NARRATIVA
Tachas 681 • El temblor de medianoche • Julio Garmendia
"Tía Amalia, que estaba muy gorda y pesada, empezó a hablar otra vez de su viaje a Europa. Era un viaje legendario, casi fabuloso, que había hecho, allá en su juventud, en una época en que pocos viajaban."
Habían traído afuera, a la placita, butacas y mecedoras; estaban a medio vestir, y se arrebujaban en cobijas y cobertores velozmente arrancados de las camas, en rápidas incursiones al interior de la casa. Ya habían pasado algunas horas después del temblor de tierra de medianoche, y ahora se entretenían mirando las estrellas, que parpadeaban débilmente en la soñolienta madrugada. Soplaba a ratos una ligera y juguetona brisa, que movía las hojas del cedro y hacía caer algunas cada vez. Jorge quitaba entonces las que caían en el pelo de Fina. Tesoro, al que Fina tenía en su regazo, y parecía dormir, abría un poco uno de sus ojos, sólo uno, y lo miraba con reproche, celoso, cada vez que alargaba él la mano hacia Fina y su abundante cabellera.
—En Europa —dijo Amalia despachurrando una hoja seca entre sus
dedos— todas las hojas caen en esta época.
—Tal vez fue el temblor lo que las hizo caer —dijo Fina, que nunca antes había reparado en las hojas que caían del cedro.
—¡Qué zonza! Si las hojas cayeran sólo cuando tiembla la tierra… ¡imagínate!
—¿No se caen los techos y las iglesias con el temblor? Asimismo pueden caerse las hojas —argumentó Fina.
Tía Amalia, que estaba muy gorda y pesada, empezó a hablar otra vez de su viaje a Europa. Era un viaje legendario, casi fabuloso, que había hecho, allá en su juventud, en una época en que pocos viajaban.
Pero a Fina la impacientaba oír contar a Amalia, por centésima o milésima vez, las mismas cosas.
—¡Ay, no, tía, deja eso! Desde que yo estaba chiquita te estoy oyendo repetir la misma cosa… Por eso no te casaste, por estar hablando todo el tiempo de ese viaje, y de tus libros y de todas esas monerías.
Amalia hizo un mohín de protesta, y se arrebujó mejor en su cobija, sin replicar. Amalia —se contaba— había sido muy bonita; tuvo dos o tres novios, y todos los perdió hablándoles de su viaje a Europa, según Fina. No entendía nada de los quehaceres de la casa; era completamente inútil —decía Fina—; pasaba las horas muertas leyendo novelas y comentando la política y los sucesos. Sabía dos o tres idiomas; era indiferente en materia de religión.
—¡Jesús, tía Amalia —le reprochaba Fina a lo menos una vez por año —, tú nunca te confiesas!
Cuando estaba frente al tablero de ajedrez, se apasionaba, se volvía sarcástica e irónica, miraba burlonamente a su adversario por encima de los espejuelos. Refería con gracia anécdotas y epigramas.
Todo esto exasperaba a Fina, que era, ante todo, práctica, femenina y casera. Fina tenía la tez morena, facciones delicadas y nobles rasgos. Tocaba agradablemente la guitarra, acompañándose con voz cálida y baja. Pero tenía tendencia a engordar como tía Amalia, y algo en su destino parecía buscar también la semejanza con la tía; había sufrido un descalabro sentimental y tuvo finalmente que romper con Pepe Moros, pues no acababa nunca de casarse, después de años de amores y compromiso. De él y de los años perdidos le quedaba un cierto amargor frente a la vida, una impaciencia, un desgano… y aquel perrito blanco y lanudo, con un hociquillo negro, como pintado con tinta china, aquel Tesoro, que reposaba ahora en su regazo y que miraba a Jorge, rencorosamente, cada vez que acercaba éste la mano para quitarle alguna hoja del cabello. También le había quedado aquella brusquedad en el trato con tía Amalia y con Mamá.
Entre Amalia, en quien había algo frío e intelectual, y Fina, puramente mujer, Mamá era una niña que envejecía. Un raro, perenne y juvenil candor, como un aroma, venía de su presencia y su palabra; la frente alta, despejada y bella, estaba rodeada de castaños cabellos que comenzaban a volverse grises; tenía una mirada acariciadora, que fácilmente se turbaba. Titubeaba ante cualquier decisión; se encendían sus mejillas, ya estaba perpleja y atolondrada por poca cosa. Poseía una casita situada en el centro de la ciudad, y del alquiler de esta casita vivía, con la hija y la cuñada, en aquel barrio alejado, frente a aquella plazuela en donde se alzaba aquel frondoso y alto cedro, del cual caían las hojas aquel día… Las cosas prácticas las decidía Fina; las opiniones y las ideas corrían a cargo de tía Amalia; a ella misma le quedaba un ingenuo mundo aparte en el cual se marchitaba con la irreflexión de una flor. Todos la habían abandonado y olvidado; sufría del fracaso de su hija y de su propio fracaso; seguía siendo alegre, simple y diáfana. Un secreto antagonismo, que venía de sus naturalezas opuestas, la separaba constantemente de tía Amalia.
Cuando empezaron a palidecer las estrellas, se sintieron cansadas, medio muertas de fatiga y trasnocho. Un soplo madrugador, cortante y frío, removía las hojas que tapizaban el suelo, al pie del cedro en donde estaban sentadas. La aurora no teñía aún los cielos del Naciente, pero descoloreaba ya las sombras de la noche, vagamente. Ya Tesoro no vigilaba, lo había vencido el sueño, y Jorge, su rival, se había alejado. Tiritaban; les castañeteaban los dientes; venciendo el miedo a un nuevo temblor, entraron a la casa y fueron a la cocina a preparar café. Vieron entonces que Mariela no se había molestado para nada con el temblor de tierra de medianoche. Estaba hecha un ovillo, cerca de la portezuela de la hornilla, junto al fuego apagado, y tenía cenizas en los bigotes… Era como un pequeño resto de la noche; un pedacito del negror de la noche, allí olvidado, mientras la noche misma se iba ya, y recogía por todas partes negruras y oscuridades… ¡Un pequeñito montón de sombra, de sueño, molicie y suave pelambre!… Rieron, y pasaron las heladas manos, una y más veces, contra el caliente cuerpo de Mariela. ¡Y ya no pensaron más en el temblor de medianoche!
Fragmento del libro La tienda de muñecos y otros textos. Julio Garmendia. Biblioteca Ayacucho. 2008. Publicado con autorización de sus editores.
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Julio Garmendia (Venezuela, 1898-1977) En vez de ponerse a pintar cromos claros, cielos turquíes con nube-citas de carmín y vuelos de golondrinas, y a regoldar nostalgias apócrifas en prosa empedrada de adjetivos inertes, Julio Garmendia se metió dentro de sí mismo, dentro de su corazón, dentro de su espíritu. Su instinto le avisó que no es contemplando crepúsculos, ni viajando en ferrocarril, ni atravesando el océano, ni pintando acuarelas confusas como se encuentra la inspiración: y por eso fue a buscarla en las profundidades de su ser mismo, en los inagotables manantiales de la conciencia. Encontró su camino: y este libro en que nos cuenta sus primeras aventuras de viandante es una ventana encantada que se abre sobre un valle fresco, donde comienzan a dibujarse, con el alba, siluetas expresivas y simbólicas (…). La fantasía de Garmendia denota poseer un íntimo orden lógico que le imprime a su producción cierta unidad intrínseca, la consistencia de una obra engendrada en la perseverante cavilación, no fortuitamente concebida en intermitentes devaneos de fiebre literaria.
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