sábado. 20.04.2024
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Opinión • Darme cuenta / Hacerme cargo • Arturo Mora

“Las creencias son un clavo ardiendo del que nos sujetamos para no morir en el intento de comprender la vida…”
Opinión • Darme cuenta / Hacerme cargo • Arturo Mora

Que nadie me quite las arrugas de mi frente, obtenidas gracias a mi asombro ante las bellezas de la vida. Las de mi boca, que demuestran lo mucho que me reí y he besado. Ni las bolsas de mis ojos, que me recuerdan cuántas veces he llorado. Son las pruebas de que he vivido.
Meryl Streep

Porque he conocido la desesperación, valoro la esperanza. Porque he saboreado la frustración, valoro el cumplimiento. Porque he estado sola, valoro el amor.
Elena Barascouth

Tengo apenas una vida y en ella solo tengo una oportunidad de hacer lo que quiero. Tengo suficiente felicidad para hacerla dulce, dificultades para hacerla fuerte, tristeza para hacerla humana y suficiente esperanza para ser feliz.
Clarice Lispector

Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos.
Helen Keller

En lo humano el saber es un acto de fe, más que un auténtico proceso de conocimiento. Las creencias son un clavo ardiendo del que nos sujetamos para no morir en el intento de comprender la vida. Es más fácil aceptar lo impuesto, lo dado, las explicaciones hechas costumbre, las respuestas inmediatas, las consignas como mandatos y como orden, que asumir la responsabilidad de lo que somos desde lo que hicieron con nosotros y de la tarea siempre dinámica de conocernos, de conocer nuestros deseos y de asumir la voluntad en nuestras decisiones.

Cada vez hay más pretextos, discursos, ideas, libros esotéricos y de autoayuda, terapias llamadas alternativas, remedios, rituales y pócimas, tés, esencias, pastillas, pomadas y demás sortilegios y conjuros, que se usan como recurso para evadir la vida, para querer eliminar el sufrimiento, para arrancar el dolor, para encontrar el amor, para lograr el olvido, para triunfar, para tener buena suerte, para sanar, para encontrar algo de paz, para mitigar la culpa, para huir de ser uno mismo.

Usamos todo lo posible al alcance de la mano para evitardarnos cuenta de quienes somos. Negar y poner en la resistencia del inconsciente todo eso que no queremos ver, que nos lastima, que nos da vergüenza y nos tortura al guardar silencio y no hablar de lo vivido, de las emociones, de los sentimientos, abrir la caja de pandora de nuestro ser. Un trauma familiar es, de alguna manera, también una herencia. A lo mejor si empiezo a llamarlo así, me es más fácil tirarlos a la basura, como si de desechar un objeto se tratara, escribió Alma García-Junco.

Parte del problema es que la dimensión del dolor, de lo trágico, del drama, del enojo, del rencor, del odio y del resentimiento, tiene más importancia y cabida en nuestras vidas que cualquier otra circunstancia. Nos gana estar en la pena. Instalarnos en la culpa, en la duda, en el reclamo, en la insatisfacción, en la envidia, en la tristeza y en la negación de uno mismo, es lo más común, aun sabiendo lo que sabemos de nosotros mismos. Las más de las veces los mecanismos de defensa del inconsciente operan para dejarnos “a salvo temporalmente”, pero si algo tiene la vida es que esos mecanismos no pueden soportar la presión de la realidad, de la fuerza del dolor y también de la fuerza del amor, ese que siempre estamos buscando.

Darnos cuenta de todo lo que hacemos para intentar salir del dolor humano que se siente y se expresa para huir, para encubrir, para justificar, para racionalizar, reprimir eso que nos ha marcado de alguna manera y está ahí presente, hecho de palabras, memoria, aromas, imágenes, sensaciones, de pensamientos, nos tiene que llevar a hacernos cargo, esto es,asumir la única responsabilidad legítima que nos debemos, y que pasa por el conocernos sin filtros, sin evasivas, sin poner las defensas al servicio del silencio para seguir perpetuado el dolor, la pena y la culpa, para seguir poniéndonos en el lugar de víctima.

Hacerse cargo es transitar por el proceso de aceptación personal, pero también es reinventarnos. Es poder salir de la compulsión a la repetición, entender la finitud y la fragilidad como condición para encontrar en uno mismo esa paz, esa que es reconciliación y perdón con uno mismo, y que ese proceso de conocernos y darnos cuenta es parte necesaria para poder hacerse cargo con todas las implicaciones y consecuencias, que es vivir con la dignidad y el amor propio,puesto como condición para estar de la mejor forma con los otros, con los que queremos y amamos, y a quienes no queremos trasladar nuestras “herencias”, nuestros duelos, traumas e inseguridades.

Estamos en duelo todo el tiempo de todo lo que vamos dejando, de todo lo que perdemos en la vida. El cambio es condición de vida, y en esas mudanzas dejamos atrás muchas cosas, vivencias, personas, lugares, trabajos, amistades y amores. Esas ausencias se hacen presentes. Saber narrar lo vivido, lo perdido, es no dejar que el recuerdo se instale como única posibilidad para integrar conscientemente la historia de nuestra vida, y que la añoranza de lo que no fue nos lleve a nostalgias inalcanzables, pero es también evitar que la melancolía corroa nuestra mente y nuestro espíritu. Hacerse cargo es poder narrar quiénes somos, las veces que sea necesario, hasta que no duela más eso que nos martirizó y culpabilizó durante tanto tiempo.

Lilitt Tagle, poeta, escribió:

Las ausencias se guardan
en maletas oscuras
o blancas o tristes.
Las ausencias no toleran
las casas cerradas
los manteles largos
las luces sin nombres.
Las ausencias se nutren
de guijarros de vida
brillantes y limpios
como ojos de lince.

Santiago Kovadloff escribió: 

Morir bien es morir a tiempo. No hay peor infierno que asistir a las exequias del propio deseo. Al funeral de nuestras pasiones. La muerte es por eso… lo que a diario nos acecha. Lo que nos esteriliza, lo que encallece la piel. La ausencia de propósito, la apatía, el desapego a los seres... Esa es la muerte que mata y no la que viene después. Por eso, imploremos que la muerte nos sorprenda sedientos todavía, ejerciendo la alegría de crear. Que nos apague cuando aún estamos encendidos.

Darnos cuenta de las ausencias que nos duelen, y asumir la certeza de nuestra muerte, permite hacernos cargo de quienes somos y de dar la batalla de ser nosotros mismos pese a lo que nos hicieron, a pesar de nuestro dolor, y como un acto de rebeldía. Porque ser nosotros mismos haciéndonos responsables de lo que hemos llegado a ser, y de lo que iremos siendo, es la mejor demostración de amor a la vida y a uno mismo, en una sociedad que vive de explotar y perpetuar el dolor, el sufrimiento, la culpa y el miedo.