DISFRUTES COTIDIANOS
Tachas 658 • Discos 1975 [IV]: Cantautoras y trovadores • Fernando Cuevas
Fugaz mirada por 35 discos desprendidos de la tradición folk, country y pop, con sus respectivos aderezos rockeros según el caso.
Bob Dylan, el completo desconocido, dejó la sangre en su obra maestra de la década, Blood on the Tracks, mirando a un pasado que flota en el viento y desmenuzando la esquiva naturaleza del amor como deseo incumplido, siempre en fractura. Introspección retrospectiva envuelta en fluidas composiciones; por si no fuera suficiente, entregó The Basement Tapes, firmado junto con The Band, integrado por canciones grabadas desde 1967 y otras para este álbum doble que no habían visto la luz de manera oficial: música de raíces que en efecto parece emerger desde algún hábitat en el subsuelo. Además de esta colaboración, los de Toronto grabaron por fin material nuevo, después de cuatro años, organizado en el pulido Northern Lights - Southern Cross en el que las composiciones de Robbie Robertson cobran saludable vida con el aliento ligeramente funky de Hudson y el canto pausado de Danko.
Wings se puso en plan planetario y puso a girar Venus & Mars, ahor en formato de quinteto y con el genio compositivo de McCartney, como para que empiece el show de rock y no dejarlo ir. Paul Simon firmó su cuarto disco con sentido de permanencia: Still Crazy After All This Years se integró a partir de la habitual sensibilidad para la composición, limpiamente producida e interpretada por un reconocido equipo de músicos, y desde la poética de uno de los músicos populares esenciales; incluyó Little Town, grabada con su ex coequipero Art Garfunkel, quien también la incluyó en Breakaway, su segundo álbum en solitario donde propone algunas versiones de gente como Stevie Wonder y Antonio Carlos Jobim con su habitual voz de profunda suavidad. El Jefe Bruce Springsteen entregó el autorreferencial Born to Run, obra fundamental que lo catapultó hacia las grandes audiencias y lo colocó al centro del escenario rockero: al describir sus imaginarios, nos invitaba a integrarnos en ellos, buscando también hacia dónde salir corriendo.
Tras la gira del año anterior, el cuarteto CSN&Y se desprendió y los integrantes se lanzaron a producciones propias. La espiritista Tonight’s the Night, una de las obras cumbre de Neil Young, fue la parte final de la trilogía que después se le conocería como La Zanja: el canadiense propone sentidas melodías a partir de un rock crudo, de pronto vuelto country espaciado o blues oscuro, refiriendo pérdidas cercanas, como también lo hizo en Zuma, firmando como Neil Young & Crazy Horse para abrir el garage y rockear sin cuidado alguno; en tanto Stephen Stills entregó el homónimo Stills, buscando cambiar de página a partir de un rock con sustento country. por su parte, en formato de dueto, Crosby & Nash grabaron el medioambiental en clave folk Wind on Water, con referencias al propio cuarteto en su gira y a temas como la muerte, la amistad y la protección de las ballenas: ambos participaron en Split Coconut, disco de Dave Mason con cierto aroma de playa y de apuesta relajada.
The Hissing of Summer Lawns fue la propuesta de la eterna cantautora Joni Mitchell, en la que transita de asuntos personales a temáticas más sociales, incorporando giros armónicos e instrumentales para darle paso al silbido del césped en pleno crecimiento lluvioso; además participó en Diamonds & Rust, uno de los grandes discos de Joan Baez con ese folk rock jazzeado en el que pareció limar asperezas con Bob Dylan a través de la brillante canción titular, e incluso proponer una versión de él y, entre otros, de gente como Jackson Browne, Stevie Wonder, John Prine y Janis Ian, quien confeccionó Between the Lines, sensible álbum que representó uno de sus puntos compositivos más altos, incluyendo el clásico At Seventeen, abarcando una particular y promisoria nostalgia. Bonnie Raitt, a su vez, confeccionó Home Plate con profusas instrumentaciones otorgadas por colegas de lujo para desplegar una brillante combinación de country, folk, rock, blues y pop, mientras que Judy Collins integró una estimable combinación de versiones y piezas propias en Judith, su décimo disco en el que mantuvo esa voz inmersiva.
Emmylou Harris, tras su par de discos junto con, presentó una colección de versiones, salvo Boulder to Birmingham, en Pieces of the Sky, imprimiendo un sello propio, con un toque de una contenida melancolía, mientras que en Elite Hotel, grabado poco después, se ciñó más a los estándares del country, salvo en las versiones de Parsons. Linda Ronstadt puso energía vocal impulsada por fluidas instrumentaciones para grabar Prisoner in Disguise, country reconvertido a partir de versiones de James Taylor, Neil Young, James Cliff, The Miracles y JD Sur, entre otros, además de compartir voz con Dolly Parton, quien a su vez realizó un recorrido de amores perdidos en Dolly: The Seeker & We Used To, declaradamente baladero. Por su parte, Loretta Lynn se mostró prolífica y entregó Home y Back to the Country, cantando al terruño y desplegando tanto versatilidad en la ejecución vocal como apertura de miras en las letras; por no dejar, también produjo Feelins’ en colaboración por quinta vez al lado de Conway Twitty.
En Red Headed Stranger se cuenta la historia de un hombre que se convierte en vagabundo tras matar a su esposa infiel y la grabación, como cabría esperarse, es de una inmediatez absoluta, sin mayor producción: Willie Nelson firmó así uno de sus discos más directos y cautivados de su larga trayectoria, mientras que Richard & Linda Thompson entregaron su folk de cepa celta en Pour Down Like Silver, influido por la vivencia en la comuna y las creencias del sufismo y colocando la guitarra por delante en forma directa y una rítmica envolvente. Fue el año en el que debutó el texano Guy Clark y su country progresivo a través de Old No. 1, álbum de enorme influencia en cuanto a estilo e interpretaciones posteriores de algunas de las canciones aquí facturadas.
Elton John, con la eterna complicidad de Bernie Taupin en las letras, produjo Rock of the Westies, aspereza de pronto funky y en general rockeando con soltura; cinco meses antes había aparecido la obra mayor, Captain Fantastic and the Dirty Cowboy, obra autorreferencial del dueto entre baladas intensas, rock de cepa y hasta soul libertario del sonido Filadelfia: por primera vez, dos álbumes del mismo autor y de igual año debutaban en el número uno. Por su parte, Cat Stevens se puso en plan conceptual y entregó Numbers, desplegando un relato fantástico sobre un planeta cuyo propósito es difundir la numeralia al resto del universo, del 1 al 9, hasta que aparece Jzero y todo cambia: una propuesta disruptiva en el catálogo del cantautor que pronto se convertiría al Islam.
En los ámbitos del softrock, Seals & Crofts lanzaron el declarativo I’ll Play for You, destilando un pop barnizado de folk con acústicos pasajes que se entremezclan en un frenesí romántico, soltando verdades que retumban en castillos de arena y áureos arcoíris, mientras que la cantautora Carly Simon entregó Playing Possum, entre un refrescante pop escarchado con un poco de R&B, rock, jazz y disco, puliendo la capacidad compositiva; además, participó en el disco de su marido de aquel entonces, James Taylor, quien entregó Gorilla, su sexto álbum con logradas canciones -como Mexico, How Sweet It Is- y una aireada instrumentación cortesía de varios colegas de renombre. Banjo en mano, Dan Fogelberg propuso Captured Angel, su tercer disco en el que apuesta por la instrumentación diversa que termina por rodearnos con sus melódicas alas, en tanto el dueto Loggins & Messina esparció notas de bailable country y un poco de rockabilly a So Fine, integrado por versiones convencidamente interpretadas.
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