NARRATIVA
Tachas 674 • Capítulo 1 • António Lobo Antunes
Estaba seguro de que había soñado aquel sueño anoche o anteanoche anoche
y por eso mismo, sin despertarme, pensaba
—No merece la pena preocuparme, ya sé de qué va
sin interés por episodios que sabía falsos
—Estoy durmiendo
me asustaron ayer, ya no volverían a asustarme
—Para qué afligirme, es todo mentira
consciente de la posición del cuerpo en la cama, de una arruga de la sábana que me lastimaba bajo la pierna, de la almohada como siempre que se deslizaba entre el colchón y la pared, los dedos independientes, por su cuenta
la buscaban, la agarraban, la atraían de nuevo, la plegaban bajo la mejilla que a su vez se plegaba en ella, qué parte de mí la almohada y qué parte la mejilla, los brazos aferraban la funda y yo observaba los brazos
—Son míos
sorprendido de que me perteneciesen, consciente de que uno de los plátanos de la cerca, por la noche un borrón en el cristal y ahora nítido, entraba en el sueño y me hacía alzar la cabeza
sólo la cabeza dado que la arruga de la sábana seguía lastimándome hacia la ventana después del despacho donde el médico escribía un diagnóstico o un informe
el escritorio, la silla y el armario viejos, la puerta siempre abierta por la que acechaban los enfermos pidiendo cigarrillos, sucios de barba, con los ojos muertos
nunca he sido capaz de comer ojos de pescado en el restaurante, mi tío clavaba el tenedor y yo ciego, gritando
no reparan en mí, nadie repara nunca en mí, los enfermeros se limitaban a empujarme hacia fuera
—Vamos, vamos
y los peces sentados en bancos, con la mano extendida, pidiendo cigarrillos, mi tío inmovilizando el tenedor
—¿No te gustan los ojos, Paulo?
el escritorio, la silla, el armario, el médico que firma cualquier cosa, que me mira, que coge el tenedor deprisa, lo acerca al pagro o a la dorada, me gustan los ojos, tío
—Mañana puedes irte a casa
y a medida que me despertaba y una paloma se balanceaba hacia abajo y hacia arriba en una rama de plátano la arruga de la sábana dejaba de lastimarme, el pez que soy separado de la almohada que al final no soy, el tío retrocedía divertido al sueño de anoche en el que unos congrios enormes, transformados por los comprimidos en muñecos a cuerda, me pedían cigarrillos
—¿No te gustan los ojos, Paulo?
por ejemplo el ahogado a mi izquierda que subía a la superficie de la colcha con una lentitud de marea, la mujer lo visitaba los domingos con un cartuchito con melocotones y él despreciaba los melocotones con un esfuerzo de cuerda, sin completar el gesto
—¿Traes cigarrillos, Ivone?
mi madre Judite, mi padre Carlos, el médico, no éste, uno más gordo, me acordaba de su corbata roja cuando me internaron, de una gitana que gritaba
¿o era yo el que gritaba?
el médico
—¿Cómo se llama tu madre?
así como me acordaba de los enfermeros que llamó doña Helena y me sujetaron por las muñecas
—Quieto, muchacho
tantos platos sin romper en la cocina, el búcaro intacto, las manecillas del reloj que controlaban el cocido
—Destrúyenos
si los enfermeros me ayudasen en lugar del médico más gordo, con corbata roja, no en este despacho, en una sala sin ventana ni armario donde la gitana o yo gritábamos o si no ninguno de nosotros, el ruido de la vajilla
—¿Cómo se llama tu madre?
mi madre Judite mi padre Carlos
la mano que despreciaba los melocotones sin completar el gesto
—¿Traes cigarrillos, Ivone?
cinco cigarrillos los sábados pero los cigarrillos se apagan, una seña hacia un vaso de leche en el bar pero la leche, incapaz de sostenerse, se derrama en la barra en cuanto uno la toca, el enfermero limpia la barra, nos limpia la chaqueta y el mentón con un trapo apolillado que es un fósil de toalla, el televisor vocifera en un estante alto
—Tan guarros
croquetas que se desmigajan al comerlas, bocadillos cuyo fiambre se resiste, el cigarrillo encendido a la décima cerilla por el lado del filtro y una llamita que devora el algodón
—No se dan ni cuenta, infelices
la cerilla apagada demasiado pronto o que se niega a apagarse y nos quema la piel, seguro de que había soñado estos días anoche o anteanoche y por tanto por qué preocuparme si más allá de anteanoche sólo me acuerdo de una gitana a gritos y de que me ataban a la cama con vendas anudadas, de los enfermeros tal vez
—Quieto, quieto
el jarro que robé en el fregadero se estrelló en el suelo, doña Helena a lágrima viva, necesito romper estos platos, el búcaro intacto, ofendido lo que me gustó del búcaro
preguntando
—¿Y yo?
el médico con dos o tres psicólogos o estudiantes o clientes de la discoteca donde trabajaba mi padre y la rama del plátano finalmente quieta como siempre al mediodía, con el codo en el alféizar sujetando las mechas de gorriones de la frente, gatos en una mata de espinos o junto a las sobras del comedor donde una muchacha con cofia vaciaba cubos, el médico a los estudiantes
—Viven dentro de sí mismos, no sienten casi nada, es tan difícil
ayudarlos a sentir de nuevo
ofreciéndome un cestito de melocotones, no, ofreciéndome un cigarrillo, la cerilla se encendió cuando debía encenderse, se apagó cuando debía apagarse, el cenicero con ceniza y siendo así dónde pongo mi ceniza, me pareció que el marido de doña Helena acompañaba a los enfermeros señalando la alfombra, el suelo
—Nos llena todo de ceniza
me pareció que el médico
—Viven dentro de sí mismos, ni a la familia conocen
y los psicólogos o estudiantes o clientes de la discoteca que se burlaban de mi padre repitiendo en cuadernos, obedientes, viven dentro de sí mismos, ni a la familia conocen, la alianza del médico avanzaba en el escritorio
—Ahora fíjense
la pluma golpeaba en el tablero y me despertaba, consciente de la posición del cuerpo en la cama, de una arruga de la sábana bajo la pierna
—Paulo
romper la pluma y los platos de la cocina, doña Helena me quitó el búcaro con la marca de la rotura en el sitio donde lo habían pegado, la pluma insistía en el tablero impidiéndome fumar
—Paulo
la segunda tumba y yo fingiendo no verla
—¿Cómo se llama tu madre?
y en esto, casi sin darme cuenta, me eché a reír, cuando mi padre murió me eché a reír también, personas en bancos largos, un viejo con la boca pintada con un caniche en brazos, la segunda tumba que fingí no ver, el cura avanzaba desde una cortina y yo apoyado en el ataúd riéndome
—¿Cómo se llama mi madre, dice? ¿Cómo se llama mi madre, dice?
impidiendo a los psicólogos o a los estudiantes o a los clientes de la discoteca que viesen el cadáver y se burlasen de él, mi padre es un payaso con plumas y lentejuelas y peluca, los rellenos en las nalgas, en el pecho, la boca pintada del viejo con el caniche que se encrespaba frente a mí y me ladraba, en una ocasión traje al mastín con lazo de mi padre al jardín del Príncipe Real donde nunca jugaron conmigo en los columpios, había peces en el estanque, no les eché migas de galleta a los peces
—Come la galleta, Paulo
desenganché la correa del collar
—Vete
y el animal indeciso, se escondía bajo los muebles goteando pis en la alfombra, si le pagásemos un vaso de leche en el bar del hospital lo derramaría en la barra, mi padre le limpiaba el hocico con un trapo apolillado que era un fósil de toalla, le tiré piedras hasta obligarlo a desaparecer en una esquina, aterrado, estúpido, el lazo se le deshacía enredado entre las patas, si le tirase piedras a mi padre
—Vete
hasta obligarlo a desaparecer en una esquina, las plumas, las lentejuelas, la peluca, si pudiese parar de reír
—Viven dentro de sí mismos, ni a la familia conocen
sin que una sola lágrima ocultase el ataúd, la música, el cono de luz que se encendía en el tablado y mi padre cantando
no mi padre, un payaso con plumas y lentejuelas y peluca no el payaso, una mujer, tantos platos sin romper en la cocina, en su habitación los frascos de perfume, las lacas, los pintalabios, la navaja para disimular la barba, faldas y faldas en una cuerda de ropa, si pudiese tirarle piedras al mé
—¿Cómo se llama tu madre?
dico, mi madre vive en Bico da Areia al otro lado del Tajo, un autobús, un segundo autobús, Lisboa invertida en el agua, si golpeo su puerta me desengancha la correa del collar y un hombre en el peldaño del portón, mi madre
—Vete
observar la luz encendida, las casas sólo tejados de madera y cinc, chozas de negros, pequeños arriates de flores secas, marrones, con mi padre
las flores no acababan así
—Fíjate en si el hijo del marica sigue ahí fuera
siempre flores frescas en la sala, cuál es el motivo de sus uñas violetas, padre, del trazo de pintura que inventa cejas, el hombre apareció en el peldaño masticando, con servilleta al cuello y las flores secas
—Fíjate si está el hijo del marica
el Tajo iba y venía descubriendo el pontón, es decir, simulaba que iba y venía permaneciendo allí, los caballos de los gitanos comían hierba en la duna, me dio la impresión de que un grillo o un pájaro de la noche por el lado de la calle, el hombre de servilleta al cuello restregó las zapatillas en el peldaño y regresó a la mesa masticando
—No hay nadie ahí fuera
cortinas con volantes, magnolias de cartón, mi madre lavaba cacerolas en el barreño del patio, no vestida de novia, descalza, sin la diadema de perlas en la frente, mi padre y ella cortaban la tarta y en el extremo de la tarta una pareja de figuritas de cera, me desperté en el colchón de la cocina porque la discusión de ellos me arrancaba de la cama y me llevé conmigo el cocodrilo de goma, mi madre ni novia ya ni tampoco descalza, sin lavar cacerolas en el barreño ni vaciar el barreño en el arriate, le mostraba un sostén a mi padre había guardado las perlas en una caja de botones y las figuritas de la tarta adornaban la radio
—¿Tú usas esto, Carlos?
mi madre se llama Judite, desde ese momento prometí no decirlo cuando los ojos de mi madre se volvieron raros y mi tío me los señalaba con el tenedor
—¿No te gustan los ojos, Paulo?
el cocodrilo se me escapó y se le enredó entre las piernas
—Madre
y yo pensaba ojalá que los psicólogos o los estudiantes o los clientes de la discoteca no se den cuenta, dónde estarán las figuritas de la tarta, dónde estará el collar, uno de los gitanos apareció con una varita y aguijó a los caballos hacia el pinar, me encogía bajo los muebles como el perro que perdía cerdas y goteaba pis, tú usas esto Carlos y mi padre callado tirándole piedras hasta obligarlo a desaparecer en una esquina a medida que el cocodrilo
—Madre
no permitan que me quede solo al cerrar la persiana y el hombre de la
servilleta
—Judite
no hombre, lonchas de hombre en las rendijas de la persiana, aguíjenme con los caballos hacia el pinar, el cocodrilo obstinado en el portón
—Dejen que me quede con ustedes
explicarles que no soy yo, no tengo la culpa de que se les agarre a las piernas, las lonchas de mi madre aumentaban, la mitad de las gafas indagaban desde las tablas
—¿Has oído tú los goznes?
me pareció advertir lonchas de botella que volvían a colocar en lonchas de aparador, se oían las agujas de los pinos y el río en el pontón chupándose los dientes con la lengua, alzaron las lonchas de botella y el hombre de la servilleta apareció con la botella entera en el peldaño, contrariado, rascándose
el frigorífico con el enano de Blancanieves encima, aquél con el pico al hombro que dirige a sus compañeros, el enano a mi madre
—No se oye nada, Judite, deben de haber sido los caballos
que corrían en una balsa donde tiendas, carrozas, la botella se dividió de nuevo, en el aparador, en tiritas apenas vidrio ahora, otro sostén, estuches de crema, una botita, en la balda más alta de la despensa, lanzada contra mi padre en un lento gesto de desdén, la lentitud con la que bajo el agua las algas y los guijarros, no comprendo si llegan a moverse o son las sombras
—¿Tú usas esto, Carlos?
que deslizan la palma por la superficie de las cosas tal como el apeadero que se desvía hacia atrás, no el tren, nosotros inmóviles y en esto un suspiro de vapores y metales, el andén que se aleja, lo mismo con el tiempo, con la muerte, las caras de los finados a nuestro alcance y no obstante lejísimos, más serios, más dignos, si mi madre
—¿Tú usas esto, Carlos?
mi padre sin responder en el ataúd y yo defendiéndolo entre risas, le pusieron una corbata, una camisa sin encajes, un chaleco que él detestaría, lo peinaron como antes de las plumas, de las lentejuelas y de la peluca, la figurita cortando la tarta de bodas en la foto, la mejilla apoyada en la mejilla de mi madre a la vez que mi mejilla apoyada en la almohada con el plátano que me arrastraba desde el interior del sueño, consciente de la posición de mi cuerpo en la cama, del olor a creolina con la que fregaban el suelo
—Mañana puedes irte a casa
y en la casa el barreño a la espera de la mañana en el patio
—Fíjate en si el hijo del marica sigue ahí fuera
y en la casa
—¿Has oído los goznes del portón?
la otra casa, la de la plaza del Príncipe Real desierta, la tumba de Rui a la izquierda de mi padre, una corbata, una camisa sin encajes y un chaleco idénticos, no falleció como el payaso
los zapatos de los dos, separados de los pantalones, apuntando al techo lo encontraron en la playa con el perro con lazo que lo husmeaba o ladraba a las olas
no lo husmeaba ni ladraba a las olas, sino en círculos, excitado con una caña o un gollete, en casa de mi padre le interesaban los dibujos de la alfombra, horas y horas contemplando rombos
—Desaparece
el policía a mí
—¿Sabes quién es, lo conoces?
cuatro estacas y una cuerda en torno al cuerpo de Rui, los faros de los automóviles lo apuntaban como en el teatro, dentro de unos instantes primero tambores, después música, después silencio porque el equipo de música se ha estropeado, después una carrera invisible, después
—Nunca aprenderás, idiota
después
—No tengo la culpa, lo desenchufaron
después música fuerte, un óvalo de luz en la cortina con marcas de quemaduras, mi padre con las piernas al aire y una diadema que se le deslizaba hacia la oreja cantaba con los brazos en cruz perdonando pecados, mi madre hacía girar una y otra vez la diadema con brillantes de menos
—¿Tú usas esto, Carlos?
si yo viviese en Bico da Areia correría en el pinar o en la playa o donde tiendas, carretas, una caravana sin neumáticos, los gitanos me vendaban los ojos como hacían a los caballos antes de dispararles el tiro, y yo de rodillas, yo tumbado, yo en un ataúd de la iglesia, cuando llegábamos a la aldea mi abuela ciega me recorría las facciones con los dedos transformándolas en movimientos de alfarero, me modificaba la nariz, los pómulos, el mentón, he cambiado, no me reconozco en los espejos
—Su nieto, madrecita
mi abuela en la salita a oscuras coronada de imágenes y velas prolongaba mis orejas y aumentaba mis dientes, va a devorarme y desparramarme en la tierra como hacen los cerdos, los dedos desistían de repente barajados en el regazo, una pregunta empolvada se abría camino a través de pañuelos negros
vestida de luto hasta el alma
—¿Qué nieto, hijita?
dirigiéndose no a mi madre, a un pollo que se cataba bajo las alas en un frenesí de caliza, las palmas apartaban tinieblas, desistían
—¿Qué nieto, hijita?
mientras volvía a ponerme las facciones en su lugar con gestos apresurados, si yo viviese en Bico da Areia correría más deprisa que los enfermeros, que los caballos, mi abuela buscaba a mi madre, le reconocía la cara con los pulgares
—Has adelgazado, Judite
cualquier día la visito en la aldea entre los olmos, escapando de las ortigas, de los ratones, sus ojos adivinan mis pasos sin oírlos, sus dedos amasaban el vacío intrigados, se decía que mi difunto abuelo entraba por la noche con la azada en ristre
—Camélia
destapando sartenes con esa hambre de los muertos, su respiración mohosa también, deseábamos vivir, no lográbamos huir y todo quieto alrededor, la profesora paseaba por el camino del cementerio acabada la escuela, abejas y más abejas en los troncos de los chopos, mi abuela a la azada
—No vienes a robar, ¿no?
no vengo a robarle, abuela, vengo a pedirle que me toque, a mirar mientras trabaja en la huerta, saca los cubos del pozo, modifica la tarde con sus manos, si estuviese usted en la iglesia le construiría en un instante un rostro decente a mi padre y yo ya no tendría vergüenza, un hombre, no un payaso con plumas y lentejuelas y peluca, la tarde en que me visitó disfrazado en el hospital
uno de los enfermeros silbaba o tosía, las criadas se llamaban entre muecas desde la lavandería, quise tanto ser caballo y trotar lejos en la playa, que me tapasen los ojos, me disparasen un tiro, el animal se arrodilló y se detuvo a pensar, el gitano me daba en el ijar con el pie, cuando la cola dejó de temblar la música aumentó, el óvalo de luz en la cortina con marcas de quemaduras desapareció, que yo supiese ninguna artista se había acercado a ningún micrófono con una estola y una diadema de brillantes, el policía no, el médico a mí
ya he soñado este sueño ya he soñado este sue
—¿Sabes quién es, lo conoces?
no, no he soñado este sueño, cuatro estacas y una cuerda rodeando el cuerpo, el perro que ladraba a las olas, lo golpeaban con una varita, daba un salto de lado, regresaba, mi padre y Rui tuvieron otro perro pero lo atropelló un autobús, las caderas aplastadas la boca hablando todavía
—Mañana puede irse a casa
lo llevamos a casa, envolvimos sus caderas con una manta para evitar que la sangre, sacudía la manga impidiendo que las moscas
—Sacuda la manga, impida que las moscas
las moscas, padre, a partir de marzo en el Príncipe Real, moscas en la sala, en la habitación, en el cubículo del lavabo, el veterinario preparaba la jeringuilla, si mi padre llorase la pintura de los párpados en rayas negras mojadas, se pasaba el pañuelo y más rayas y manchas
—Cállese, padre
cuatro estacas y una cuerda rodeando el cuerpo en el lugar al que iban siempre en verano, mi padre no se bañaba debido a la peluca, primero tambores, después música, después silencio, después
—No tengo la culpa, lo desenchufaron
después música de nuevo
—Cante, padre
aunque fuese la música la que cantaba, no él, la voz en los altavoces y mi padre mentón arriba recogiéndola, se lanzaba una bola en la sala y el perro igualmente hacia la derecha y hacia la izquierda engañado por los ecos del sonido, los payasos
las mujeres
los payasos que acompañaban a mi padre, más jóvenes que él, con menos plumas, movían las caderas al fondo, se ajustaban los vestidos con imperdibles, uno de ellos, sin peluca, se afeitaba ante un espejito de bolsillo, perseguía con una pinza los pelos que se escapaban, el policía a mí
—¿Sabes quiénes son, los conoces?
no, el médico
—¿Cómo se llama tu madre?
mi madre Judite y mi padre Carlos no sienten casi nada tan difícil ayudarlos a sentir de nuevo
no tengo madre, tengo dos madres y Rui en la segunda tumba de la iglesia, personas en bancos largos, el viejo con el caniche en brazos y yo apoyado en las argollas de bronce riendo, un traje antiguo del marido de doña Helena con pastillas para la tos en el bolsillo y un envase de palillos
vacío
no, un único palillo toc toc
que me quedaba corto, me cepillaron los faldones, me pusieron una gota de brillantina, se torcían para comprobar el aspecto, satisfechos, olvidados del entierro, me compusieron la raya
—No te sobra en la barriga, póntelo
me colocaron frente al tocador, el marido de doña Helena giró en torno estudiándome, pregunté callado apartándome de él
—¿No quiere ser mi padre?
no sienten casi nada tan difícil ayudarlos a sentir de nuevo y él ocupado en acomodarme el hombro, sabía los nombres de los árboles en latín, acariciaba el tronco y los árboles agradecidos, creo yo
—Señor Couceiro
hizo el servicio militar en Timor donde una bala en la cadera
—Los japoneses, chico, días y días hundido hasta el cuello en un arrozal de búfalos
no lo creo
cuando me recogía en la comisaría debido a la droga y cada víscera flotaba sola advertía su bastón antes de entrar, sabía exactamente el instante en que iba a secarse la nuca con el pañuelo que, agarrotado de nudos, no acababa de salir del bolsillo, el bastón me registraba entre raíces de arbustos, cuernos, cadáveres de indígenas
—Los japoneses, chico
guardaba el pañuelo para ayudarme a reunir el estómago, un pulmón, el brazo que yo creía que le daría las gracias y levitaba en el techo, esconderme bajo los muebles goteando pis en la alfombra, si me ofreciesen un vaso de leche lo derramaría en la barra, el señor Couceiro no me tiraba piedras, no me ordenaba
—Desaparece
saludaba a los árboles, se acordaba de los japoneses, me mostró el uniforme de cabo que destiñeron los arrozales, tres días y tres noches con el agua al cuello y ellos acabaron cansándose, chico, me miraba como mi madre miraba a mi padre
—¿Tú usas esto, Carlos?
ni siquiera desilusionado, humilde, cuando la lámpara lo encontraba no poseía pupilas, arrugas arriba y abajo y en lugar de pupilas unas pequeñas esferas de luz, doña Helena
la alianza del médico golpeaba el tablero con la pluma
—¿Cómo se llama tu madre?
y ninguna paloma se balanceaba en el plátano
conmigo en brazos
—¿Has visto lo que traigo aquí, Couceiro?
un piso escondido, plantas en latas de pintura, el felpudo enrollado con el cual tropezaba siempre, habitaciones encajadas unas en otras la mesa de las comidas acababa en la cama
en las que los picaportes giraban en falso, cualquiera de ellos que se cogiese acababa suelto en la mano, es decir una bola de porcelana y un fuste oxidado, paneles a los que les faltaban azulejos, el señor Couceiro venido de los antípodas en los que sonaba una radio, no la que yo rompí, otra más antigua junto al canapé zurcido, el señor Couceiro con bastón, de bolina en una corriente de aire que le inflaba la camisa
—Igualita a los monzones en Timor, chico, tantas palmeras caídas
doña Helena entre chasquidos indignados de la lengua remolineó como si alguien me atacase y se fue conmigo en brazos a la trinchera de la despensa, me ofreció peras en almíbar, me ofreció bizcochos, me mostró la cajita de música y arrancó el vals
—Lo asustaste y se echó a llorar, ¿quién lo hará callar ahora?
hoy me basta con pensar en ellos
no sienten casi nada tan difícil hacerlos sentir con un poco de suerte las medicinas a veces
y me acuerdo de todas las notas, me descubro repitiéndolas si me enternezco, no tengo dos madres, mi madre se llama doña Helena, me mostró la cajita otra vez, se sentó en el sofá junto a la máquina de coser, exilió al señor Couceiro hacia la lejanía de la radio
la aguja se desplazaba en el dial y lenguas extranjeras silbidos chasquidos, se inmovilizó donde el cura rezaba el rosario de las seis, ecos helados de capilla, mitad de las oraciones él y mitad las mujeres, hacían una pausa y comenzaban las mujeres y el cura acababa, después de la heroína las voces se confundían, la máquina de coser
hacia atrás y hacia delante pespunteándome, intenté llamar y la garganta se cerró, la lamparilla para calentar la cuchara se deslizó por la estera, no lograba arrancar la aguja, una gotita de sangre asomaba y bajaba, el señor Couceiro preocupado
—¿Qué es lo que tiene?
mi madre doña Helena y mi padre señor Couceiro se echó a llorar por tu culpa quién podrá hacerlo callar ahora intenta entretenerlo con tus japoneses tus búfalos los meses que pasaste hasta el cuello en un pantano de arroz mañana cuando vuelva del hospital no lo atormentes déjalo háblale de los árboles ponle el rosario en la radio
en la trasera de la casa un balcón hacia la iglesia de los Ángeles, dos palmos de río y casi nunca barcos, me sentaba en un tiesto con el limón y la jeringuilla, apretaba el brazo con una goma como Rui me enseñó para elegir la vena, llegaba con un anillito o una pulsera o el dinero del espectáculo de la víspera destinado a la letra de la lavadora o a la reparación de la cocina
—No te preocupes, es tu padre quien paga
mi padre se llama señor Couceiro, mi madre doña Helena, el payaso que Rui creía que era mi padre juro que no es mi padre, no sé nada de él, no lo conozco, mi padre se marchó o si no no lo tuve o si no se desvaneció en el aire y se materializó años después para que me apoyase en su ataúd riendo, el viejo del caniche entre aspavientos de indignación
—Dios mío
el payaso que no era mi padre revolviendo estuches, frascos de silicona, algodones
—¿El sobre del dinero, Rui?
registrando el estante de las blusas, apartando cintas, capelinas, mantillas, mi padre es un hombre, lo sabe todo acerca de los japoneses, conoce los nombres de los árboles en latín, mató búfalos en Timor, se llama señor Couceiro
—Lo asustaste y se echó a llorar, ¿quién lo hará callar ahora?
encontramos un resto de pared al bajar de los caboverdianos no por la carretera, sino por un camino de hierbas, pedazos de verja de jardín, lo que fuera una estatua
¿un Neptuno, un Apolo?
pero sin miembros, una tartera abollada que suplicaba
—Pateadme
que yo bien la oí
—Por favor, pateadme
lo mismo con las naranjas que caían del cochecito de la fruta y yo
—ahora no tenemos tiempo
abrimos el periódico y un polvillo blanco, impedir que los granos se deslicen a lo largo de la arruga, separar una parte, guardar la otra parte, en el resto de pared tantos encendedores, elásticos, señales de pasos, frases a navaja imposibles de leer, entregábamos los billetes por un postigo sin distinguir a nadie, esperábamos un poco, recibíamos el periódico, un mulato montaba guardia en la esquina abriendo y cerrando una navaja de niño, las palmas más suaves que las mías, rosadas y con arrugas negras, creí que tenía miedo y no tenía o sea tenía menos miedo del que creía tener, estudiar el polvo, acaso tiza, acaso greda, cómo se hace, Rui, explícame cómo se hace, el marido de mi
no el marido de mi padre, el marido del payaso, dormían en la misma cama y por tanto se casaron, hubo otros antes de éste, Alcides, Fausto el payaso
—Te presento a Alcides, te presento a Fausto
pero no dormían con él, se marchaban, Fausto lo golpeó contra el arcón chino en el que mi padre se dobló gimiendo
mira, dijo mi padre, me he equivocado
—Maricón de mierda
le arrancó la cadena, guarda la cadena en los pantalones y el payaso
—Perdona
la mujer de Rui llegó en una ocasión a la plaza del Príncipe Real a insultarlos, la inquilina del tercer piso
doña Auroriña
—Señorita
caminaba despacio, no se exaltaba nunca, media hora cada escalón con la bolsa de la compra, se sofocaba comprimiendo el pecho
—No hay problema, estoy muy bien
insistía en que probase su dulce de guayaba, habitaciones en tinieblas por no pagar la luz, encendía una vela
—La electricidad me molesta
se abrían los grifos y ni una gota siquiera
—No me hace falta agua, estoy limpia
los muebles blancos de hongos, fugas desesperadas de cucarachas, en abril un aneurisma se la llevó, la mujer de Rui a los cristales desiertos
—Acercaos, sabandijas
intentó forzar el cerrojo con un ladrillo y doña Auroriña
—No se haga daño, señorita
hizo rodar el cubo de basura calle abajo, se marchó
—Sabandijas
mi padre
el señor Couceiro
¿mi padre?
mi padre con las pestañas postizas de uno de los párpados en la pinza, el otro estremecido de angustia
—Qué vergüenza
y algo le vibraba en la cara, un tendón o un músculo, los ojos nublados de cataratas como los de mi abuela, casi cayendo contra el arcón sin que Fausto lo golpease, doña Auroriña ofreciéndole dulce de guayaba
—Señor Carlos
bajando escalón tras escalón con un heroísmo difícil, el payaso, con el meñique en arco, consolaba la vergüenza con tisanas de manzanilla, extendía una taza
—¿Le apetece, doña Auroriña?
se pegaba las pestañas postizas frente al espejo donde años antes se cortaba el bigote, Alcides o Fausto sí, con bigote mientras mi padre freía unas chuletas, con delantal, a ellos les entregaba el reloj de pulsera, les entregaba collares, esperanzado, sumiso
—Un recuerdo de amigo
Alcides o Fausto desconfiados del regalo examinaban sus tesoros
—¿Esto vale algo por lo menos?
chales, cintas con amapolas, vicuñas de plástico, mi madre pisaba aquellos lujos que yo creía de ella
—¿Tú usas esto, Carlos?
encontramos un resto de pared al bajar de los caboverdianos, no por la carretera, por un camino de hierbas, pedazos de verja de jardín, lo que fuera una estatua
¿un Neptuno, un Apolo?
pero sin miembros, sin miembros, abrimos el periódico y un polvillo blanco, en el suelo del resto de pared tantos encendedores, elásticos, señales de pasos, Rui, se exprime el limón así, se mezcla el agua así, se hace así con la cuchara, se calienta así y en cuanto echa el primer hervor se amarra una goma encima del codo así, me pareció que un grajo en una cueva de piedra, la cabeza titilante, los espasmos de la cola, dentro de unos instantes soy un pájaro, alcanzo la copa de la higuera agitándome o si no quieto, contento, la aguja donde la vena más ancha, no tengas prisa con el émbolo, así, una especie de calor, una especie de frío, el resto de pared, el grajo, calor de nuevo en la barriga, en el interior del pecho donde el corazón no latía, se dilataba, perdía peso, se desprendía de mí, lo llegué a ver casi morado en la cueva del pájaro, cómo te llamas, cómo me llamo, dime cómo me llamo y Rui que ajustaba la goma suya, así
—Cállate
viento donde no había viento, sed donde no sed, comprendo todo lo del polvo, Rui, lo comprendo todo, las frases a navaja ya legibles, quieres que te las lea, Rui, también tienes frío, ¿no?, también eres un grajo, no te tumbes en el barro, la cabeza titilante, los espasmos de la cola, los frutitos de la higuera minúsculos, repara en cómo mis hojas se cruzan, repara en cómo crezco, no te tumbes en los sauces llorones, levántate, por qué motivo me riñes, Rui, no me riñas, no me pidas que me calle, las frases a navaja dicen
—No sienten nada
dicen
—Tan difícil ayudarlos a sentir
dicen
—Fíjate en si el hijo del marica sigue ahí fuera
no una higuera, dos en el mismo tronco, Rui cubrió el orificio de la aguja y la gota roja
más oscura que roja, rojo es lo que pensamos de la sangre, granate
—Cállate
el mulato se acercó a una furgoneta sin neumáticos abriendo y cerrando la navaja de niño, un chasquido cuando se veía la hoja, un chasquido cuando no se la veía, doña Helena conmigo en brazos se marchaba en dirección a la despensa
—Lo asustaste y se echó a llorar, ¿quién lo calmará ahora?
el mulato apoyó la sandalia en el rellano en el que una mancha de lluvia, esos vestigios de octubre y los vestigios de octubre mientras yo sumaba las rejas del jardín, dieciséis
—Aquí no
volver a sumar, me quedó la duda de si quince o dieciséis, acerté, cuatro cerca de nosotros y siete más y cinco más, el mulato señalaba la ciudad allá abajo
—Aquí no
la certeza de que soñé este sueño ayer o anteayer
ayer
y por eso mismo, sin despertar, pensé
—No merece la pena preocuparme, ya sé de qué va
sin interés por episodios que sabía falsos, la navaja en mi garganta, la sandalia pisándome
—Estoy durmiendo
y como estoy durmiendo no me preocupo, todo mentira, consciente de la almohada que se escurre entre el colchón y el arcón contra el cual me golpeaban
—No tengo ninguna cadena que puedan llevarse
doña Auroriña con la bolsa de la compra
—Paulo
media hora en cada escalón, los pies enormes, exhaustos
—No hay problema, estás muy bien
caminando delante de mí con una vela encendida y yo tras la vela en el pasillo a oscuras hasta que doña Auroriña me aconseja
—Siéntate
en una silla invisible y nos quedamos los dos, sin hablar, oyendo los ruidos del edificio y algo remoto que se burlaba de mí.
¿Un grajo?
que se burlaba de mí.
Fragmento del libro ¿Qué haré cuando todo arde?. António Lobo Antunes. DeBolsillo. 2013. Traducción: Mario Merlino. Publicado con autorización de sus editores.
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António Lobo Antunes (Portugal, 1942 – 2026). Estudió medicina y ejerció como psiquiatra antes de dedicarse de lleno a la literatura y manifestarse como un gran estilista de la lengua portuguesa, lo que lo ha convertido en un firme candidato al Premio Nobel de Literatura. Su extensa producción bibliográfica se inició en 1979 con la publicación de la novela Memoria de elefante, a la que siguieron En el culo del mundo (1979); Acerca de los pájaros (1981); Conocimiento del infierno (1981); Fado alejandrino (1983); Auto de los condenados (1985); Las naves (1988); la Trilogía sobre la muerte —integrada por Tratado de las pasiones del alma (1990), El orden natural de las cosas (1992) y La muerte de Carlos Gardel (1994)—; Libro de crónicas (1995); Manual de inquisidores (1996, Prix du Meilleur Livre Étranger 1997); Esplendor de Portugal (1997); Exhortación a los cocodrilos (1999, Grande Prémio de Romance e Novela 1999); No entres tan deprisa en esa noche oscura (2000); ¿Qué haré cuando todo arde? (2001); Segundo libro de crónicas (2002); Buenas tardes a las cosas de aquí abajo (2003, Premio de la Unión Latina de Escritores); Yo he de amar una piedra (2004); Cartas de la guerra (2005); Tercer libro de crónicas (2006); Ayer no te vi en Babilonia (2006); Mi nombre es Legión (2007); El archipiélago del insomnio (2008) y ¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar? (2009). António Lobo Antunes también ha recibido el Premio Rosalía de Castro del PEN Club gallego, el Premio de Literatura Europea del Estado austríaco, el Premio Jerusalén en 2004, el Premio Camões —el mayor galardón en lengua portuguesa— en 2007 y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances en 2008.