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NARRATIVA

Tachas 674 • Viaje al corazón de la fábula • Lidia Jorge

Imagen generada con IA de Adobe Firefly
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Tachas 674 • Viaje al corazón de la fábula • Lidia Jorge

Regresé a la casa de António Machado a mediados de febrero, y al contrario de lo que a lo largo de cinco años había supuesto, al final, era bueno volver. El mismo aeropuerto del tamaño de una estación me pareció un lugar amable en donde todos los rincones me eran familiares. El taxi verde y negro con un mudo al volante no me disgustó, la avenida con los mismos árboles desnudos formados en fila me recibió bien, y si a lo largo de los últimos años yo había confirmado que la paz no es más que un grado menor en el orden de la armonía, el sosiego que de repente encontraba al regresar a los lugares pacíficos, me brindaba un confort que no esperaba. Me despedí del hombre mudo que tomó el dinero sin mirarme y bajé del taxi. Cuando estaba marcando el código de la puerta, el mudo llegó corriendo, gritando alto, para entregarme mi cámara fotográfica que había dejado olvidada en el asiento trasero. Estaba en la parte más alta de la Avenida da Guerra Peninsular, pero el encuentro con el taxista era lo que mejor me decía que la hija pródiga había llegado a casa.

Miré alrededor y ahí estaba la arcada, pintada del mismo color.

El código de la puerta también seguía siendo el mismo y, después del elevador, la puerta se abría con la misma llave. A la entrada, el baúl negro, sobre el cual se ponían las bolsas, seguía ahí como desde siempre. Sobre él dejé la mochila que traía en los hombros. La misma atmósfera inconfundible de una casa habitada por un fumador me recibió. Por cierto, el fumador no estaba, estaba segura, era miércoles. Me asomé por la puerta de la sala y lo confirmé. Atrás de la tapa redonda del secreter, no había nadie. A pesar del fuerte olor a tabaco, al fondo de la oficina no había ninguna nebulosa ceniza. Posé la mirada en el secreter. Ahí estaba el florero de piedra donde mi padre, seguramente a mi espera, había puesto unas flores, el resto permanecía igual. Sin embargo, aquello que yo buscaba no estaba a la vista. Por lo menos algunos objetos habían cambiado de lugar.

Deambulé por la casa de António Machado

La alfombra rala por donde destacaban algunos pedazos del entarimado era la misma, la larga mesa adornada con un cesto de fruta, igual. Las estatuillas de ojos ansiosos a las que mi padre atribuía el valor de obras patrimonio de la humanidad, continuaban perfiladas en el rincón de la mesa. Las paredes forradas de libros donde el polvo formaba capas y los insectos, nidos, estaban ahí, intactas como las había dejado. La cómoda baja sobre la cual las pipas en fila parecían adornos, era también la misma de cuando me había ido. Los utensilios para limpiar, soplar y apretar eran los mismos, y estaban acomodados de la misma manera. Hasta las cajas de tabaco, latas volteadas, de entre las cuales destacaban las Dunhill y las Dutch Mixture, tal vez fueran otras, pero parecían las mismas. Además, el mismo olor a humo impregnado, la casa entera del mismo color amarillento, manchas de nicotina acumuladas en el techo, todo de arriba abajo estaba igual. La sabiduría de António Machado posada en todos lados, su densidad, su antigüedad y su autoridad eran las mismas. Si nunca hubiera estado en las ciudades de los desiertos, quizás, tales detalles no serían importantes en el momento de mi llegada, pero yo había aprendido por allá, como nunca, que la piel de las cosas oculta la dimensión de quien las acomoda o las hace. Era por el hecho de que la piel de las cosas me condujera al corazón de los acontecimientos que algunos decían que yo podría convertirme en una reportera notable. Sí, podría. De momento la reportera había suspendido sus proyectos y había regresado a casa. A pesar de todo, no era tan malo. Sin embargo, el objeto que buscaba, y tras el cual había venido, no se encontraba a la vista, cuando yo habría jurado que, el día de mi partida, se encontraba posada en el librero, a la altura del secreter de António Machado. Era ahí que mi padre fumaba. Y en ese momento, pensé en su tabaco.

Conocía bien las diferentes etapas

Todo comenzaba por la combustión del fósforo sobre el hornillo. Al principio una pequeña llama recta surgía brillando entre sus manos, pero luego era tragada con un sorbo hacia adentro de la pequeña cazoleta, y el hilillo de humo empezaba a desprenderse del artefacto como si fuera un trazo ondulado. Después era que se formaba la nebulosa, y en medio de las pronunciadas espirales, la figura de mi padre se nublaba y desaparecía. Con él desaparecían el secreter, el florero de piedra, la montaña de libros, acabando por desaparecer la misma pipa. Con relación a mi padre, predecir y fumar habían sido actos contiguos, pues, desde que tuve razón de ser, era ahí, en medio de la nube gris, donde se iniciaban el análisis y la crónica, listas de palabras pequeñas que no le daban suerte a nadie, pero que ilustraban el desorden del mundo, según decía Rosie Machado. Conocía el proceso como mi propia respiración.

Era atrás de aquella tapa de madera del secreter que desde siempre se habían escrito páginas imprescindibles para la construcción del futuro, y mientras no estuvieran terminadas, la solemnidad se sentaba esperando en todos los muebles de la sala. En esa época, si era verano, Rosie se quitaba los zapatos, y si era invierno, andaba en las puntas de los zapatos, dislocándose de un lado a otro, con un dedo sobre los labios. La hija de ellos era entonces muy pequeña para comprender razones abstractas que le exigían resoluciones tan concretas. Ya que, en el tiempo de Rosie, mientras papá escribía, era necesario permanecer en silencio en todas las habitaciones de la casa. No correr, no azotar las puertas, no tocar ningún botón que produjera ruido en el espacio donde se producía el humo, eran sus imperativos. Lo sabía muy bien. Durante las horas en que él permanecía inmóvil, fumando, ocupando su trono, atizando su trinchera, Rosie me sentaba en sus piernas y dibujaba perros con tres cabezas y lenguas bífidas. Decía — Je suis le dragon qui protège ton père de toi, little Machadiña. Voilà. Et ne dépasses pas la verrière. El marido de Rosie entraba a la casa, dejaba el portafolios, se quitaba la chaqueta y cruzaba la puerta de vidrio para irse a esconder en el humo, cuando la puerta todavía era demasiado pesada para que mis manos pudieran empujarla, aunque fuera un sólo centímetro. Mientras él escribía, la puerta de vidrio permanecía siempre cerrada, y yo no podía moverla, no podía cruzarla, no podía tocarla, cuando mucho, podía dejar la mancha pegajosa de mi lengua pegada en la superficie transparente, marca que Rosie Honoré Machado corría a quitar con una esponja húmeda y un trapo de lino. Pero ahora nada de eso importaba. Estaba abierta para que yo entrara. Dejé caer la última mochila al piso, me quité la gorra de visera de la cabeza. Había estado en el fragor de las batallas en Tikrit y Nayaf, y en agosto había recorrido el camino que lleva al cementerio de Wadi al-Salaam entre mujeres. Era huésped en la tierra de otros, una invasora capaz de reportear con elegancia la desgracia de los demás. Con tanta elegancia y eficacia, que había terminado por sentirme vencedora. A veces deprimida, pero vencedora. Bob Peterson me había desviado de mi ruta, yo había pensado que sería malo, muy malo y, sin embargo, para mi sorpresa, ante el secreter de tapa redonda de mi padre, yo podía decir algo como esto, si todo está en su lugar, la fotografía del Memories también ha de estar.

Fragmento del libro Los Memorables. Lidia Jorge. Elefanta del Sur. 2018. Traducción: María Auxilio Salado Pérez. Publicado con autorización de sus editores.  

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Lidia Jorge (Portugal, 1946). Una de las escritoras portuguesas más importantes y traducidas de las últimas décadas, su obra ha sido reconocida con los premios portugueses más destacados, así como con galardones europeos y latinoamericanos: el Premio Jean Monet de Literatura Europea, el Albatros de la Fundación Günter Grass, el Premio Unión Latina de Literaturas Romances, el Gran Premio de Literatura DST, el Gran Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances otorgado en 2020 en Guadalajara (México) o el Premio Médicis extranjero del año 2023. Algunas de sus novelas, como El día de los prodigios, La costa de los murmullos, Los tiempos del esplendor, Estuario o Misericordia, forman parte del imaginario colectivo de varias generaciones de lectores portugueses.






 

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