NARRATIVA
Tachas 677 • La casa de cartón • Martín Adán
Más allá del campo la sierra. Más acá del campo, un regato bordeado de alisos y de mujeres que lavan trapos y chiquillos, unos y otros del mismo color de mugre indiferente. Son las dos de la tarde. El sol pugna por librar sus rayos de la trampa de un ramaje en que ha caído. El sol -un coleóptero, raro, duro, jalde, zancudo-. El señor cura párroco saca a su sombrero de teja, ladeando la cabeza once reflejos de sombrero alto de seda, de tarro de ceremonia- los once reflejos se juntan arriba, en una convexa luz redonda-. Más allá de la ciudad, la sima clara y tierna del mar. Al mar se le ve desde arriba, con peligro de caer por la pendiente. Los acantilados tienen arrugas y tersuras impolutas, y livideces y manchas amarillas de frente geológica, académica. Ahí están, en miniatura, las cuatro épocas del mundo, las cuatro dimensiones de las cosas, los cuatro puntos cardinales, todo, todo. Un viejo… Dos viejos… Tres viejos… Tres pierolistas.
Hay que ganar tres horas de sol a la noche. La ropa viene grande con exceso al cuerpo. El paño recepillado se esquina, se triedra, se cae, se tensa -el paño, hueco por dentro-. Los huesos crujen a compás en el acompasado accionar, en el rítmico tender de las manos al cielo del horizonte -plano que corta el del mar, formando un ángulo X. Último capítulo de la geometría elemental (primer curso)-; el cielo donde debe estar Piérola. Los mostachos de los viejos cortan finamente, en lonjas como mermelada cara, una brisa marina y la impregnan de olor de guamanripa, de tabaco tumbesino, de pañuelo de yerbas, de jarabes criollos para la tos. Una bandera de seis colores, al henchirse lentamente de un viento muy alto, insensible abajo, acusa flancos de bailarina española. Consulado general de Tomesia, país que hizo Giraudoux con una llanura húngara, dos millonarios limeños, algunos árboles ingleses y un tono de cielo chino bordado. Tomesia, no lejos de su consulado general en cualquier parte. Una carreta de heladero pasa tras un jamelgo que cuelga afuera la lenguaza áspera y blanquecina. El pobre animal comería con gusto los helados del cubo escondido -helados de esencia de lúcuma, sabor opaco y elegante, apenas frío: helados de leche, amplios y lindos como un retrato juvenil de mamá al lado de papá: helados de esencia de piña que corresponden a los claveles rojos; helados de esencia de naranja, leves y nada conocidos-. ¡Cómo suena la carreta! Con las piedras se va rompiendo el alma la pobre. Y por nada del mundo enmienda ella el rumbo. -el rumbo recto hasta traspasar las paredes en las calles sin salida, recto hasta la imbecilidad-. Carretita, ven por este césped, que el agua de la fuente mantiene suave para ti. Hay entre las cosas, ligas de socorro mutuo; que el hombre impide. El sonar de las ruedas de la carreta en las piedras del pavimento alegra a la fuente las aguas tristes de la pila. El cholo, con mejillas de tierra mojada de sangre y la nariz orvallada de sudor en gotas atómicas, redondas, el cholo carretero no deja pasar la carreta por el césped del jardín ralísimo. Los viejos observan:
- »Hace filo. ¿Ayer?… ¡lindo día! Diga usted, Mengánez…"
Fragmento del libro La casa de cartón. Martín Adán. Nuevos Mundos. 2019. Publicado con autorización de sus editores.
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Martín Adán (Perú, 1908 – 1985). Es el seudónimo utilizado por el autor peruano Rafael de la Fuente Benavidas para firmar su obra poética.
Destacó por su obra vanguardista, considera de gran profundidad y con un componente hermético y personal. Además de su poesía, publicó en 1928 la novela La casa de cartón, una de sus creaciones más conocidas.
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