DISFRUTES COTIDIANOS
El agente secreto: El tiburón acecha en las pesadillas • Fernando Cuevas
Las dictaduras, además de su naturaleza totalitaria, son un caldo de cultivo para la corrupción y el abuso del poder, dado que quienes lo detentan no tienen que rendir cuentas y no hay forma en la que la ciudadanía pueda exigir transparencia. Los negocios en lo oscurito son constantes y sonantes, sobre todo cuando se involucran el poder político y el económico: si alguien se atreve a cuestionar o a denunciar es rápidamente eliminado del camino y los pretextos se cargan hacia la idea de traición a la patria o desestabilización ante el status quo. Las instituciones son utilizadas a capricho y se reducen a ser un medio para justificar los robos en despoblado.
Un hombre del que sabemos poco (Wagner Moura, en plena contención) recorre un largo camino, después de toparse con un par de policías, para llegar a Recife y asentarse en una especie de vecindad donde es recibido por una vivaracha mujer mayor (la gran Tânia Maria), quien le presenta a las demás personas que ahí habitan: se trata de gente que por alguna razón está huyendo en plena dictadura brasileña durante los años setenta, implantada en 1964 y continuada por Ernesto Geisel en 1977, año en el que transcurren los sucesos. Nos enteramos después de que este hombre es viudo y tiene un hijo al que cuidan sus abuelos maternos, mientras que él trata de mantenerse vivo buscando el registro de su madre, ante la persecución para matarlo que emprendió un poderoso y corrupto empresario vinculado al régimen.
Así, el relato se alimenta de una edición funcional y empieza a transitar del pasado, en el que se explica el origen del conflicto del protagonista, al futuro, en el que un par de jóvenes escuchan una serie de cintas grabadas justamente en los momentos en que el grupo de apoyo para los perseguidos políticos trataba de organizar el escape de este hombre junto con su hijo, un investigador y desarrollador tecnológico enfrentado a uno de los múltiples tentáculos que suelen tener los gobiernos totalitaristas, extendiendo sus controles a diversas instituciones, incluyendo las universidades, para evitar que sigan siendo bastiones del pensamiento libre o de la generación de conocimiento y patentes orientados al bien común.
Dirigida y escrita con los vericuetos habituales por Kleber Mendonça Filho (Sonidos vecinos, 2012), El agente secreto (Brasil-Francia-Alemania-Países Bajos, 2025) transita de un crudo realismo de un país atravesado por el terror dictatorial visto en la reciente anterior en Aún estoy aquí (Salles, 2024), a ciertos pasajes de otro terror, uno más fílmico-fantasioso de serie B con todo y una pierna asesina en clave gore, y de ahí a una constante presencia de Tiburón (1975), como noticia y como ficción, con toda la cinefilia que se cuela en diversos pasajes, desde la sala de proyecciones en cuyo cuarto contiguo se organizan reuniones clandestinas, las reacciones del público ante la película en cuestión y hasta la sala de cine como espacio común convertido en clínica, años después: justo cuando las pesadillas terminan tras ver, junto con el abuelo (Carlos Francisco), el clásico de Spielberg.
El guion deja ver una red de nexos, tanto desde la resistencia como del poder en constante tensión: ahí están los miembros del departamento de policía, con todo y el confeti del carnaval en la cabeza, los matones contratados, los infiltrados en las instituciones para ayudar y quienes temen por su vida. El simbólico cadáver tapado con cartones sólo acompañado por las moscas y los perros hambrientos, el sastre alemán y sus heridas de guerra como si fuera un espectáculo (Udo Kier, despidiéndose), las mujeres comprometidas como la esposa (Alice Carvalho) y la que realiza las grabaciones (Maria Fernanda Cândido), sobreviviendo a una lógica de la desaparición, como ocurría en Bacurau (2019) y develando la necesidad de mantenerse en las convicciones, como Sônia Braga en Aquarius (2016), ambos filmes anteriores del realizador carioca.
El notable, sudoroso y colorido diseño de producción, con esos vivos paisajes de intensa dinámica social, incluyendo las cabinas telefónicas, las brasilias verdes, los vochos o las combis muy de la época, contrastan con la compleja etapa política que vivió el gigante sudamericano, acá retratado en toda sus diversidad étnica y sonora, gracias a la fotografía de Evgenia Alexandrova que se inmiscuye en la cotidianidad y a un score de Mateus y Tomaz Alves que fortalece el sentido cultural del filme, entre la lucha por mantener la dicha casi natural de los brasileños y la pesada bota que padecieron en el cuello hasta mediados de los años ochenta.
[Ir a la portada de Tachas 665]