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Tachas 647 • Cuando hay que volver a casa • Ana del Paso

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Tachas 647 • Cuando hay que volver a casa • Ana del Paso

A todas las periodistas de este libro les gustaría poder dedicar más tiempo a sus coberturas en los destinos a los que las destacan. Pese a ello, la cuestión económica siempre pesa más que la informativa. Cubrir una guerra es muy caro: alojamiento, transporte, fixers, comunicaciones o seguros disparan los costes de permanecer en la zona de conflicto. Además, para los habitantes del lugar en cuestión el desembarco de corresponsales significa la oportunidad de ganar dinero: las reporteras son cajeros automáticos de los que todos quieren sacar algún provecho.

Sin embargo, a pesar de lo amargo que resulte saber que la chequera cuenta más que la capacidad para informar sobre un conflicto, es peor la sensación de cuando hay que recoger los bártulos para volver a casa. Atrás queda no solo un conflicto que no se ha podido cubrir como lo requiere, sino también personas a las que tal vez no vuelvas a ver jamás, pues su posibilidad de sobrevivir es mínima. Porque una guerra, cualquier guerra, significa eso: la situación más extrema que pueda experimentar toda persona, que se ve abocada a la inseguridad y la incertidumbre cotidianas, a la certeza de la pérdida, a la emigración o a la muerte.

Para comprender la magnitud de los acontecimientos que tienen lugar en una zona de conflicto es imprescindible informar sobre ellos en sus tres etapas: la situación prebélica, el conflicto armado y la posguerra. Este tipo de cobertura solo está al alcance (y no siempre) de los corresponsales fijos. La importancia de la noticia en la cual se convierte una guerra determina el número de enviados especiales que los medios desplegarán sobre el terreno, así como el tiempo de su estancia. Si el interés informativo se prolonga, es costumbre hacer rotar a los enviados para paliar los efectos que la contienda pueda tener sobre la salud física y mental de los profesionales. Ejemplo de ello son los cámaras y fotógrafos destinados en países como Irak o Siria, donde no es recomendable permanecer más de dos semanas debido al alto riesgo de secuestro o asesinato.

En la década de 1990, la primera guerra del Golfo trajo consigo un periodo de apogeo para el reporterismo de las televisiones públicas y privadas. El número de periodistas españoles destacados en Jordania era muy superior al de muchos otros países. Este conflicto proporcionó a muchos medios de comunicación de nueva factura la oportunidad de estrenarse en coberturas internacionales, y ninguno de ellos quiso dejarla escapar. Sin importar el coste económico o la rentabilidad, lo prioritario era ganar el prestigio de haber acudido e informado sobre aquel conflicto. Los medios de nueva creación aprendieron deprisa a preparar presupuestos, contratar seguros de vida y repatriación de cadáveres (aunque no todos firmaron este tipo de pólizas) y a equipar a sus corresponsales con chalecos antibalas, cascos y, a algunos, aunque los menos, con teléfonos satélite.

Más adelante, a mediados de la década de 1990, la crisis económica que se desató, en parte debida a la propia guerra del Golfo, obligó a los medios a reducir sensiblemente tanto el número de periodistas destacados como sus estancias en la zona de conflicto. A ello se sumó cierto cambio en la idea de lo que hasta entonces se había considerado un conflicto armado: las guerras dejaron de parecerse a la operación Tormenta del Desierto, con dos frentes convencionales y bien diferenciados, y pasaron a ser asimétricas, híbridas, donde el peligro se multiplicaba con la aparición de agentes terroristas que, en red o en solitario, actuaban contra los ejércitos regulares. El arte de la guerra de Sun Tzu había cambiado radicalmente. En esta nueva coyuntura, los medios comenzaron a ponderar la posibilidad de no enviar a ningún reportero a las zonas en conflicto y sustituirlos por periodistas locales o independientes, que, aunque no ofrecen exclusividad, resultan mucho más baratos. Mientras tanto, o tal vez debido a todo ello, el interés informativo fue decayendo.

Sea cual sea el periodo en que una periodista permanece destacada, el tiempo siempre va a resultar escaso. A pesar de las dificultades y los riesgos que entraña la cobertura de un conflicto armado, en muchas ocasiones es igual o incluso más importante informar sobre la posguerra (como ha sucedido en los Balcanes, Líbano, Afganistán, Libia, Ruanda, Liberia, el Congo, Irak o Siria).

Este interés no radica solo en ser testigo de la reconstrucción de un país hecho pedazos, sino también en tener la oportunidad de observar y narrar las vidas de los que quedaron encerrados en la batalla como en una ratonera, sin recursos, desprovistos de todo, sin más perspectivas que sobrevivir a diario o migrar hacia un destino igual de incierto. La restauración de los servicios básicos de un país devastado por la guerra es la última pieza de un puzle incompleto. Alcanzar otra vez una tímida estabilidad política, económica y social a través de una nueva autoridad central, asegurar la protección de la población civil, lograr vías de intermediación entre los antiguos contendientes o limpiar de minas vastas zonas que fueron campos de batalla es un trabajo complicado que requiere mucho tiempo. Y sucede exactamente lo mismo a la hora de asegurar el fin completo de las hostilidades, que las partes enfrentadas respeten los acuerdos de paz firmados, garantizar un pacífico intercambio de prisioneros o evitar los ajustes de cuentas entre los miembros de los antiguos bandos enfrentados. En definitiva, imponer y respetar un ritmo en el restablecimiento de la paz cuando los acontecimientos no acompañan (que es lo más habitual) supone un esfuerzo ímprobo para el que se necesita tiempo. Además, para una periodista resulta apasionante escribir sobre la forma en que un país recupera la normalidad y tener la oportunidad de narrar cómo la vida vuelve a las ciudades reducidas a escombros, cómo los niños sustituyen a las milicias en las calles, cómo las carreteras se van limpiando de minas y de restos de vehículos militares, cómo los sacos terreros desaparecen de las fachadas, aunque en ellas se conserven aún las huellas del conflicto. Con el tiempo, el olor de la guerra (a pólvora, combustible quemado, cuerpos carbonizados, agua estancada, heces, descomposición, sangre seca y polvo) se va desvaneciendo y da paso a un nuevo aire de normalidad.

De este modo, devolver la calma a un país tras una guerra es una labor que genera una gran frustración, y que solo se ve ligeramente compensada por los pequeños avances que se van obteniendo poco a poco. Aunque no siempre es así: podemos fijarnos en la posguerra iraquí tras la invasión de Estados Unidos en 2003. La Administración estadounidense no solo fracasó al calcular el tiempo para la reconstrucción del país, sino, y esto es mucho más importante, también al elegir a las personas encargadas de devolver la normalidad a sus ciudadanos hasta que fuese posible el autogobierno. Jay Garner, teniente general del ejército de tierra, y luego Paul Bremer, fueron los máximos responsables estadounidenses de la transición en Irak. Su fracaso resultó estrepitoso. Tras superar muchas dificultades, en junio de 2004 logró conformarse un Gobierno iraquí y Paul Bremer regresó a Estados Unidos. A partir de ese momento la responsabilidad de gestionar la posguerra quedaba en manos de los propios iraquíes; sin embargo, como podemos leer casi a diario en las secciones de internacional de nuestros medios, el problema del respeto a los acuerdos de paz o la capacidad de garantizar la seguridad de la población civil queda aún (casi quince años después) por resolver.

No hay periodista que no desee narrar esta secuencia de acontecimientos, comprobar y exponer a sus lectores cómo un país sumido en el caos tras la guerra es capaz de recuperarse. Pero los editores mandan, y son ellos y no las reporteras quienes dan por cerrada una cobertura, esto es, quienes ponen fin al flujo incesante de facturas que disparan el presupuesto asignado. En este sentido no debemos llevarnos a engaño: las grandes corporaciones de medios tienen como objetivo principal ganar dinero, y la cuenta de resultados influye en gran medida a la hora de enviar y mantener a los periodistas sobre el terreno. Por el contrario, las reporteras independientes no se ven sujetas a este tipo de restricciones presupuestarias: son ellas las que deciden sobre qué quieren informar y durante cuánto tiempo.

Recibir la llamada de tu editor para decirte que vuelves a casa nunca es una buena noticia, muy al contrario. Del mismo modo, cuando sin apenas tiempo se te comunica que te trasladan al otro lado del mundo, para lo cual debes abandonar una cobertura que sabes incompleta y proveerte de lo necesario de camino a tu nueva asignación, se llega a sentir una profunda frustración.

Aunque la mayoría de las enviadas siempre disponen de su pasaporte a mano y tienen cualquier cuestión administrativa solucionada, la premura que imponen los medios complica en gran medida establecer unos objetivos informativos concretos. La sensación que se experimenta al llegar a un país es muy distinta de cuando se sale. Luego, al regresar a casa, es inevitable hacer una valoración del trabajo realizado, de las entrevistas conseguidas, de los hechos relatados. Y por muy satisfecha que se esté, es costumbre sentir que ha quedado algo sin terminar.

Siempre Falta Tiempo

Carmen Postigo, que ha informado para EFE y otros medios sobre diversas guerras de los Balcanes, afirma que nunca quedó satisfecha sobre la cobertura de la segunda guerra del Golfo o de la Segunda Intifada palestina: «Siempre se te escapa algo; a veces por propia inexperiencia o porque no te cuentan de antemano cómo hay que comportarse en una situación en conflicto. La madurez de una periodista cambia su perspectiva, y con el paso del tiempo entiendes el contexto en el que te mueves y asimilas mejor todo lo que has vivido. Cuando más he sufrido ha sido a la hora de buscarme la vida para conseguir transmitir mis crónicas».

En sus primeros tiempos como corresponsal, cuando no había teléfonos móviles o internet, Postigo enviaba sus crónicas por télex. Durante el largo tiempo en el que ejerció de corresponsal en Europa del Este sabía que podía contar como último recurso con la residencia del embajador español en Bucarest para transmitir sus crónicas. Aunque esto parezca sencillo, en los tiempos de la guerra fría acceder a la embajada implicaba sortear los tiroteos entre la Securitate (policía secreta del dictador Ceausescu, que fue disuelta en 1990) y los rebeldes. Trabajar para una agencia de noticias informando sobre una guerra precisa de una gran fortaleza, y son diferentes las exigencias dependiendo de si se lleva a cabo para un periódico o para la televisión.

Cuando termina el tiempo disponible para realizar una cobertura de cualquier tipo una se pregunta si ha logrado todo lo que se había marcado como objetivo. En muchas ocasiones, no obstante, hay que tomar conciencia de que, como dice Postigo, «es imposible simplemente porque la realidad es inabarcable. Cuanto más profundizas en un tema, más te percatas de lo mucho que desconoces». Así opina también Ángeles Espinosa, especialista en Oriente Próximo y Oriente Medio para El País, quien más de una vez ha tenido que negociar con sus jefes para conseguir que se prolongara su estancia en algún país. Como dice Berna González Harbour, «en periodismo nada es como una se propone. Todo sorprende. Esa precisamente es la clave para lograr sorprender al lector».

Carmen Sarmiento, reportera y exdirectora de Informe semanal, cuenta que en ocasiones no siempre es posible lograr el reportaje que una pretende, lo que genera una frustración enorme. En 1982 Sarmiento propuso a TVE realizar la serie Los marginados. El primero de los reportajes giraba en torno a la figura de Pere Casaldàliga, un misionero español seguidor de la teología de la liberación y que desarrollaba su trabajo en Brasil a pesar de la oposición de las autoridades del país. Sarmiento fue detenida y golpeada por la policía de Brasilia, que, además, veló los nueve mil metros de película grabados hasta ese momento por su equipo. Con el tiempo consiguió burlar la censura local y reunir material para hacer el programa, que se emitió en horario de máxima audiencia en La 1 de TVE y que logró alcanzar al gran público. «En aquel momento no había ninguna mujer que se dedicara a tratar en profundidad este tipo de temas y yo aproveché este vacío», recuerda.

Tampoco Corina Miranda y su equipo de Antena 3 han conseguido alcanzar siempre el objetivo que se habían propuesto al principio de la cobertura, pues ello depende siempre del lugar de destino y de los medios con los que se cuenta sobre el terreno. Por poner un ejemplo, en 1998. al inicio de la guerra de Kosovo que concluiría al año siguiente, la cobertura fue muy difícil para Miranda; los serbios atacaban aldeas kosovares durante la noche y cuando, a la mañana siguiente, Corina y su equipo se enteraban y corrían al lugar de los hechos, ya no quedaba ningún rastro. Víctimas y testigos habían desaparecido. Tan solo eran visibles las huellas del ataque en las casas. Contactar con la guerrilla también era muy difícil, pues sus integrantes no confiaban en nadie y se negaban a hablar. (Miranda y su equipo intentaron contactar con ellos al menos en tres ocasiones. Tras interminables caminatas a través de la montaña hasta localizar sus posiciones, lograron pasar largo rato con ellos, pero no les permitieron grabar ni una sola imagen). Miranda volvió a España con la sensación de no haber podido transmitir la realidad que se estaba viviendo en Kosovo. La represión serbia contra la mayoritaria población albanesa iba en aumento, pero siempre faltaban imágenes para demostrarlo. Nadie quería hablar. Fue una cobertura muy complicada; Miranda recuerda que «lo mejor fue que allí conocí a Marie Colvin, una de las grandes reporteras de guerra de las últimas décadas, de quien aprendí muchísimo». La figura de Marie Colvin es esencial para entender el reporterismo de guerra contemporáneo. Cayó abatida durante la batalla de Homs, en Siria, el febrero de 2012. Como ella, muchos otros compañeros han perdido la vida defendiendo el derecho a informar y a estar informado. Entro otros muchos debemos recordar al fotógrafo francés Rémy Ochlik, que fue asesinado junto a Colvin; a James Foley, fotoperiodista estadounidense que murió durante la batalla de Raqa, también en Siria; a Daniel Pearl, asesinado por fundamentalistas islámicos en Pakistán en 2002; a Anna Politóvskaya, que fue asesinada en Moscú el 2006 en circunstancias muy oscuras, y a muchos periodistas españoles, sobre los que hablaremos más adelante.

En su célebre discurso de homenaje a los periodistas fallecidos en los conflictos armados, Marie Colvin afirmó: «Nuestra misión es informar sobre el horror de la guerra con precisión y sin prejuicios». Ella defendía el derecho del público a conocer lo que nuestros gobiernos y nuestras fuerzas armadas llevan a cabo en nuestro nombre. Esto es precisamente lo que intentó Colvin durante sus veinte años de reporterismo de guerra, narrando historias que fueron reconocidas con los premios internacionales más prestigiosos mientras recorría el mundo de un conflicto a otro, en Oriente Próximo, Timor Oriental, Kosovo, Chechenia, Sri Lanka o Libia, hasta encontrar la muerte en Siria.

Rosa Meneses, corresponsal de El Mundo, coincidió con Colvin en agosto de 2011, durante la Primavera Árabe de Libia. Meneses recuerda que Colvin «entregó su vida para hacer que este mundo fuera más digno y más amable para los que sufren […]. Ha perdido la vida informando sobre otra revolución que comenzó pacífica y se tornó violenta. Mostró el brutal rostro de las atrocidades del régimen de Bashar al Asad. Fue fiel a su filosofía de dar a conocer el horror que sufren las víctimas hasta el final. Nos deja su ejemplo: “Merece la pena[1]”». Esta última es una frase célebre de Colvin, que pronunció con firmeza en 2001, tras perder el ojo izquierdo después de que la alcanzara la metralla durante una emboscada en la guerra civil entre los tamiles del norte y el Gobierno de Sri Lanka.

De abril a junio de 2011 Colvin reportó el asedio de Misrata y en agosto coincidió con Meneses en Trípoli. Esta lo escribió así en el obituario que dedicó a su colega: «En agosto compartimos trabajo y hotel (el Corinthia) durante la toma de Trípoli. Volvimos a coincidir más tarde, cuando los rebeldes capturaron a Muamar el Gadafi en octubre». Colvin, que había entrevistado a Gadafi en 1986, recalcaba en sus crónicas que era muy histriónico, y recordaba el complejo de Bab al-Azizia en sus momentos de máximo esplendor, cuando volvió a visitarlo después de que fuera arrasado por las fuerzas rebeldes.

Como hemos dicho, todas las coberturas son diferentes, y no se alcanza el mismo grado de satisfacción personal con el resultado sobre el terreno que tras volver a casa y hacer balance del trabajo realizado. El factor suerte también es importante, pues, en efecto, ayuda encontrarse en el lugar y en el momento adecuados, pero contar siempre con él es arriesgado, porque es esquivo en extremo. La mejor estrategia para desenterrar lo noticiable es recorrer los lugares, hablar con mucha gente y seguir la pista de la noticia. Marie Colvin, las reporteras que protagonizan este libro y muchas otras periodistas son bien conscientes de ello.

Meneses recuerda con especial satisfacción profesional el viaje que hizo a Líbano en 2006: «Me propuse contarlo bien y llegar hasta el final. Logré hablar de los efectos de la guerra entre los civiles y de cómo se sienten cuando pierden a sus familiares o bombardean sus casas; en definitiva, hablé de las personas». Por el contrario, recuerda con frustración la cobertura de la contienda de Siria que realizó en 2012: «La guerra civil siria fue una guerra especialmente difícil de cubrir, no era posible llegar a los lugares clave y el entorno era tremendamente hostil. Esto nos sucedió a la mayoría de periodistas que estuvimos allí; no es que fuese difícil, es que era imposible hacer nuestro trabajo».

Mònica Bernabé coincide en esa frustración con Rosa Meneses, aunque ella trabajó casi ocho años como corresponsal independiente en Afganistán, por lo que dispuso de más tiempo para profundizar en la situación del país. Esta es una de las ventajas de los corresponsales fijos frente a los enviados especiales, pero aun así Bernabé confiesa que hubo reportajes muy difíciles de realizar y que de no haber vivido en Kabul jamás los hubiera terminado. A las dificultades de trabajar en un país tan complejo se añadía que Bernabé estaba obligada a realizar piezas informativas diferentes, pues trabajaba en distintos medios como El Mundo, RNE, RAC 1, Canal Sur Televisión y el servicio en español de Deutsche Welle.

María Dolores Masana, que ha ejercido la profesión durante treinta y ocho años, veinte de ellos en La Vanguardia, reconoce que la mayoría de las veces, aun cuando el conflicto se dé por terminado, siente que no ha cubierto sus objetivos. También considera que la información que se ofrece al público no tendría que terminar con el fin del conflicto armado, sino que debería hacerse un seguimiento de lo que sucede después en estas sociedades tan castigadas por las barbaridades de la guerra, cómo se consigue reconstruirlas, qué sucede con las familias diezmadas, cuando no rotas, y enfrentadas en los conflictos civiles.

La veterana Maruja Torres también se sentía constantemente superada por la realidad de lo que sucedía a su alrededor, que siempre era otra, y que le hacía lamentar no haber cumplido con sus objetivos: «Vas a los sitios con una idea preconcebida y documentada, pero lo primero es tener porosidad, ser una esponja. Tienes que aprovechar al máximo las 24 horas de cada día, porque nunca sabes qué vas a necesitar a la hora de escribir. Lo que más me gustaba era buscar hasta que salía el brillo de lo que quería contar. Me fui al País Vasco buscando la violencia y encontré la indiferencia. Fue así como concebí mi reportaje “Una anaconda en la bañera” para Cambio 16».

A Maruja Torres le gustaba ocuparse de ese tipo de historias, las que no eran tan noticiables, pues, por ejemplo, conseguía mucha más información sobre un asesinato a través de las actitudes y las personas que asistían a un funeral que del hecho en sí mismo. «Siempre que regreso a España, debo tener la disciplina de saber cortar porque las realidades te imbuyen». Recuerda que para comprender la realidad libanesa tuvo que vivir allí durante un lustro, veinte años después de su primera visita. Torres matiza: «Aunque consigo el objetivo de informar, siempre te queda la insatisfacción de que el tema que tratas es inmenso».

Para Rosa María Calaf la frustración tras terminar la cobertura de un suceso siempre es tremenda pues, aunque los objetivos son siempre los mismos, considera que su deber es ofrecer un servicio y proporcionar a la ciudadanía todos los elementos de juicio posibles sobre cualquier acontecimiento, desde los más trascendentes hasta los más banales. Estos últimos son, en definitiva, los que conforman la vida del lugar que se narra, así como la comprensión, el acercamiento y el respeto a lo que es diferente por parte de los lectores, para que estos puedan formarse una opinión con la que tomar decisiones con conocimiento de causa. Aunque, para Calaf, no siempre es posible profundizar lo suficiente para sentir que se ha cumplido con una misma y con la audiencia: «Cada vez más, sobre todo en los últimos años, debido a los profundos cambios que han afectado a la manera de hacer periodismo, la corresponsal deja un país con la idea de que no ha podido dar todo aquello que querría, porque se trabaja más deprisa, todo es más inmediato y menos profundo; se busca más lo que impacta y menos lo que importa, sobre todo en televisión e internet, que ofrecen informaciones de forma inmediata, sin haber tenido la precaución de contrastar si se trata de informaciones veraces o tóxicas. Siempre se parte con la sensación de no haber contado todo lo que podría contarse».

Teresa Aranguren también es de la misma opinión que Calaf, y considera que en periodismo nunca se puede afirmar que se han cumplido los objetivos asignados. Para ella, no obstante, cumplir los objetivos le parece casi militar; opta por mantener la mente abierta frente a todo lo que se pueda encontrar y por no limitarse a informar sobre lo que se le ha encargado, pues es muy posible que los hechos que te han llevado allí sean muy diferentes a la realidad sobre el terreno, y luego compruebes que, por ejemplo, no existe un clima de guerra civil, sino meramente episodios aislados de violencia. «Nuestra obligación es contar lo que pasa, o lo que creemos que está pasando, no aquello que se espera que contemos», afirma.

Georgina Higueras recuerda que, en sus inicios como corresponsal para El País, sí volvía a casa satisfecha con su trabajo, pues el periódico siempre le concedía el tiempo que considerase necesario para realizar los reportajes. Sin embargo, cuando empezaron a aparecer los problemas económicos, las coberturas se fueron restringiendo, las condiciones de trabajo empeoraron y los enviados especiales tuvieron que recortar sus estancias hasta el punto que afectó a la calidad de la información. Higueras pone el ejemplo de Afganistán. Tras finalizar la invasión soviética en 1992, «todos, incluidos Estados Unidos y la ONU, creían que Kabul iba a celebrar elecciones libres, aunque luego estaba claro que no podía ser y no todos supieron pronosticarlo. La guerra soviético-afgana derivó en una civil entre muyahidines. Cuando los talibanes llegaron al poder en Afganistán en 1996 yo quise volver, pero al periódico no le interesó porque los grandes medios estadounidenses no se ocupaban de ello y había otros conflictos que entonces se consideraban prioritarios. Cuando encarcelaron a un stringer español le dije a mi por entonces jefa de internacional, Mariló Ruiz Elvira, que había que cubrir ese tema, pero me respondió que no. Me hubiera quedado más tiempo en Líbano y en Afganistán, pero no lo aceptaron porque el periódico disponía de menos gente, y me dijeron que volviera a España porque había que hacer guardias de noche y fin de semana en la redacción».

Esther Vázquez, reportera de TVE experta en Oriente Próximo, reconoce que, cuando termina una cobertura, siente que falta alguna cuestión en la que debería haber profundizado, que no ha observado bastante o que era necesario más tiempo, aunque, afirma, lo importante es haber comprendido cosas que, de no haberse encontrado sobre el terreno, no se hubieran podido percibir de igual manera. Para Vázquez el tiempo de permanencia en la zona es fundamental.

Algunas periodistas, como Laura Jiménez Varo, que informa sobre Libia, Líbano, Chipre, Siria e Irak, se han percatado de que es recomendable no ponerse objetivos para dejar que la realidad hable por sí misma y aporte los temas noticiables. Ethel Bonet reconoce que a veces, sobre el terreno, surgen historias inesperadas que merece la pena contar y que son de mucho más interés que las previstas en un inicio. De hecho, las coberturas de guerra no siguen un patrón determinado, están sujetas a todo tipo de situaciones imprevistas, como no poder acceder al lugar desde el que se quiere informar y verse obligada buscar alternativas. Bonet se ha encontrado en esa situación en numerosas ocasiones mientras informaba sobre conflictos tan dispares como los de Líbano, Somalia, Yemen, Afganistán, Pakistán, Siria, Gaza o Israel.

La fotorreportera Maysun, a pesar de que hace poco que se ha incorporado a la profesión, ya ha tenido oportunidad de vivir con gran intensidad los conflictos personales que implica. Reconoce que, en su caso, es difícil determinar si ha logrado o no, o hasta qué punto, alcanzar el objetivo fijado con los directores de las agencias. Con el tiempo ha aprendido a no llevar un guion cerrado porque «siempre puedes encontrar fotos que no esperabas». Un ejemplo claro de esta flexibilidad tan necesaria puede verse en su viaje a Gaza, adonde se dirigió para realizar un reportaje sobre la crisis del agua y que finalmente cristalizó en una serie fotográfica de una cárcel para mujeres gestionada por Hamás, reportaje que, por cierto, la convirtió en la primera periodista en conseguir algo así. «Como no me gusta la escenificación, me negué a hacer unas fotos de guerrilleras palestinas, cuyo cometido no es el de guerrilleras, vamos, que no existen. Sus labores son de espionaje e información, punto. Otra cosa son las guerrilleras kurdas, que sí lo son, y a las que he fotografiado muchas veces. El primer fotógrafo que lo logró fue Guillem Valle en 2008».

Toda periodista que haya informado de una guerra sabe lo difícil que es relatarla, pero también que es mucho más complicado cubrir la posguerra. Comparten opinión Ángeles Espinosa, Berna González Harbour, Carmen Postigo, Carmen Sarmiento, Corina Miranda o Cristina Sánchez al subrayar que es imposible abarcar un conflicto en su globalidad. Eso es algo que se aprende con el tiempo. No obstante, para no caer en una frustración vital y profesional continua, hemos de recordar nuestro deber ante las historias personales y reales. Estas deberían ser suficientes, aunque siempre quedará la sensación de que se podría haber hecho más o haber permanecido más tiempo. A partir de historias personales hay que ir ampliando hasta alcanzar la imagen global.

Las más positivas

Como al resto de sus compañeras, a Lola Bañón le hubiese gustado poder quedarse más tiempo en las zonas a las que ha sido destinada, pero en televisión la vigencia de los temas es aún más limitada. En este medio la duración de los desplazamientos se acorta no solo por razones económicas, sino también por la agenda temática, que siempre sostiene muy poco tiempo lo noticiable. Sin embargo, Bañón considera que sí ha logrado cumplir con lo que se había propuesto las veces que se ha dispuesto a tomar un avión hacia un destino complicado, «aunque siempre me han quedado las ganas de contar más cosas y de hacer un mayor seguimiento de la situación». También se siente satisfecha Yolanda Álvarez, quien considera que «he mostrado todas las aristas posibles del conflicto, desde distintos ángulos, y dando voz a los dos bandos, pero sobre todo a la población civil, que es la que más sufre». Porque se trata precisamente de eso, de contar todos los puntos de vista y aspectos posibles.

La meta de Ana Alba cuando viaja al corazón de un conflicto armado siempre es explicar a los lectores qué ocurre en ese lugar, transmitir el sufrimiento de las víctimas y denunciar situaciones de injusticia extrema; hasta ahora, tiene la convicción de haberlo conseguido con sus crónicas. En palabras de Beatriz Mesa, se trata de ser los ojos y los oídos de la audiencia. Sin embargo, eso a veces es insuficiente, pues siempre es necesario contextualizar el conflicto y ofrecer una visión global que ayude a comprenderlo. Este trabajo de fondo, habida cuenta de la situación actual de los medios y del empleo de las redes sociales (que en no pocas ocasiones se convierten en una especie de competencia desleal al exigir una atención exclusiva y una inmediatez total de acceso a la noticia), el cómo, el dónde o el porqué, termina relegado a un segundo plano. En palabras de Leticia Álvarez, «lo que sucede con esa prontitud es que resta tiempo de preparación y de investigación y, por ello, siempre me quedo con la sensación de que mi reportaje podía haber sido mejor, de que hay errores que no tendría que haber cometido, que me encantaría poder hacer grandes reportajes y dar más importancia a la parte social del conflicto que he estado cubriendo».

Aunque es bastante autocrítica, Álvarez también considera que existe una parte positiva cuando reflexiona y dice que: «A pesar de todo, hay una parte de la que me siento orgullosa y que me hace reconciliarme con la profesión. Cuando me propongo ir a un lugar, relatar lo que allí sucede contando con un mínimo de seguridad sobre mi información y finalmente logro volver para explicar lo que está pasando, lo hago y lo hago bien».

Mayte Carrasco reconoce que, desde 2008, cuando empezó a cubrir conflictos armados, ha tomado conciencia de que hay momentos en los que no ha podido cumplir con los retos propuestos en un inicio, porque cruzar determinadas líneas rojas implicaría un viaje a lugares cuya salida no está en absoluto asegurada. Meterse en el ojo del huracán en busca de la noticia puede ser tan apasionante como inútil si finalmente no se logra narrar lo vivido y atestiguado. Igual que sus compañeras, Carrasco intenta tratar los conflictos de la mejor forma posible; para ello cuenta con su terquedad, que la obliga a llegar hasta el final de la noticia. Recuerda que, en 2010, en Malí, el riesgo de secuestro le impidió realizar en persona el reportaje que perseguía pero, gracias a su fixer y después de cierto tiempo, pudo lograr su objetivo. Quería documentar la presencia de Al Qaeda en el norte del país y las repercusiones económicas que ello conllevaba. De nuevo en 2013, también en Malí, intentó entrar a una zona en combate considerada inaccesible para la prensa. Tras un mes de espera lo consiguió y contó lo que estaba ocurriendo. Su instinto la empujó a ser insistente hasta que la recompensó.

El objetivo primordial de Gemma Parellada al llegar a una zona de conflicto es, reconoce, «oler, ver e indagar. Conocer a los agentes que participan, escuchar las historias de las víctimas para captar su sufrimiento y las dinámicas de los grupos armados y, finalmente, entender, en la medida de lo posible, lo que está ocurriendo. Este objetivo, el de acercarme a la realidad, lo cumplo. El segundo es poder contar de forma completa y precisa lo que he visto y recogido. En este, fallo».

Parellada coincide con Leticia Álvarez al opinar que hoy en día los medios de comunicación están tan atrapados en la inmediatez que no dejan espacio al esclarecimiento de las causas de los conflictos o a poner en contexto las grandes historias. «No hay continuidad, coherencia ni un criterio de calidad a la hora de seleccionar los temas; así es difícil hacer una cobertura madura».

En la actualidad es tal la prisa por ofrecer la noticia que ya no sabe muy bien cuál es el objetivo final de una cobertura de grandes medios, y el factor sorpresa se convierte en un elemento esencial que no puede ser ignorado. Almudena Ariza, que ha cubierto las guerras de Irak y de Afganistán, confiesa que es tanta la urgencia que a veces «ni siquiera tienes tiempo para informarte suficientemente. Hay que intentar hacer el trabajo de la mejor forma posible y contar con el mayor número de fuentes para poder informar sobre lo que está pasando».

Los servicios de documentación de los medios suelen facilitar la labor a los corresponsales, y les proporcionan material de archivo para contextualizar su cobertura. Sin embargo, Ariza prefiere no formarse una idea preconcebida antes de partir hacia el conflicto. En general se siente bastante satisfecha del trabajo que ha realizado, cuyo resultado, dice, no depende de una sola persona, sino de un grupo de profesionales que conforman un equipo. «Cuando todo el equipo va en la misma dirección y la pasión es compartida los resultados son siempre maravillosos. A la hora de volver siempre existe la pena por los que se quedan allí o por las cosas que dejas atrás».

Olga Rodríguez siempre ha pretendido «ser notaria del trocito de realidad que tienes delante, y dar voz a las víctimas en los hospitales, en las calles, en las morgues, en sus casas, donde no tienen de nada». Para ello trata de salvar cuantos obstáculos encuentra y asume los riesgos que sean necesarios. A pesar de esos esfuerzos, es bien consciente de que existen limitaciones casi insalvables externas a su labor: «La propaganda es efectiva y tiende a tapar la verdadera cara de la guerra, que es el sufrimiento que padece la gente. Cubrir un conflicto armado es una situación muy radical y te encuentras a diario cosas que hay que mostrar. Algo he contribuido a tratar de despejar la maleza, a denunciar crímenes de guerra o situaciones en las que, con bastante probabilidad, se violan las leyes internacionales».

Rodríguez, como la mayoría de las profesionales entrevistadas aquí, muy a menudo se ha quedado con ganas de ampliar la información sobre los lugares a los que ha sido destinada y permanecer más tiempo en ellos. Para paliar su frustración, lo que no ha podido plasmar en sus crónicas periodísticas lo ha narrado en sus libros.

Corresponsal de El Correo en Nueva York desde hace catorce años, Mercedes Gallego ha conseguido casi siempre cumplir con sus expectativas en su labor de reportera, aunque cree que ello tal vez se deba a que los objetivos marcados en un principio evolucionan de acuerdo con las circunstancias.

Natalia Sancha es de la misma opinión que Gallego, pues también cree que es muy difícil trazar un plan de antemano y respetarlo sobre el terreno, porque durante una guerra los frentes avanzan y cambian sin cesar y como consecuencia se descubren historias que no se habían contemplado y que acaban cobrando prioridad. Se invierte mucho tiempo y esfuerzo en pensar en la logística debido a las condiciones extremas que se viven en una zona de conflicto, y muchas veces las periodistas independientes como Sancha no cuentan apenas con tiempo para editar sus crónicas, pues se les exige la noticia con increíble inmediatez.

Mónica G. Prieto considera que logra los objetivos de sus coberturas porque «acudo con el interés de aprender acerca de lo que sucede, con los ojos bien abiertos. En cualquier caso, siempre siento que toda expectativa que pueda suscitar un viaje profesional se cumple con creces».

Por su parte, Naiara Galarraga se impone como objetivo primordial contar con toda honestidad los hechos y proporcionar los elementos de juicio adecuados para ayudar a sus lectores a comprender mejor la situación de que esté escribiendo.

Coincide con ella Trinidad Deiros, quien afirma que siempre se propone hacer su trabajo lo mejor posible, ser honrada y aprender de los errores del pasado. «Por suerte, hasta ahora no he vuelto de ninguna cobertura con las manos vacías, algo que en parte atribuyo a mi esfuerzo y en parte al azar, que hasta el momento me ha sido favorable».

La cobertura más apasionante que ha realizado Pilar Requena es la reunificación de Alemania. Más tarde, cubrió la primera guerra del Golfo desde Israel, las elecciones turcas en pleno ascenso del islamismo y las elecciones austriacas que ganó el ultraderechista Jörg Haider. Para Requena, que trabaja para un programa de reportajes y por ello no siente la presión de la inmediatez de sus colegas de informativos, es más fácil profundizar en los temas que aborda. Como reportera de En portada opina que después de cubrir una guerra en general se siente satisfecha, pero cuando se trata de ofrecer una información honesta, teniendo en cuenta a todas las partes implicadas, al final termina situándose a favor de uno u otro bando. A la dificultad de informar sobre todos los ángulos se suma la progresiva desaparición de frentes definidos. «Tal vez en Ucrania, pero esa también es una guerra medio híbrida. En Georgia fue la invasión rusa porque solo había tanques de Putin. En Afganistán la guerra es asimétrica, con insurgentes que organizan ataques terroristas, igual que en Pakistán o en Siria, donde que hay miles de guerrillas. Son más complicadas de cubrir y los contendientes no respetan ni los Convenios de Ginebra ni a la prensa». Cuando surgieron las diversas primaveras árabes todas las televisiones querían un lugar desde el cual transmitir en directo, y eso limitaba a la hora de acudir a los frentes. Requena recuerda que «no te podías ni mover para no estar lejos de los puntos de envío».

Su compañera de En portada, Yolanda Sobero, coincide con ella al reflexionar sobre las diferencias que existen a la hora de informar para espacios diarios, que siempre priman lo inmediato, con respecto a los que permiten repasar los acontecimientos, contextualizar los sucesos y analizar tanto sus causas como sus posibles consecuencias. «Ambos tipos de información son complementarias, nunca excluyentes, aunque hoy los medios tienden a primar la noticia frente al análisis».

Las guerras evolucionan, y la manera como se habrá de informar sobre ellas también deberá evolucionar. Este es el principal reto que tendrán que afrontar los medios de ahora en adelante, no solo para asegurar su existencia, sino también para conseguir que el periodismo vuelva a ser un trabajo digno.

Texto cedido para promoción por los editores del libro Reporteras españolas, testigos de guerra: de las pioneras a las actuales. Ana del Paso. 2018, Editorial Debate.




 

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Ana del Paso (Madrid, España, 1961) Doctora por la Universidad Complutense de Madrid con la tesis Rol de las mujeres periodistas españolas en la cobertura de conflictos armados 2016. Dirigida por Dra. Carmen Salgado Santamaría, Dr. Javier Fernández del Moral.






 

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[1]      Rosa Meneses, «Marie Colvin. Crónica del horror», El Mundo, 22 de febrero de 2012.