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ENSAYO

Tachas 683 • El fracaso de la República de Weimar (Introducción) • Volker Ullrich

Las democracias son frágiles. Pueden transformarse en dictaduras. Libertades que parecen firmemente conquistadas pueden desaparecer.

Imagen creada con IA de Adobe Firefly
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Tachas 683 • El fracaso de la República de Weimar (Introducción) • Volker Ullrich

Las democracias son frágiles. Pueden transformarse en dictaduras. Libertades que parecen firmemente conquistadas pueden desaparecer.

Tras el fin de la Guerra Fría, el conocimiento de los peligros que amenazan a la democracia quedó relegado, al principio, a un segundo plano. La afirmación de Francis Fukuyama sobre el «fin de la historia» se refería exactamente a esto: que en el futuro la democracia liberal ya no había de enfrentar ningún desafío serio. Que se había convertido en la única alternativa. Aunque pocos lo proclamaron de manera tan contundente como Fukuyama, la confianza en la superioridad de la democracia se tornó una marca característica de toda una época. La pregunta era, más bien, cuánto tiempo había de transcurrir hasta que estuviese expandida por todo el mundo y cuán obstinada sería la resistencia de algunas dictaduras contrarias al progreso.

Hoy de esta certeza ya no queda tanto. Las democracias están bajo presión interna y externa en el mundo entero. Estados autoritarios como China y Rusia desafían a las democracias occidentales en la lucha por el poder político y las atacan también desde dentro. En Estados Unidos, la primera presidencia de Donald Trump dio un anticipo de lo que podría provocar una segunda. En casi todos los países europeos están en auge los partidos y movimientos populistas de derecha. Y en la República Federal de Alemania, la Alternative für Deutschland [«Alternativa para Alemania»] (AfD), un partido parcialmente de extrema derecha, goza de un apoyo considerable (en los nuevos estados federados en particular, pero para nada solo en ellos). La preocupación por la democracia ha pasado a ser un rasgo característico de una nueva era histórica.

El fracaso de la República de Weimar condujo al Tercer Reich. La primera democracia alemana terminó con el traspaso del poder a Hitler. Nadie que se ocupe de la cuestión de cómo y por qué mueren las democracias puede pasar Weimar por alto. La República alemana constituye una señal de advertencia y un caso modélico al mismo tiempo, para el mundo entero, aunque sobre todo para la República Federal de Alemania, que desde su fundación se vio en el reflejo de su fracasada predecesora y midió la estabilidad de sus condiciones a partir de la comparación con Weimar.[1] Bonn no es Weimar. El título de este libro del periodista suizo Fritz René Allemann, del año 1956, se convirtió en un símbolo de la convicción reinante de que la historia no había de repetirse y de que la democracia de la República Federal era estable. Sin embargo, esta visión que la República Federal tenía sobre sí misma ha sido puesta en duda una y otra vez a lo largo de su historia. Lo nuevo no es, por tanto, que se hagan advertencias sobre un posible retorno de las «condiciones de Weimar». Lo nuevo es, más bien, la fragilidad global de la democracia, que recuerda al periodo de entreguerras. Motivo suficiente para rememorar una vez más lo que de hecho aconteció en Weimar.

La historia de la República de Weimar hoy en día sigue siendo fascinante. Entre otras cosas, por las sorprendentes contradicciones que se dieron cita en esta época que solo abarcó catorce años. Fue un periodo de surgimientos, de goce con la experimentación y de inclinación a las innovaciones en múltiples ámbitos, un laboratorio de la modernidad con una vibrante escena cultural, en particular — aunque no solo — en la metrópoli de Berlín; un periodo de disolución de los roles tradicionales de género y de un vínculo más libre con la sexualidad. También fue, sin embargo, el periodo de una sucesión casi interminable de convulsiones críticas que llevaría a la hiperinflación de 1923 y a la crisis económica mundial iniciada entre 1929 y 1930; un periodo de inestabilidad política con frecuentes cambios de gobierno y con un alto grado de violencia y actividad militante, hasta llegar a los enfrentamientos, propios de una guerra civil, que se desataron en la agonía de la República.

Se ha exigido, y es de justicia, que la historia de Weimar no sea abordada solo en función de su fin, como una mera prehistoria de la dictadura nacionalsocialista, y que, en cambio, se la tome como una época por derecho propio, con todas sus ambigüedades y contradicciones.[2] A la vista de las consecuencias catastróficas que acarreó el traspaso del poder a Hitler, la pregunta por los motivos del fracaso de la República sigue siendo ineludible. «Nadie puede pensar en la República de Weimar sin pensar al mismo tiempo en su fracaso», señaló Hagen Schulze.[3] Y, debido a la crisis global de la democracia, la pregunta por las causas de 1933 tiene un interés renovado y urgente. Pero justo por ello mismo es importante destacar el carácter abierto que tenía la situación. Pues de otro modo uno no se pregunta por los márgenes de maniobra y las alternativas que existían, y corre el riesgo además de pasar por alto algo que resulta imprescindible para responder a la pregunta.

Intentos de explicación por parte de los historiadores no han faltado. Se señaló la herencia del Estado autoritario y la continuidad de las élites predemocráticas en la industria pesada, en la posesión de grandes extensiones de tierra al este de Elba, en el ejército, la burocracia y la justicia; élites cuyas históricas posiciones de poder permanecieron intactas, en gran medida, bajo las nuevas condiciones democráticas. Se destacaron las cargas que tuvo que asumir la República como consecuencia de la derrota militar en la Primera Guerra Mundial y las duras condiciones del Tratado de Versalles. Se llamó la atención sobre los defectos estructurales de la Constitución de Weimar, que confería al presidente de la Nación prerrogativas de largo alcance al modo de un «emperador sustituto» y le proporcionaba, con el artículo de emergencia número 48, un instrumento que en tiempos de crisis invitaba al abuso. También se ha responsabilizado a los partidos, que permanecieron atrapados en sus trincheras ideológicas carentes de voluntad de conciliación, una de las causas de la debilidad crónica de la democracia parlamentaria. Sin embargo, por pesadas que hayan sido las cargas heredadas (que eran el resultado, sobre todo, de fallas en la fase fundacional de la República), el experimento de la primera democracia alemana no estaba destinado desde el comienzo a la caída. Había alternativas, y hubo razones por las cuales no fueron aprovechadas o lo fueron de un modo insuficiente. El desenlace era más abierto de lo que sugiere una perspectiva centrada en la caída.

No faltaron oportunidades para encauzarse de otro modo y cambiar el rumbo. En la revolución de 1918-1919, los socialdemócratas gobernantes deberían haber promovido cambios sociales mayores y preservado menos elementos del antiguo régimen. La represión del golpe de Estado de Kapp en marzo de 1920 y la gran ola de solidaridad prorrepublicana tras el asesinato del ministro de Asuntos Exteriores de la Nación, Walther Rathenau, en junio de 1922, ofrecían una oportunidad de pasar a la ofensiva contra el campo enemigo de la República. No se aprovechó.

Durante la hiperinflación de 1923, cuando la República estaba literalmente al borde del abismo, quedó claro que la capacidad de autodefensa de los demócratas era más fuerte de lo que muchos creían. La elección del monárquico convencido Paul von Hindenburg como presidente de la Nación en abril de 1925, sin embargo, fue un punto de inflexión. Una elección que podría haberse evitado si los comunistas hubieran superado sus diferencias. También la ruptura de la gran coalición en marzo de 1930, que marcó el fin de la democracia parlamentaria en los hechos, se podría haber impedido si los partidos hubieran mostrado una mayor voluntad de conciliación. En Turingia nadie obligó a los partidos burgueses a incorporar a los nacionalsocialistas al gobierno estatal en 1930. Lo hicieron por su propia voluntad, y con ello dieron a los nacionalsocialistas la oportunidad de mostrar cómo se imaginaban una toma de poder también a nivel nacional. Presionado por sus asesores, Hindenburg despidió sin ninguna necesidad al canciller de la Nación, Heinrich Brüning, a fines de mayo de 1932, clausurando con ello la fase todavía moderada de los gobiernos presidenciales. Con Brüning en el cargo, el golpe de Estado que orquestó en Prusia su sucesor Franz von Papen en julio de 1932 no podría haber ocurrido. Y así fue derribado uno de los últimos baluartes de la República.

Con todo, incluso en enero de 1933 que Hitler triunfara no era todavía algo inevitable: aún había posibilidades de mantenerlo lejos del poder. Forma parte de la amarga ironía de la historia alemana el hecho de que el Führer del NSDAP [Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, el «Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán»] lograra asumir la Cancillería de la Nación, gracias a un oscuro juego de intrigas, en un momento en el que su movimiento estaba en declive y muchas personas inteligentes de la época ya lo habían dado por muerto. La historia siempre está abierta. Lo único que la ciencia histórica puede decir con certeza sobre el futuro es que será diferente de como se lo imaginan las personas del presente. Todo depende de manera decisiva de cómo actúen determinadas personas en situaciones concretas. Esto era así en la época de la República de Weimar y sigue siendo así hoy. Está en nuestras manos que nuestra democracia fracase o sobreviva. Dejarlo claro es el auténtico objetivo de este libro.

Es preciso, para ello, recordar que la República de Weimar no colapsó de golpe, sino después de un proceso gradual de erosión y a causa del socavamiento paulatino de la Constitución y de los procedimientos democráticos. Precisamente una «muerte silenciosa» de este tipo podría convertirse en un caso modelo para analizar la decadencia, incluso, de democracias occidentales con gran tradición, como Estados Unidos, cuya estabilidad durante mucho tiempo pareció inquebrantable.[4] El fracaso de la República de Weimar es una lección vigente sobre el grado de fragilidad de la democracia y la rapidez con la que puede malograrse la libertad cuando las instituciones democráticas fallan y las fuerzas de la sociedad civil son demasiado débiles para poner coto a los detractores de la democracia.

Fragmento del libro El fracaso de la República de Weimar. Volker Ullrich. Taurus. 2025. Traducción de Miguel Alberti. Publicado con autorización de sus editores.

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Volker Ullrich (Alemania, 1943) es un veterano periodista de reconocido prestigio en Alemania. Se graduó en Filosofía, Literatura e Historia. Colabora con el semanario Die Zeit, cuya sección de historia dirigió hasta su jubilación, y es coeditor del suplemento de historia del mismo periódico. Entre sus obras destaca la biografía en dos volúmenes Adolf Hitler (2013 y 2018). Ha recibido diversos premios (entre ellos el Alfred Kerr) y es Doctor por la Universidad de Jena.






 

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[1]      Véase Sebastian Ullrich, Stabilitätsanker oder Hysterisierungsagentur. Der Weimar-Komplex in der Geschichte der Bundesrepublik, en Hanno Hochmuth, Martin Sabrow y Tilmann Siebeneichner, eds., Weimars Wirkung. Das Nachleben der ersten deutschen Republik, Gotinga, 2020, pp. 182-196; aquí, p. 192 y s. Véase, del mismo autor, más en detalle, Der Weimar-Komplex. Das Scheitern der ersten deutschen Demokratie und die politische Kultur der Bundesrepublik, Gotinga, 2009.

[2]      Véase Nadine Rossol y Benjamin Ziemann, eds., Aufbruch und Abgründe. Das Handbuch der Weimarer Republik, Darmstadt, 2021; Sabine Becker, Experiment Weimar. Eine Kulturgeschichte Deutschlands 1918-1933, Darmstadt, 2018; Anthony McElligott, Rethinking the Weimar Republic. Authority und Authoritarianism 1916-1936, Londres, 2014.

[3]      Hagen Schulze, Vom Scheitern einer Republik, en Karl Dietrich Bracher, Manfred Funke y Hans-Adolf Jacobsen, eds., Die Weimarer Republik 1918-1933. Politik, Wirtschaft, Gesellschaft, Düsseldorf, 1987, pp. 617-625; aquí, p. 617.

[4]      Véase Frank Werner, «Wir müssen über Weimar reden», Die Zeit, n.º 45, del 3 de noviembre de 2022.