información de conceptos y palabras, sino en transformación del estado mental, no es un conocimiento, sino una experiencia. 

El miedo a la muerte no se quita pensando en el juicio final y la resurrección de la carne (ya conseguida con los canalones), sino en la espiritualidad, que es un estado de ánimo al que se accede por la mística, el yoga o el zen. 

Vaya por delante un aviso para ahorrar tiempo y esfuerzo: la filosofía occidental, excepto en la ética, no sirve para nada, es una pérdida de tiempo, sólo utilizable como cultura general. Y digo esto porque la causa del miedo a la muerte es el pensamiento occidental: su creencia en el ego, su marasmo verbal y la incapacidad de aceptar que cada individuo es parte indisoluble del universo: que todos somos uno. Cuando esto se ha experimentado y vivenciado, no leído, es imposible tener miedo a la muerte porque el todo no muere nunca, sólo se transforma. Ahora bien, si uno se empeña en seguir, como Unamuno, “con todo y zapatos” –como ironizó Octavio Paz–, temerá morirse. 

Lo vio mejor Juan Ramón Jiménez: “Y yo me moriré y seguirán los pájaros cantando”. Siendo esto así, ¿dónde está el problema, si los pájaros también son yo? El problema está en no haber vivenciado que los pájaros son yo, el problema es creer en el ego y en el racionalismo materialista de la filosofía occidental. A día de hoy se adoptan cuatro actitudes para encarar la muerte: 

1.- La racional 

Epicuro postuló como finalidad de la vida lograr un estado de ánimo, que llamó ataraxia, en el cual la persona se libera de los miedos a la muerte y a los dioses. A los dioses los borramos decidiendo que son creaciones humanas, proyecciones de nuestro estado de ánimo o emociones colectivas. 

A la muerte la despachó con este argumento: “Si tú estás, ella no; si ella está, tú no. Es imposible sentir miedo”. Parece muy convincente, pero no lo es tanto. 

Hay unas cartas entre Voltaire y madame du Deffand sobre esta opinión de Epicuro en que la dama acepta que si ella –la muerte– está, tú ya no existes ni piensas, pero cuando ella no está, tú sigues vivo y piensas sobre la muerte y ese es el problema. Lo decía Shakespeare: “Thinking makes cowards of us all” (el pensamiento nos vuelve cobardes) y pensar sobre la muerte es inevitable. O sea que si tú estás y ella no, cuidado con pensar sobre ella pues nos amargaremos. Los animales no piensan en la muerte y por eso mueren con naturalidad, sin aspavientos, como quien se acuesta a dormir. 

2.- Las NDE o experiencias casi mortales 

El Doctor Moody, a quien llegué a conocer conferenciando en Madrid, estudió numerosos casos de accidentados y enfermos que llegaron a las puertas de la muerte: estuvieron clínicamente muertos –no en coma– un tiempo, y luego volvieron a la vida (NDE, Near-death experience, experiencia cercana a la muerte). 

Los testimonios de estas experiencias coinciden en repetir ciertos elementos, el más famoso de los cuales es el túnel con luz blanca a la salida y figuras familiares esperando en el otro lado. 

3.- Cambio de consciencia 

A mi entender, el modo más eficaz de vencer el miedo a la muerte es haber experimentado en la vida cambios radicales en el estado de consciencia. No meras meditaciones con la mente en blanco –o quieta– sino cambios tan fuertes como pasar de la vigilia al sueño. 

Estos cambios de consciencia, si tomamos como símil del cerebro el ordenador, consisten en conseguir no sólo un cambio de los inputs en el ordenador, sino un cambio total en su estructura: algo como un cambio total de programa o del propio ordenador por otro. 

No es que el cerebro procese datos y situaciones nuevas, es que las neuronas del cerebro se enlazan de maneras no usuales y permiten alcanzar percepciones y estados tampoco usuales. Se llama iniciación y es la que procuraban todas las religiones, hasta que las del libro se creyeron que lo importante era la información, los inputs. Tremendo error, lo importante es la transformación del cerebro en otro tipo de ordenador con otros programas muy diferentes. 

Ese era el objetivo de las religiones hasta que fueron abducidas por los libros: la Biblia, los Evangelios y el Corán. Para estos con leer libros y oír sermones basta. Error: dan información, pero no consiguen transformación. La consciencia sigue siendo la de siempre y con el mismo miedo a la muerte. 

4.- Identificarse con el todo 

Otra manera de perder el miedo a la muerte es tener una experiencia de que todo es uno, y de que somos parte de ese todo. Puedo contar cómo me sucedió a mí. La he tenido varias veces esa experiencia, y además se mezcla con la experiencia del cambio de consciencia. A veces hay cambio de consciencia que lleva a sentir la unidad de todo, otras veces no. Voy a contar dos con LSD y otras sin: todas van a parar a lo mismo. 

Experiencias trascendentes con LSD

“Pues claro que tiene orilla, pero la que vi no era la ribera del río que fluye, sino vera de remanso apacible. El tiempo no es caudal huidizo, sino océano estancado, eternidad quieta, soledad y silencio. Yo lo vi en el parque nacional del Pacific Ocean, unas millas al norte de San Francisco”. 

Si quieren ríanse de mí, con el párrafo anterior se lo he puesto fácil, pero yo sé desde entonces que el tiempo no existe, es una ilusión o, si se prefiere, una configuración especial de la mente; el tiempo es creado por el cuerpo humano. Eso quedó claro y quien lo ha probado lo sabe. Por esa experiencia ya merecía la pena el viaje. 

Los que no han estado ahí dirán que es ilusorio. Les aseguro que tan ilusorio como la vivencia del tiempo que se tiene después de drogarse con paella o tortilla de patatas. No hay un estado verdadero, hay un estado habitual y otros inusuales. Eso es todo. Convertir lo habitual en verdadero es un juicio de valor antropocéntrico y conservador. Que nos pasemos un 99% de la vida en estado normal no es una prueba de que éste sea el único estado posible, ni el mejor. 

Posiblemente no sea el mejor, sino una ramplonería para ir tirando y vivir sin sobresaltos. Lo que sí les aseguro es que, durante el viaje, a menudo tenía ganas de volver a mi estado normal y me asaltaban terrores: ¿y si no logro bajar? Eso es el horror trip si no se corta a tiempo. Del ácido no puede bajarse uno en marcha por sus propios medios. Dura ocho horas y hay que pasarlas. Eso es sabido, pero nadie te quita el miedo de pensar: ¿y si me quedo? Los colgados son los que no han bajado. Yo me vería incapaz de andar por la vida en el estado de ácido. Y no es que no sea bonito, pero es un estado muy vulnerable. Años más tarde Albert Hofmann, su descubridor, me recomendó tomar un Valium si quería terminar un viaje antes de las 8 horas usuales. 

En ácido todo se magnifica. Es como un impulso que empuja cualquier leve indicio: si uno está risueño, se ríe de cualquier cosa; si alguien le cae un poco mal, le ve horriblemente monstruoso –por desgracia con acierto–, pues en ácido se revelan nítidamente los detalles de la gente, les vemos las intenciones: su rostro es expresivo de los sentimientos que les sacuden el alma, sus gestos más tenues son evidentes actos de rechazo, simpatía o indiferencia. Siendo esto así, es necesario tomar ácido en lugares tranquilos, junto a personas amigas y equilibradas, de las que podamos fiarnos. El mal rollo puede venir por lo más impensado, y conviene reducir al mínimo la probabilidad de miedo, el entorno feo, el encuentro desagradable. Por eso los antiguos habían instaurado los misterios, para dar sustancias parecidas al ácido en un ambiente seguro y con un ritual fructífero, de experiencia iniciática. De eso se ocupaban las religiones, no de hablar. 

Estaba en pleno viaje, flipado como un pájaro. Hasta entonces había sentido, ahora empecé a ver. Miré a José Luis Cazorla, un exalumno de Económicas que apareció en San Francisco como taxista, y su rostro comenzó a transfigurarse, no una, sino varias veces en sucesión, como planos encadenados de una película, como cuando Lon Chaney se transforma en hombre lobo. No se transformó en lobo, sino en joven marinero, en esenio resplandeciente con túnica púrpura y corona de espinas, en viejo chino, en rostros de corteza de árbol como una pintura de Arcimboldo. Todo eso lo vi con total realismo como veo ahora la punta de mi pluma sobre el papel. 

¿Ilusión? Lo dudo. Si en estado normal miro una cara poco iluminada contra un fondo oscuro, casi cierro los párpados y vacío la mente, puedo captar en el rostro rasgos que normalmente no están. Para saberlo hay que hacerlo, y no vale la pena discutir con palabras lo que sólo puede existir en los hechos. Cuando se ha visto en ácido es más fácil reproducirlo en estado normal. 

Nos levantamos y fuimos hacia el bosque. Miré los árboles. Estaban vivos. Esto ya lo sabemos, pero hasta ese día no lo había visto. ¡Pulsaban! Y emanaban un aura de luz blanca en sus perfiles. Las auras de las hojas que Kirlian logró fotografiar se ven a simple vista, y estos halos respiran, vibran, y uno siente que el árbol está vivo y enterándose de todo. Hablando de auras, las personas también las tienen y se ven en ácido. Son como las pintaban en las iglesias a los santos –y yo me pregunto: ¿cómo las vieron ellos?–, y no sólo vibran, sino que cambian ligeramente de color según la emoción que en ese momento sacude a la persona. Quien puede ver las auras sin ácido sabe por el color la pureza o la maldad del que tiene delante y sobre la marcha, por los cambios de color, lo que está sintiendo. Digamos que el aura es un reflejo visible del estado de ánimo y, en términos del paradigma mecanicista, una emanación del campo electromagnético generado por el metabolismo incesante del cuerpo. Caminando hacia el bosque me desdoblé: Yo –whatever that means– estaba flotando por encima de mi cuerpo, por lo menos a un metro, y me veía caminar. Mi conciencia estaba fuera de mi cuerpo, pero el cuerpo también estaba entero, animado de vida, sólo que el ego –ese pequeño argentino que todos llevamos dentro– había salido. Llegamos al bosque. Allí, andando por un sendero, de pronto me noté como si fuera una señora gorda y bajita, andaluza, vestida de negro, que salía a un jardín, como el de mi tía Carmen en la Parrilla de Valdepeñas. Yo era clarísimamente una señora gorda y bajita: ¿memoria genética?, ¿mi abuela cordobesa? Hay quien dice que, en ácido, se regresa hasta el origen de la vida; yo por suerte, me quedé en Córdoba. 

Regresamos a Berkeley. Cuando pasamos en coche por Broadway Avenue recuerdo las caras de los hombres en la acera: eran rostros como de carne gris, en principio de licuación, caras horribles, como de cenicienta goma viscosa, que ellos con gesto muy leve parecían querer ocultar como si se avergonzaran de que les viera. ¿O fui yo quien les prestó ese pudoroso reflejo? De modo que así es la gente. Nunca lo he olvidado. Sobre todo cuando leí aquella nota de Leonardo en su diario que tanto me gusta: “Mira la gente al atardecer (sul fare della sera), ¡cuánta gracia y dulzura en sus rostros!”. ¡Cuán lejos estamos del Renacimiento! Leonardo debía de ver normalmente como nosotros en ácido: algo había autogenerado en su cerebro las reacciones químicas que causan el ácido o la mescalina. Los genios tienen su propia química, si logran controlarla son Leonardos. Si no, pobres locos a los que se encierra en un manicomio. Aquella avenida de Broadway con sus topless, restaurantes baratos, sex shops y vagabundos del porno era realmente, visto en ácido, un descenso a los infiernos. Dios sabe que no soy puritano, sino al contrario. No tengo juicios morales sobre Broadway, pero lo que vi era gris, desagradable, viscoso, muerto, un agujero, la sensación de cómo podía ser el infierno, si es que existe. El infierno son los otros y –my dear Sartre– nosotros. El infierno, para mí que no soy creyente ortodoxo, es el mundo transfigurado por nuestros deseos bajos, morbosos, tirados; nuestro estado de ánimo viscoso se expande como una nube letal sobre las cosas y las vuelve degeneradas, putrefactas, vampíricas. Estamos hechos de la materia de los sueños, y nuestro sueño infecta la realidad y nos la representa contaminada. Si hay un infierno y el alma se lo ha de encontrar después de la muerte, será el que hayamos fabricado a lo largo de la vida en los momentos de perversión del instinto vital. 

Cuando pasamos el Bay Bridge hacia Berkeley recuerdo haber visto unas chimeneas de fábrica que, bajo el sol del ocaso, estaban echando humo violeta. Parecía una portada de disco de los Beatles. Aquel barrio insulso, fabril, era una arcadia idílica de suaves colores rosados, ocres y lilas. La salida del viaje suele ser muy agradable. Dejé a Cazorla, cuya mujer, por cierto, se tiraba literalmente de los pelos porque nos habíamos pasado el día por ahí (diría que se arrancó algunos mechones y no creo que fuera efecto del ácido, sino de la ira de aquella valquiria abandonada), y volví en coche hacia casa del arquitecto inglés Anthony Ward. Al pasar por la carretera que bordea el campus en la falda de la colina, mi sensación de plenitud era total. Una música que me gustaba –lástima no recordar cuál, algo como un lento de Santana, Incident at Neshabur, por ejemplo– sonaba en la radio, el coche se deslizaba por la suave carretera ondulante entre los eucaliptos cerca del estadio. Caía la tarde, y yo era feliz. Feliz por una sensación de plenitud que me embargaba y que ella misma era su propia explicación. Hay estados que superan ampliamente cualquier explicación que busquemos de su causa. Y por eso, en ese momento, no se la buscamos. Si el universo fuese gozoso – cosa que bien podría ser aunque no nos hayamos enterado–, entonces ese gozo sería su propia explicación. ¿Cabe mejor razón de ser? Ser nada más, y basta. Es la absoluta dicha. Un día en que estaba obsesionado preguntándome en voz alta por qué existimos, por qué existe el universo, etcétera… se limitó a decirme: “Y la pregunta por qué, ¿existe?”. Gracias maestro Marzano. Por qué es la pregunta equivocada. Buscar una excusa o motivo es la actitud equivocada. Hay que olvidarse del por para fundirse en el qué. 

El más sublime de mis viajes de ácido me lo proporcionó Albert Hoffman de los laboratorios Sandoz, el descubridor del LSD (dietilamida de ácido lisérgico), cuando vino a El mundo por montera, el programa de televisión de Fernando Sánchez Dragó, invitado por Antonio Escohotado. Aquel trip completó mi iniciación. Fue en 1989. 

Por una de las sincronicidades que han articulado mi destino, aquel mes de octubre de 1989 me lo había pasado en la masía, solo y practicando meditación. Para colmo de casualidad sincrónica, leí el Libro tibetano de los muertos, traducido y editado por W.Y. Evans-Wentz. El subtítulo del libro es: Las experiencias después de la muerte en el plano del Bardo, según el lama Kazi Dawa-Samdup. Ese libro contiene lo que les leían a los muertos tibetanos durante los catorce días después de expirar. Es una guía para recorrer los estadios de la consciencia post mortem, hasta llegar a la “clara luz del vacío”, que los cabalistas llaman ain-sof, la luz vacía y sin límites. 

Por la tarde, Jacobo Siruela se prestó amablemente a mostrar el palacio de Liria a Ernst Jünger, que venía con Hoffman. Jünger era el prototipo del caballero alemán, erguido, altivo, aspecto militar, cabello blanco, parecía un junker de los que, dentro de la Wehrmacht, se habían opuesto a Hitler. Le recuerdo mirando, con una lupa que llevaba en el bolsillo, las cartas de Colón o detalles de algunas pinturas. 

Jünger confesaba que su longevidad tenía que ver con los ácidos que le proporcionaba Hofmann y que tomaban de cuando en cuando. En el libro de Hofmann El camino a Eleusis, el químico suizo demuestra que el radical indol del LSD es el mismo que el del cornezuelo del centeno que los griegos disolvían en el kikeon que se bebía durante los misterios de Eleusis. “Quien ha estado en Eleusis conoce qué hay después de la muerte”, escribió Jenofonte, y la experiencia con ácido en condiciones corrobora esa hipótesis. O sea, que no es lo mismo tomar whisky que ácido. Léase Moksha de Aldous Huxley, donde reúne todos sus escritos sobre las experiencias psicodélicas. Yo me fié de Huxley, lo probé, pero hasta el quinto ácido, que fue el de Hofmann, de hecho no tuve la experiencia eleusina. Ahora sé. 

Después de grabar el programa, me volví a la masía y a mis lecturas. Sonó el teléfono, era Escohotado: 

—El doctor Hofmann ha sido muy generoso y nos ha dejado varios ácidos, peyotes y mescalinas que pensamos tomar este fin de semana. ¿Te apuntas? 

—Por supuesto. 

Era miércoles; el jueves volví a tomar el avión hacia Madrid y me presenté en casa de Sánchez Dragó. Su propuesta era tomar los psicodélicos de Hofmann en su piso en la calle Jesús del Valle, en Malasaña. Sólo por ese nombre yo ya no quería hacerlo allí. ¿Qué vibraciones etéreas va a captar uno en un lugar llamado Malasaña? Además, un piso no es un buen sitio para ácidos. Así que le dije que, o bien me daba el ácido y yo me volvía a tomármelo en Empúries, o bien no me lo daba y me volvía y no pasaba nada, o encontrábamos una casa de campo cerca de Madrid, lo que se consiguió gracias a José María Poveda, un psicólogo amigo del grupo que vivía en Soto del Real, al noreste de Colmenar, una hondonada amplia al pie de la sierra. 

Nos fuimos allá el sábado por la mañana; ellos tomaron peyote y yo me tomé un LSD. La casa era amplia, rodeada de campo y con vistas hermosas por los cuatro costados. El ácido fue subiendo, ellos tostaron castañas en el hogar, a mí me dio por preguntarles con una sorna que sólo entendía yo mismo: “¿Quién va a sacar las castañas del fuego?”. 

Luego entré en la fase musical y veía las mujeres del calendario modernista de Mucha vibrar sinuosamente, pulsar como si fueran a salir del póster. Cuando llegó el hambre y la debilidad, fui a la cocina; el anfitrión, José María Poveda, me ofreció unas sardinas que yo vi monstruosas, con ojos desorbitados, y salí huyendo. Recordé que Hofmann había recomendado comer miel para dar azúcar al cerebro. Así lo hice y me cargué de energía. 

Salimos afuera. Escohotado y Mónica, Fernando y Bea parecían faunos o ninfas en una coreografía de Diághilev; subí al techo de la casa, donde Carlos Moya contemplaba el ocaso. Yo le dije: 

—Ya sé que estoy en ácido, pero esta puesta de sol debe de ser prodigiosa. 

A mí me pareció el ocaso más hermoso que había visto en mi vida. Y he visto muchos tras contemplarlos diariamente en Cinc Claus mirando hacia el Canigó. 

Puesto el sol, me recogí, literalmente, en la habitación que José María Poveda me había dejado y allí, en posición fetal, tuve el viaje que se describe en el Bardo Thodol. Mi conciencia, ¿alma?, ¿espíritu?, ¿atman?, se fue y atravesó diversos ámbitos espirituales que no son mentales, pues en ellos habían emociones y arquetipos; primero entró mi conciencia hacia mi cerebro, que sintió como una isla mórbida de indecible placer, y luego voló hacia fuera atravesando los Bardos y rechazando sus imágenes hasta llegar a un océano de luz blanca que estaba viva y cuya esencia era gozo. Ahí supe, gusté y volví. Caí dentro y noté un golpe en el pecho. El viaje había terminado. “Quedeme y olvideme, ... dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”. 

Experiencias trascendentes sin LSD

Cumplido el trámite iniciático, las secuelas fueron buenas: había descubierto otro estado de percepción que la realidad cotidiana oculta. Esta percepción en ácido y demás carnes de dios, como la llaman los indios, es tan intensa, extensa y fascinante que sólo se puede tener a ratos, con cuidado y, desde luego, en vacaciones. Por eso el cuerpo, que es sabio, filtra la realidad, debilita la percepción por medio de los circuitos cerebrales para que no estemos en ácido todo el rato, porque, si no, no haríamos más que contemplar, oír música, flotar en la eternidad y, los afortunados, echar unos polvos más brillantes que mil soles. Y de trabajar, nada. 

Pero, aunque uno no esté en ácido, su percepción ya nunca será la misma si lo ha tomado. Ese conocimiento se recuerda y cambia la vida definitivamente, a menos que uno pase el viaje leyendo El capital, como cuentan de Martí Capdevila, un compañero de Económicas, víctima de un horror trip marxista, que los hay. Los míos fueron de orden místico o espiritual, ya que no eróticos, como habría preferido. Desde entonces sé que la experiencia psicodélica bien llevada es lo que separó mi generación de la anterior, que tomaba alcohol. Algunos, hasta casi morir de cirrosis. 

No hay poema que pueda expresar la belleza de la flor de loto. Entre una flor de loto y un poema sobre el loto, ellos preferían, sin dudarlo, el poema: despreciaban la naturaleza por monótona –y preferían el arte–. Nosotros, o al menos yo, me guiaba por otros valores, resumidos en el proverbio zen “Better to see the face than to hear the name” (Mejor ver la cara que oír el nombre). Yo había llegado a preferir la realidad a la palabra; para ellos, que vivían en un mundo de palabras, la palabra era la realidad. 

¿A qué se debía ese cambio de valores? Al ácido. Ellos eran de la generación del alcohol, yo de la del LSD y la marihuana. Siento sonar químicamente determinista, pero les diré que, a consumo diferente, sensibilidades distintas. El alcohol es enervante y da placidez lúcida. El ácido elimina el tiempo, conecta el yo con el todo y presenta intuiciones que desbordan hacia la alucinación. Claro que el alcohol conecta con una beatitud cósmica, pero cuando no se desboca, porque, si se calienta la boca, como el caballo, es ingobernable. Bebiendo por beber se pierde uno hacia el sopor o sucumbe a la violencia. 

No se trata de juzgar, a cada uno su droga, como decía Baudelaire, pero una vez se ha tomado un LSD en condiciones, la visión del mundo se ha cambiado para siempre. “On a clear day you may see forever” (En un día claro puedes ver para siempre). El alcohol esmera la realidad, entusiasma, esclarece; el ácido desvela otra realidad, transporta a otra conciencia alternativa, tan distinta de la normal como el sueño de la vigilia. El tiempo desaparece, o se para, el ego se desvanece, los objetos irradian auras pulsantes. El pensamiento racional desaparece por completo porque no se deduce: se ve. Se actúa por instinto, como los animales, y entonces se da uno cuenta de que: “Thought is the failure of action” (El pensamiento es el fallo de la acción). Eso quiere decir que, cuando la acción es fluida se actúa y basta. Cuando la acción se encalla, se usa el pensamiento para contornear el obstáculo. Sólo es necesario pensar cuando la acción no fluye; se piensa cuando falla la acción y, para colmo, el pensamiento siempre es viejo, porque el concepto es un extracto de experiencias pasadas. El pensamiento sirve para manipular la realidad hacia nuestro deseo, pero, al entrar en la mente, el pensamiento mata el presente, desaloja el here and now (aquí y ahora), transporta a otros pasados y futuros, distrae, impide la comunicación extática con lo que hay alrededor. El pensamiento divide en yo y lo otro, el que piensa y lo pensado. Error. “The thinker is the thought” (El pensador es el pensamiento) como esclarecía Krishnamurti. 

Las otras experiencias sin ácido que me han dado un cambio de consciencia me han sucedido espontáneamente, como eso que los teólogos llaman una gracia gratuita, algo caído del cielo, no incorporado sino cuando Dios, o lo que sea, ha querido. No fue inesperado porque me lo trabajé durante años leyendo, meditando, asistiendo a retiros de gurús diversos y deseándolo de todo corazón.

Con Krishnamurti tuve el primer atisbo. El sabio indio pronunció tres conferencias en Berkeley. Sólo pude asistir a la primera, pero al otro día al salir de clase, fui a la librería Shambhala en Telegraph Avenue. El sol del ocaso penetraba por el Golden Gate (se llamará así por eso, como la Puerta del Sol) y teñía de rojo las paredes y los libros. Por la radio, sintonizada a KPFA de San Francisco, se escuchó a Krishnamurti: “Miren ustedes esta flor, pero mírenla sin que sean ustedes los que están mirando y sin que la flor sea una flor, sino como si la naturaleza se estuviese viendo a sí misma a través de sus ojos. Entonces, cuando la flor no sea flor y su yo no esté, cuando sólo haya una percepción percibiéndose a sí misma, eso es el satori, el éxtasis, el samadhi; abandónense ahí”. Y calló. 

Sentí que el tiempo se paraba, mi ego se desvanecía, mi cuerpo flotaba como una nube de algodón y me embargó la emoción de que todo estaba bien, cada cosa en su sitio. 

Pasaron veinte años. Una mañana de verano fui al puerto de l’Escala para dar una vuelta en barco. Cuando estaba inclinado desatando el cabo, miré hacia arriba y vi una gaviota que se desprendía de un cable donde estaba parada y se descolgaba hacia mí, sin mover las alas, en una catenaria perfecta. El tiempo se paró, el ego desapareció, todo estaba bien. Había vuelto el satori, como la otra vez, cuando quiso. Duró unos segundos, pero, lo que yo sea cuando no está mi ego había salido fuera del tiempo y gustado la eternidad. Y otra vez sentí que todo estaba bien y que yo era parte del todo. 

Estas dos experiencias fueron sin enteógenos químicos, pero con trabajo continuado de lectura, meditación, contemplación, yoga y todo lo que ayuda a fomentar las experiencias espirituales. Luego he tenido otros satoris, siempre sin poder causarlos a voluntad; vienen cuando quieren, pero el trabajo espiritual y el estado de ánimo ayudan a repetirlos. Para eso sólo vale la pena vivir. Lo demás son peladillas 

Texto cedido para promoción por los editores del libro Espiritualidad para el Siglo XXI. Luis Racionero. Libros De Vanguardia. 2016, Barcelona. 




 

***
Luis Racionero (España. 1940-2020) licenciado en Ingeniería y Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona, cursó un máster en Urbanismo en la Universidad de Berkeley, donde entró en contacto con los movimientos contraculturales de finales de los años sesenta. Ha sido profesor de la Escuela de Arquitectura de Barcelona y la facultad de Económicas de la UB, además de bye-fellow en el Churchill College de Cambridge y director de la Biblioteca Nacional de España. Ha escrito novela y ensayo, tanto en castellano como catalán, en total alrededor de una trentena de títulos. Descacan Filosofías del underground; Leonardo da Vinci; Cercamon (premio Prudenci Bertrana); Del paro al ocio (premio Anagrama de Ensayo); Oriente y Occidente: filosofía oriental y dilemas occidentales; El progreso decadente (premio Espasa de Ensayo); Sobrevivir a un gran amor seis veces; Ética para Alicia o Memorias de un liberal psicodélico (premio Gaziel). Ha colaborado como articulista en diversos medios, como El Mundo Deportivo y La Vanguardia donde actualmente escribe de forma regular.



[Ir a la portada de Tachas 641]