NARRATIVA
Tachas 675 • Effia • Yaa Gyasi
La noche que nació Effia Otcher, rodeada del calor almizclado de la tierra de los fante, un fuego hizo estragos en el bosque, junto a la casa de su padre. Avanzó deprisa y se abrió camino durante varios días. Vivía del aire, dormía en cuevas y se escondía en los árboles. Quemó todo aquello que encontraba, sin preocuparse por la devastación que dejaba a su paso, hasta llegar a una aldea asante. Allí desapareció y se fundió con la oscuridad.
Cobbe Otcher, padre de Effia, dejó a su primera esposa, Baaba, con la recién nacida para evaluar las pérdidas de la plantación de ñame, el preciado cultivo conocido a lo largo y ancho de su tierra por ser el sustento de tantas familias. Cobbe había perdido siete plantas, y sentía cada pérdida como un golpe que recibían los suyos. Supo entonces que el recuerdo de aquel fuego que había huido después de arder lo acosaría a él, a sus hijos y a los hijos de sus hijos mientras su linaje perviviera. Al regresar a la choza de Baaba encontró a Effia, la hija de la noche de las llamas, desgañitándose. Miró a su esposa y le dijo:
—Jamás volveremos a hablar de lo que ha ocurrido hoy.
Empezó a rumorearse entre los aldeanos que Effia había nacido del fuego y por ese motivo Baaba no tenía leche. La amamantó la segunda esposa de Cobbe, que tres meses antes había dado a luz a un varón. Al principio Effia no se agarraba al pezón, pero cuando lo consiguió apretaba tanto las encías que le desgarraba la piel, de manera que la mujer acabó teniendo miedo a alimentarla. Así la niña perdió peso y se convirtió en un pellejo lleno de huesecitos de pájaro, con un gran agujero negro por boca, de donde salía un llanto hambriento que resonaba por toda la aldea, incluso los días que Baaba hacía cuanto podía por sofocarlo cubriéndole los labios con la palma áspera de la mano izquierda.
«Quiérela», le había ordenado Cobbe, como si el amor fuese un acto igual de sencillo que coger comida de un plato de hierro y llevársela a la boca. Por las noches, Baaba soñaba con dejarla en la negrura del bosque para que el dios Nyame hiciera con ella lo que quisiese.
Effia creció. El verano después de su tercer cumpleaños, Baaba tuvo su primer hijo varón. Lo llamaron Fiifi, y estaba tan rechoncho que en ocasiones, cuando Baaba no miraba, Effia lo hacía rodar por el suelo como una pelota. La primera vez que su madre le permitió sostenerlo en brazos, se le cayó: el bebé rebotó sobre las nalgas, aterrizó de vientre y miró a los que estaban en la habitación sin saber si debía llorar o no. Decidió no hacerlo, pero Baaba, que en ese momento removía el banku, alzó el cucharón y golpeó con él la espalda desnuda de Effia. Cada vez que levantaba el utensilio del cuerpo de la niña, le dejaba pedazos calientes y pegajosos de masa que le quemaban la piel, y cuando Baaba hubo acabado, Effia lloraba y chillaba, cubierta de llagas. Desde el suelo, rodando sobre el vientre de un lado al otro, Fiifi miraba a Effia con ojos como platos, pero sin hacer ningún ruido.
Al regresar a casa, Cobbe encontró a sus otras esposas curando las heridas de Effia y de inmediato comprendió lo que había ocurrido. Baaba y él discutieron hasta bien entrada la noche, y mientras tanto Effia los oía a través de las finas paredes de la choza. Tumbada en el suelo, la niña dormitaba con fiebre. En sus sueños, Cobbe era un león, y Baaba, un árbol. El león arrancaba el árbol de la tierra donde estaba plantado y lo lanzaba contra el suelo, y cuando este protestaba estirando las ramas, se las arrancaba una a una. Tendido en la arena, el árbol empezaba a llorar hormigas rojas que descendían por entre las grietas de la corteza y se acumulaban sobre la tierra mullida, alrededor de la copa.
Y así empezó el ciclo. Baaba pegaba a Effia. Cobbe, a Baaba. A la edad de diez años, la niña podía recitar la historia de las cicatrices que llevaba en el cuerpo: el verano de 1764, cuando Baaba le partió unos ñames en el espinazo; la primavera de 1767, cuando Baaba le aplastó el pie con una piedra y le rompió el dedo gordo, que jamás volvió a apuntar hacia el mismo lado que el resto. Todas las cicatrices de Effia tenían una réplica en el cuerpo de Baaba, pero eso no impedía a la madre apalear a la hija, ni al padre apalear a la madre.
Que Effia estuviera convirtiéndose en una mujer bellísima solo empeoraba las cosas. Cuando tenía doce años le crecieron los senos: dos bultos que le nacían del pecho, suaves como la pulpa de mango. Los hombres de la aldea sabían que pronto le vendría la primera sangre y esperaban la oportunidad para pedir su mano a Baaba y Cobbe. Los regalos no tardaron en sucederse: uno de los hombres recolectaba vino de palma mejor que cualquier otro, y las redes de pesca de otro vecino jamás aparecían vacías. A punto de hacerse mujer, Effia proporcionaba a la familia de Cobbe un festín tras otro. Ni sus tripas ni sus manos estaban nunca vacías.
En 1775, Adwoa Aidoo fue la primera chica de la aldea a la que uno de los soldados británicos pidió en matrimonio. Tenía la piel clara y la lengua afilada. Por las mañanas, después de bañarse, se frotaba manteca de karité por todo el cuerpo, debajo de los pechos y entre las piernas. Effia no la conocía bien, pero un día que Baaba la había mandado llevar aceite de palma a la choza de la joven, la había visto desnuda. Tenía la piel brillante y lisa, y el pelo majestuoso.
El día que aquel hombre blanco llegó por primera vez, la madre de Adwoa encargó a los padres de Effia que le enseñasen el pueblo mientras la muchacha se preparaba para él.
—¿Puedo ir con vosotros? —preguntó Effia.
En ese momento corría tras ellos y oyó el «no» de Baaba por un oído y el «sí» de Cobbe por el otro. Ganó el oído de su padre, y pronto se encontró ante el primer hombre blanco que veía.
—Se alegra de conocerte —dijo el intérprete al tiempo que el hombre blanco ofrecía la mano a Effia.
Ella no se la aceptó, sino que se escondió detrás de la pierna de su padre y lo observó desde allí.
El blanco llevaba una chaqueta con una hilera reluciente de botones de oro tirantes por la presión de la panza. Tenía la cara roja, como si en lugar de cuello tuviese un tocón ardiendo; estaba gordo, y de la frente y del labio le caían grandes gotas de sudor. A Effia le recordó a una nube cargada de lluvia: pálido, húmedo e informe.
—Le gustaría ver la aldea, por favor —dijo el intérprete, y se pusieron en marcha.
La primera parada fue delante de la casa de Effia.
—Aquí vivimos nosotras —anunció la niña al hombre blanco, y él sonrió embobado, con los ojos verdes envueltos en una neblina. No comprendía. Incluso después de que el intérprete se lo tradujera, seguía sin entender.
Cobbe cogió a Effia de la mano y, junto con Baaba, guio al hombre blanco por el recinto.
—En esta aldea —explicó Cobbe—, cada esposa tiene su choza. La comparte con sus hijos. Las noches que el marido debe pasar con ella, la visita en su casa.
A medida que le traducían aquello, la mirada del hombre blanco fue aclarándose y de pronto Effia se dio cuenta de que ahora lo contemplaba todo con nuevos ojos. Por fin veía las paredes de adobe, la paja de la techumbre.
Continuaron el paseo por el pueblo y le enseñaron la plaza, las pequeñas barcas de pesca que construían vaciando troncos de árbol y que los hombres cargaban consigo cuando caminaban varios kilómetros hasta la costa. Effia se esforzó por verlo todo con otros ojos; olió el viento salino que le acariciaba los pelillos de la nariz, palpó la corteza áspera y rasposa de una palmera, admiró el rojo intenso de la arcilla que se veía por todas partes.
—Baaba —dijo Effia cuando los hombres se adelantaron unos pasos—, ¿por qué va a casarse Adwoa con este hombre?
—Porque lo dice su madre.
Unas semanas más tarde, el blanco regresó a presentar sus respetos a la madre de Adwoa, y Effia y el resto de los aldeanos se acercaron a ver qué le ofrecía. Acudía con el precio de la novia, quince libras. También con artículos que algunos asante habían transportado a la espalda desde el castillo. Mientras los sirvientes entraban con telas, mijo, oro y hierro, Cobbe obligó a Effia a ponerse detrás de él.
Después, de regreso a casa, el padre llevó a la joven a un lado y dejó que sus esposas y el resto de sus hijos los adelantaran.
—¿Entiendes lo que acaba de ocurrir? —le preguntó.
A lo lejos, Baaba cogió a Fiifi de la mano. El hermano de Effia había cumplido once años hacía poco, pero ya era capaz de trepar al tronco de una palmera sin más ayuda que las manos y los pies descalzos.
—El hombre blanco ha venido a llevarse a Adwoa —repuso Effia.
Su padre asintió.
—Los blancos viven en el castillo de Costa del Cabo. Desde allí intercambian bienes con nuestra gente.
—¿Como hierro y mijo?
Cobbe le posó la mano en el hombro y le dio un beso en la frente, pero cuando se apartó, su mirada era distante e inquieta.
—Sí, ellos nos dan hierro y mijo, pero nosotros tenemos que darles otras cosas a cambio. Este hombre ha venido de Costa del Cabo a casarse con Adwoa, y después de él vendrán otros a llevarse a nuestras hijas. Sin embargo, para ti, niña mía, tengo otros planes mejores que vivir como esposa de un blanco. Tú te casarás con un hombre de nuestra aldea.
Justo entonces, Baaba se dio la vuelta y Effia la miró a los ojos. La mujer frunció el ceño y ella se volvió hacia su padre para ver si se había dado cuenta, pero Cobbe no dijo ni una palabra.
Effia sabía a quién elegiría ella como esposo y esperaba de todo corazón que sus padres escogiesen al mismo hombre. Abeeku Badu era el heredero del jefe de la aldea. Alto, con la piel del color del hueso de un aguacate, manos fuertes y dedos largos y finos que agitaba al hablar como si fueran rayos. Había visitado su casa cuatro veces en el último mes y estaba previsto que esa misma semana Effia y él comiesen juntos.
Abeeku llevó una cabra. Sus sirvientes cargaron ñames, pescado y vino de palma. Baaba y las otras esposas avivaron los fuegos y calentaron el aceite. El aire se llenó de aromas.
Esa mañana, Baaba había peinado a Effia. Le había hecho dos trenzas largas, una a cada lado de la raya. Con ellas recordaba a un carnero: fuerte, obstinada. Ella misma se había untado el cuerpo desnudo de aceite y se había puesto oro en las orejas. Se sentó delante de Abeeku a comer, contenta de ver que él le lanzaba miradas furtivas de admiración.
—¿Fuiste a la ceremonia de Adwoa? —preguntó Baaba en cuanto hubieron servido a los hombres y las mujeres empezaron por fin a comer.
—Sí, pero solo un rato. Es una pena que vaya a marcharse de la aldea. Habría sido una gran esposa.
—Cuando seas jefe, ¿trabajarás para los británicos? —preguntó Effia.
Tanto Cobbe como Baaba le lanzaron miradas reprobatorias, y ella agachó la cabeza, pero enseguida la irguió y vio que Abeeku sonreía.
—Trabajamos con los británicos, Effia. No para ellos. Eso es lo que significa comerciar. Cuando sea el jefe, continuaremos como hasta ahora, asegurándonos de que el intercambio con los asante y los británicos continúa.
Effia asintió. No estaba del todo segura de qué quería decir aquello, pero a juzgar por las miradas de sus padres, era mejor que mantuviese la boca cerrada. Abeeku Badu era el primer hombre que llevaban a conocerla, y Effia deseaba con todas sus fuerzas que él la quisiera, pese a no saber aún qué clase de hombre era ni qué tipo de mujer requería. Cuando estaba en su choza, Effia podía preguntar a su padre y a Fiifi todo lo que le apeteciera. Era Baaba quien guardaba silencio y prefería que ella hiciese lo mismo; Baaba, quien la había abofeteado por preguntar por qué no la llevaba a que la bendijesen como hacían otras madres con sus hijas. Solo cuando no hablaba ni preguntaba nada, cuando se hacía pequeña, Effia sentía el amor de Baaba, o algo que se le parecía. Tal vez también fuera eso lo que buscaba Abeeku.
El joven terminó de comer. Estrechó la mano a todos los miembros de la familia y se detuvo junto a la madre.
—Avísame cuando esté lista.
Baaba se llevó una mano al pecho y asintió con seriedad. Cobbe y los demás hombres acompañaron a Abeeku mientras el resto de la familia le decía adiós con la mano.
Esa noche, Baaba despertó a Effia, que dormía en el suelo de la choza. Mientras le hablaba, la joven sentía su aliento cálido en la oreja.
—Cuando te venga la sangre, debes ocultarlo. Tienes que decírmelo a mí y a nadie más. ¿Entiendes?
Le entregó unas hojas de palma que había convertido en un pliego suave y enrollado.
—Ponte esto dentro y míralo todos los días. Cuando esté manchado de rojo, avísame.
Effia miró las hojas de palma que Baaba le tendía con las manos abiertas. No las aceptó a la primera, pero alzó la vista y distinguió en los ojos de su madre algo que rayaba la desesperación. Y como esa mirada le suavizaba el rostro y Effia también conocía en carne propia la desesperación, ese fruto del anhelo, hizo lo que su madre le pedía. Todos los días comprobaba el color de las hojas, pero estas salían siempre del mismo verde blanquecino. Al llegar la primavera, el jefe de la aldea enfermó y todo el mundo empezó a observar a Abeeku con atención para ver si estaba preparado para el puesto. Durante esos meses se casó con dos mujeres: Arekua la Sabia y Millicent, la hija mestiza de una mujer fante y un soldado británico que había muerto de fiebre y había dejado a su esposa e hija muchas riquezas para gastar a placer. Effia rezaba por que llegase el día en que todos los habitantes de su aldea la llamasen Effia la Bella, como hacía Abeeku en las contadas ocasiones en que les permitían hablar.
La madre de Millicent tenía un nombre nuevo que le había dado su marido blanco. Era una mujer oronda y rolliza cuyos dientes centelleaban en la noche oscura de su piel y, cuando enviudó, decidió dejar de vivir en el castillo y regresar al pueblo. Como los blancos no podían dejar dinero en testamento a sus esposas e hijos fante, se lo dejaban a otros soldados y amigos, y estos pagaban a las mujeres. Así, la madre de Millicent había recibido suficiente dinero para empezar de nuevo y comprar algo de tierra. Ambas visitaban a Effia y a Baaba a menudo, pues, como decían, pronto iban a formar parte de la misma familia.
Millicent era la mujer de piel más clara que Effia había visto en su vida. La cabellera negra le llegaba hasta la mitad de la espalda, y en los ojos tenía pinceladas verdes. Rara vez sonreía, y hablaba con voz ronca y un acento fante extraño.
—¿Cómo era vivir en el castillo? —preguntó Baaba un día a la madre de Millicent.
Se habían sentado las cuatro a comer cacahuetes y plátanos.
—Estaba bien, sí. Ay, cómo te cuidan esos hombres. Es como si nunca hubieran estado con una mujer. No sé a qué se dedicaban sus esposas británicas. Te digo que mi marido me miraba como si yo fuera agua y él fuego, y todas las noches hubiera que sofocar las llamas.
Las mujeres rompieron a reír. Millicent esbozó una sonrisa furtiva para Effia, y ella quiso preguntarle cómo era con Abeeku, pero no se atrevió.
Baaba se acercó a la madre de Millicent, pero aun así Effia oyó:
—Y además pagan un buen precio por la novia, ¿eh?
—Te digo que mi marido le pagó diez libras a mi madre, ¡y eso fue hace quince años! Sí, hermana, el dinero está muy bien, pero me alegro de que mi hija se haya casado con un fante. Aunque un soldado me ofreciese veinte libras por ella, no sería la esposa de un jefe. Y aún peor: tendría que vivir en el castillo, lejos de mí. No, no, es mucho mejor conseguir a un hombre del pueblo para que tus hijas puedan estar cerca.
Baaba asintió y se volvió hacia Effia, que enseguida apartó la mirada. Esa noche, justo dos días después de su decimoquinto cumpleaños, llegó la sangre. No fue la corriente poderosa de las olas del mar que Effia esperaba, sino un simple hilillo, gotas de lluvia que caían, una a una, desde el mismo agujero del techo de una choza. Se limpió y esperó a que su padre dejase a Baaba a solas para poder contárselo.
—Baaba —dijo, y le enseñó las hojas de palma teñidas de rojo—. Tengo la sangre.
Baaba le tapó los labios con una mano.
—¿Quién más lo sabe?
—Nadie.
—Que siga así, ¿me entiendes? Si alguien te pregunta si ya eres mujer, debes responder que no.
Effia contestó que sí con la cabeza. Se dio media vuelta para marcharse, pero tenía una pregunta ardiéndole en el pecho como si fueran brasas de carbón.
—¿Por qué? —preguntó al fin.
Baaba le metió los dedos en la boca, le sacó la lengua y le pellizcó la punta con uñas afiladas.
—¿Quién eres tú para cuestionar lo que te digo? Si no haces lo que te mando, me ocuparé de que jamás vuelvas a hablar.
Le soltó la lengua, y durante el resto de la noche Effia notó el sabor de su propia sangre.
A la semana siguiente murió el anciano jefe de la aldea. El funeral se anunció en todas las poblaciones vecinas. Duraría un mes y acabaría con la ceremonia en la que nombrarían jefe a Abeeku. Las mujeres de la aldea preparaban comida de sol a sol; se fabricaron tambores con la mejor madera y se pidió a los mejores cantores que hicieran oír su voz. Los asistentes al funeral se pusieron a bailar el cuarto día de la estación de lluvias y no descansaron los pies hasta que el suelo quedó seco por completo.
Tras la primera noche sin lluvia, Abeeku fue coronado omanhin, jefe de la aldea fante. Lo vistieron con tejidos suntuosos y sus esposas se colocaron una a cada lado. Effia y Baaba se quedaron juntas mirándolo, mientras Cobbe caminaba entre el gentío. De vez en cuando, Effia lo oía murmurar que ella, su hija, la mujer más hermosa del pueblo, debería estar allí con las otras dos.
Como nuevo jefe, Abeeku quería hacer algo grande, algo que llamase la atención sobre su territorio y los convirtiera en una potencia que tener en cuenta. Tras apenas tres días de mandato, reunió en su casa a todos los hombres de la aldea. Les dio de comer sin parar a lo largo de dos jornadas y los emborrachó de vino de palma hasta que no quedó choza desde donde no resonaran el bullicio de las risas y los gritos exaltados.
—¿Qué van a hacer? —preguntó Effia.
—No es asunto tuyo —contestó Baaba.
Desde que había empezado a sangrar dos meses antes, Baaba había dejado de pegarle, en pago por su silencio. Algunos días, mientras preparaban la comida para los hombres o la joven regresaba de buscar agua y miraba a Baaba ahuecar las manos y hundirlas en el cubo, Effia pensaba que por fin se comportaban como correspondía a una madre y una hija. Sin embargo, otros días Baaba fruncía de nuevo el ceño con desdén, y Effia se daba cuenta de que la nueva tranquilidad de su madre era temporal, y su rabia, una bestia salvaje que había logrado apaciguar solo por el momento.
Cobbe regresó de la reunión con un machete largo. El mango era de oro y llevaba grabadas unas letras que nadie comprendía. Estaba tan borracho que todas sus esposas e hijos formaron un corro estrecho a su alrededor, a medio metro de distancia, mientras él se tambaleaba y punzaba el aire con el arma afilada.
—¡Vamos a hacernos ricos con sangre! —chillaba.
Arremetió contra Fiifi, que se había metido dentro del círculo. El
muchacho, más esbelto y rápido que cuando era un bebé rechoncho, giró la cadera y esquivó la punta del machete por los pelos.
El chico había sido el más joven de la reunión, y todo el mundo sabía que sería un buen guerrero. Lo veían en su forma de trepar por las palmeras y de llevar su silencio como una corona de oro.
Tras marcharse su padre, y una vez estuvo segura de que su madre dormía, Effia se arrastró hasta donde estaba Fiifi.
—Despierta —le susurró, y él la apartó.
Incluso medio dormido, era más fuerte que ella. La joven cayó hacia atrás, pero se levantó con la agilidad de un gato y se puso en pie.
—Despierta —repitió.
Fiifi abrió los ojos de golpe.
—No me molestes, hermana mayor.
—¿Qué va a pasar? —preguntó ella.
—Eso es asunto de los hombres.
—Tú aún no eres un hombre —repuso.
—Ni tú una mujer —soltó él—. Si lo fueras, esta noche habrías estado allí con Abeeku, como su esposa.
A Effia empezó a temblarle el labio. Dio media vuelta para regresar a su lado de la choza, pero Fiifi la agarró del brazo.
—Vamos a ayudar a los británicos y a los asante con el comercio.
—Ah —respondió Effia. Era la misma historia que había oído de su padre y de Abeeku unos meses antes—. ¿Quieres decir que daremos oro asante y telas a los blancos?
Fiifi le atenazó el brazo.
—No seas boba. Abeeku ha establecido una alianza con una de las aldeas asante más poderosas. Vamos a ayudarlos a vender sus esclavos a los británicos.
Y así fue como el hombre blanco llegó a su aldea. Gordos o flacos, rosados o bronceados, iban de uniforme y con la espada colgando del costado y miraban con el rabillo del ojo, siempre muy precavidos. Acudían a dar su visto bueno a las mercancías que Abeeku les había prometido.
Durante los días siguientes a la ceremonia fúnebre del jefe, Cobbe empezó a inquietarse por la promesa rota de Effia, pues aún no era mujer. Temía que Abeeku se olvidara de ella y escogiese a otra joven de la aldea. Él siempre había dicho que quería que su hija fuese la primera esposa, la más importante, pero ahora parecía que no podía aspirar siquiera al puesto de tercera mujer.
Todos los días preguntaba a Baaba qué pasaba con Effia, y todos los días ella respondía que aún no estaba lista. Desesperado, permitía que su hija visitase la casa de Abeeku una vez a la semana acompañada por Baaba, para que el hombre la viese y recordase cuánto le habían gustado su rostro y su figura.
Arekua la Sabia, la primera de sus esposas, las recibió cuando llegaron a su choza una tarde.
—Por favor, mama —le dijo a Baaba—, hoy no os esperábamos. Han venido los blancos.
—Entonces nos vamos —contestó Effia, pero Baaba la agarró del brazo.
—Si no os importa, nos gustaría quedarnos —pidió esta.
Arekua la miró, extrañada.
—Si volvemos demasiado pronto, mi marido se enfadará —arguyó, como si esa fuera suficiente explicación.
Pero Effia sabía que mentía. Cobbe no las había enviado allí esa tarde, sino que Baaba se había enterado de que los hombres blancos estarían allí y había insistido en ir a ofrecer sus respetos. Arekua se apiadó de ellas y fue a preguntarle a Abeeku si podían quedarse.
—Comeréis con las mujeres y, si los hombres entran, no podéis hablar —anunció a su regreso.
Las llevó al interior de la casa, y Effia miró en todas las chozas por las que iban pasando hasta que llegaron a una donde las esposas se habían reunido a comer. Se sentó al lado de Millicent, cuyo embarazo era ya evidente, la barriga baja y del tamaño de un coco. Arekua había preparado pescado estofado con aceite de palma, y comieron con las manos hasta tener los dedos teñidos de color naranja.
Enseguida entró una sirvienta en la que Effia no había reparado. Era menuda, apenas una niña, y no alzaba la mirada del suelo.
—Mama —le dijo a Arekua—: a los hombres blancos les gustaría ver la casa. El jefe Abeeku dice que os aseguréis de estar presentables.
—Rápido, ve a por agua —mandó Millicent.
Cuando la sirvienta regresó con el cubo lleno, todas se lavaron las manos y la boca. Effia se arregló el pelo: se lamió las palmas y se frotó con los dedos los rizos diminutos que tenía alrededor de la frente. Cuando acabó, Baaba la obligó a colocarse entre Millicent y Arekua, delante de otras mujeres, pero Effia hizo lo posible por empequeñecerse para no llamar la atención.
Los hombres no tardaron en llegar. Effia pensó que Abeeku tenía el porte de un jefe: fuerte y poderoso, como si fuera capaz de levantar a diez mujeres por encima de la cabeza, hacia el sol. Detrás de él iban dos hombres blancos. Uno de ellos le pareció el cabecilla, por cómo lo miraba el otro antes de hablar o de echar a caminar. El jefe blanco llevaba la misma ropa que sus compañeros, pero la chaqueta y los galones de los hombros tenían más botones de oro relucientes. Parecía mayor que Abeeku, pues tenía la cabellera castaña salpicada de gris, pero mantenía una postura erguida, como se espera de un líder.
—Estas son las mujeres. Mis esposas e hijos, sus madres e hijas —dijo Abeeku.
El otro blanco, el más bajo y tímido de los dos, lo contempló durante la explicación y después se volvió hacia el jefe blanco y habló en su lengua extraña. El jefe blanco asintió, sonrió a toda la familia y, mirando con atención a las mujeres, las saludó una a una en un fante muy pobre.
Cuando le llegó el turno a Effia, ella no pudo reprimir una risita. El resto de las mujeres le chistaron y se le cubrieron las mejillas de una vergüenza que ardía.
—Aún estoy aprendiendo —se disculpó el jefe blanco con la mirada fija en Effia.
A oídos de la joven, su manera de pronunciar el fante producía un sonido feo.
El jefe le sostuvo la mirada durante lo que a ella le parecieron minutos, y notó que el rostro se le calentaba aún más cuando la expresión de aquellos ojos se tornó algo más licenciosa. Los círculos oscuros de los iris del hombre blanco parecían enormes ollas en las que un niño podría ahogarse, y estaba mirando a Effia así, como si quisiera atraparla allí dentro, en aquellos ojos profundos. Las mejillas de él no tardaron en teñirse de rubor. Se volvió hacia el otro hombre y habló.
—No, no es mi esposa —aclaró Abeeku después de que el tipo le tradujera, sin tratar de disimular su molestia.
Effia agachó la cabeza, sonrojada por haber hecho algo que avergonzase a Abeeku y porque él no pudiese llamarla «esposa». Humillada también porque no la había llamado por su nombre: Effia la Bella. En ese momento deseó desesperadamente romper su promesa a Baaba y anunciar que ya era mujer, pero antes de que pudiese decir ni una palabra, los hombres se alejaron y, justo cuando el jefe blanco miró hacia atrás y le sonrió, perdió la determinación.
Se llamaba James Collins y acababan de nombrarlo gobernador del castillo de Costa del Cabo. En menos de una semana, había regresado a la aldea a pedirle a Baaba la mano de Effia. Cobbe montó en cólera y su rabia llenó todas las estancias de la casa como una nube de vapor caliente.
—¡Está casi prometida a Abeeku! —gritó a Baaba cuando ella le anunció que consideraría la petición.
—Sí, pero Abeeku no puede casarse con ella hasta que le llegue la sangre, y llevamos años esperando. Deja que te diga una cosa, marido; creo que aquel fuego fue una maldición para ella. Es un demonio que jamás se hará mujer. Piénsalo: ¿qué criatura es tan bella pero no se la puede tocar? Es mujer en apariencia y, sin embargo, aún no sangra. Pero el hombre blanco se la llevará de todos modos, porque no sabe lo que es.
Effia había oído al hombre blanco hablar con su madre durante el día. Como regalo de bodas, le pagaría a Baaba treinta libras por adelantado y veinticinco chelines al mes en mercancía para el comercio. Más de lo que Abeeku podía ofrecer, más de lo que se había ofrecido por cualquier otra mujer fante en su aldea o en la más cercana.
Durante toda la noche, Effia oyó a su padre caminar de un lado a otro. Incluso al despertarse, a la mañana siguiente, el sonido rítmico de sus pisadas en la arcilla endurecida del suelo seguía presente.
—Hay que conseguir que Abeeku piense que ha sido idea suya —dijo al final.
Así que invitaron al jefe a su casa. Sentado junto a Cobbe, Baaba le expuso su teoría: que el fuego que había destruido tanto patrimonio de la familia había arruinado también a la niña.
—Tiene el cuerpo de mujer, pero su espíritu esconde algo maligno —explicó Baaba, y escupió en el suelo para mayor efecto—. Si te casas con ella, no te dará hijos. Si el hombre blanco se casa con ella, se encariñará con la aldea, y verás que vuestro comercio prospera.
Abeeku se frotó la barba con suavidad mientras lo pensaba.
—Traedme a la Bella —ordenó al final.
La segunda esposa de Cobbe fue a buscar a Effia. La joven temblaba y le dolía tanto el vientre que creía que se le vaciarían las tripas allí mismo, delante de todos los presentes.
Abeeku se levantó para mirarla a la cara. Le recorrió el paisaje del rostro con los dedos, la cordillera de los pómulos, las cuevas de la nariz.
—No ha nacido mujer más hermosa —dijo al cabo de un momento, y se dirigió a Baaba—. Pero veo que tienes razón. Si el hombre blanco la quiere, puede quedarse con ella. Será mejor para nuestros tratos con ellos. Y también para la aldea.
Cobbe, un hombre grande y fuerte, se echó a llorar sin reparos, pero Baaba se mantuvo erguida. Cuando Abeeku se hubo marchado, la madre se acercó a Effia y le dio un colgante de piedra negra que resplandecía como si estuviera recubierto de polvo de oro.
Se lo puso en las manos y se inclinó hacia ella, hasta que le tocó la oreja con los labios.
—Llévate esto cuando te vayas —le dijo—. Es un pedazo de tu madre.
Cuando Baaba se apartó, Effia descubrió que detrás de la sonrisa le danzaba algo que recordaba al alivio.
Effia había pasado junto al castillo de Costa del Cabo en una ocasión, cuando Baaba y ella se aventuraron a salir del pueblo para ir a la ciudad, pero no pisó su interior hasta el día de su boda. En la planta baja había una capilla, donde un clérigo la casó con James Collins y le pidió que repitiera palabras que no significaban nada para ella en un idioma que no comprendía. No hubo baile ni banquete ni colores vivos ni cabelleras peinadas con aceite ni ancianas de pechos arrugados y desnudos que les lanzasen monedas y agitasen pañuelos. Ni siquiera la familia de Effia asistió, pues Baaba había convencido a todos de que la chica era de mal augurio y ya nadie quería saber nada de ella. La mañana que partió hacia el castillo, Cobbe le dio un beso en la cabeza y la despidió con la mano, sabiendo que la premonición de la disolución y destrucción del linaje familiar, la premonición que había tenido la noche del incendio, empezaba en ese momento, con su hija y el hombre blanco.
Por su parte, James había hecho todo lo posible para que Effia se sintiera cómoda, y ella veía cuánto se esforzaba. Le había pedido a su intérprete que le enseñase más palabras en fante, para decirle lo bella que era y que iba a cuidarla lo mejor que pudiese. La había llamado como lo hacía Abeeku: Effia la Bella.
Cuando estuvieron casados, James le enseñó el castillo. En la planta baja de la muralla norte había apartamentos y almacenes. En el centro había un patio para la formación, el cuartel militar y la garita. También había un corral, un estanque, un hospital. Una carpintería, una fragua, cocinas. El castillo era un pueblo en sí mismo y Effia lo recorrió con James, asombrada. Acarició la madera del excelente mobiliario, oscura como el color de la piel de su padre, y las colgaduras de seda, tan suaves que su tacto parecía un beso.
Lo absorbió todo y se detuvo en la terraza, donde había unos cañones negros enormes apuntando al mar. Quería descansar antes de que James la hiciese subir por su escalera privada, así que durante un momento apoyó la cabeza en uno de los cañones. De pronto, sintió que una brisa le alcanzaba los pies. Salía de unos agujeros pequeños del suelo.
—¿Qué hay ahí abajo? —preguntó a su marido, y la maltratada palabra fante que obtuvo como respuesta fue «cargamento».
Entonces, a caballo de la brisa, le llegó un leve gemido. Tan tenue que Effia pensó que estaba imaginándoselo. Hasta que se agachó y acercó la oreja a la rejilla.
—James, ¿ahí abajo hay gente? —preguntó.
Él se le acercó de inmediato. La levantó del suelo de golpe y la agarró
de los hombros para mirarla a los ojos.
—Sí —contestó sin ninguna inflexión en la voz.
Era la única palabra fante que había dominado.
Effia se soltó y le clavó una mirada tan penetrante como la suya.
—¿Cómo puedes tenerlos ahí abajo llorando, eh? ¿Por qué hacéis eso los blancos? Mi padre me lo advirtió. Llévame a mi casa. ¡Llévame a casa ahora mismo!
No se dio cuenta de que estaba gritando hasta que sintió la palma de la mano de James sobre la boca, apretándole los labios como si intentara meterle las palabras dentro de nuevo. La tuvo agarrada así un tiempo, hasta que ella se calmó. No sabía si él comprendía lo que estaba diciendo, pero en ese momento entendió, por la suave presión de los dedos de James sobre sus labios, que era un hombre capaz de hacer daño y que ella debía alegrarse de estar a ese lado de su maldad y no al otro.
—¿Quieres volver a casa? —preguntó James en un fante firme pero confuso—. Tu hogar no es mejor.
Effia le apartó la mano de la boca y lo miró un rato más. Se acordó de la alegría de su madre al verla partir y supo que James tenía razón. No podía regresar a la aldea. Asintió con la cabeza, un gesto apenas perceptible.
Por la escalera, James la apremió. Sus dependencias estaban en la última planta, y desde la ventana Effia tenía vistas directas al mar. Los barcos mercantes, meras motas de polvo negro en el húmedo ojo azul del Atlántico, navegaban tan lejos que era difícil saber a qué distancia estaban del castillo. Algunos debían de estar a tres días, otros apenas a una hora.
En cuanto llegaron a su habitación, Effia se quedó contemplando una de esas naves. Una luz amarilla parpadeante anunciaba su presencia en el agua, y con esa luz, ella alcanzaba a distinguir la silueta del casco, largo y curvo como la piel hueca de un coco. Quería preguntarle a James qué transportaba el barco y si iba o venía, pero se había cansado de tratar de descifrar el poco fante que él hablaba.
James dijo algo. Lo hizo con una sonrisa, una ofrenda de paz. Las comisuras de los labios ligeramente curvadas. Ella negó con la cabeza e intentó decirle que no lo entendía, y al final él señaló la cama que había en el rincón izquierdo de la habitación. Effia se sentó. Por la mañana, antes de emprender el camino hacia el castillo, Baaba le había explicado qué se esperaba de ella en su noche de bodas, pero al parecer nadie se lo había aclarado a James. Se acercó a ella con manos temblorosas, y Effia vio que le sudaba la frente. Ella misma se tendió en el colchón. Ella misma se levantó la falda.
Continuaron así durante semanas, hasta que al final el consuelo de la rutina empezó a aliviar el dolor que le producía la añoranza de su familia. Effia no sabía qué tenía James pero la calmaba. Tal vez fuese la manera en que siempre respondía a sus preguntas o el afecto que le demostraba. Quizá fuera el hecho de que allí no tuviese más esposas a las que atender y por eso todas las noches le pertenecía a ella. La primera vez que él le hizo un regalo, lloró. Había cogido el colgante de piedra negra que Baaba le había dado y le había puesto un cordel para poder llevarlo al cuello. El tacto de la gema la reconfortaba mucho.
Sabía que no debía encariñarse con James, y no dejaba de oír el eco de las palabras de su padre en la cabeza: que quería que fuese algo más que la esposa fante de un hombre blanco. También recordaba lo cerca que había estado de llegar a ser alguien de verdad. Durante toda su vida, Baaba le había dado una paliza tras otra y la había hecho sentir muy pequeña, y ella se había defendido con su belleza, un arma silenciosa pero potente que la había llevado hasta los pies de un jefe. Pero en última instancia, su madre había ganado y la había desterrado no solo de su casa, sino también de la aldea. Ahora las únicas fante a las que veía con regularidad eran las esposas de otros soldados.
Había oído a los ingleses llamarlas «mozas» en lugar de esposas. «Esposa» era una palabra que reservaban para las mujeres blancas del otro lado del Atlántico. Y una moza era otra cosa, una palabra que los soldados empleaban para mantener las manos limpias y no meterse en problemas con su Dios, un ser que en sí mismo estaba hecho de tres, pero que solo permitía que los hombres se casaran con una.
—¿Cómo es ella? —le preguntó Effia un día a James.
Estaban practicando un intercambio de idiomas. Por las mañanas temprano, antes de ir a supervisar el trabajo que se hacía en el castillo, James le enseñaba inglés, y por la noche, tumbados en la cama, ella le enseñaba fante. Esa noche, él le recorría la curva de la clavícula con el dedo y ella le cantaba una canción que Baaba acostumbraba a entonar por las noches para Fiifi mientras Effia, tumbada en un rincón, fingía que dormía, que no le importaba que siempre la dejase de lado. Poco a poco, James había empezado a significar para ella más de lo que se suponía que un marido era para su esposa. La primera palabra que él había querido aprender era «amor», y se la decía todos los días.
—Se llama Anne —respondió James, y llevó el dedo desde su clavícula hasta sus labios—. Hace mucho que no la veo. Nos casamos hace diez años, pero llevo fuera tanto tiempo que casi no la conozco.
Effia sabía que James también tenía dos hijos en Inglaterra: Emily y Jimmy. Tenían cinco y nueve años, y habían sido concebidos durante los pocos días de permiso en los que había podido ver a su esposa. El padre de Effia tenía veinte hijos. El antiguo jefe de la aldea, casi una centena. Que un hombre se contentase con tan solo dos le resultaba incomprensible. Se preguntaba qué aspecto tendrían los niños y también qué le escribiría Anne en sus cartas. Estas llegaban a intervalos impredecibles, cuatro meses por aquí, un mes por allá. James las leía por la noche, sentado a su escritorio mientras Effia fingía estar durmiendo. No sabía qué decía la correspondencia, pero siempre que James leía una de las cartas, al volver a la cama, se tumbaba lo más lejos posible de ella.
Y ahora, sin la fuerza de una carta para mantener la distancia, James tenía la cabeza apoyada sobre su pecho izquierdo. Cuando hablaba, ella le notaba el aliento caliente, una brisa que le recorría el vientre hasta meterse entre sus piernas.
—Quiero tener hijos contigo —le dijo, y Effia se estremeció.
Le preocupaba no ser capaz de cumplir sus deseos, tenía miedo de no poder ser una buena madre por haber sido la suya tan mala. Ya le había confesado a James el ardid de Baaba, cómo la había obligado a mantener en secreto que ya era mujer para que los hombres de su aldea creyesen que no valía como esposa. Sin embargo, él le había quitado importancia a su tristeza diciendo con una carcajada: «Mejor para mí».
Y, sin embargo, Effia empezaba a pensar que quizá Baaba tuviera razón. Había perdido la virginidad la noche de bodas, pero habían pasado los meses sin señal de un embarazo. Aunque la maldición hubiera echado raíces en una mentira, tal vez diese el fruto de la verdad. Los ancianos de su aldea contaban la historia de una mujer sobre la que todos creían que pesaba una maldición: vivía debajo de una palmera en el extremo noroeste y nadie la había llamado nunca por su nombre. Su madre había muerto para que ella viviese. El día de su décimo cumpleaños, llevaba una olla de aceite hirviendo de una choza a otra mientras su padre dormía la siesta en el suelo; pensando que podría pasar por encima de él en lugar de rodearlo, tropezó, le derramó el aceite en la cara y lo desfiguró para el resto de su vida, que duró tan solo veinticinco días más. La echaron de la casa y pasó años vagando por la Costa del Oro, hasta que a la edad de diecisiete regresó. Se había transformado en una mujer de belleza extraña y poco común y, creyendo que quizá ya no la cortejase la muerte allá adonde fuera, un joven que la conocía de cuando era una niña se ofreció a casarse con ella, aunque fuese pobre y no tuviera familia. Concibieron un bebé antes de un mes, pero nació mulato, de ojos azules y piel clara, y murió cuatro días después. Esa misma noche, ella abandonó la casa de su marido y se fue a vivir bajo la palmera para castigarse el resto de la vida.
Effia sabía que los ancianos contaban la historia solo para que los niños aprendiesen a tener cuidado con el aceite caliente, pero ella pensaba en el final del cuento: en el niño mestizo. En cómo aquel bebé que era a la vez blanco y negro encarnaba una maldad tan poderosa como para obligarla a vivir en el palmeral.
Cuando Adwoa se casó con el soldado blanco y cuando Millicent y su madre regresaron a la aldea, Cobbe las había mirado con desdén. Siempre había dicho que la unión de un hombre y una mujer era también la unión de dos familias. El acto iba acompañado de todos los ancestros, de toda su historia, pero también de pecados y maldiciones. Los hijos eran la encarnación de esa alianza y se llevaban la peor parte. ¿Qué pecados acarreaba consigo el hombre blanco? Baaba había dicho que la maldición de Effia era no ser mujer, pero Cobbe había profetizado un linaje mancillado. Y ella no podía evitar pensar que luchaba contra su propio útero, contra los hijos del fuego.
—Si no le das niños pronto, te devolverá —le advirtió Adwoa.
Cuando vivían en la aldea, Effia y ella no habían sido amigas, pero allí se veían tan a menudo como podían, ambas contentas de tener cerca a alguien que las comprendiese y de oír el sonido reconfortante de la lengua de su región. Desde que había salido de la aldea, Adwoa ya había tenido dos hijos. Su marido, Todd Philips, no había hecho más que engordar desde aquella primera vez que Effia lo vio, rojo y sudoroso, en la vieja choza de Adwoa.
—Créeme: desde que llegué aquí, Todd me ha tenido tumbada a todas horas. Ya debo de estar esperando otro.
Effia se estremeció.
—¡Con la barriga que tiene! —exclamó, y a Adwoa le dio la risa y se atragantó con los cacahuetes que estaba comiendo.
—Es que para hacer bebés no se usa la barriga —le explicó—. Voy a darte unas raíces del bosque. Cuando te acuestes con él, ponlas debajo de la cama. Esta noche, cuando entre en la habitación, tienes que ser como un animal. Una leona. Ellas se aparean con el león, y el macho piensa que quien importa es él, pero en realidad la protagonista es ella, sus crías, su posteridad. El truco es hacerle creer que es el rey de la sabana, pero ¿de qué sirve un rey? En verdad ella es rey, reina y todo lo demás. Esta noche te haremos digna de tu título, Effia la Bella.
Y Adwoa regresó con unas raíces. No eran unas raíces cualesquiera. Eran grandes y retorcidas, y cuando apartabas una aparecía otra en su lugar. Effia las puso debajo de la cama y parecía que no hicieran más que multiplicarse, como si una araña nueva y desconocida alargara una pata y luego otra, y así hasta echarse la cama al lomo y llevársela consigo.
—No dejes que tu marido la vea —le advirtió Adwoa, y se afanaron por esconder cada una de las ramificaciones que insistían en asomar por debajo de la cama.
Estuvieron tirando y empujando hasta que lograron contenerla.
A continuación, Adwoa ayudó a Effia a prepararse para James. Le trenzó y alisó el pelo, le extendió aceite por la piel y arcilla roja en las mejillas y en la curva de los labios. Effia se aseguró de que cuando James entrase en el dormitorio por la noche, el olor evocara un ambiente terroso y exuberante, un lugar en el que algo pudiera dar frutos.
—¿Qué es todo esto? —preguntó James.
Aún llevaba el uniforme y, por el pliegue desmañado de las solapas, Effia supo que había sido un día muy largo. Lo ayudó a quitarse la chaqueta y la camisa, y se apretó contra él como le había enseñado Adwoa. Antes de que él pudiera mostrar su sorpresa, lo cogió por los brazos y lo condujo al lecho. Desde su primera noche juntos, él no se mostraba tan tímido, tan temeroso de un cuerpo desconocido, de una figura voluptuosa tan distinta de la descripción que él había ofrecido de su mujer. Excitado, entró en ella, y Effia cerró los ojos con fuerza y se lamió los labios. James empujó todavía más, con la respiración jadeante y entrecortada. Ella le arañó la espalda y él gritó. Effia le mordió la oreja y le tiró del pelo, y él la embistió como si quisiera atravesarla. Y cuando Effia abrió los ojos para mirarlo, grabado en el rostro le vio algo parecido al dolor, y también vio la fealdad del acto; la luz iluminó el sudor y la sangre y los fluidos que segregaban, y en ese instante supo que si esa noche ella era un animal, él también lo era.
Cuando acabaron, Effia le apoyó la cabeza en el pecho.
—¿Qué es eso? —preguntó él con el rostro vuelto.
Habían movido la cama y tres raíces habían quedado al descubierto.
—Nada —respondió Effia.
James saltó de la cama y miró debajo.
—Effia, ¿qué es? —repitió en el tono más autoritario que le había oído.
—No es nada, una raíz que me ha dado Adwoa. Para la fertilidad.
James frunció los labios.
—Effia, aquí no quiero magia negra ni vudú. Mis hombres no pueden enterarse de que dejo a mi moza meter raíces raras debajo de la cama. No es cristiano.
Ya le había oído decir eso antes: «cristiano». Era el motivo de que aquel hombre tan serio, vestido de negro y que siempre meneaba la cabeza al mirarla, los hubiera casado en la capilla. También había mencionado antes ese «vudú» del que según él participaban todos los africanos. Effia no podía relatarle las fábulas de Anansi la araña ni las historias que contaban los ancianos de su aldea sin que él recelase. Desde su traslado al castillo, había descubierto que solo los hombres blancos hablaban de «magia negra», como si la magia tuviera color. Effia había visto a la bruja errante que llevaba una serpiente enroscada alrededor del cuello y de los hombros. La mujer tenía un hijo; por las noches le cantaba nanas, le daba la mano y lo alimentaba igual que hacían los demás: en ella no había oscuridad.
La necesidad de llamar a una cosa «buena» y a otra «mala», a esto «blanco» y a aquello otro «negro», era un impulso que Effia no comprendía. En su aldea, todo era todo. Todo se apoyaba en todo lo demás.
Al día siguiente, Effia contó a Adwoa que James había visto la raíz.
—Eso no es bueno —repuso Adwoa—. ¿Dijo que era maligno?
Effia asintió y su amiga chasqueó la lengua tres veces.
—Todd habría pensado lo mismo. Estos hombres no distinguirían el bien del mal ni siendo el mismo Nyame. Creo que no va a funcionar, Effia. Lo siento.
Effia, en cambio, no lo sentía: si era estéril, que así fuese.
Al cabo de muy poco, incluso James estuvo demasiado ocupado para preocuparse por tener hijos. Se esperaba una visita de los oficiales holandeses al castillo, y todo debía funcionar lo mejor posible. James se despertaba mucho antes que ella para ayudar a los hombres con los artículos importados y para ocuparse de los barcos. Effia empezó a pasar cada vez más tiempo paseando por las aldeas que rodeaban el castillo, vagando por el bosque y charlando con Adwoa.
La tarde que llegaron los holandeses, Effia quedó con Adwoa y algunas mozas más a las afueras del castillo. Se detuvieron a la sombra de una arboleda a comer ñame con estofado de aceite de palma. Estaban Adwoa y Sarah, la moza mestiza de Sam York. También la nueva, Eccoah, que era alta y esbelta y caminaba como si tuviera las piernas hechas de ramas finas y el viento pudiera tumbarla y partirla por la mitad.
Ese día, Eccoah estaba tumbada a la sombra estrecha de una palmera. El anterior, Effia la había ayudado a trenzarse el pelo y, a la luz del sol, parecía que un millón de serpientes diminutas le salieran de la cabeza.
—Mi marido no sabe pronunciar bien mi nombre… Quiere llamarme Emily —dijo Eccoah.
—Si quiere llamarte así, que lo haga —le recomendó Adwoa.
De las cuatro, ella había sido la primera en convertirse en moza, y siempre aireaba sus opiniones en voz alta y sin tapujos. Todo el mundo sabía que su marido besaba el suelo que ella pisaba.
—Es mejor eso que oírlo dar patadas a tu lengua todo el tiempo.
Sarah clavó los codos en la tierra.
—Mi padre también era soldado. Cuando murió, mama nos llevó de nuevo a la aldea. Después vine a casarme con Sam, pero él no tenía que preocuparse por mi nombre. ¿Sabéis que conocía a mi padre? Cuando yo era pequeña, los dos hacían de soldados en el castillo.
Effia negó con la cabeza. Estaba tumbada boca abajo. Los días como aquel, en que podía hablar fante tan rápido como quisiera, le encantaban. Nadie le pedía que fuese más despacio ni que se expresase en inglés.
—Cuando mi marido regresa de las mazmorras, apesta como un animal moribundo —se quejó Eccoah en voz baja.
Todas volvieron la cara. No se mencionaban las mazmorras.
—Me viene oliendo a heces y putrefacción, con cara de haber visto un millón de fantasmas y no saber si yo soy uno más o no. Yo le digo que antes de tocarme tiene que lavarse, y a veces lo hace, pero otras me tumba en el suelo y se me mete dentro a empujones, como un poseso.
Effia se sentó y se puso la mano en el vientre. Al día siguiente de encontrar la raíz debajo de la cama, James había recibido otra carta de su esposa. No se habían acostado desde entonces.
Se levantó viento. Las serpientes de la cabellera de Eccoah daban latigazos, y ella levantó los bracitos de palo.
—Ahí abajo hay personas. Hay mujeres que se parecen a nosotras, y nuestros maridos deben aprender a distinguir.
Todas guardaron silencio. Eccoah se apoyó en el árbol y Effia se quedó mirando una hilera de hormigas que le pasaba por encima de un mechón. Por la forma de los rizos, interpretaban que solo era una manifestación más del mundo natural.
Desde el día que llegó al castillo, James no había vuelto a hablarle sobre los esclavos que tenían encerrados en las mazmorras; en cambio, a menudo lo hacía sobre las bestias. Con eso comerciaban los asante en el castillo: con animales. Monos y chimpancés, incluso algunos leopardos. Pájaros como las grullas coronadas y los loros que Fiifi y ella intentaban atrapar de niños, cuando recorrían el bosque en busca de aves raras, de un pájaro que destacara del resto por la belleza de sus plumas. Pasaban horas y horas tratando de encontrar al menos uno y casi nunca lo conseguían.
Se preguntó qué precio tendría uno de esos, porque en el castillo se atribuía un valor a todos los animales. Había visto a James examinar una grulla coronada que le había llevado un comerciante asante y declarar que valía cuatro libras. ¿Y la bestia humana? ¿Cuánto valía? Naturalmente, Effia sabía que en las mazmorras había gente. Personas que hablaban un dialecto distinto al suyo, capturadas en guerras tribales; incluso personas que habían robado de sus aldeas. Pero nunca se había parado a pensar adónde iban desde allí. No se había planteado qué pensaba James cada vez que los veía. Cuando bajaba a los calabozos y veía mujeres que le recordaban a ella, que tenían su mismo aspecto y olían igual. Si esas imágenes lo acompañaban cuando se reunía con ella.
Poco tiempo después, Effia se dio cuenta de que estaba embarazada. Era primavera y los mangos ya pesaban en las ramas de los árboles que había fuera del castillo. Se le abultó el vientre, suave y carnoso, su propia fruta. Cuando se lo anunció a James, se puso tan contento que la cogió en volandas y bailó con ella por todas sus dependencias. Ella le dio una palmada en la espalda y le dijo que la bajase, que si la agitaba tanto iban a romper al bebé en pedazos, y él obedeció y después se agachó y le plantó un beso en la tripa, que apenas asomaba.
No obstante, su alegría pronto se vio empañada por las noticias que recibieron de su aldea. Cobbe había caído enfermo. Tanto que no estaba claro si continuaría con vida cuando Effia llegara a verlo.
No estaba segura de quién había enviado la carta desde el pueblo, pues iba dirigida a su marido y estaba escrita en un inglés pobre. Effia llevaba dos años ausente, y desde entonces no había sabido nada de ninguno de sus familiares. Estaba segura de que aquello era cosa de Baaba, y por eso le extrañaba que a alguien se le hubiera ocurrido avisarla de la enfermedad de su padre.
El viaje duró unos tres días. James no quería que viajase sola en su estado, pero tampoco podía acompañarla, así que envió con ella a una sirvienta. Cuando llegaron, toda la aldea le pareció distinta. Los colores de las copas de los árboles le resultaron más tenues; sus intensos marrones y verdes, mortecinos. Todo sonaba diferente. Reinaba el silencio donde antes había murmullos. Abeeku la había convertido en una población tan próspera que para siempre se la conocería como uno de los principales mercados de esclavos de toda la Costa del Oro. No tenía tiempo para ver a Effia, pero envió presentes: oro y vino dulce de palma que hizo llevar a la casa de su padre a modo de recibimiento.
Baaba estaba en la entrada. Parecía haber envejecido un siglo desde la partida de Effia. Cientos de arrugas diminutas le tiraban de la piel y le fijaban la expresión de desprecio en el rostro, y le habían crecido tanto las uñas que se le curvaban como espolones. No le dirigió la palabra; se limitó a conducirla a la habitación donde su padre agonizaba.
Nadie sabía de qué había enfermado Cobbe. Habían pedido opinión y oraciones para el afligido a boticarios, curanderos e incluso al párroco cristiano del castillo, pero ni con todas esas medicinas y deseos de que se recuperara consiguieron que la muerte lo escupiera de sus fauces.
Fiifi estaba a su lado y le secaba el sudor de la frente con mucho cuidado. De pronto, Effia se echó a llorar y a temblar. Tendió la mano hacia la de su padre y le acarició la piel macilenta.
—No puede hablar —susurró su hermano, y echó una mirada breve al vientre abultado—. Está demasiado débil.
Ella asintió y siguió llorando.
Fiifi soltó el trapo empapado y le tomó la mano a Effia.
—Hermana mayor, yo fui quien te escribió la carta. Mama no quería que vinieses, pero pensé que debías ver a nuestro padre antes de que se vaya a Asamando.
Cobbe cerró los ojos y de sus labios escapó un murmullo suave; Effia vio que, en efecto, la Tierra de los muertos lo llamaba.
—Gracias —dijo a Fiifi.
Él asintió con una inclinación de la cabeza y se dirigió hacia la puerta de la choza, pero antes de llegar se dio la vuelta.
—¿Sabes una cosa? No es tu madre. Baaba no es tu madre. Nuestro padre te tuvo con una sirvienta que huyó hacia el incendio el día que naciste. Esa piedra que llevas alrededor del cuello te la dejó ella.
Fiifi salió de la choza. Muy poco después, Cobbe murió. Effia aún le sostenía la mano entre las suyas. Los aldeanos contarían que había esperado a que Effia regresara a casa para morir, pero ella sabía que era mucho más complicado. Lo que lo había mantenido vivo era un desasosiego que ahora pertenecía a Effia. Nutriría su vida y la de su bebé.
Después de secarse las lágrimas salió de la choza a la luz del sol. Baaba estaba sentada en el tocón de un árbol talado, con los hombros rectos y agarrada de la mano de Fiifi, que estaba de pie a su lado, más callado que un muerto. Effia quiso hablar con Baaba, tal vez incluso disculparse por la carga que su padre le había encomendado todos esos años, pero antes de que pudiera hablar, Baaba juntó saliva y le escupió a los pies.
—No eres nada, no eres de ninguna parte. No tienes madre ni padre. —Le miró el vientre y sonrió—. ¿Qué va a crecer de la nada?
Fragmento del libro Volver a casa. Yaa Gyasi. Salamandra. 2017. Traducción de Maia Figueroa. Publicado con autorización de sus editores.
***
Yaa Gyasi (Ghana, 1989). Nació en Mampong, Ghana, pero se crio en Estados Unidos tras trasladarse su familia allí cuando tenía dos años. Vivieron en Ohio, Illinois y Tennessee antes de instalarse en Huntsville, Alabama.
Gyasi estudió Literatura en la Universidad de Stanford y, en este período, se le otorgó una beca de investigación que le permitió regresar unos meses a su país de origen. De esta experiencia nacería la idea para su primera novela, Volver a casa, a la que terminó de dar forma en el taller de escritura creativa de la Universidad de Iowa.
Años más tarde vería también la luz Más allá de mi reino, donde relata la vida de una familia ghanesa en Alabama.