Es lo Cotidiano

NARRATIVA

Tachas 656 • La propiedad • Max Stirner

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Tachas 656 • La propiedad • Max Stirner

«¿No aspira el Espíritu a la Libertad?». —¡No sólo mi Espíritu, toda mi carne arde sin cesar en el mismo deseo! Cuando ante el olor de la cocina del palacio mi nariz habla a mi paladar de los platos sabrosos que allí se preparan, encuentro mi pan seco horriblemente amargo; cuando mis ojos le muestran a mi sufrida espalda los blandos almohadones sobre los que le sería mucho más dulce extenderse que sobre paja pisoteada, el despecho y la rabia se apoderan de mí; cuando… ¿pero a qué evocar más dolores? ¿Y es eso lo que llamas tu ardiente sed de libertad? ¿De qué quieres, entonces, ser librado? ¿Del pan seco y del lecho de paja? Pues bien, ¡échalos al fuego! Pero no por eso estarás más adelantado; lo que quieres es más bien la libertad de gozar de una buena cama y de un buen lecho. ¿Te lo permitirán los hombres? ¿Te darán esa libertad? No esperes eso del amor de los hombres, porque sabes que piensan todos como Tú: ¡cada uno es para sí mismo el prójimo! ¿Cómo harás para disfrutar de esos platos, de esas almohadas que envidias? ¡No hay otra solución que convertirlos en tu propiedad!

Cuando se piensa bien en ello, lo que se quiere no es la libertad de tener todas esas cosas bellas, pues por esta misma libertad no las posees aún. Tú quieres tener esas cosas realmente, quieres llamarlas Tuyas y poseerlas como Tu propiedad. ¿De qué te sirve una libertad que no te da nada? Por otra parte, si te hubiese librado de todo, no tendrías ya nada, porque por esencia está vacía de todo contenido. No es más que un vano permiso para quien no sabe servirse de ella; y si yo me sirvo de ella, la manera en que la uso no depende más que de mí, de mi individualidad.

No encuentro nada que desaprobar en la libertad, pero yo te deseo más que libertad. No deberías carecer sencillamente de lo que no quieres, también deberías tener lo que quieres. No te basta ser libre, debes ser más, debes ser propietario.

¿Quieres ser libre? ¿Y de qué? ¿De qué no puede liberarse uno? Puede sacudirse el yugo de la servidumbre, del poder soberano, de la aristocracia y de los príncipes; se puede sacudir la dominación de los apetitos y de las pasiones y hasta el imperio de la voluntad propia y personal; la abnegación total; la completa renuncia no es más que libertad, libertad para con uno mismo, su arbitrio y sus determinaciones. Son nuestros esfuerzos hacia la libertad, como hacia algo absoluto, de un valor infinito, los que nos despojaron de la individualidad creando la abnegación. Cuanto más libre soy, más se eleva la compulsión como una torre ante mis ojos, y más impotente me siento. El salvaje, en su sencillez, no conoce aún nada de las barreras que asfixian al civilizado; le parece que es más libre que este último. Cuanta más libertad adquiero, más nuevos límites y nuevos deberes me creo. ¿He inventado los ferrocarriles?, inmediatamente me siento débil, porque no puedo aún hendir los aires como el pájaro; ¿he resuelto un problema cuya oscuridad angustiaba mi espíritu?, ya surgen otras mil cuestiones, mil enigmas nuevos embarazan mis pasos, desconciertan mis miradas y me hacen sentir con mayor dolor los límites de Mi libertad. Y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia. Los republicanos, con su amplia libertad, ¿no son esclavos de la ley? ¡Con qué avidez los corazones verdaderamente cristianos desearon en todo tiempo ser libres, y cuánto tardaba para ellos el verse librados de los lazos de esta vida terrenal! Ellos buscaban con los ojos la tierra prometida de la libertad. Más la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre.

Ser libre de alguna cosa, significa simplemente carecer o estar exento de ella. «Se ha librado de su dolor de cabeza» es igual a «está exento, no tiene ya dolor en la cabeza»; «está libre de preocupaciones», igual a «no las tiene» o se «ha desembarazado de ellas». La libertad que entrevió y saludó al cristianismo, la completamos por la negación que expresa el sin, el in negativo; sin pecado, inocente; sin Dios, impío; sin costumbres, inmoral.

La libertad es la doctrina del cristianismo: «Son, queridos hermanos, llamados a la libertad»; «Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad».

¿Debemos rechazar la libertad porque se revela como un ideal cristiano? No; se trata de no perder nada y tampoco la libertad. De lo que se trata es de hacérnosla propia, lo que es imposible bajo su forma de libertad.

¡Qué diferencia entre la libertad y la propiedad! Se puede carecer de muchas cosas, pero no se puede estar sin nada; se puede estar libre de muchas cosas, pero no libre de todo. El esclavo mismo puede ser interiormente libre, pero sólo con respecto a ciertas cosas, y no a todas; como esclavo no es libre frente al látigo, los caprichos imperiosos del amo, etcétera. ¡La libertad no existe más que en el reino de los sueños! La individualidad, es decir, mi propiedad, es en cambio, toda mi existencia y mi esencia, es Yo mismo. Yo soy libre de lo que carezco, soy propietario de lo que está en mi poder o de aquello que puedo. Yo soy en todo tiempo y en todas circunstancias Mío desde el momento en que entiendo ser Mío y no me prostituyo a otro. Yo no puedo querer verdaderamente la Libertad, pues no puedo realizarla, crearla; todo lo que puedo hacer es desearla y soñar con ella, pero sigue siendo un ideal, un fantasma. Las cadenas de la realidad infligen a cada instante a mi carne las más crueles heridas, pero yo sigo siendo Mi bien propio. Entregado en servidumbre a un dueño, no pongo mis miras más que en Mí y en mis ventajas; sus golpes, en verdad, me alcanzan, no estoy libre de ellos pero, ya sea que quiera engañarlo con una fingida sumisión o porque tema atraerme algo peor con mi resistencia, sólo los soporto por mi propio interés. Pero como no tengo la mira más que en Mí y en mi interés personal, aprovecharé la primera ocasión que se presente y aplastaré a mi dueño. Y entonces seré libre de él y de su látigo, lo que no será más que la consecuencia de mi egoísmo anterior. Se me dirá que, aun esclavo, yo era libre, que yo poseía la libertad en sí misma e interiormente. Pero ser libre en sí no es ser realmente libre, y el interior no es el exterior. Lo que yo era, lo que era mío, mío propio, lo era totalmente, tanto exterior como interiormente. Bajo la dominación de un amo cruel, mi cuerpo no es libre de la tortura y de los latigazos; pero son mis huesos los que gimen en el tormento, son mis fibras las que se estremecen bajo los golpes, y Yo gimo porque mi cuerpo gime. Si suspiro y si tiemblo, es porque soy todavía mío, porque soy siempre mi propiedad. Mi pierna no es libre bajo el palo del amo, pero sigue siendo mi pierna y no se me puede arrancar. ¡Que me la arranque, y diga si tiene aún mi pierna! No tendrá ya en la mano más que el cadáver de mi pierna, y ese cadáver no es mi pierna más que un perro muerto es un perro: un perro tiene un corazón que late, y lo que se llama un perro muerto no lo tiene ya y no es ya un perro.

Decir que un esclavo puede ser, a pesar de todo, interiormente libre, es, en realidad, emitir la más vulgar y la más trivial de las banalidades. ¿A quién podría, en efecto, ocurrírsele sostener que un hombre puede carecer de toda libertad? Aunque yo sea el más rastrero de los lacayos, ¿no estaré, sin embargo, libre de una infinidad de cosas? ¿De la fe en Zeus, por ejemplo, o de la sed de fama, etc.? ¿Y por qué, pues, un esclavo azotado no podría estar también interiormente libre de todo pensamiento poco cristiano, de todo odio para sus enemigos, etc.? Es, en ese caso, cristianamente libre, puro de todo lo que no es cristiano; pero ¿es absolutamente libre, está liberado de todo, de la ilusión cristiana, del dolor corporal, etc.?

Puede parecer, a primera vista, que todo esto ataca más al nombre que a la cosa. Pero ¿es el nombre una cosa tan indiferente, y no es siempre por una palabra, un equívoco por lo que los hombres han sido inspirados y engañados? Existe, por otra parte, entre la libertad y la propiedad (o la individualidad) una sima más profunda que una simple diferencia de palabras.

Todo el mundo tiende hacia la libertad; todos llaman su reinado a voz en cuello. ¿Quién no ha sido mecido por ti, oh, sueño encantador de un «reinado de la libertad», de una radiante «humanidad libre?». ¿Así, pues, los hombres serán libres, exentos de toda constricción? ¿Verdaderamente de toda constricción? ¿No podrán constreñirse ellos mismos? —¡Ah, sí, perfectamente; pero eso no es una constricción! De lo que serán librados es de la fe religiosa, de los rigurosos deberes de la moralidad, de la severidad de la ley, de… ¡Eso es un tremendo absurdo! ¿Pero de qué, pues, se debe y de qué no se debe ser libre?

El hermoso ensueño vuela; despierto, se frota uno los ojos y mira fijamente al prosaico preguntón. «¿De qué deben los hombres ser libres?». ¡De la credulidad ciega!, dice uno…— ¡Eh, exclama otro, toda fe es ciega! De la fe debe ser librado. —No, no, por el amor de Dios, replica el primero; no rechacen lejos suyo toda creencia, pero pongan un límite al poder de la brutalidad. —Un tercero toma la palabra: Debemos, dice, fundar la República y liberarnos de todos los señores. —No estaremos más adelantados, responde un cuarto; no llegaremos más que a darnos un nuevo señor, una «mayoría reinante», desembaracémonos antes de esta intolerable desigualdad…— ¡Oh, desgraciada igualdad, de nuevo oigo tus groseros clamores! ¡Qué bello ensueño tenía yo hace poco de una libertad paradisíaca, y qué impudicia, qué licencia desenfrenada turba ahora mi Edén con sus salvajes aullidos! Así exclama el primero de nuestros interlocutores; se levanta y blande su sable contra esa «libertad sin medida». Bien pronto no oiremos más que el chocar de las espadas; rivales de todos esos amantes de la libertad.

En todo tiempo, las luchas por la libertad no han tenido por objetivo más que la conquista de una libertad determinada, como por ejemplo, la libertad religiosa; el hombre religioso quería ser libre e independiente. ¿De qué? ¿De la fe? En modo alguno, sino de los inquisidores de la fe. Lo mismo ocurre hoy con la libertad política o civil. El ciudadano quiere ser liberado, no de su ciudadanía, sino de la opresión de los arrendadores y tratantes, de la arbitrariedad real, etc. El conde de Provenza emigró de Francia precisamente en el momento en que esa misma Francia intentaba inaugurar el reinado de la libertad, y he aquí sus palabras: Mi cautiverio se me había hecho insoportable; no tenía más que una pasión: conquistar la libertad; no pensaba más que en ella.

El impulso hacía una libertad determinada implica siempre la perspectiva de una nueva dominación; la Revolución podía, sí, inspirar a sus defensores el sublime orgullo de combatir por la libertad, pero no tenía en sus miras más que cierta libertad; así resultó una dominación nueva: la de la ley.

¡Libertad quieren todos; quieran, entonces, la libertad! ¿Por qué regatear por un poco más o menos? La libertad no puede ser más que la libertad toda entera; un poco de libertad no es la libertad. ¿No esperan que sea posible alcanzar la libertad total, la libertad frente a todo? ¿Incluso piensan que es locura desearla? Dejad, pues, de perseguir un fantasma y dirigid vuestros esfuerzos hacia un fin mejor que lo inaccesible.

¡No, nada es mejor que la libertad!

¿Qué tendréis, pues, cuando tengáis la libertad? (bien entendido que hablo aquí de la libertad perfecta y no de sus migajas de libertad). Estaréis desembarazados de todo, absolutamente de todo lo que os molesta, y nada en la vida podrá ya molestaros e importunaros. ¿Y por el interés de quién queréis ser librados de esas molestias? Por vuestro propio interés, porque contrarrestáis vuestros deseos. Pero suponed que alguna cosa no os resulte penosa, sino, por el contrario, agradable; por ejemplo, las miradas, muy dulces sin duda, pero irresistiblemente imperiosas, de vuestras amadas: ¿queréis también ser liberados de ellas? No; y en este caso renunciaréis sin pena a la libertad. ¿Por qué? De nuevo por el amor de vosotros mismos. Así, pues, haced de vosotros mismos la medida y el juez de todo. Con gusto dejaréis de lado la libertad, cuando, para vosotros, la no libertad de la dulce servidumbre del amor tiene más encantos, y la tomaréis de nuevo, ocasionalmente, cuando os vuelva a resultar conveniente, suponiendo, lo que no hay que examinar aquí, que otros motivos (por ejemplo, religiosos) no os aparten de ella.

¿Por qué, entonces, no tener un arranque de valor y hacer de vosotros realmente el centro y el principio? ¿Por qué embobarse con la libertad, ese mero ensueño? ¿Sois vosotros vuestra propia ilusión? No toméis el consejo de vuestros sueños, de vuestras imaginaciones o de vuestros pensamientos, porque todo eso no es más que vana teoría. Interrogaros y haced caso de vosotros mismos, eso es ser práctico, y no os desagrada ser prácticos. Pero alguno se pregunta lo que dirá su Dios (naturalmente su Dios es lo que él designe con ese nombre); otro se pregunta lo que dirán su sentido moral, su conciencia, su sentimiento del deber; un tercero se inquieta por lo que la gente va a pensar, y cuando cada uno ha interrogado a su oráculo (la gente es un oráculo tan seguro y aún más comprensible que el de arriba: vox populi, vox Dei), todos obedecen a la voluntad de su Señor, y ya no escuchan poco ni mucho lo que ellos mismo hubieran podido decir y decidir.

¡Busquen, pues, en vosotros mismos, antes que a vuestros dioses o vuestros ídolos: descubrid en vosotros mismos lo que está oculto, traedlo a la luz y reveladlo!

Como cada uno procede conforme a sí mismo, y no se inquieta por nada más, los cristianos se han imaginado que a Dios no le podría suceder de otro modo. Él actúa como le place. Y el hombre insensato, que podría hacer lo mismo, ha de guardarse bien de ello y debe obrar como le place a Dios. — ¿Dicen que Dios se conduce según leyes eternas? Lo mismo pueden decirlo de Mí, pues Yo tampoco puedo salir de mi piel, sino que mi ley está escrita en toda mi naturaleza, es decir, en Mí.

Pero basta dirigirse a vosotros llamándoos a Vosotros mismos para que os sumerjáis en la incertidumbre. ¿Qué soy?, se pregunta cada uno de vosotros. ¡Un abismo en que hierven, sin regla y sin ley, los instintos, los apetitos, los deseos, las pasiones; un caos sin claridad y sin estrella! Si no tengo consideraciones ni para los mandamientos de Dios, ni para los deberes que me prescribe la moral, ni para la voz de la razón que, en el curso de la historia y tras duras experiencias, ha erigido en ley lo mejor y lo más sabio, si no me escucho únicamente más que a Mí, ¿cómo podré dar una respuesta juiciosa? ¡Mis pasiones me aconsejarán precisamente las mayores locuras! —Así, cada uno de vosotros se considera a sí mismo como el diablo. Pues de considerarse simplemente como un animal (en la medida que la religión, etc., no le preocupan nada), observaría muy fácilmente que la bestia, a pesar de no tener otro consejero que su instinto, no corre derecha al absurdo, y marcha muy sosegadamente. Pero la costumbre de pensar religiosamente nos ha falseado tanto el espíritu, que nos espantamos ante Nosotros mismos en nuestra desnudez, nuestra naturalidad. Hasta tal punto nos ha degradado la religión, que nos imaginamos manchados por el pecado original, nos consideramos demonios vivientes. Como es natural, inmediatamente pensarán que su deber exige la práctica del Bien, de la Moral, de la Justicia. Y si únicamente os interrogáis vosotros mismos sobre lo que tenéis que hacer, ¿cómo podría resonar en vosotros la buena voz, la voz que indica el camino del Bien, de lo Justo, de lo Verdadero, etc.? ¿Cómo pueden hablarse Dios y Belial?

¿Qué pensarían si alguien les respondiese que Dios, la conciencia, el deber, la ley, etc., son mentiras con las que se les ha llenado la cabeza y el corazón hasta embrutecerlos? ¿Y si alguien les preguntara cómo saben a ciencia cierta, que la voz de la naturaleza es una voz tentadora? ¿Y si los instigase a trastocar los papeles y a tener francamente a la obra del diablo por la voz de Dios y de la conciencia? Hay hombres tan malos como para eso; ¿cómo hacerlos callar? No podrán recurrir a sus sacerdotes, a sus abuelos y a las personas honradas, porque es a ellos a quienes justamente señalan como seductores: son ellos, dicen, los que verdaderamente han manchado y corrompido a la juventud, sembrando a manos llenas la cizaña del desprecio de uno mismo y del respeto a los dioses; son ellos los que han encenagado los corazones jóvenes y embrutecido los jóvenes cerebros.

Pero van más lejos y les preguntan: ¿Por amor a quién se preocupan de Dios y de los mandamientos? Saben bien que no obran por pura complacencia para con Dios; ¿por amor a quién se toman, entonces, tantos cuidados? De nuevo, por amor a vosotros mismos. Aquí, vosotros sois todavía lo principal, y cada cual debe decirse: Yo soy para Mí todo, y todo lo que Yo hago, lo hago por causa propia. Si les ocurriese, aunque sólo fuera una vez, ver claramente que el Dios, la ley, etc., no hacen más que perjudicarlos, que los empequeñecen y corrompen, por cierto que los rechazarían lejos de vosotros, como los cristianos derribaron en otro tiempo las imágenes de Apolo y de Minerva y de la moral pagana. Es verdad que erigieron en su lugar a Cristo, y más tarde a María, así como una moral cristiana, pero no lo hicieron sino por la salvación de su alma, es decir, por egoísmo o individualismo.

Y fue este mismo egoísmo, este individualismo el que los desembarazó y los liberó del antiguo mundo de los dioses. La individualidad engendró una nueva libertad, porque la individualidad es la creadora universal; y desde largo tiempo se considera a una de sus formas, el genio (que siempre es singularidad u originalidad) como el creador de todas las principales obras en la historia del mundo.

¡Si la libertad es el objeto de sus esfuerzos, deben satisfacer sus exigencias! ¿Quién, entonces, puede ser libre? ¡Tú, Yo, Nosotros! ¿Libres de qué? ¡De todo lo que no sea Tú, Yo, Nosotros! Yo soy el núcleo, yo soy la almendra que debe ser liberada de todas sus cubiertas, de todas las cáscaras que la encierran. ¿Y qué quedará cuando Yo sea liberado de todo lo que no sea Yo? ¡Yo, siempre y nada más que Yo! Pero la libertad no tiene nada que ver con ese Yo; ¿qué vendré a ser Yo una vez libre? Sobre este punto la libertad permanece muda; ella es como nuestras leyes penales, que al cumplimiento de su pena abren al prisionero la puerta de la prisión, y le dicen: ¡Márchate!

Siendo esto así, ¿por qué, si sólo busco la libertad en Mi propio interés, por qué no me convierto a Mí en el principio, el medio y el fin? ¿No valgo más Yo que la libertad? ¿No soy Yo quien me hago libre, y no soy Yo, pues, lo primero? Aun esclavo, aun cubierto de mis cadenas, Yo existo; Yo no soy, como la libertad, algo futuro que se espera, soy actual.

Pensad bien en ello, y decidid si inscribir en nuestra bandera la libertad, ese ensueño; o el egoísmo, el individualismo, esa resolución. La libertad despierta el odio contra todo lo que no sea Vosotros; el egoísmo los llama al goce de sí mismos, a la alegría de ser; la libertad es y sigue siendo una aspiración, una elegía romántica, una esperanza cristiana del porvenir y del más allá; la individualidad es una realidad que por sí misma suprime toda traba a la libertad, por lo mismo que os molesta y os cierra el camino. No tenéis que ser liberados de lo que no os hace ningún mal, y si alguna cosa comienza a molestaros, sabed que es a Vosotros a quienes deben obedecer, antes que a los hombres.

La libertad os dice que os hagáis libres, que os aligeréis de todo lo que os pesa; pero no os enseña lo que sois Vosotros mismos. ¡Liberaos, liberaos! Y tras ese grito os sacrificáis, os liberáis a Vosotros mismos oprimiéndose. La individualidad os llama, os grita: ¡Volved en Sí! Bajo la égida de la libertad os faltarán muchas cosas, pero ved que algo os oprime de nuevo: Liberados del mal, el mal ha quedado. Como individuos, sois realmente libres de todo; lo que os queda inherente, lo habréis aceptado por plena elección y con pleno agrado. El individuo es radicalmente libre, libre de nacimiento; el libre, por el contrario, sólo anhela la libertad, es un soñador y un iluso.

El primero es originalmente libre, porque no reconoce más que a sí mismo; no tiene que empezar por liberarse, porque a priori rechaza todo fuera de él, porque no aprecia nada más que a sí mismo, no admite nada por encima de él; en suma, porque parte de sí mismo y llega a sí mismo. Desde la infancia, contenido por el respeto, lucha ya por liberarse de esa constricción. La individualidad se pone en acción en el pequeño egoísta y le procura lo que desea: la libertad. Siglos de cultura han oscurecido a sus ojos lo que vosotros sois y os han hecho creer que no sois egoístas, que vuestra vocación es ser idealistas, buenas personas. ¡Sacudid todo eso! No busquéis en la abnegación una libertad que os despoja de Vosotros mismos, sino buscaos a vosotros mismos, haceros egoístas y que cada uno de Vosotros se convierta en un Yo Omnipotente. Más claramente: conoceos a Vosotros mismos, no reconozcáis más que lo que sois realmente y abandonad vuestros esfuerzos hipócritas, esa manía insensata de ser otra cosa que lo que sois. Llamo a vuestros esfuerzos hipocresía porque durante siglos habéis sido egoístas dormidos, que se engañan a sí mismos, y cuya demencia os hace heautontimorumenos y vuestros propios verdugos. Jamás una religión ha podido subsistir sin promesas pagaderas en este mundo o en el otro (vivir largamente, etc.) porque el hombre exige un salario y no hace nada pro Deo. Sin embargo, se hace el bien por el amor del bien, sin esperar ninguna recompensa. ¡Como si la recompensa no estuviese contenida en la satisfacción misma que procura una buena acción! La religión misma está fundada sobre nuestro egoísmo y lo explota; basada sobre nuestros apetitos, ahoga a unos para satisfacer a los otros. Ella nos ofrece el espectáculo del egoísta engañado, el egoísta que no se satisface, pero que satisface uno de sus apetitos, por ejemplo, la sed de felicidad. La religión me promete el Bien Supremo y para ganarlo dejo de oír mis demás deseos y no los satisfago. Todos vuestros actos, todos vuestros esfuerzos, son egoísmo inconfesado, secreto, oculto, disimulado. Pero ese egoísmo que no queréis aceptar y que os calláis a vosotros mismos, no se ostenta ni se pregona, y permanece inconsciente, no es egoísmo sino servidumbre, adhesión, abnegación. Sois egoístas y no lo sois, porque renegáis del egoísmo. ¡Y precisamente Vosotros que entregasteis la palabra egoísta a la execración y al desprecio; ¡Vosotros a quienes ese término se aplica tan bien!

Yo aseguro Mi libertad contra el mundo, en la medida en que me apropio de él, cualquiera que sea, por otra parte, el medio que emplee para conquistarlo y hacerlo mío: persuasión, ruego, orden, categoría o aun hipocresía, engaño, etc. Los medios que utilizo no los dirijo más que a lo que Yo soy. Si soy débil, no dispondré más que de medios débiles, tales como los que he citado y que bastan, sin embargo, para hacerse superior a cierta parte del mundo. Así, el dolor, la duplicidad y la mentira, parecen peores de lo que son. ¿Quién rehusaría engañar a su opresor y sortear la ley? ¿Quién, cuando se encuentra con los guardias no tomaría rápidamente un aire de inocente lealtad para ocultar alguna ilegalidad que acaba de cometer, etc.? Quien no lo hace por escrúpulos y se deja violentar es un cobarde. Yo siento ya que mi libertad está rebajada cuando no puedo imponer mi voluntad a otro (ya carezca de voluntad, como una roca o ya la tenga, como un Gobierno, un individuo, etc.); pero es renegar de mi individualidad el abandonarme Yo mismo a otro, ceder, doblegarme, renunciar por sumisión y resignación. Abandonar una manera de proceder que no conduce al objetivo o dejar un mal camino es una cosa muy distinta que someterse. Yo rodeo una roca que cierra mi camino en tanto no tengo suficiente pólvora como para hacerla saltar. Yo sorteo las leyes de mi país, en tanto que no tengo fuerza para destruirlas. Si no puedo atrapar la luna, ¿debe por eso convertirse en sagrada, ser para mí una Astarté? ¡Si yo pudiera tan sólo asirte, ciertamente no vacilaría, y si hallase un medio de llegar hasta ti, no me darías miedo! ¡Eres lo inaccesible!, pero no seguirás siéndolo sino hasta el día en que Yo haya conquistado el poder necesario para alcanzarte, y ese día tú serás Mía: Yo no me inclino ante ti; ¡aguarda que haya llegado mi hora!

Así es como siempre han actuado los hombres fuertes. Los sometidos ponían bien alto el poder de su señor y, prosternados, exigían que todos lo adorasen; venía uno de esos hijos de la naturaleza que rehusaba humillarse, y expulsaba al poder adorado de su inaccesible Olimpo. Él gritaba al sol: ¡Detente!, y hacía girar a la Tierra; los sometidos tenían que resignarse a ello; daba con su hacha en el tronco de las encinas sagradas, y los sometidos se asombraban de no verlo devorado por el fuego celeste; derribaba al Papa de la Sede de San Pedro, y los sometidos no sabían impedírselo; arrasa hoy el albergue de la gracia de Dios, y los sometidos graznan, pero acabarán por callarse, impotentes.

Mi libertad no llega a ser completa más que cuando es mi poder; únicamente por él, dejo de ser meramente libre para hacerme individuo y poseedor. ¿Por qué la libertad de los pueblos es palabra vana? ¡Porque no tienen poder! El soplo de un Yo vivo basta para derribar pueblos, ya sea un soplo de un Nerón, de un emperador de la China o de un pobre escritor. ¿Por qué languidecen inútilmente las Cámaras soñando con la libertad y se hacen llamar al orden por los ministros? Porque no son poderosas. La fuerza es, en muchos casos, una bella cosa útil, pues se llega más lejos con una mano potente que con un saco lleno de derecho. ¿Aspiráis a la libertad? ¡Locos! Tened la fuerza, y la libertad vendrá por sí sola. ¡Ved: ¡el que tiene la fuerza, está por encima de las leyes! ¿Es esta observación de vuestro gusto, personas obedientes de la ley? ¡Pero si vosotros no tenéis gusto!

Por todas partes resuenan llamamientos a la libertad. ¿Pero se siente y se sabe lo que significa una libertad dada, otorgada? Se ignora que toda libertad es, en la plena acepción de la palabra, esencialmente una autoliberación, es decir, que Yo tan sólo puedo tener tanta libertad como la cree Mi individualidad. ¡Bien avanzados estarán los carneros con que nadie les escatime su libre balar! ¡Continuarán balando! Den al que en el fondo del corazón es mahometano, judío o cristiano, el permiso de decir lo que se le pase por la mente: hablará como antes. Pero si algunos les arrebatan la libertad de hablar y de escuchar, es porque ven muy claramente su ventaja actual, porque podrían tal vez ser tentados, en verdad, a decir u oír alguna cosa que resquebrajase el crédito de aquellos.

Si, no obstante, os dan la libertad, no son sino farsantes que dan más de lo que tienen. No os dan nada de lo que a ellos les pertenezca, sino una mercancía robada; os dan su propia libertad, la libertad que habríais podido tomar vosotros mismos, y si os la dan, no es sino para evitar que la toméis y para que no pidáis, además, cuentas a los ladrones. Astutos como sois, sabéis bien que una libertad que se da (o que se otorga) no es la libertad, y que sólo la libertad que se toma, la de los egoístas, boga a toda vela. Una libertad recibida de regalo, recoge sus velas cuando se desata la tempestad o el viento cesa; tiene que ser siempre impulsada por una brisa moderada y dulce.

Esto nos muestra la diferencia entre la auto-liberación y la emancipación. Cualquiera que hoy pertenezca a la oposición, reclama a viva voz la emancipación. ¡Los príncipes deben proclamar a sus pueblos mayores, es decir, emanciparlos! Si por sus maneras de conducirse son mayores, nada ganan con ser emancipados; si no son mayores, no son dignos de la emancipación, y no es ella la que apresurará su madurez. Los griegos, cuando fueron mayores de edad, arrojaron a sus tiranos, y el hijo mayor de edad se separa de su padre; si los griegos hubieran esperado a que sus tiranos les hiciesen la gracia de ponerlos fuera de tutela habrían aguardado largo tiempo; el padre cuyo hijo no quiere hacerse mayor, lo pone, si es sensato, en la puerta de su casa, y el imbécil no tiene más de lo que merece.

El hombre al que se le concede la libertad no es más que un esclavo liberado, un libertinus, un perro que arrastra un extremo de la cadena; es un siervo vestido de hombre libre, como un asno bajo una piel de león. Judíos a quienes se ha emancipado no valen más por eso, están simplemente aliviados en cuanto judíos. Es preciso reconocer, sin embargo, que el que alivia su suerte es más que un cristiano religioso porque este último no podría hacerlo sin ser inconsecuente. Pero, emancipado o no, un judío sigue siendo un judío; quien no se libera a sí mismo, no es más que un emancipado. En vano el Estado protestante ha querido liberar (emancipar) a los católicos; en tanto no se liberen ellos mismos, seguirán siendo católicos.

Hemos tratado ya anteriormente del interés personal y del desinterés. Los amigos de la libertad echan bombas y centellas contra el interés personal porque no han llegado a liberarse de la grande, de la sublime abnegación en sus religiosos esfuerzos por conquistar la libertad. El liberal guarda rencor al egoísta, porque éste no se apega jamás a una cosa por amor a ella, sino por amor a sí mismo: la cosa debe servirle. Es egoísta no conceder a la cosa ningún valor propio de ella o absoluto, sino hacerse a sí mismo la medida de ese valor. Se oye con frecuencia citar como un caso innoble de egoísmo práctico a quienes hacen de sus estudios un modo de ganar el pan (Brotstudium); se dice que es una vergonzosa profanación de la ciencia. Pero Yo me pregunto: ¿para qué otra cosa puede servir la ciencia sino para consumirla? Francamente, el que no sabe emplearla en nada mejor que en ganarse la vida, no descubre más que un egoísmo bastante débil, porque su potencia de egoísmo es de las más limitadas; pero se necesita ser un poseído para censurar en eso al egoísmo y la prostitución de la ciencia.

El cristianismo, incapaz de comprender al individuo como único, que no lo consideraba más que como dependiente, no fue, propiamente hablando, más que una teoría social, una doctrina de la vida en común, tanto del hombre con Dios como del hombre con el hombre; así es que llegó a despreciar profundamente todo lo que es propio, particular, del individuo. Nada menos cristiano que las ideas expresadas por las palabras alemanas Eigennutz (interés egoísta), Eigensinn y Eigenwille (capricho, obstinación, testarudez, etc.), Eigenheit (individualidad, particularidad), Eigenliebe (amor propio), etc., que encierran todas las ideas de eigen (propio, particular). La óptica cristiana ha deformado poco a poco el sentido de una multitud de palabras que, siendo honorables en la antigüedad, se han convertido en términos de censura; ¿por qué no se las rehabilitaría? Así, la palabra Schimpf, que significaba en tiempos pasados burla, significa hoy ultraje, afrenta, porque el celo cristiano no entiende de bromas, y todo pasatiempo es a sus ojos una pérdida de tiempo; frech, insolente, audaz, quería simplemente decir atrevido, animoso; Frevel, el delito, no era más que la audacia. Es sabido durante cuánto tiempo la palabra razón ha sido mirada de reojo.

Nuestra lengua ha sido así modelada poco a poco sobre el punto de vista cristiano, y la conciencia universal es aún demasiado cristiana para no retroceder con espanto, como ante algo imperfecto o malo, ante lo no cristiano, es por esta razón que el interés personal, egoísta, es tan poco estimado.

Egoísmo, en el sentido cristiano de la palabra, significa algo así como interés exclusivo por lo que es útil al hombre carnal. Pero ¿esta cualidad de hombre carnal es, acaso, mi única propiedad? ¿Me pertenezco cuando estoy entregado a la sensualidad? ¿Obedezco a Mí mismo, a Mi propia decisión, cuando obedezco a la carne, a Mis sentidos? Yo no soy verdaderamente Mío sino cuando estoy sometido a Mi propio poder y no al de los sentidos o, por otra parte, al de cualquiera que no sea Yo (Dios, los hombres, la autoridad, la ley, el Estado, la Iglesia, etc.). Lo que persigue mi egoísmo es lo que me es útil a mí, al autónomo, el autócrata.

Uno está obligado, por otra parte, a cada instante, a inclinarse ante ese interés personal tan desacreditado, como ante el motor universal y todopoderoso. En la sesión del 10 de Febrero de 1844, Welcker invoca, en apoyo de una moción, la falta de independencia de los jueces y pronuncia todo un discurso para demostrar que magistrados separables, destituibles, trasladables y pensionables, o en otros términos, expuestos a verse despedidos y dejados a pie en vía administrativa, pierden toda autoridad y todo crédito y el pueblo mismo les rehúsa su respeto y su confianza. «¡Toda la magistratura —exclama Welcker— está desmoralizada por esta dependencia!». Para quien sabe leer entre líneas, eso quiere decir que los administradores de la justicia perciben que les conviene más pronunciar un fallo conforme a las intenciones ministeriales, que atenerse al sentido de la ley. ¿Cómo remediarlo? ¿Se podrá tal vez, hacer sentir a los jueces todo lo que su venalidad tiene de ignominioso, con la esperanza de verlos volver en sí, y poner en adelante la justicia por encima de su egoísmo? ¡Ay, no! El pueblo no se eleva a tan novelesca confianza; percibe demasiado bien que el egoísmo es el más poderoso de todos los motivos. Dejemos, pues, sus funciones de jueces a los que las han ejercido hasta el presente, por convencidos que estemos de que no han cesado y no cesarán jamás de obrar como egoístas. Sólo hagamos de tal modo que no vean por más tiempo su egoísmo alentado por la venalidad del derecho; que sean, al contrario, bastante independientes del Gobierno, para no tener a cada instante que optar entre la justicia y sus intereses; que su «interés bien entendido» no sea comprometido jamás por la legalidad de los juicios que emitan, y que se les haga fácil recibir un buen sueldo sin enfrentarse a la consideración pública.

Así, pues, Welcker y los ciudadanos de Baden no tienen completa tranquilidad más que cuando han hecho entrar al egoísmo en su juego. ¿Qué pensar desde ahora de esas bellas frases sobre el desinterés, con las que se llenan sin cesar la boca?

Mis relaciones con una causa que defiendo por egoísmo no son las mismas que mis relaciones con la causa que sirvo por desinterés. He aquí la piedra de toque que permite distinguirlas: para con esta última, yo puedo ser culpable, puedo cometer un pecado, en tanto que sólo puedo perder la primera, alejarla de mí, es decir, cometer respecto a ella una torpeza. La libertad del comercio participa de esta doble manera de ver; pasa, en parte, por una libertad que puede ser concedida o retirada según las circunstancias; en parte, por una libertad que debe ser sagrada en toda circunstancia.

Si una cosa no me interesa en sí misma y por ella misma, si no la deseo por amor de ella, la desearé simplemente a causa de su oportunidad, de su utilidad, y en vista de otro objeto; así, por ejemplo, las ostras, que deseo por su gusto agradable. Para el egoísta, toda cosa no será más que un medio, cuyo fin es, en último análisis, él mismo; ¿debe proteger lo que no le sirve para nada? El proletario, por ejemplo, ¿debe proteger al Estado?

La individualidad encierra en sí misma toda propiedad y rehabilita lo que el lenguaje cristiano había deshonrado. Pero la individualidad no tiene ninguna medida exterior, porque no es, en modo alguno, como la libertad, la moralidad, la humanidad, etc., una idea. Suma de las propiedades del individuo, no es más que la descripción de su propietario.

Texto cedido para promoción por los editores del libro El Único y su propiedad. Max Stirner. Colección Ciencia que ladra. Siglo XX Editores. 2014. Traducción: Pedro González Blanco.




 

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Max Stirner Johan Caspar Schmidt, verdadero nombre de Max Stirner (Beyreuth, 1806), cursó estudios de filosofía y filología clásica, y frecuentó las universidades de Erlangen, Königsber, Berlín, donde escuchó a Hegel y a Schleiermacher. Fue profesor en el Centro de Educación de Señoritas de Berlín y publicó en 1844 su obra Der Einzige und Sein Eigenthum (El único y su Propiedad). Estuvo vinculado a los jóvenes hegelianos, el grupo de los «librer» (Die Freien) compuesto por ilustres pensadores como Ludwig Feuerbach, Bruno Bauer, David Strauss, Arnold Rouge, August von Cieszkowski, Karl Scmidt, Edgar Bauer, Friedrich Engels y Karl Marx.






 

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