miércoles. 22.05.2024
El Tiempo

Esto no se acaba, tampoco la esperanza ni la gratitud • Arturo Mora

“Agradecer que estamos vivos, agradecer por nuestros vivos sin olvidar a
nuestros muertos…”
Esto no se acaba, tampoco la esperanza ni la gratitud • Arturo Mora

Esto no se acaba. La pandemia sigue haciendo de las suyas, y la percepción y la mirada de cada persona sin duda se han amplificado y ahora —idealmente- cada uno, cada una, ve, observa, agudiza sus sentidos y aprecia cosas que no se veían antes. El SARS COV -2 sigue mutando, enfermando y matando. El semáforo epidemiológico regresa en varios estados del país a rojo. La amenaza esta presente, los jóvenes se contagian, los niños también. El esquema de vacunación no esta siendo efectivo como se esperaba. Los mitos, las teorías conspiracionistas, la ignorancia y la negligencia, abonan a la “tercera ola de la pandemia” y la muerte. Las medidas que están tomando nuevamente muchos gobiernos en el mundo marcan la dimensión del problema, y otra vez, estamos llegando tarde. José Joaquín Blanco definió a México como el país que siempre llega tarde a todo.

La dinámica de la vida como especie se ve confrontada. La pandemia sigue poniendo en jaque a los gobiernos, y las realidades humanas se van pintando de tragedia en un país donde los muertos van haciendo que todo el territorio nacional sea un cementerio. Las violencias naturalizadas se suman a las torpes respuestas oficiales ante las masacres, como las que han sucedido en estos días en Guanajuato, o como el caso, por demás brutal, de la violación y muerte un joven en Mérida por parte de la policía municipal —entre otros muchos casos- y donde las explicaciones oficiales son realmente ingenuas, políticamente correctas, pero dejan en claro que el cinismo y la soberbia son el tinte y la actitud con lo que se evaden las responsabilidades.

Todo indica que nadie es responsable por la falta de justicia y de seguridad. Las carpetas de investigación en el caso de los homicidios dolosos, cuando se ha detenidos a los presuntos responsables, son pésimamente integradas. Esto es algo que sucede en todo el país, pero en especial en Guanajuato. Los resultados muestran que la mayoría de los indiciados son liberados, porque no están de forma adecuada integrados todos los elementos de prueba, o no han sido respetados los derechos humanos de los inculpados, o no se ha seguido el debido proceso conforme a derecho. En fin, la justicia se diluye por la ineficacia y la complicidad, y se podría pensar que también por la complacencia de quienes podrían hacer los cambios necesarios, por demás urgentes, y no los hacen por lealtades partidistas, por intereses económicos o personales.

Pese a todo esto lo humano va tomando un lugar -su lugar-, a pesar de la lógica del mercado y de la perversión del capitalismo. Una economía que procura negar la explotación y la expoliación de la naturaleza al convertir todo en mercancías, para vender lo que sea, a la vez gastar cifras millonarias para hacer toda una estrategia de publicidad para seducir y tener clientes satisfechos, o al menos crear aspirantes tenaces a convertirse en consumidores de lo que sea y, en el caso más dramático,  hacer que “los desechables del sistema” —como los definió Zygmunt Bauman–, y que solamente puedan consumir y mal vivir de lo desechable y de lo que se tira a la basura.

La pobreza crea los ejércitos laborales que están dispuestos a vender su fuerza de trabajo por unas cuántas monedas, y el capitalismo sigue en la tarea de crear individuos que no saben ser solidarios con otros, y a los que nada les llena el vacío tienen, pese a que viven para trabajar y comprar, y que, además no pueden hacerse cargo de su soledad, debido al individualismo que defienden como un falso principio de vida.

Sobre la esperanza, escribió Julio Cortázar: “es probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la misma vida defendiéndose”. Así, están estas palabras de José María Rodríguez Olaizola hechas poesía, para animarnos juntos a sobrevivir y a estar con otros, con todos los que amamos, con las personas que cada día se hacen o las hacemos presentes en nuestra vida. A la esperanza, Rodríguez Olaizola agrega la gratitud como bandera.  Agradecer que estamos vivos, agradecer por nuestros vivos sin olvidar a nuestros muertos. Agradecer para hacer que la vida toda sea el lugar donde volvamos a ser personas y seres humanos en dignidad y libertad.



 

Después del Tabor

“Qué bien se está aquí,
hagamos tres tiendas”.
Humana disposición
a echar raíz en lo apacible.
Pero hay que volver
a la brega diaria.
Hay que volver,
una y otra vez,
al amor aterrizado,
a la intemperie,
a los caminos
que recorremos
cargados de nombres
y de preocupación
cotidiana.
Hay que volver
a las encrucijadas
donde toca optar,
renunciar
y elegir;
a los días intensos,
de búsquedas,
ojeras,
anhelos
y horas estiradas.
Hay que volver
a los días grises,
a las preguntas,
al no saber,
a la inseguridad
reflejada en un espejo,
a la tenacidad
y a la resistencia.
Hay que volver
a lo acostumbrado;
pero no con desgana
o arrastrando la existencia
y el ánimo,
sino con la gratitud
y la esperanza
por banderas.