Opinión • Inmanencia • Arturo Mora

“La muerte nos troquela la piel y el alma con cortes de tajo…”
Opinión • Inmanencia • Arturo Mora

Las personas, más que las cosas, tienen que ser restauradas, renovadas, revividas, reclamadas y redimidas.
Audrey Hepburn

Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.
Octavio Paz - El Laberinto de la Soledad

Estamos hechos del mismo material del que se tejen los sueños.
William Shakespeare


Para Miguel Vilches Hinojosa



Las ausencias presentes es más que un oxímoron, más que un juego de palabras. Estas palabras pueden ser contradictorias en sí mismas, y son más que las paradojas del burro de Sancho o el gato de Schrödinger, retomando el título de un libro de Luis González de Alba a propósito de los 100 años de la física cuántica. El punto es invitar a pensar un poco en la muerte, en nuestros muertos. 

Es muerte la única certeza que desde la consciencia los seres humanos tenemos. Tal vez por eso, y por aterrador que parezca, la guerra, la dominación, la tortura, las ejecuciones, y el suicidio, existen como prácticas sociales, aderezadas con los argumentos más ominosos y siniestros. Veamos las declaraciones de los lideres de Israel y de Hamas o de Rusia o Croacia, que están marcadas por esa condición contradictoriamente existencial, de no dar valor a la vida, y en especial para los que desean la eliminación del otro. 

No todo es venganza, no todo es justicia, no todo es ojo por ojo, no todo es poder, no todo es ignorancia, no todo es ideología y religión, no todo es historia, no es dinero, no todo es locura. La muerte nos alcanza a todos por simple y llana biología. Ahora los seres humanos vivimos más. La lucha contra la enfermedad, el conocimiento sobre los desórdenes fisiológicos y metabólicos, han otorgado más tiempo de vida, pero tristemente la longevidad no es signo de triunfo de la especie humana, no ha implicado dignidad para los adultos mayores, y como todo en estos tiempos, es vivir más, es sólo un pretexto que usa la sociedad de mercado para la explotación humana. Y abona a la ilusión de la inmortalidad. No es extrañar la puesta de moda de zombis y vampiros, la no muerte como negación de la propia muerte.

La pandemia de covid dejó en claro la fragilidad de la humanidad. La naturaleza lo ha hecho en otros momentos de la historia, pero esta vez sucedió en época de la globalización, en el auge de la ciencia y la tecnología, en la era del conocimiento, en la sociedad de la información, y dio un seco y duro golpe a la arrogancia y al narcisismo de una humanidad mediatizada y controlada.

Joaquín Sabina canta: La muerte es solo la suerte con una letra cambiada, y de ahí la necesidad de vivir la vida como un todo, sin esperar nada y sin dejar pasar las oportunidades para sentir, actuar, hacer, crear, ser, ser libres y auténticos, para amar. 

Nada fácil, porque todo va en sentido contrario a la vida. La cultura de la muerte avanza con la parafernalia del hedonismo, de la cultura del riesgo, de las adicciones, la economía de la negación de la vida, la del placer a costa de la vida misma y la de otros, del éxito, aunque vaya la vida en ello, de la inmediatez y la fugacidad. Ahí están los niños sicarios, la venta de drogas cada vez más adictivas y letales, los muertos en vida del fentanilo, los soldados escindidos y los miembros de los cárteles del crimen organizado -esquizofrénicos y adictos-, la negación de la vida a partir del cumplimiento de órdenes dictadas por jefes, patrones, líderes y generales.

La muerte en estos días tendrá rostros y nombres en los altares, entre veladoras y cempasúchil, entre comidas y bebidas, entre rezos, recuerdos y lagrimas que hacen que se sientan las ausencias presentes de quienes ya no están con nosotros, y la esencia de lo que nos dejaron se sentirá -esos nuestros muertos-, que nos hacen pensarlos y percibirlos y que alcanzan la permanencia a través de nuestra existencia, que al fin de cuentas es trascender en nosotros. Uno será olvido cuando nadie se acuerde de nosotros. Ahí está la película de Coco como alegoría del recuerdo, de la mentira y de la verdad en las historias que nos contamos de los que han muerto. Estaremos vivos mientras alguien tenga de vez en vez un recuerdo en su mente y en su corazón. Esta cualidad de la memoria afectiva es lo que también nos define como seres con consciencia, como seres humanos. 

Ursula K. Le Guin, escritora norteamericana, escribió: 

Vivimos en el capitalismo. Su poder parece inexorable. También lo parecía el derecho divino de los reyes. Todo poder humano puede resistir y cambiar por seres humanos. La resistencia y el cambio muchas veces empiezan con el arte, con el arte de las palabras. Al parecer, somos el único animal capaz de mentir. Podemos pensar y hablar de cosas que no son así y que nunca fueron así, o que nunca existieron, pero podrían. Podemos inventar, suponer e imaginar. Somos los únicos animales que contamos historias. Todos los seres humanos son mentirosos; es cierto, tienen que creerme.

A veces con la muerte jugamos a la mentira, la fantasía y la ficción que se apodera de nosotros, y nos damos a la invención de las ausencias presentes, y entonces nos mentimos, nos engañamos, y dejamos que el duelo se haga presente con todas sus etapas, que no son lineales, en el que no hay secuencia definida, ni predicción, ni pronóstico para que deje de doler y oler la muerte, y en donde el tiempo ayuda, pero muchas veces no lo suficiente. Tal vez por eso hemos construido las historias de misterio y de fantasmas.

Habrá que usar como un conjuro, como un mantra, ante el dolor de las ausencias presentes las palabras de Maya Angelou:

Como lunas y como soles,

con la certeza de las mareas,

como las esperanzas brincando alto,

así… yo me levanto.

La muerte nos troquela la piel y el alma con cortes de tajo, inesperadas heridas, dolorosas punciones, que dejan cicatrices y que son la huella de la vida, del amor y el dolor. Son jeroglíficos orgánicos que narran las pérdidas y hacen que la inmanencia tenga sentido, nombre, significado, y den forma a la pulsión de muerte de cada uno, y que nos hacen sentir y valorar la muerte desde la finitud de la existencia, Piedad Bonnett nos da una hermosas palabras -cicatrices- para la entender y sentir en carne viva la inmanencia.

 

 

No hay cicatriz, por brutal que parezca,

que no encierre belleza.

Una historia puntual se cuenta en ella,

algún dolor. Pero también su fin.

Las cicatrices, pues, son las costuras

de la memoria,

un remate imperfecto que nos sana

dañándonos. La forma

que el tiempo encuentra

de que nunca olvidemos las heridas.