Opinión • Amor propio • Arturo Mora Alva

“El mercado ha hecho creer que es posible estar felices y alegres todo el tiempo…”

Opinión • Amor propio • Arturo Mora Alva

Todos nacemos felices. En el camino, la vida se ensucia, pero podemos limpiarla. La felicidad no es exuberante ni ruidosa, como el placer o la alegría. Es silenciosa, tranquila, dulce, es un estado de ánimo que comienza al quererse a sí mismo.
Isabel Allende

La vida tiene un sentido si uno quiere dárselo.
Jean Paul Sartre

Otra vez otra vez vamos por la alegría, por la felicidad, por el amor, por el gozo y por el placer. La vida nos pone límites y obstáculos. La libertad es una aspiración relativa a las condiciones socioculturales y emocionales que nos hemos dado como sociedad. Los limites nos contienen y nos permiten pensarnos y querernos desde el amor propio.

“El amor propio sóolo existe a través de la mirada del otro: el deseo de ser amado por él, aplaudido, admirado y el horror de ser detestado o despreciado […] sólo vivimos para nosotros, pero con y para los otros […] El amor propio es este amor del amor, centrado en uno mismo y mediatizado por otro. Consiste en no amar al otro sino en función de uno mismo, ni a uno mismo si no a través del otro” así lo explica André Comte-Sponville.

El individualismo avanza voraz como principio y como univoca lógica de vida bajo el amparo del capitalismo de mercado. El pensar en uno mismo sin pensar en los otros y sin tomar en cuenta a las otras personas con las que tenemos que interactuar por trabajo, estudios, convivencia y por nuestras necesidades afectivas hace que el amor propio se confunda y se convierta en egoísmo, en narcisismo, y hedonismo en la que los demás se convierten en medios instrumentales para intentar que ser uno, sin necesidad de los demás o bien poniéndolos a su servicio y a sus intereses.

Todos deseamos experimentar la felicidad, la alegría y el amor, triada que va envuelta de deseos, gozo y satisfacción. Experiencias de vida que son únicas para cada persona en función y con relación a la trayectoria, los vínculos, las palabras, la historia personal, el lenguaje y las formas de la conciencia y del inconsciente de cada uno, de cada una y que operan con la singularidad que hace que seamos literalmente únicos e irrepetibles, y ahí, en esa realidad humana, radica la posibilidad de dar sentido a las emociones, a valorar y reconocer los sentimientos. Si bien la mayoría de las emociones son negativas, las que son positivas son lo que nos permite ir armando y construyendo - como podemos y con lo que tenemos- un sentido de vida.

El mercado ha hecho creer que es posible estar felices y alegres todo el tiempo. Que de lo que se trata es de obtener placer todo el tiempo, de estar comprando y consumiendo, de estar oyendo listas de música, de tener la televisión encendida, de estar haciendo maratones para ver series, de estar el mayor tiempo posible jugando videojuegos en consolas y en los smartphones. De consentirse comprando lo que no se necesita, comiendo golosinas, alimentos chatarra, dentro de un confort que anula al sujeto y lo deja sentado o acostado en espera de ser sentirse feliz, y si es que ha caído la trampa de los estereotipos de belleza, estará sometido a los esfuerzos de gimnasios, de dietas y de pastillas, cremas y de suplementos nutricionales.

Las adicciones se instalan por muchas causas, y las drogas, que son antes que nada  mercancías, crean la ilusión de la felicidad, de la alegría, de la euforia, de la tranquilidad, de evitar el dolor, en la sociedad paliativa que Byung-Chul Han ha descrito, y en la que le mercado permite que las farmacéuticas produzcan y venden casi sin ninguna restricción analgésicos de forma masiva, y a la vez, en una sociedad permisiva en la cual  los narcos producen las drogas ilegales, que ha creado un mercado que se expande de forma geométrica, en tanto, que el tabaco y el alcohol se venden sin restricciones, salvo la cobrar impuestos cada vez más altos al consumo, obteniendo ganancias estratosféricas con costos directos e indirectos en la salud física y emocional, que no puede ser soportados por ningún sistema de salud en el mundo.

El mundo de la evasión y de la negación se instala en la fantasía de una realidad en la que el amor propio no importa, donde los demás, los otros, son vistos como simple comparsa o como enemigos reales o ficticios de la felicidad y la alegría, de esas emociones que solo se obtienen desde un afuera, desde una renuncia por conocer quienes somos y sin querer tomar una conciencia social, de clase e histórica, con la responsabilidades y compromisos que conlleva.

Amor propio, que requiere de otros y otras para poder amar. Amor propio que reclama ser parte de la realidad social, económica, social, cultural, ambiental y política. Amor propio que implica asumir nuestra condición humana y las dimensiones que nos definen para poder estar y ser desde los demás y con los demás. Amor propio que es lo que permite encontrar eso que se busca en los demás y crear las condiciones para la alegría, la felicidad y el amor.

Haruki Murakami escribió en su novela Kafka en la orilla: “Cerrar los ojos […] no va a cambiar nada. Nada va a desaparecer simplemente por no ver lo que está pasando. De hecho, las cosas serán aún peor la próxima vez que los abras. Sólo un cobarde cierra los ojos. Cerrar los ojos y taparse los oídos no va a hacer que el tiempo se detenga”.

Es tiempo abrir los ojos, es tiempo de dar sentido al amor propio, nos toca crear espacios y tiempos, así como, las condiciones para enfrentar la realidad e involucrarnos en la construcción humana, personal y social, de un mundo mejor, en donde amarnos a nosotros mismos sea sinónimo de amar la vida, respetar y cuidar la naturaleza, de crear la paz, de ofrecer tranquilidad, y de dar valor a la salud física y mental, para crear un mundo de igualdad y equidad en donde la justicia social sea el amor propio hecho realidad en los otros, con y para los demás.