ENSAYO
Tachas 666 • La Poesía De Giovanni Quessep • William Ospina
Nacido en San Onofre, Sucre, en la región del golfo de Morrosquillo, Giovanni Quessep es sin embargo un hombre de otro mundo y de otro tiempo. Uno podría decir que su mundo es el mundo de sus abuelos libaneses, un mundo de ruiseñores y de cántaros, de cipreses y de columnas, junto al eterno azul de los mares; que su tiempo es el tiempo de las leyendas de su sangre, de la antigüedad de sus libros, de la armonía y la pureza de unas palabras finamente talladas por la música. Pero Giovanni Quessep no es un libanés, es un colombiano, y ha sabido encarnar con delicadeza y con asombro una de las más sutiles condiciones del hombre de América, la de quien se sabe siempre llegado de otros mundos, y canta en una tierra sin memoria las agonías y los éxtasis de una memoria milenaria.
Es importante enfatizar en su profunda condición de americano y su profunda condición de colombiano. La mejor prueba de ellas es el modo como fluyen en su canto las palabras de la lengua española, con una pureza, una precisión y una gracia que no responden al origen de la lengua sino a sus muchas errancias y a sus muchas resonancias. Algo tiene de ese Góngora que escribió en español en la vecindad de la algarabía: Quessep ha vivido a su manera, siglos después, la proximidad del mundo árabe y del mundo español. Algo tiene de ese Rubén Darío que aprendió a afinar la música de la lengua gracias a la ausencia, a la conciencia de ser distinto, a la conciencia de estar expresando en una lengua europea las nostalgias y las perplejidades de un mundo no europeo. Algo tiene de todos los que han sabido crear en las orillas de una lengua y no en su envanecido y supersticioso centro: de los celtas que escriben en inglés, de los romanos que escribían en Córdoba, de Heinrich Heine, haciendo aflorar su alma judía en alemán, haciendo aflorar su alma alemana en París.
Giovanni Quessep logra siempre que el idioma en que habla no nos parezca típico de ningún pueblo, no es el español de España ni es el español de Colombia ni es el español del Caribe colombiano. Es el idioma de un hombre que resume en su ser largos destierros y largas travesías, la nostalgia de sus abuelos y de sus padres, la conciencia de que uno de sus abuelos es venerado como santo en los altares de Líbano, la conciencia de que entre su carne y su alma hay mares de nostalgia, siglos de maravilla, reinos poblados por ciudades de música y por criaturas fantásticas.
Nadie entre nosotros hace suyos con mayor propiedad los viejos
símbolos de la cultura: su poesía está poblada de unicornios y de castillos, de ruecas mágicas del reino de las hadas y de alondras color de vino, por su poesía pasan la Alicia de Lewis Carroll y la Penélope de la Odisea, como pueden pasar la reina Ginebra o la ballena blanca, el ruiseñor de los confines de Persia o los magos del ciclo de Bretaña, pero todo lo que entra en ella obtiene inmediatamente una abrumadora condición de verdad y de sinceridad que hace que ninguno de esos símbolos nos parezca objeto de utilería o recurso libresco, todo se vuelve enseguida pasión y nostalgia, urgente amor y realidad inmediata.
El secreto de Giovanni Quessep es tal vez uno solo: el secreto del ritmo. Cuando el alquimista sabe manejar el rigor de sus mezclas, cuando el dibujante tiene el secreto de la línea, cuando el pintor expresa con colores y formas una armonía intensa que nace de sus profundidades no hay el menor peligro de que en el resultado final los elementos disuenen. Todo entra en el caldero en el momento justo y produce la pócima adecuada.
Uno de los primeros en reconocer en Colombia la excelencia de la poesía de Giovanni Quessep fue el inolvidable poeta León de Greiff. Era casi natural que fuera así, porque también León de Greiff pertenecía a ese mundo de inmigrantes recientes, que no han borrado de su memoria los viejos mundos de los que fueron desterrados por las guerras o por los azares de la historia. También León llegó a ser intensamente colombiano sin perder nunca cierto aire de extranjero; la condición de colombiano era en él no sólo un dictado del nacimiento sino una opción de la voluntad: pudo haber decidido ser sueco o alemán, como Quessep pudo haber decidido ser libanés, pero prefirieron la riesgosa condición de pertenecer a un país con vaga memoria y realidad abrumadora, lleno de azar y riesgo, de color y de diversidad, poblado por seres en quienes los dioses han puesto al mismo tiempo pobreza y opulencia. Ambos han vivido la fascinación de un lenguaje dócil que parece nacer entre sus manos, hábil para todo tipo de combinaciones fascinantes.
Yo he sido testigo de la dificultad que tienen por ejemplo algunos españoles para disfrutar la poesía de León de Greiff: es difícil quitarse del alma el peso de una tradición que siempre legisla sobre el lenguaje, que casi no se atreve a volar en él con libertad, a infringir sus normas, a cometer esos alegres pecados sintácticos y rítmicos que a menudo son la poesía. Durante siglos España estuvo tiranizada de tal manera por la tradición que nadie se atrevía a escapar de la celda de finos barrotes del octosílabo, y harto les costó a Gracián y a Garcilaso escapar hacia otras celdas, hacia las bellas prisiones del soneto endecasílabo y del alejandrino. Harto le costó a Rubén Darío abrirle paso a sus libertades verlainianas, ser en castellano, como él mismo lo dijo,
muy siglo dieciocho y muy antiguo,
y muy moderno, audaz, cosmopolita…
Y harto le costará todavía a León de Greiff validar su aventura verbal llena de caprichos y eufonías, de retorcimientos mentales, “laberintos y emblemas” profundamente autorizados, como los cubismos y las arbitrariedades de Picasso, por un perfecto conocimiento de su oficio y de su lengua, por una abrumadora carga de cultura.
También Giovanni Quessep es un arriesgado experimentador. Bajo la exquisita armonía de sus versos discurren toda clase de aventuras verbales. Basta escuchar la primera estrofa de su Canto del extranjero para sentir a un poeta que no repite nada, que está inventando un mundo, un orden de lo real, dándole increíble precisión a lo impreciso, asombrosa materialidad a lo inmaterial, nitidez plena a lo que para otros resultaría inconcebible:
Penumbra de castillo por el sueño.
Torre de Claudia, aléjame la ausencia.
Penumbra del amor en sombra de agua,
blancura lenta.
Le basta un verso para convertir a Penélope en un símbolo de la poesía:
La fábula que tejes y destejes…
Le basta una estrofa para crear una atmósfera fantástica inolvidable:
Pero hay alguien que viene por el bosque
de alados ciervos y extranjera luna,
isla de Claudia para tanta pena
viene en tu busca.
Giovanni Quessep logra contagiar al lector su fascinación por las palabras. Cada palabra que toma de la lengua la transporta enseguida a un universo mágico que sin embargo no pierde condición de realidad ni capacidad de afectar la sensibilidad y de comunicar emoción.
Ahora bien, mientras otros vivimos nuestra condición de colombianos con énfasis y con patetismo, Giovanni Quessep se permite ser colombiano de un modo introspectivo y melancólico, serlo más por el asombro que por el tono pintoresco, no se impone deberes históricos porque su voz está consagrada a la vieja luna que es parte de todos los países, la patria verdadera de Li Po, de Basho, de Poe, de Virgilio, de Robert Graves, de Quevedo, de Borges. Pero no se prohíbe mostrarnos que en su música y su tono caben las formas precisas de esta tierra y sus proyecciones literarias:
Acuérdate muchacha
Que estás en un lugar de Suramérica
No estamos en Verona
No sentirás el canto de la alondra
Los inventos de Shakespeare
No son para Mauricio Babilonia
Cumple tu historia suramericana
Espérame desnuda
Entre los alacranes
Y olvídate y no olvides
Que el tiempo colecciona mariposas.
Pero si bien en su poesía todo es música, también sentimos que en su poesía todo es pensamiento. Mediante las clásicas trasposiciones, metáforas y anáforas, enumeraciones y paradojas, un mundo de compleja coherencia se va formando en nuestra imaginación al soplo de sus palabras. Decía Kant que lo imposible es aquello que tiene determinaciones contradictorias. Estanislao Zuleta, para ejemplificarlo, solía hablar de un animal que fuera a la vez verde e invisible, pero ya en esa vistosa paradoja de un animal verde e invisible, Zuleta estaba postulando que la poesía está en condiciones de hacernos ver lo que es imposible para la razón, que las paradojas de la poesía no por ello son menos reales. Así, Giovanni Quessep le dice a la joven de su poema:
Nave y castillo es él en tu memoria
El mar de nuevo príncipe abolido
Cuerpo de Claudia pero al fin ventana
Del paraíso.
Así, se permite elaborar esta disyuntiva deleitable:
Dime el secreto de esta rosa o nunca
que guardan el león y el unicornio.
Que una cosa pueda oscilar entre las condiciones de ser rosa o de ser nunca, es un raro prodigio de la lengua, y solo la poesía sabe prodigarnos esos sobresaltos.
Los libros de Giovanni Quessep llevan títulos como Canto del extranjero o Libro del encantado. Pero ahora pienso que ese carácter de extranjero que el poeta afirma en sus versos sólo en parte corresponde a su condición de hijo de inmigrantes, y sólo en parte a su condición de hijo de América, un continente donde, de un modo más perceptible, todos somos extranjeros. Corresponde a su central condición de poeta, de humano asombrado de su ser y de su destino. Y es por eso que uno de sus poemas, a la vez música y pensamiento, dice:
El hombre solo habita
una orilla lejana,
mira la tarde gris cayendo
mira las hojas blancas
Rostro perdido del amor
apenas canta y mueve
la rueda del azar
que lo acerca a la muerte
Extranjero de todo
la dicha lo maldice
el hombre solo a solas habla
de un reino que no existe.
Es habitante de la más extraña de las lunas, la conciencia, que traza un círculo de soledad alrededor; la nostalgia, que le impide ser contemporáneo de los otros; la fidelidad a un ritmo anterior a todas las cosas, que lo hace sentirse siempre, como Baudelaire, un falso acorde / de la divina sinfonía.
Este oficiante de la Diosa Blanca, extranjero por su sola condición de cantor y ensamblador mágico de palabras, ha escrito una décima que es una bella descripción de su destino de poeta, de ese antiguo oficio de definir la luna, en la frontera entre naturaleza y cultura, donde todo se pierde como experiencia y se gana como símbolo, donde la vida que canta y sangra obtiene la conciencia de su destino irreparable. Y quiero citar este poema por dos razones, una, porque Fernando Vallejo suele decir que la prueba de fuego de la poesía es que alguien la lleve en su memoria, y otra, porque este poema, como otro de Giovanni Quessep que se llama “Me pierde la canción que me desvela”, me acompañan en la memoria desde el final de mi adolescencia:
En la luna que he contado
Leve de nombre y memoria
En la rosa casi historia
Del jardín imaginado
Todo ilumina en pasado
Todo florece en perdido
Música de lo que ha sido
O irrealidad del que cuenta
Blanca luna o rosa cruenta
Contar es ir al olvido.
Fragmento del libro Por los países de Colombia. Ensayo sobre poetas colombianos. William Ospina. FCE. 2015. Publicado con autorización de sus editores.
***
William Ospina (Colombia, 1954) poeta, ensayista, novelista colombiano. Ha publicado sus libros de poesía: Hilo de arena (2006), Luna de dragón (1992), El país de la canela (1992), ¿Con quién habla Virgina caminando hacia el agua? (1995) y Sanzetti (2018). Ensayos: ¿Dónde está la franja amarilla?, (1996) Las auroras de sangre, (1999) Los nuevos centros de la esfera, 2001 La decadencia de los dragones, (2002) Por los países de Colombia: ensayos sobre poetas colombianos, (2002) América Mestiza: el país del futuro, (2004) La escuela de la noche, 2008 En busca de Bolívar, (2010) La lámpara maravillosa, (2012) Pa que se acabe la vaina, 2013 El dibujo secreto de América Latina, (2014) Parar en seco, (2016) El taller el templo y el hogar, (2018). Novelas: Ursúa, (2005) El país de la canela, (2008) La serpiente sin ojos, (2012) El año del verano que nunca llegó, (2015) Guayacanal, (2019)
[Ir a la portada de Tachas 666]