NARRATIVA
Tachas 668 • Franklin Evans, el borracho • Walt Whitman
Lector, la historia que narraré a continuación difiere un tanto de las que acostumbran a escribir los novelistas, pues en ella no abundan ni reflexiones demasiado profundas ni pinceladas sentimentales. No obstante, la moraleja que encierra —pues me enorgullece que posea una de las que deberían quedarse grabadas en el corazón de todo aquel que escruta sus páginas— se enseñará a través de los acontecimientos que en adelante se sucedan al compás del hilo narrativo.
Que me perdonen cuanta fantasía encuentren en el siguiente relato los que, por sus corredurías, son conocedores de algunas historias de beodos y saben de la correspondencia que existe entre los asuntos aquí descritos, por extraños que parezcan, y la vida real. Cierto es que si los que viven en la ciudad decidieran investigar los asuntos de sus convecinos, serían seguramente testigos de eventos aún más inverosímiles. Con todo, los capítulos que siguen narran lo que aconteció a un joven, en realidad, un muchacho de campo, que llegó a nuestro gran emporio[1] en busca de fortuna y que, por las circunstancias, acabó en el camino de la perdición. Se trata, pues, de un relato sencillo que, como las grandes verdades, podría ser comprendido sin ninguna dificultad incluso por un niño, razón por la que espero que mi empeño beneficie a todos y que ninguna persona de bien, ya sea hombre o mujer, sienta que la lectura que acaba de emprender es una pérdida de tiempo.
Por otra parte, me gustaría que el amable lector me creyera cuando digo que lo que leerá no es ninguna fabulación, en el sentido en que se utiliza generalmente el término. Huelga decir que describiré acontecimientos que reproducen peripecias que van más allá de mi imaginación. Algunos, a medida que sus ojos vayan recorriendo las siguientes líneas, irán recordando sucesos que ya habrán oído con anterioridad o en los que habrán participado en persona, por lo que sabrán a ciencia cierta que son pura realidad.
¿Me sería lícito albergar la esperanza de que esta historia obre algún bien? Sinceramente, sí, ya que son varios los factores que juegan a favor de la misma. Para comenzar, se presenta ante el público en un formato popular y asequible de precio, apto para ser despachado por correo a cualquier rincón de esta vasta república, gracias a los medios de los que dispone el editor y que le permiten que alcance una difusión mayor en todo el territorio de los Estados Unidos que cualquier otro método.[2] Asimismo, cuenta con el beneplácito de la poderosa opinión pública que, de la misma forma que la corriente marca el rumbo del barco, siempre respalda cualquier idea a favor de la Reforma Antialcohólica. Por otra parte, la historia está escrita para el pueblo,[3] si bien hay que recalcar que el autor, no sin motivo, espera también la conformidad de los lectores más exigentes. Y, por último, se trata de una obra pionera en su género, razón que, unida a todas las anteriores, nos lleva a confiar en que El borracho recibirá casi con toda seguridad una calurosa acogida por parte del público lector.[4]
¿Qué es lo más valioso para la juventud? El relato que aquí se presenta imparte lecciones de templanza, esa preciada virtud por la que los padres y madres rezan noche tras noche esperando que impregne el carácter de sus hijos, y critica abiertamente la intemperancia, ese espíritu maligno que, con sus deplorables tretas, ha inmolado tantas hermosas almas. Sin ánimo de presunción, me gustaría recordar a todos los que siguen el íntegro dictado de la abstinencia que los primeros maestros de la virtud se valieron de parábolas y fábulas como dignos instrumentos con los que transmitir la belleza de las doctrinas que profesaban. Por consiguiente, no resulta descabellado imaginar que la mejor manera con la que se puede impartir una lección moral a quien se quiere instruir en las bondades de la moderación es a través de una historia como la que sigue a continuación.
Es tradicional entre los escritores que, a la hora de dar a conocer su obra al público, supliquen indulgencia por las faltas y deficiencias que puedan haber cometido. Bien sé que el ojo crítico detectará incorrecciones en las páginas que siguen. Sin embargo, se ha de tener en cuenta que el presente libro no está escrito para los críticos, sino para EL PUEBLO, motivo por el que, a pesar de que considero que lo mejor es dejar que sea el propio lector quien en última instancia decida si da su beneplácito o no a la historia, me inclino a pensar que el veredicto final será favorable.
Para concluir, me gustaría creer que quien adquiera un ejemplar de esta obra reconocerá los denuedos tanto del autor como del editor a la hora de calibrar el provecho que su lectura le ha deparado. Sea lo que sea lo que más llegue al corazón, deseamos con firmeza que los principios que aquí se intentan inculcar tengan gran repercusión y sean fructíferos. Aprender a llevar una vida respetable y mesurada no se puede enseñar de forma demasiado concienzuda a jóvenes y mayores por igual, puesto que los primeros viven distraídos en pensamientos futuros, y los segundos, porque están convencidos de que, a su edad, el único cometido es pensar en la muerte. A pesar de que el autor, como se ha mencionado con anterioridad, se ha esforzado por no avasallar la conciencia del lector exponiendo sin recato la moraleja de la historia con disquisiciones áridas y abstractas y ha preferido que sea éste quien la dilucide de una manera más provechosa y agradable a partir de los hechos aquí narrados, se espera que esta nueva y popular Reforma que se está desarrollando en nuestro país encuentre gran empuje en este Relato de nuestros días.
Fragmento del libro Franklin Evans, el borracho. Walt Whitman. UNAM. 2016. Traducción de Rafael Vargas. Publicado con autorización de sus editores.
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Walt Whitman (EE. UU., 1819 - 1896) fue un poeta, ensayista, periodista y humanista estadounidense. Su trabajo se inscribe en la transición entre el trascendentalismo y el realismo filosófico, incorporando ambos movimientos a su obra. Whitman está entre los más influyentes escritores del canon estadounidense (del que ha sido considerado su centro) y ha sido llamado el padre del verso libre. Su trabajo fue muy controvertido en su tiempo, particularmente por su libro Hojas de hierba, descrito como obsceno por su abierta sexualidad.
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[1] Según Edward Ifkovic (173), Whitman utiliza la palabra «emporio» (emporium) para describir Nueva York porque se inspira en Charles Dickens, quien en su American Notes (1842) habla de la ciudad en los mismo términos: «the great emporium of commerce» (Ingham, 105). Whitman utilizará este término tres veces en la novela: aquí; al principio del capítulo I (cuando está describiendo Long Island) y cuando entra Franklin Evans en la gran ciudad.
[2] Como explican Christopher Castiglia y Glenn Hendler, una de las innovaciones de la década de 1840 fue el denominado «periódico mamut» (1200 mm), es decir, el diario de un tamaño descomunal que incluso doblaría la hoja grande o asabanada (600 mm × 380 mm) de los periódicos tradicionales británicos. Este tamaño permitía publicar ficción de todo tipo. Los primeros que se hicieron eco de la novedad fueron Park Benjamin y Rufus Wilmot Griswold, que lanzaron en 1839 su Brother Jonathan. Al poco tiempo y tras abandonar este título se unieron con Jonas Winchester de New World, diario que publicó su primer número el 6 de junio de 1840, pero que a finales de año se imprimiría también en tamaño cuarto. Asimismo, estos periódicos publicaron por separado una serie de extras con obras literarias y Franklin Evans vio la luz en este formato. Gracias a la inexistencia de leyes sobre el derecho de propiedad intelectual, estos rotativos se servían de agentes que se desplazaban a los puertos para adquirir las obras de autores ingleses que llegaban a Estados Unidos y las publicaban de un día para otro. El 5 de noviembre de 1842, New World anunció la aparición de la novela de Walter Whitman como un «extra» al precio de doce centavos y medio el ejemplar. También hacía hincapié en que el conjunto de diez ejemplares podía comprarse por un dólar y los cien por ocho dólares, ya que los editores pensaban en las compras que pudieran realizar las asociaciones antialcohólicas dependientes de los washingtonianos. El libro apareció el 24 de noviembre. Estaba compuesto por treinta y una páginas a tamaño de octava (20/25 cm), con el texto dispuesto en columnas. Al parecer se vendieron unas 20 000 copias. Estos extras se consideraban también periódicos con el fin de conseguir el máximo abaratamiento en el franqueo, lo que permitía mantener unos precios de suscripción asequibles para el gran público. La equiparación, sin embargo, duró hasta abril de 1843, momento en que estos suplementos sufrieron una subida de portes de correos (XXV-XXVI).
[3] La novela apareció dentro de una serie de extras titulada «Books for the People» y fue la obra de Whitman que más éxito comercial cosechó durante su vida. David H. Blake explica que las estrategias publicitarias que el autor de Franklin Evans utiliza son muy diferentes a las usadas por otros escritores famosos de la cultura popular de su tiempo. Esto es así porque el autor «se dirige principalmente a sus lectores en su calidad de ciudadanos más que de consumidores», ya que consideraba que «el mercado literario era otra oportunidad que poseía la nación para ultimar la promesa cultural de la democracia» (108). Para Blake, el hecho de que Whitman se promocionara con el lenguaje de la soberanía popular, iba encaminado a transmitir la idea de que su talento era representativo del pueblo norteamericano. La experiencia que tenía el entonces joven periodista en el mundo de la publicación le había enseñado a asociar la virtud republicana con la cultura impresa y, como muchos otros editores y directores editoriales, presentaba su trabajo como una obra al servicio de la República. De esta manera, la publicidad era tanto celebración del talento personal como afirmación de los valores comunitarios (108).
[4] Según David H. Blake, este párrafo es «uno de los primeros y más estudiados intentos por parte de Whitman a la hora de definir su voz ante la opinión pública. Al imaginar que el público es su patrono, presenta el éxito del libro como consumación de la democracia norteamericana, un ejercicio político en el que la causa de la reforma vendría subrayada por la popularidad de la novela. Si la prueba de que uno es escritor pasa por el hecho de que su país lo asimile de una manera tan afectiva como él ha asimilado su tierra, Franklin Evans empieza insinuando que esa asimilación simplemente ya ha ocurrido. La popularidad del escritor se convierte en manifestación no de la vanidad de su autor, sino de la soberanía popular» (110-111).