Es lo Cotidiano

NARRATIVA

Tachas 668 • 2 de julio • David Mitchell

Imagen generada con IA de Adobe Firefly
Tachas 668 • 2 de julio • David Mitchell

Solo se me ha retrasado el período unos días, no sé cómo puedo estar embarazada, así que ¿qué está haciendo aquí esta barriga? ¿O es una tercera teta de venas azules que está creciendo debajo de las dos normales, a las que Vinny llamaba Dolly y Parton? Mamá no se ha tomado demasiado bien las noticias y no se cree que no sepa quién es el padre: «¡Bueno, alguien te ha metido el bebé! Ambas sabemos que no eres la Virgen María, ¿no?». Pero de verdad no lo sé. Vinny es el principal sospechoso, pero ¿estoy segura del todo de que no pasó nada con Ed Brubeck en la iglesia? ¿O con Gary en la finca? ¿O incluso con Alan Wall, el gitano? Cuando sabes que te han trucado la memoria una vez, ¿cómo vas a estar seguro de tus recuerdos después? La vieja arpía del Smoky Joe’s me mira por encima de su ejemplar del Financial Times: «Pregúntale al bebé. Él debería saberlo».

Todo el mundo empieza a clamar «¡Pregúntale al bebé! ¡Pregúntale al bebé!», y yo intento decir que no puedo, que todavía no ha nacido, pero es como si tuviera la boca cosida, y cuando me miro la barriga ha crecido. Ahora es una especie de tienda de campaña gigante hecha de piel a la que estoy atada. El bebé está iluminado en rojo en el interior, como cuando se ve la luz de la linterna a través de la mano, y es grande como un adulto desnudo. Me da miedo.

—Venga, pregúntale —sisea mamá.

Así que le pregunto:

—¿Quién es tu padre?

Esperamos. Gira la cabeza en dirección a mí y habla con una voz mal sincronizada que viene de un lugar caliente: «Cuando Sibelius se rompa en pedacitos, a las tres del día del Estrella de Riga, sabrás que estoy cerca…».

… y el sueño se desvanece. Alivio, un saco de dormir, una oscuridad espesa, no estoy embarazada, y una voz galesa susurra:

—Ya pasó, Holly, estabas soñando.

Nuestra división de aglomerado, en el granero, en la finca: ¿cómo se llamaba? Gwyn.

—Perdón si te he despertado —le respondo en susurros.

—Tengo el sueño ligero. Tu pesadilla sonaba chunga.

—Sí… No, solo tonterías. ¿Qué hora es?

La luz de su reloj es de color oro sucio.

—Las cinco menos veinticinco.

Ya ha pasado la mayor parte de la noche. ¿Merece la pena intentar volver a dormirse?

Un enorme zoo de roncadores ronca cada uno a su ritmo.

Siento una puñalada de nostalgia por mi habitación de casa, pero le devuelvo la puñalada a la nostalgia. «Recuerda la bofetada.»

—¿Sabes, Holly? —El susurro de Gwyn roza las sábanas en plena oscuridad—. El mundo de ahí fuera es más duro de lo que parece.

Lo que ha dicho es raro y es un momento raro para decirlo.

—Si esos de ahí pueden, yo sé que puedo.

Me refiero a los estudiantes.

—No me refiero a recoger fruta. El rollo de escaparse de casa. Rápido, niégalo.

—¿Qué te hace pensar que me he escapado?

Gwyn ignora la frase, como un portero que ignora el chute que va un kilómetro fuera.

—A no ser que sepas con seguridad, con plena seguridad, que si vuelves te… —Gwyn suspira—. Que te harán daño, yo te diría que te volvieras. Cuando acabe el verano, se te acabe también el dinero, y el señor Richard Gere no haya aparecido en su Harley-Davidson y te haya invitado a subir, y estés peleándote por un lugar junto a los contenedores de detrás del McDonald’s a la hora de cerrar, entonces, diga lo que diga Gabriel Harty, pensarás en la finca Black Elm como en un hotel de cinco estrellas. Te haces una lista, ¿vale? Titulada «Todas las cosas que nunca jamás haré para subsistir». La lista permanece exactamente igual, pero el título cambia a «Todas las cosas que he tenido que hacer para subsistir».

Mantengo la voz calmada.

—No me he escapado.

—Entonces ¿por qué el nombre falso?

—Me llamo Holly Rothmans de verdad.

—Y yo Gwyn Aquafresh. ¿Te apetece un poquito de pasta de dientes?

—Aquafresh no es un apellido. Rothmans sí.

—Eso es verdad, pero me juego un paquete de Benson & Hedges a que no es el tuyo. No me malinterpretes, lo del nombre falso está bien. Yo me cambiaba a menudo el mío en los primeros meses que pasé fuera. Pero lo único que digo es que si estás sopesando los posibles problemas que te esperan y los problemas que has dejado atrás, multiplica por veinte los problemas que te esperan.

Es terrible que me haya calado tan pronto.

—Es demasiado pronto para hacer el pensamiento del día —gruño—. Buenas noches.

El primer pájaro de la mañana se pone a piar.

Tras bajar los tres sándwiches de galletas Digestive y mantequilla de cacahuete con un vaso de agua nos dirigimos hacia el campo grande del sur, donde la señora Harty y su marido están montando un gran toldo. Hace fresco y humedad, pero me parece que tenemos por delante otro día pegajoso. No es que odie a Gwyn ni nada, pero es como si me hubiera visto desnuda y no estoy segura de cómo responder a su mirada, así que me voy con Marion y Linda. Da la impresión de que Gwyn lo entiende y se coge una fila al lado de Stuart, Gina y Alan Wall, como a diez filas de distancia, así que no podríamos hablar ni aunque quisiéramos. Gary hace como que soy totalmente invisible y está trabajando en el extremo más alejado de los estudiantes. Mejor para mí.

Recoger fresas es un trabajo aburrido, eso seguro, pero también es calmado en comparación con el trabajo del bar. Es agradable estar al aire libre. Hay pájaros y ovejas, se oye el ruido de un tractor en algún sitio y la charla de los estudiantes, aunque se extingue al cabo de un rato. Cada uno de nosotros tiene una bandeja de cartón con veinticinco canastillas dentro, y nuestro trabajo es llenar cada canastilla con fresas maduras o casi maduras. Cortas el rabito con el pulgar, pones la fruta en la canastilla y así sucesivamente. Empiezo de cuclillas, pero me hago polvo los gemelos, así que me arrodillo en la paja mientras sigo. Ojalá me hubiese traído un par de vaqueros más sueltos, o unos pantalones cortos. Si hay una fresa demasiado madura y se me deshace en las manos, chupo la mancha de fruta, pero habría que ser imbécil para zamparse la fresa perfecta, eso sería como comerse el propio sueldo. Cuando están todas las canastillas llenas, llevas la bandeja a la tienda, donde la señora Harty la pesa. Si tiene el peso adecuado o lo supera, te da una ficha de plástico; si no, tienes que volver a la fila a por unas cuantas fresas más para cubrir el peso. Linda dice que a las tres en punto volvemos todos juntos a la oficina para canjear las fichas por dinero, así que hay que cuidarlas: sin fichas, no hay dinero.

En cuanto empezamos se hace bastante evidente quién está acostumbrado a trabajar en el campo: Stuart y Gina se comen sus filas el doble de rápido que nosotros, y Alan Wall va más rápido aún. Algunos de los estudiantes son un poco inútiles, así que al menos no soy la más lenta. El sol sube y pega más fuerte y estoy encantada de tener la gorra de Ed Brubeck para protegerme la nuca. Al cabo de una hora he puesto el piloto automático. Las canastillas se llenan, fresa a fresa a fresa, y mis ganancias suben, dos centavos, cinco centavos, diez centavos. Sigo dándole vueltas a lo que ha dicho Gwyn esta mañana. Parece que ha aprendido muchas cosas por las malas. Pienso en Jacko y en Sharon tomando el desayuno ante mi silla vacía, como si me hubiera muerto o algo. Seguro que mamá está en plan: «Me niego a mencionar siquiera a la joven señorita, de verdad». Cuando se enfada o se siente herida le sale el lado irlandés. Pienso en el pinball y en que ser un niño es como que te disparen por el pasillo del lanzador, pero sin desviarte ni a izquierda ni a derecha: solo te lanzan. Pero una vez que llegas a la parte superior, que es como cuando cumples dieciséis, diecisiete o dieciocho, de repente te encuentras con que puedes tomar miles de caminos diferentes, unos increíbles, otros no. Hay mínimas diferencias de ángulo y velocidad que alterarán lo que te ocurra después, así que una fracción de centímetro a la derecha y la bola se dará contra un cacharro, contra otro, y se escurrirá entre los flippers, sin más, diez centavos echados a perder. Pero te vas un milímetro hacia la izquierda y te metes de lleno en la acción del área de juego, con sus bumpers y su pateador, con sus rampas y sus bandas de rebote, y la fama que te espera en la tabla de clasificación. Mi problema es que no sé lo que quiero, además de un poco de dinero para comprar comida más tarde. Hasta hace dos días lo único que quería era a Vinny, pero no volveré a cometer ese error. Como una bola brillante y plateada que sale zumbando del pasillo del lanzador, no tengo ni la más remota idea de adónde voy o de lo que ocurrirá después.

A las ocho y media hacemos un descanso para tomar un té dulce con leche, que nos sirve en la tienda una señora con un acento de Kent más espeso que la corteza terrestre. Se supone que tienes que tener tu propia taza, pero yo uso un viejo frasco de mermelada que he pescado de la basura, lo que hace que más de una ceja se levante, pero le da a mi té un gustillo amargo a naranja. Los Benson & Hedges de Gary el estudiante están ocultos en mi cajetilla de Rothmans, y me fumo un par de ellos: están algo más tostados que los Rothmans. Linda comparte su paquete de galletas de crema conmigo; Marion dice, con su voz inexpresiva y taponada, que recoger fresas da mucha hambre, y cuando le contesto que sí, Marion se pone contentísima, y le deseo una vida más fácil que la que tendrá. Después voy hacia donde está Gwyn, sentada con Stuart y Gina; le ofrezco un pitillo, me dice «¿Cómo no?», me da las gracias, y ya somos amigas otra vez; así de simple. El cielo azul, el aire fresco; me duele la espalda, pero soy tres libras más rica que cuando cogí mi primera fresa. A las ocho y cincuenta, empezamos a recoger de nuevo. Al mismo tiempo, en la escuela, la señorita Swann, la tutora, estará pasando lista, y cuando lea mi nombre no habrá respuesta. Alguien dirá «No está aquí, señorita», y Stella Yearwood debería ponerse a sudar, si es que tiene algo de cabeza, que sí tiene. Si ha estado fardando de robarme el novio, la gente supondrá por qué no estoy en la escuela, antes o después los profesores se enterarán y llamarán a Stella al despacho del señor Nixon. A lo mejor hay un poli también. Si ha mantenido la boca cerrada, estará en plan tranquilo, como si no supiera nada, pero le estará entrando el pánico por dentro. Y a Vinny igual. Acostarte con una jovencita está muy bien, me imagino, mientras todo vaya como la seda, pero si me quedo en la finca Black Elm un par de días más, pronto las cosas serán bastante distintas. De repente me convierto en una colegiala menor de edad a la que Vincent Costello ha seducido con regalos y alcohol durante cuatro semanas antes de que ella desaparezca sin dejar rastro; y Vincent Costello, vendedor de coches de veinticuatro años de la calle Peacock, en Gravesend, se convierte en el principal sospechoso. No soy mala ni nada, y no quiero que Jacko ni papá ni Sharon pierdan el sueño por mí, especialmente Jacko, pero poner a Vinny y a Stella contra las cuerdas al menos un poquito es muy, pero que muy tentador…

Cuando llevo la siguiente bandeja a la tienda de la señora Harty, todo el mundo está arremolinado alrededor de la radio con cara superseria —la señora Harty y la señora del té parecen ambas horrorizadas— y por un terrible momento creo que ya han comunicado mi desaparición. Así que me siento casi aliviada cuando Debby la de Derby me cuenta que se han encontrado tres cadáveres. Quiero decir, el asesinato es terrible, por supuesto, pero en las noticias siempre están encontrando cadáveres que en realidad nunca te afectan de verdad.

—¿Dónde? —pregunto.

—Iwade —dice el Stuart de Stuart y Gina.

No me suena, así que pregunto:

—¿Dónde está?

—A unos dieciséis kilómetros —dice Linda—. Ayer tuviste que pasar por allí. Está justo al lado de la carretera principal hacia el puente de Kingsferry.

—Chsss —dice alguien.

La radio sube de volumen: «Un portavoz de la policía ha confirmado que la policía de Kent considera esas muertes sospechosas, y animan a todo aquel que pueda poseer información relacionada con el asunto a ponerse en contacto con la comisaría de policía de Faversham, donde se está constituyendo una comisión de investigación que coordine la actuación policial. Se aconseja a la población que no…».

—Dios mío —exclama Debby de Derby—, ¡hay un asesino suelto!

—No saquemos conclusiones precipitadas —dice la señora Harty, bajando el volumen—. Solo porque digan algo en la radio no significa que sea verdad.

—Tres cadáveres son tres cadáveres —dice Alan Wall el gitano—. No se los ha inventado nadie.

No lo he oído hablar hasta ahora.

—Pero eso no significa que Jack el Destripador II esté dando vueltas por la isla de Sheppey con un cuchillo de carnicero, ¿verdad? Haré algunas averiguaciones en la comisaría. Maggs se queda a cargo de todo —dice señalando a la señora del té.

Y se marcha con paso firme.

—Entonces ya está —dice Debby—. Si Sherlock Harty está en el caso… Pues yo te digo que como esta noche no haya un cerrojo del tamaño de mi brazo en la puerta del granero, me largo, y ya me puede llevar ella misma a la estación.

Alguien pregunta si han dicho en la radio cómo los han matado, y Stuart responde que las palabras exactas han sido «un ataque violento y brutal», que sonaba más a objetos punzantes que a pistolas, pero nadie podía estar seguro de momento. Así que ya podíamos ponernos manos a la obra de nuevo, porque estábamos más seguros al aire libre, con mucha gente alrededor.

—A mí me suena a triángulo amoroso —dice Gary el estudiante—. Dos hombres y una mujer. El típico crimen pasional.

—A mí me suena a un asunto de drogas que ha salido mal —dice el colega de Gary.

—A mí me suena a que los dos no decís más que gilipolleces —dice Debby.

La cosa es que cuando se te mete en la cabeza que un psicópata podría estar escondido en la hilera de árboles del final del campo, o en esos setos de allí, te empiezan a aparecer figuras por el rabillo del ojo. Como Gente de la Radio a la que ves a cuartos en lugar de oír a medias. Pienso en el momento de los asesinatos: ¿quién me dice que no ocurrió justo mientras iba caminando a uno o dos campos de distancia del puente de Kingsferry? Supón que fuera el ciclista que conocí, enloquecido por el dolor por su hijo. No parecía un psicópata, pero ¿quién lo parece en la vida real? O esos chicos y chicas de la furgoneta Volkswagen… Mientras comemos —Gwyn me ha hecho sándwiches de queso y encurtidos y me ha dado un plátano porque se ha propuesto solucionar mi situación alimenticia—, distinguimos un helicóptero donde está el puente, y en el informativo de la una Radio Kent dice que ha llegado un equipo forense al bungalow, con perros policía y todo. La policía todavía no ha dado a conocer los nombres de las víctimas, pero la señora Harty conoce a la mujer del granjero del pueblo y por lo visto el bungalow lo ocupaba los fines de semana una joven llamada Heidi Cross, que estudiaba en Londres durante la semana, y parece que la mujer muerta es ella. Corre el rumor de que Heidi Cross y su novio estaban metidos en «movimientos políticos radicales», así que ahora Gary el estudiante dice que es una jugada política, seguramente financiada por el IRA o la CIA, si es que eran antiamericanos, o quizá por nuestro servicio de inteligencia, si es que la pareja eran promineros.

Yo pensaba que las universidades solo te dejaban entrar si eras un lumbrera, pero también quiero creer a Gary, porque eso significaría que no hay ningún psicópata escondido detrás de los almiares, una idea que no soy capaz de quitarme de la cabeza.

Seguimos un par de horas más después de comer, y al terminar recorremos de nuevo el camino hasta la oficina, donde la señora Harty nos canjea las fichas por dinero. Yo he ganado más de quince libras hoy. Cuando volvemos al granero que nos sirve de dormitorio, Gabriel Harty está poniendo un cerrojo en el interior de la puerta, como quería Debby la de Derby. Es evidente que nuestro jefe no puede permitirse que se le vayan los recolectores mientras las fresas maduran y se pudren en las plantas. Gwyn me dice que normalmente un grupo de recolectores va andando hasta Leysdown para comprar comida y tomarse unas copas, pero hoy han ido solo los estudiantes con coche. Pues nada, me ahorro el dinero y cenaré un bol de muesli del armario de las sobras y la última galleta salada; además, Gwyn ha prometido invitarme a un perrito caliente. Ella y yo nos sentamos después a la cálida sombra de un muro que se desmorona, sobre una pendiente llena de césped cerca de la entrada de la finca. Desde donde estamos se ve a Alan Wall tendiendo la colada en una cuerda. Tiene el torso desnudo; es musculoso, cobrizo y rubio, y a Gwyn le gusta, me parece. Es imperturbable, solo habla cuando merece la pena decir algo, y no le preocupa que haya un asesino entre los arbustos. Gwyn tampoco le da mucha importancia a lo de los asesinatos.

—A ver, si acabaras de cargarte a golpes a tres personas, ¿te irías a una isla que no está ni a dos kilómetros, más llana que una tortita y en la que los forasteros llaman más la atención que un Adolf Hitler de tres cabezas? ¡Venga ya!

Debo admitir que es un buen argumento. Calada a calada compartimos el último Benson & Hedges. Me medio disculpo por haber sido tan gruñona por la mañana.

—¿Qué, lo dices por mi pequeño sermón? Qué va, tenías que haberme visto a mí cuando me fui de casa —ironiza Gwyn. Y, poniendo voz de vaca somnolienta y mosqueada, añade—: No necesito tu ayuda, así que piérdete, ¿vale?

Se despereza y se tumba.

—Dios mío. No tenía ni idea. Pero ni idea.

La furgoneta del supermercado se aleja traqueteando con las fresas del día.

Creo que Gwyn está decidiendo si no contar nada, contar un poco o mucho…

—Nací en un valle por encima de un pueblo, Rhiwlas, cerca de Bangor, en la esquina superior izquierda de Gales, como la locomotora Ivor, la de los dibujos animados. Soy hija única, y mi padre tenía una granja de pollos. Aún la tiene, por lo visto. Más de mil aves, todas en esas jaulas no mucho más grandes que una caja de zapatos de las que hablan los que hacen campaña por los derechos de los animales. Los huevos tardaban sesenta y seis días en llegar a las estanterías del supermercado. Vivíamos en una casa de campo escondida detrás del gran gallinero. Mi padre había heredado la casa y la tierra de su tío, y con el tiempo fue montando el negocio. Cuando Dios se puso a repartir suerte, a mi padre le dio triple ración. Patrocinó el equipo de rugby de Rhiwlas, y una vez a la semana iba a Bangor a cantar en un coro masculino. Era un jefe severo pero justo. Hacía donaciones a Plaid Cymru, el partido galés. Te sería difícil encontrar a un solo hombre en toda la provincia de Gwynedd que dijera una mala palabra sobre mi padre.

Gwyn ha cerrado los ojos. Una leve cicatriz le cruza la ceja.

—La cosa es que mi padre era dos personas. El hombre público, pilar de la comunidad. Y el de casa, que era un monstruo controlador, retorcido y mentiroso, por decirlo en términos amables. Reglas. Le encantaban las reglas. Reglas sobre la suciedad en la casa. Sobre cómo había que poner la mesa. Sobre a qué lado miraban los cepillos de dientes. Sobre qué libros se permitían en casa, o qué emisoras de radio; televisión no teníamos. Reglas que cambiaban continuamente porque, claro, deseaba que mi madre y yo las incumpliéramos, para poder castigarnos. El castigo era un trozo de tubería de plomo amortiguado con algodón en rama para que no quedaran marcas en la piel. Después del castigo teníamos que darle las gracias. Mi madre también. Si no estábamos lo bastante agradecidas, había segundo asalto.

—Joder, Gwyn. ¿También cuando eras pequeña?

—Siempre fue así. Su padre había hecho lo mismo.

—Y tu madre… ¿se quedaba quieta y lo dejaba hacer?

—Si no lo has pasado, no puedes entenderlo, no del todo. Suerte que tienes. El control tiene que ver con el miedo. Si tienes demasiado miedo a las represalias, no dices que no, no te resistes, no te escapas. Sobrevives porque dices que sí. Se convierte en algo normal. Horrible, pero normal. Horrible porque es normal. Tienes la suerte de poder decir «No resistirse es darle permiso», pero si te tienen a jarabe de palo desde el año cero, no te planteas resistirte. Las víctimas no son cobardes. Los demás no tienen idea de lo valiente que hay que ser solo para seguir adelante. Mi madre no tenía adónde ir, además. No tenía hermanos ni hermanas, sus padres ya estaban muertos los dos cuando se casó. Las reglas de mi padre nos mantenían aisladas. Hacer amigos en el pueblo era descuidar la casa, y eso significaba la tubería. Yo estaba demasiado asustada para hacer amigos en la escuela. Ni hablar de decirle a alguien que viniera a casa, y querer ir a otras casas a jugar significaba que eras una desagradecida, y ser desagradecida conllevaba la tubería. Había mucho método en la locura de ese hombre.

Alan Wall se había metido en la caravana. La camisa y el pantalón estaban colgados, goteando.

—¿No podíais tú o tu madre denunciar a tu padre?

—¿A quién? Papá cantaba en el coro de Bangor con un juez y un magistrado. A mis profesores los tenía encantados. ¿Un asistente social? Era nuestra palabra contra la suya, y papá era héroe de guerra, con una condecoración al valor de la guerra de Corea, por si fuera poco. Mamá era una mujer de apariencia normalita, puesta de Valium, y yo era una adolescente con problemas que apenas sabía decir una frase entera. Y su amenaza final… —Gwyn añade una nota de falsa jovialidad—. La última noche que pasé en casa, se puso a describir cómo nos mataría a mí y a mamá si me atrevía a ensuciar su nombre. Como si estuviera describiendo algo de bricolaje. Y cómo se saldría con la suya. No te voy a dar detalles sobre lo que me hizo para que las cosas llegaran a este punto, pero si te estás imaginando algo, es eso. Tenía quince años.

Gwyn serena la voz; ojalá no hubiera dado pie a todo esto.

—Es la edad que tienes tú ahora, ¿no?

Asiento antes de darme cuenta.

—De aquello hace cinco años. Mamá sabía lo que me había hecho, porque es una casa pequeña, pero no se atrevió a intentar detenerlo. Al día siguiente, me fui a la escuela con un poco de ropa en la bolsa de gimnasia, y desde entonces no he vuelto a poner un pie en Gales. ¿Más tabaco, por cierto?

—Los de Gary se han terminado, así que volvemos a los míos.

—Yo prefiero con mucho los Rohtmans, si te digo la verdad.

Le paso la cajetilla.

—Es Sykes. Mi apellido.

Asiente.

—Holly Sykes. Soy Gwyn Bishop.

—Pensaba que te llamabas Gwyn Lewis.

—Los dos tienen «i» y «s».

—¿Qué pasó después de irte de Gales?

—Manchester, Birmingham, medio indigente, indigente. Mendigar en el centro comercial Bullring. Dormir en casas ocupadas, en casas de amigos que al final no eran tan amigos. Sobrevivir. A duras penas. Es un milagro que esté aquí para contarte la historia, y otro que me haya librado de que me devuelvan a casa: hasta que cumples dieciocho, lo único que hacen los servicios sociales es llevarte a la autoridad local que te toca. Aún tengo pesadillas en las que veo a mi padre recibiendo a la hija pródiga mientras el oficial de enlace nos mira pensando «Bien está lo que bien acaba», y luego veo a mi padre cuando ha cerrado la puerta. Ahora, ¿por qué te estoy contando yo esta historia de luz y color? Pues para que sepas lo mal que tienen que ir las cosas para que escaparte de casa sea una jugada inteligente. Porque una vez que te quedas al margen, ya no sales. Me ha llevado cinco años llegar a pensar que he dejado atrás lo peor. Y te miro a ti…

Se interrumpe porque un chico en bici acaba de dar un frenazo estruendoso frente a nosotras.

—Sykes —dice.

¿Ed Brubeck? Ed Brubeck.

—¿Qué haces tú aquí? Tiene el pelo de punta por el sudor.

—He venido a buscarte.

—No me digas que has venido en bici. ¿Y el instituto?

—Hemos tenido examen de mates esta mañana, pero ahora estoy libre.

Metí la bici en el tren y vengo desde Sheerness. Oye…

—Debes de tenerle mucho cariño a tu gorra de béisbol. —No importa la gorra, Sykes, pero tenemos…

—Espera… ¿Cómo sabías dónde encontrarme?

—No sabía, pero recordaba haberte hablado de la finca de Gabriel Harty, así que llamé antes. Me dijo que no había ninguna Holly Sykes, solo una Holly Rothmans. Pensé que debías de ser tú, y estaba en lo cierto, ¿no?

—Yo no digo nada —murmura Gwyn.

—Brubeck, Gwyn, Gwyn, Brubeck —digo, y se hacen mutuamente un gesto con la cabeza antes de que Brubeck se gire hacia mí.

—Ha pasado algo.

Gwyn se levanta.

—Te veo en la suite del ático.

Me echa una mirada de «Adelante, chica» y se marcha con paso lento.

Me giro hacia Brubeck, un poco molesta.

—Ya me he enterado.

Parece vacilar.

—Y entonces ¿qué haces aquí?

—Lo han dicho en Radio Kent. Los tres muertos. En ese sitio de Iwade.

—No, eso no.

—Brubeck se muerde el labio—. ¿Está aquí tu hermano?

—¿Jacko? Por supuesto que no. ¿Por qué iba a estar aquí? Sheba viene corriendo, le ladra a Brubeck, que está indeciso, como alguien que trae pésimas noticias.

—Jacko ha desaparecido. Me da vueltas la cabeza cuando lo asimilo. Brubeck le grita a Sheba «¡Cállate!» y Sheba le hace caso.

—¿Cuándo? —pregunto débilmente.

—Entre el sábado por la noche y el domingo por la mañana.

—¿Jacko? —Debo de haber oído mal, por el ruido—. ¿Desaparecido? Pero… es que no puede ser. Si en el pub echan el cerrojo por la noche…

—La policía ha estado antes en el instituto, y el señor Nixon vino a la sala del examen a preguntar si alguien tenía información sobre dónde estabas. Casi hablo, pero en lugar de eso estoy aquí. ¿Sykes? ¿Me oyes?

Tengo esa sensación desagradable de flotar que te da en los ascensores, cuando se te va el suelo.

—Pero si yo no he visto a Jacko desde el sábado por la mañana…

—Yo lo sé, pero la policía no. Seguro que piensan que Jacko y tú tramasteis algo juntos.

—Pero eso no es así, Brubeck, tú lo sabes.

—Sí, yo lo sé, pero tendrás que venir a decírselo, porque de lo contrario no van a empezar a buscar a Jacko con tanto interés como deberían.

Mi mente zigzaguea por los trenes a Londres, por hombres rana de la policía drenando el Támesis, por el asesino escondido en los setos.

—¡Pero Jacko no sabe ni siquiera dónde estoy! —Estoy temblando y siento que se me abre en dos la cabeza—. No es un niño normal y… y…

—Escucha. Escucha. —Brubeck me coge y me sujeta la cabeza como si estuviera a punto de besarme, pero no es así—. Escucha. Coge la bolsa. Volvemos a Gravesend. Primero en mi bici, luego cogemos el tren. Te sacaré de esto, Holly. Te lo prometo. Vámonos. Ahora.

Fragmento del libro Relojes de hueso. David Mitchell. Ramdom House. 2024. Traducción de Laura Salas Rodríguez. Publicado con autorización de sus editores.  




 

***
David Mitchell (Reino Unido, 1962) es autor de Escritos fantasma, El atlas de las nubes, El bosque del cisne negro y Mil otoños. En 2003 fue seleccionado por la revista Granta como uno de los veinte mejores jóvenes escritores británicos. En 2007 la revista Time lo incluyó en su lista de las cien personas más influyentes del mundo. Ha sido galardonado con diversos premios y dos de sus libros han optado al prestigioso Man Booker. Su novela El atlas de las nubes fue adaptada al cine en 2012 por los hermanos Wachowski y Tom Tykwer y protagonizada por Tom Hanks y Halle Berry.






 

[Ir a la portada de Tachas 668]