Tachas 657 • Capítulo Cero • Michael Azerrad
Cow Palace, San Francisco, 9 de abril de 1993. Once mil personas — chavales de estética grunge, deportistas, metaleros, público mainstream, punks, niños pequeños con sus padres, hippies— han venido desde lugares tan lejanos como Los Ángeles o Seattle para ver el primer bolo de Nirvana en Norteamérica en siete meses, un concierto benéfico para las víctimas de violación en Bosnia. Aparte de una gira por clubs de siete semanas a finales de 1991, lo más cerca que la mayoría de fans norteamericanos ha estado de ver al grupo en directo fue en su actuación en Saturday Night Live hace más de un año. Desde entonces han ocurrido muchas cosas: rumores sobre consumo de drogas, rumores sobre la separación del grupo, pleitos y la venta de unos cinco millones más de ejemplares del disco Nevermind a nivel mundial. Y no han ocurrido muchas otras, como una gira de estadios por Estados Unidos o un nuevo disco. Se trata de un concierto crucial.
El grupo sale al escenario. Kurt Cobain, ataviado con una chaqueta de punto de color aguamarina, una camiseta de Captain America del revés y unos vaqueros hechos trizas, saluda nervioso al público. Se ha teñido el pelo de rubio para la ocasión. Un gran mechón le cubre los ojos y, de hecho, toda la mitad superior del rostro.
Desde los primeros acordes de Rape Me, el grupo toca con una fuerza explosiva, lanzándole al público un bombardeo sónico desde el escenario:
Breed, Blue, Sliver, Milk It, Heart-Shaped Box. Hacia el final, tocan el Hit, y a pesar de que Kurt la pifia en los primeros acordes, los moshers se vuelven locos en la pista. Mientras se alzan las cerillas y los mecheros durante Lithium, todos los presentes en este local cavernoso recuerdan exactamente por qué les encanta Nirvana.
A pesar de que a Krist Novoselic y a Kurt los separan por lo menos diez metros, se mueven e interactúan como si estuvieran mucho más cerca; no les cuesta nada comunicarse. A mitad del set, Kurt le dice a Krist: «¡Me lo estoy pasando genial! ¡Podría seguir tocando una hora más!». Dicho y hecho, embuten veinticuatro canciones en una hora y media, incluidos ocho temas de su próximo álbum. El público aplaude entusiasmado el nuevo material, sobre todo la brutalidad con la que atacan Scentless Apprentice y la majestuosa All Apologies, que acaba disolviéndose en una confusión de canto mantra y feedback.
Eddie Vedder de Pearl Jam ve el concierto desde el lateral del escenario; no muy lejos está Dale Crover, de los Melvins. Frances Bean Cobain está en el piso de arriba en el camerino de su padre con su niñera; Courtney baja justo a tiempo para esquivar una botella de plástico de agua mineral que Kurt ha lanzado sin mirar y le saluda con sarcasmo.
Al acabar el set, Kurt, Krist y Dave Grohl desaparecen detrás de la tarima de la batería y se pasan un cigarro mientras deliberan sobre qué canciones tocar, y luego vuelven a salir para hacer un bis de media hora con siete canciones que alcanza su punto álgido con Endless, Nameless, el misterioso tema que cierra Nevermind. A medida que la banda acelera el riff principal de la canción, entra en trance. Kurt pasa por encima de su torre de amplis. No es que esté a mucha altura, pero aun así resulta fascinante, como un suicida en potencia que camina por la cornisa de un edificio. La música se acelera todavía más. Las guitarras despiden chillidos, Krist se ha soltado la correa del bajo y lo zarandea frente al ampli; Dave Grohl ataca la batería con un desenfreno calculado. Cuando la música alcanza su punto álgido, Kurt cae con fuerza sobre la batería y los timbales, y los pies de los platos se caen abriéndose hacia afuera, como una planta carnívora que se abre para devorar a su presa. Fin del concierto.
La gente se pregunta si Kurt estará bien. Esto no forma parte del espectáculo; de ser así, habrían puesto antes algún tipo de acolchado a modo de protección. Puede que se trate de un truco de frikis, como el típico niño en la escuela primaria que se hacía sangrar la nariz y se esparcía la sangre por la cara para que el matón de la clase lo dejara en paz, un ejemplo de «ya me hago daño yo antes de que me lo hagas tú» protagonizado por un tío que ha empezado el set con una canción titulada Rape Me.[1] Puede que sea un homenaje a dos de los saltimbanquis preferidos de Kurt: Iggy Pop y Evel Knievel.[2] ¿O será que la música le produce tal subidón que se vuelve insensible a cualquier daño físico, como un swami exaltado que camina sobre carbón incandescente? A juzgar por el público, radiante y entusiasmado, esta última explicación parece ser la más adecuada.
Al acabar, todo el séquito de la banda celebra el concierto triunfal en el patio del motel Phoenix, el sitio de moda, a excepción de Kurt y Courtney, que se han retirado a un hotel de lujo al otro lado de la ciudad. El Phoenix les trae malos recuerdos, comenta Courtney. Además, las toallas de baño son demasiado pequeñas. Aun en su ausencia, el lugar se convierte en una especie de Nirvanalandia. Está Dave con su madre y su hermana, Krist y Shelli, y también el sonriente Ernie Bailey, el técnico de guitarras, y su mujer Brenda, el tour manager Alex Macleod, la diseñadora de luces Suzanne Sasic, la gente de Gold Mountain Management, Mark Kates de Geffen/DGC, e incluso algunos miembros del grupo Love Battery de Seattle, que casualmente están en la ciudad. Krist se acerca al supermercado y vuelve cargado de cervezas y la fiesta prosigue hasta altas horas de la madrugada.
Al día siguiente, Krist hace una peregrinación a todo un punto de referencia de la generación beat: la legendaria librería City Lights. Sale a la calle para ir a un cajero, donde un indigente anuncia: «¡Oigan, buenas noticias! ¡Nos complace comunicarles que por ser Pascua aceptamos billetes de veinte dólares!». Krist le da uno.
El concierto del Cow Palace fue toda una victoria. Parecía confirmar que, después de todo, el hecho de que a un grupo de punk rock le hubiera tocado el gordo del mainstream no había sido mera chiripa. Aquella victoria tuvo repercusiones para el grupo, para todos los grupos similares, y puede que incluso para el mundo de la cultura en general. Como dijo Kim Gordon de Sonic Youth recientemente: «Cuando un grupo como Nirvana sale del underground, realmente expresa algo que está sucediendo a nivel cultural y no es un producto».
Lo que estaba sucediendo a nivel cultural no solo quedaba reflejado en el sonido de la música, sino, de manera igualmente importante, en cómo alcanzó la popularidad. El fenómeno del punk rock empezó prácticamente cuando Johnny Ramone le dio con la púa a la cuerda de su guitarra, inspirando así una década y media de trabajo duro por parte de innumerables grupos, sellos discográficos independientes, emisoras de radio, revistas y fanzines y pequeñas tiendas de discos que se esforzaron por crear algún tipo de alternativa al rock corporativo insulso y condescendiente que le estaban endilgando al público las cínicas multinacionales, los estadios impersonales, las tiendas de discos gigantescas, las emisoras de radio dirigidas al populacho y las revistas de rock nacionales obsesionadas con las estrellas.
Motivada por la revolución del punk rock, la escena musical underground creó una red mundial, una industria musical en la sombra. Creció sin parar hasta que ni siquiera todos los esfuerzos de la industria musical controlada por los baby boomers pudieron detenerla. R. E. M. fue la primera explosión, Jane’s Addiction llegó después, y luego llegó el Big Bang: Nevermind lleva vendidos hasta la fecha[3] más de ocho millones de ejemplares a nivel mundial. Desafió los mayores esfuerzos de gente como Michael Jackson, U2 o Guns N’ Roses, y alcanzó el número 1 en la lista de discos de Billboard.
Después de esto, todo fue pre- o post- Nirvana. La radio y la prensa empezaron a tomarse en serio el rollo «alternativo». De la noche a la mañana, las discográficas se replantearon su estrategia. En vez de promocionar de manera muy intensa un pop ligero que vendería bien al principio pero del que nunca más se volvería a saber nada, decidieron empezar a fichar artistas que tuvieran un potencial a largo plazo. Y los promocionaban desde la base, desde un nivel más centrado en la comunidad, en vez de soltarles dinero a espuertas hasta que empezaran a vender. Se trataba de imitar la manera en que Nirvana consiguió darse a conocer: un pequeño grupo nuclear de medios locales y fans de la música cuyo valioso boca a boca fue aumentando el número de seguidores del grupo, poco a poco al principio y más tarde a pasos agigantados. El despliegue mediático era mínimo, con la buena música bastaba.
El afán investigador necesario para abrirse paso a través del laberinto de la música independiente era, en efecto, un reproche al consumismo de masas.
Suponía un avance molesto para las grandes discográficas, que habían pasado a depender del dinero invertido en la promoción de los artistas para conseguir camelarse al público. La música independiente requería una manera de pensar independiente, empezando por los artistas que hacían la música, pasando por los empresarios que la vendían y acabando por la gente que la compraba. Es mucho más difícil encontrar el nuevo single de Calamity Jane que hacerse con un ejemplar del último CD de C+C Music Factory.
En 1990 no hubo ningún álbum de rock que llegara al número 1, lo que llevó a algunos expertos del sector a profetizar el fin del rock. Los programadores radiofónicos habían ido fragmentando de manera sistemática el público de la música en busca del perfil demográfico perfecto, y parecía poco probable que los aficionados al rock pudieran unirse en torno a un disco en número suficiente como para colocarlo en lo más alto de las listas. Así que mientras el rock degeneraba en una falsa rebelión tremendamente procesada de melenas al viento, géneros musicales como el country y el rap representaban de una forma más directa el estado de ánimo y las preocupaciones de las masas. Si bien hubo varios discos de rock que alcanzaron el número uno en 1991, Nevermind consiguió unir a un público que nunca se había unido hasta entonces: el de los veinteañeros.
Hartos de que les hicieran tragarse a carrozas como Genesis o Eric Clapton, o creaciones artificiales como Paula Abdul o Milli Vanilli, los veinteañeros querían tener su propia música; algo que expresara lo que ellos sentían. Un número sorprendente de este grupo demográfico son hijos de padres divorciados. Estaban seguros de ser la primera generación de norteamericanos en albergar pocas esperanzas de que les fuera mejor que a sus padres, la generación que padeció los excesos fiscales de la política de Reagan en los ochenta, que se pasó toda su etapa de apogeo sexual a la sombra del sida, que pasó la niñez teniendo pesadillas sobre la guerra nuclear. Se sentían impotentes para rescatar un entorno que les era hostil y se habían pasado la mayor parte de su vida con Reagan o Bush en la Casa Blanca, aguantando un ambiente represivo a nivel cultural y sexual. Y se sentían indefensos y con dificultad para expresarse ante todo ello.
A lo largo de los ochenta, muchos músicos se dedicaron a protestar contra varias desigualdades políticas y sociales, pero eran en su mayoría baby boomers como Don Henley, Bruce Springsteen o Sting, y muchos fans vieron estas protestas como lo que eran en esencia: un postureo hipócrita y un subirse al carro de lo que está de moda destinado al autobombo. Vamos a ver, ¿exactamente por qué actuaron Duran Duran en el Live Aid? La reacción de Kurt Cobain ante los malos tiempos era todo lo directa que podía ser, y muchísimo más honesta. Gritaba y punto.
Sin embargo, decir que Kurt Cobain es el portavoz de una generación es un error. Bob Dylan fue el portavoz de una generación. Kurt Cobain no aporta ninguna respuesta y, si me apuras, no formula ni preguntas. Se limita a emitir un gemido angustiado, deleitándose así en un éxtasis negativo. Y si ese es el sonido del espíritu adolescente en estos momentos, bienvenido sea.
Puede que las canciones de Nevermind trataran sobre el aislamiento y la apatía, pero un aislamiento y una apatía acerca de temas que no significaban gran cosa, en cualquier caso. Por el contrario, el grupo ha expresado firmemente su opinión acerca del feminismo, el racismo, la censura y, sobre todo, la homofobia. Y cualquier atisbo de pasividad era disipado por la impresionante fuerza de la música (especialmente por la explosiva batería de Dave Grohl) y el arte innegable a la hora de componer las canciones. Era una música apasionada que no iba de algo que no era. Aficionarse a Nirvana dotaba de poder a una generación que carecía de él.
Los primeros años de vida de los miembros del grupo son un reflejo de su generación. Los tres vienen de familias desestructuradas. Los tres (incluso también su batería anterior) tuvieron una niñez muy marcada por el aislamiento, y dos de ellos abandonaron el instituto.
Si bien se les considera parte del «sonido Seattle», no son un grupo de Seattle. Kurt Cobain y Krist Novoselic son de Aberdeen, una ciudad maderera y aislada del Estado de Washington situada en la costa. El grupo alcanzó su madurez allí y en la cercana ciudad de Olympia, hogar del sello K Records y del grupo de «pop naíf» Beat Happening, ambos grandes influencias filosóficas, aunque no musicales, de Nirvana. Cuando Kurt habla de punk rock, no se refiere a llevar el pelo verde ni imperdibles colgando de la nariz. Se refiere a la filosofía de ser uno mismo y hacer las cosas uno mismo con un mínimo de tecnología característica de K, Touch & Go, SST y otros sellos indies hasta la médula. Se trata de un esfuerzo por reclamarle la música al reino corporativo y devolvérsela a la gente, para hacer de ella música popular hecha con instrumentos eléctricos.
Quedaba claro que los miembros de Nirvana no eran empleados de este entorno corporativo (han visitado la sede de su discográfica en Los Ángeles exactamente una vez); se cuidaron mucho de autodefinirse como un grupo que estaba fuera de esa escena mainstream genérica idealizada que se habían inventado las empresas de publicidad neoyorquinas, los ejecutivos de la televisión, las grandes discográficas y Hollywood. Por usar un término del que ahora se han apropiado, Nirvana presentaba una alternativa. Cuando ocho millones de personas dijeron que sentían lo mismo, se redefinió el mainstream.
Muchos de los grupos que había en las listas de ventas hacían música bastante buena, pero era mero entretenimiento. Esta música tenía repercusión. No era oportunista ni estaba calculada. Era estimulante, aterradora, bella, salvaje, difusa y exultante. Y no solo era cañera, además podías tararear las canciones.
La fama no es algo que el grupo persiguiera ni para lo que estuviera preparado. Les pilló por sorpresa y les daba vergüenza. Era demasiado y demasiado pronto. A Krist y a Dave les pasó factura, pero a Kurt todavía más. La mayor parte de 1992 se mantuvieron en un discreto segundo plano, y a principios de la primavera del año siguiente, Kurt, Krist y Dave eran capaces de reflexionar acerca de todo lo que había pasado con una mirada retrospectiva.
Dave relató su versión de la historia desde el Laundry Room, el modesto estudio de grabación de Seattle del que es copropietario junto a su viejo amigo y técnico de batería Barrett Jones. Sentado en el suelo rodeado de instrumentos, amplis y cables, lucía un pin de K Records en la camisa y engullía un menú tóxico del 7-Eleven cercano. Dave es elocuente, con un aplomo sorprendente para sus veinticuatro años. Es muy dueño de sí mismo; no alberga delirios de grandeza, pero tampoco se infravalora. «Es el chico más equilibrado que conozco», le encanta decir a Kurt.
Dave es el menos visible de los tres; al fin y al cabo, no mide dos metros, como Krist, ni es el líder del grupo, como Kurt. Al igual que Krist, va a conciertos en Seattle constantemente, y se le puede ver entre el público como uno más. Se encuentra en una posición ideal y lo sabe: forma parte de uno de los grupos de rock con más éxito del planeta y aun así puede salir de noche por la ciudad y contar con los dedos de una mano el número de personas que lo reconoce.
«Krist tiene un corazón de oro», comenta un amigo de la familia. «Es un trozo de pan». Krist habla despacio, con cautela, y aunque no sea un intelectual de libro, es un genio del sentido común, con una agudeza siempre a punto que corta con cualquier tipo de gilipollez. Se describe a sí mismo como un «yonqui de las noticias» y le preocupa profundamente la situación en la antigua Yugoslavia, de donde viene su familia, un tema que conoce al dedillo.
Él y su mujer Shelli, una persona gentil y sensata, son propietarios de una modesta casa en Seattle, en el tranquilo barrio periférico de University District. Es una especie de vivienda comunal: su hermana Diana vive con ellos, al igual que el tour manager Alex Macleod, un escocés inteligente con coleta tan leal que seguramente estaría dispuesto a llevarse un balazo por cualquier miembro del grupo. Robert, el hermano de Krist, se deja caer por allí a todas horas. A principios de marzo, Kim Gordon y Thurston Moore de Sonic Youth se alojaron allí cuando recalaron en la ciudad como colofón de una gira mundial. Gordon, Moore y Mark Arm de Mudhoney pasan por allí después de una jornada dedicada a comprar discos, uno de los cuales es un viejo álbum de Benny Goodman de 78 rpm. Mientras Royal Garden Blues emerge entre los crujidos y siseos de su vieja Victrola, Krist le suelta en broma a Moore: «Tío, eso es lo-fi. ¡Así es como suena nuestro nuevo disco!».
Una gramola enorme preside el salón, que está decorado con muebles viejos molones procedentes de tiendas de segunda mano, pero casi todo el mundo —incluidos los gatos Einstein y Doris— pasa el rato en la cocina. La nevera está a rebosar de productos orgánicos y sin conservantes. Utilizan papel reciclado siempre que sea posible. Hay una barra de bar vintage de finales de los cincuenta y tres máquinas de pinball —de Kiss, la Familia Adams y Evel Knievel— en el sótano, donde Krist montó una fiesta la noche antes de que el grupo se fuera a grabar In Utero. Viejos amigos como Matt Lukin de Mudhoney, Tad Doyle de TAD o Dee Plakas de L7, y nuevos amigos como Eddie Vedder, o gente de la gran familia de Nirvana, como Ernie Bailey o el A&R (Artist and Repertoire)[4] de Geffen/DGC Gary Gersh, estuvieron allí de fiesta hasta altas horas de la madrugada. Shelli improvisó un aperitivo vegetariano.
Krist lleva una vida exenta de grandes lujos y es muy cuidadoso a la hora de gastar el dinero. No es para nada una estrella de rock con un gran tren de vida; a la pletina del viejo radiocasete se le cae la tapa.
Tras una breve entrevista preliminar justo antes de las Navidades de 1992, la primera ronda de más de veinticinco horas de entrevistas con Kurt tuvo lugar a principios de febrero. Las entrevistas empezaban a altas horas de la noche, cuando Kurt volvía de los ensayos de In Utero, y se prolongaban hasta las cuatro o las cinco de la mañana. Kurt, que estaba en plena mudanza a una casa temporal en Seattle, se paseaba por la suite de hotel que él y Courtney ocupaban luciendo un pijama desconjuntado, fumando sin parar mientras aderezaba su relato con un humor tremendamente seco y sarcástico. En una ocasión, se ató al cuerpo una máquina de realidad virtual —una especie de híbrido entre un walkman y un espectáculo de luces psicodélico— con la que estaba experimentando para controlar su dolor de estómago crónico. Hay varios parámetros que supuestamente estimulan la memoria, la creatividad, la energía y la relajación.
Para ser unas celebridades de fama internacional, Kurt y Courtney llevan una vida exenta de lujos. No se rodean de escoltas ni de guardaespaldas cachas. Kurt coge un taxi para dar una vuelta por la ciudad, se para en un McDonald’s para comprarse una hamburguesa. Lleva puesta una ridícula gorra de cazador para que no le reconozcan. Una noche, alguien dispuesto a hacerles una visita entró al hotel, subió en el ascensor hasta su piso y entró directamente por la puerta abierta de su habitación, donde se encontró a Kurt y Courtney en pijama acurrucados en la cama, viendo un telefilm malísimo de Leif Garrett en la oscuridad. «Ah, hola», dijo Courtney sin ni siquiera mostrarse sorprendida.
Kurt tiene un aspecto enclenque, está como un palillo. Habla en una especie de tono inexpresivo, que debido al consumo excesivo de cigarrillos acaba convertido en un gruñido grave. Le confiere una apariencia triste y consumida, como si acabara de pegarse una buena llorera, pero es simplemente su manera de ser. «Todo el mundo se cree que soy un desastre a nivel emocional, una estrella negra tope negativa, a todas horas», dice Kurt. «Siempre me preguntan: “¿Qué te pasa?”. Pero es que no me pasa nada en absoluto. No estoy para nada deprimido. Ha llegado un punto en que he tenido que observarme bien y plantearme qué es lo que ve la gente.
He pensado que igual debería afeitarme las cejas. Igual eso sirve de algo».
Si bien el carisma de Kurt es casi palpable, se expresa con muchísima mesura, por lo que conviene amplificar mentalmente cada una de sus reacciones: un «ummm» distraído se traduce en un «¡Hala!»; una breve risa entre dientes es una carcajada; una mirada desaprobatoria es una mirada asesina.
Al igual que se ve en las fotografías, su cara adquiere muchos aspectos distintos. A veces se le ve como un niño angelical, otras como un despilfarrador disipado, y otras como el tío que te arregla la antena de la tele. Y a veces, con según qué tipo de luz, puede parecer incluso un inquietante Axl Rose. Su tez pálida queda levemente oculta bajo la barba desaliñada de tres días. A través del típico pelo sucio, que por ahora es rubio rojizo, se ve una mancha roja en el cuero cabelludo. Suele ir en pijama y va perpetuamente descuidado. A pesar de que el tiempo apenas afecta su horario, siempre lleva un reloj con la imagen de Tom Peterson, el dueño de una cadena de electrodomésticos de Oregón.
Los ojos de Kurt son de un azul tan intenso que le confieren a su cara una expresión de asombro permanente. Al ir en pijama, da la impresión de ser un joven soldado conmocionado que se pasea por una residencia de veteranos de guerra, pero no se le escapa ni una.
A principios de marzo, después de la grabación del nuevo álbum del grupo, In Utero, Kurt, Courtney y su bebé Frances se mudaron a una casa alquilada más bien grande con vistas al lago Washington. En la mesa de la cocina, Kurt juega a sacarle los intestinos a un modelo anatómico de plástico, sin dejar de fumar en ningún momento. «Me gusta que se les puedan quitar todas las piezas y que queden solo los intestinos», dice. «Me fascinan los órganos y el hecho de que funcionen. Vale, muchas veces se joden, pero cuesta creer que una persona pueda meterse en el organismo algo tan nocivo como alcohol o drogas y que el mecanismo pueda asimilarlo, al menos por un tiempo. El hecho en sí de que puedan asimilarlos es alucinante».
La casa apenas está amueblada; una moqueta beige recubre la totalidad del suelo y las paredes están vacías, pero es temporal. Se mudarán a una casa reformada en una ciudad pequeña a pocas decenas de kilómetros de Seattle algo más avanzado el año, y están buscando un pied à terre en Capitol Hill, el barrio de moda en Seattle. En el piso de arriba están el dormitorio, la habitación de Frances y el cuarto de pintar de Kurt, donde un caballete sostiene el retrato de una criatura triste y marchita con unos brazos esqueléticos y unos ojos negros inertes. En el cuarto de baño del piso de abajo reposa el premio al Mejor Artista Revelación de la MTV, y el pequeño astronauta plateado vigila atento el inodoro. Jackie, la niñera de Frances, tiene su propia habitación en el sótano. En el salón situado junto a la cocina hay montada una pista de coches en miniatura.
Una habitación de la casa ha sido elegida como «la habitación desastre». El suelo está cubierto de viejas cartas, notas, cintas de trabajo, discos, fotografías y pósteres que se remontan a los primeros tiempos de la vida musical de Kurt. Pegado a una pared está el santuario de cánticos budista de Courtney, que ya apenas usa, seguramente porque entre tanto trasto no puede acceder a él. Una bolsa de papel marrón se ha volcado y una docena de figuritas de plástico del Coronel Sanders[5] y de Pillsbury Doughboy[6] ha quedado desparramada.
Hay guitarras por todas partes, hasta en el cuarto de baño. En el salón hay apoyada una vieja Martin impresionante junto a otro instrumento más modesto pintado de rojo y recubierto de apliques de flores.
Frances Bean Cobain es un precioso bebé de siete meses que tiene los ojos azules penetrantes de su padre y la barbilla de su madre. Si bien parece que sus padres la miman para deleite del visitante, salta a la vista lo cariñosos que son con ella. Kurt parece tener algo más de mano con los niños que Courtney, pero a ambos se les da estupendamente hacer que el bebé se divierta a base de carantoñas.
No cabe duda de que Frances le ha venido de maravilla a Kurt. «No para de mirar a Frances y de decir: “¡Yo era así de pequeño! ¡Yo era así de pequeño!”», comenta Courtney. «A las personas no se les puede cambiar, pero mi objetivo en la vida es que vuelva a ser feliz, algo nada fácil porque nunca está satisfecho con nada».
Una noche, Courtney se pone a tocar la guitarra acústica tranquilamente y se graba en un radiocasete en el salón del piso de arriba mientras que abajo, en el garaje, al lado de su viejo Volvo, Kurt se dedica a darle a una batería hecha polvo que quedó ahí después de una gira de la que hace mucho que ya nadie se acuerda. El garaje está a rebosar de cajas de papeles, obras de arte, guitarras desvencijadas y años de compras en tiendas de segunda mano. Hay dos cajas repletas de figuritas de plástico transparentes de hombres, mujeres y hasta de caballos. Junto a ellas reposan un amplificador, un bajo y lo único en toda la casa que podría considerarse un capricho: un videojuego del estilo de Space Invaders que Kurt adquirió por unos doscientos dólares. Kurt registra las puntuaciones altas que consigue con iniciales del tipo «POYA», «CACA» o «JODER».
Nuestras conversaciones fueron extremadamente sinceras. Kurt explica su franqueza de manera muy simple. «Estoy atrapado», afirma en referencia a sus problemas con la heroína ampliamente publicitados, «así que, ya puestos, lo mejor es reconocer lo que hay e intentar contextualizar un poquito las cosas. Todo el mundo piensa que llevo años siendo yonqui, cuando en realidad lo he sido durante un período de tiempo muy reducido».
Además, no le preocupa explotar el espectacular mito del grupo, ni el suyo propio, sino más bien todo lo contrario. «Nunca fue mi intención lo de rodearnos de un cierto misterio», me dijo en una ocasión. «Lo que ocurre es que al principio no tenía nada que decir. Ahora que ya llevamos en circulación el tiempo suficiente hay una historia que contar, por así decirlo.
Y a pesar de ello, cada noche después de que tú te hayas ido, me paro a pensar: “Dios, mira que mi vida es aburrida de cojones comparada con la de mucha gente que conozco…”».
Kurt está impaciente por aclarar las cosas. Han corrido tantos rumores sobre él, su mujer e incluso su hija, que cree que la mejor manera de evitar más desgracias es limitarse a contar exactamente lo que pasó. A veces su relato es interesado, está lleno de racionalización y de contradicciones, pero incluso esas distorsiones resultan reveladoras acerca de su vida y de su obra, y de las conexiones entre ambas.
Fragmento del libro Come as you are. La historia de Nirvana. Michael Azerrad. Contra. 2021. Traducción: Elvira Asensi.
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Michael Azerrad (EUA, 1961) es un periodista musical norteamericano que ha escrito para cabeceras tan prestigiosas como el New Yorker, Spin, el New York Times, Musician, el Wall Street Journal, Billboard y para MTV News. De 1987 a 1993 también colaboró asiduamente en la prestigiosa revista Rolling Stone, donde acabó ejerciendo de editor adjunto. En 1993 publicó la biografía de Nirvana, Come as You Are, que apareció apenas seis meses antes de la muerte de Kurt Cobain y es el único libro sobre el grupo que incluye entrevistas con todos los miembros de la banda. Su libro, Nuestro grupo podría ser tu vida (Our Band Could Be Your Life), recibió una aceptación unánime por parte de la crítica: en 2006, The Guardian lo calificó como «uno de los 50 mejores libros de música jamás escritos»; en 2009, la revista Paste lo incluyó entre los 12 mejores libros musicales de la década; Los Angeles Times hizo lo propio en su lista «46 lecturas de rock esenciales», y, en 2011, Pitchfork lo incluyó en su lista de los 60 mejores libros de música de todos los tiempos. También ha escrito las notas de discos y DVD de Paul McCartney, Gang of Four y Miles Davis, entre muchos otros, y es habitual escucharlo hablando de rock en medios como la BBC, VH1, MTV, NPR o en conferencias sobre música a lo ancho y largo del globo. En 2006, coprodujo el galardonado documental Kurt Cobain: About a Son. Es el editor de See a Little Light, la autobiografía de Bob Mould, el líder de los desaparecidos Hüsker Dü, que se publicó en 2011.
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[1] Viólame.
[2] Popular motociclista de acrobacias estadounidense de los sesenta y los setenta, conocido por sus aparatosas caídas al aterrizar de sus saltos.
[3] El libro se publicó originalmente en 1993, fecha a la que hace referencia la frase. En el momento actual (2021), las ventas de Nevermind superan los treinta millones de ejemplares.
[4] Artist and Repertoire se refiere a los profesionales del negocio musical encargados de buscar nuevos talentos y de supervisar el desarrollo de sus carreras. También actúan como enlace entre los artistas y la compañía discográfica o editorial.
[5] Empresario estadounidense fundador de la cadena de restaurantes de comida rápida Kentucky Fried Chicken.
[6] Logotipo y mascota de la empresa de dulces y repostería Pillsbury Company.