CUENTO
Tachas 681 • Un Calvario Y Dos Pintores • Luis Felipe Pérez Sánchez
"Recordarían, pues, esos rostros desfigurados por el alargue en los trazos y las líneas sombreadas para dar esos efectos de luto y de sacrificio."
A principios de los noventa, en Irapuato, antes de que derrumbaran las vecindades para hacer un estacionamiento; antes de que desapareciera, también, el cine Rialto –en el que yo recuerdo haber visto películas con Charly Valentino y una de Pelé en Estados Unidos–, el pintor rentaba un par de cuartos en una vecindad, donde, en otro tiempo, había vivido Efraín Huerta, un poeta. Entre tendederos, Raúl Zárate recordaba el Rialto porque era el lugar donde escuchaban las noticias de la guerra o veían cine italiano por esos años de la Segunda Guerra Mundial; porque ir al cine, en ese tiempo era una educación sentimental.
En esa vecindad donde vivió por un tiempo, hasta que la derrumbaron para utilizar el páramo que quedó luego de los escombros como estacionamiento, pintó un mural. Ese cuadro gigante que había utilizado a la pared descarapelada como lienzo describe la vida de Irapuato en tiempos ferrocarrileros. El hiperrealismo de lo que vio, dice el pintor.
El cuadro se convirtió en debate público al momento de demoler la construcción. Llegaba el “progreso” a Irapuato y había que convertir en escombros lo necesario. Raúl alegaba que la estampa que había dejado en la pared de aquella vecindad de la que los echaban era patrimonio cultural.
En realidad, no era la primera ocasión que un mural de Raúl se convertía en objeto de debate. El problema del mural en la vecindad y la demolición de esas casonas en donde había vivido un poco de tiempo recordó otro altercado.
Él y Antonio González, otro pintor, en otra década, en otra casa, se cuenta, tuvieron que ver cómo demolieron un Viacrucis que habían pintado, entre los dos, utilizando como lienzos los muros de la casona en la que pasaban los días pintando. Perdieron esa batalla esa vez, pero había sido una lucha como las que había en esos tiempos, una contienda donde hubo resistencia.
Contaban que enfrentaron aquel debate encadenados a la puerta del edificio. Debió venir la fuerza pública para retirarlos. Juran algunos que, entre los escombros, se podían distinguir las figuras y las siluetas del nazareno con cromatismos cósmicos y aires psicodélicos, un atentado a la geometría pero de estilo sobrado. Lila, violeta y rojo sangre dominaban esos pedazos de piedra, trazos largos de pinceladas negras que delineaban los contornos de los rostros y los cuerpos de ese viacrucis gigantesco pintado largamente en las paredes de una casa. Ahora, sin otro significado más allá que el de unas ruinas de otra batalla perdida, recuerdos de aquellas paredes transformadas en un gigantesco mural que, al mirársele, daba la impresión de ser una película expresionista protagonizada por un Jesús de rostro alargado y deforme,sacada del Evangelio según San Mateo de Pasolini. Sobresalía, no se sabrá nunca por qué, la manera tan nítida y trágica y amoratada de representar a la Dolorosa. Hay quien dice que era porque, ateos o no, eran hijos de Irapuato y, por ello, hijos de la patrona del pueblo, la Virgen de la Soledad.
Puedo imaginarlos, a ambos, de pie ante los escombros de esa esquina fronteriza con la orilla de la ciudad en ese entonces, la zona roja: vestidos de mezclilla y camisas a cuadros, fumando Delicados sin filtro contradictoriamente mansos, un monumento a la resignación. Los imagino, cerveza a cerveza, ya en alguna cantina, en el Recreo o el Corsario, por decir algo, pensando en por qué habían tapizado con las estaciones del Calvario su estudio de pintores.
Podrían contarse la historia que ya conocían, recorrerla como para restituir lo que habían visto caer a punta de mazazos de los trabajadores del municipio unas horas atrás. Recordarían, pues, esos rostros desfigurados por el alargue en los trazos y las líneas sombreadas para dar esos efectos de luto y de sacrificio. Harían notar cómo Zárate comenzaba a seguir la tendencia de la psicodelia y la manera en que los representantes del arte figurativo pondrían el grito en el cielo al ver las manos y los rostros que no coincidían con el modelo clásico sino que dependían de la percepción, de esa mirada pervertida, envenenada, desde años atrás, cuando el boquete en el cine Rialto fue un filtro de la memoria para ver tal como veía Raúl.
Ni uno de los dos pintores tendría en mente a Renán, o quizá sí, aunque, de alguna forma, intuitiva, personal o mariguana, habían llegado a esa conclusión en la que no les interesó la representación de los Cristos rubios y de ojos azules o verdes; no era emulando a las películas donde la pronunciación madrileña era signo de catequesis ni Enrique Rambal o su homónimo Rocha eran las únicas formas de presentar al mártir del Gólgota, sino que había que encontrar la perfección en las fisuras, la modelización del sufrimiento a través de los rasgos esperpénticos, más conscientes del paso del tiempo y de la vida que mancha, que de la forma armónica, más con un aire a éxodo, a arte judeocristiano que a esa aura de misticismo parsimonioso, además, poco factible en los años setenta donde la Guerra fría o las crisis económicas hacían pensar en Mecánica nacional o El evangelio de Lucas Gavilán de Vicente leñero. Proponían la pasión a la mexicana como si pintaran a Manuel Ojeda en el Elegido visto a través de un cristal desenfocado. ¡Cuánta luz!¡Cuánta Luz!
Relato incluido en la selección Yo fui un chico Cursi. El viajero Inmóvil, 2018.
***
Luis Felipe Pérez Sánchez (Irapuato, Guanajuato. 1982) Ensayista mexicano. Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández 2012. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas 2011-2013 en el área de ensayo. Autor de un libro. Obra suya forma parte de tres antologías. Textos suyos han sido publicados en Revista de la Universidad de México, Tierra Adentro, Metapolítica, Valenciana, “Laberinto” y “Confabulario”.