César Zamora
05:41
09/05/15

Lavado de cerebro

¿Cuántas veces hemos creído, a pie juntillas, en todo el ‘choro’ que nos avienta el político que ambiciona un ‘hueso’ o el sacerdote que ofrece al dos por uno la redención de las almas?

Lavado de cerebro

 

 

 

 

 

“Te crees libre, pero vives
en una sociedad que no tolera
un pensamiento diferente al oficial”
Brainwashed
The Kinks

A pesar de que el Archiduque de Atlacomulco y su Cohorte Neoliberal amenazan con empantanar económicamente al país y perpetuar la hegemonía priista in secula seculorum, López–Dóriga, Javier Alatorre y otros papagayos de la selva estereotípica nos muestran, a través de publirreportajes o advertorials exuberantes en elogios, que vivimos en la nación más próspera del planeta y que “todo va bien”, que México “va que vuela” al primer mundo (de cosas similarmente ridículas ya había hecho mofa y befa el compositor Ray Davies, entre arreglos de viento y guitarras estridentes, en el álbum “Arthur or the decline and fall of British Empire”, de The Kinks).

Mientras los estrategas del priismo dinosáurico luchan, a rajatabla, por mantener la imagen inmaculada de un gobierno con fecha de caducidad, un raudal de memes y conjeturas pululan en redes sociales (la “válvula de escape rápido” ante la monotonía de nuestras vidas guiadas por la telecracia; y parafraseando a Jorge Ibargüengoitia: ¡oh, bendita concupiscencia de los ojos! ¡Gracias, señor Zuckerberg, por habernos concedido el uso de Facebook, que hace más que palatable nuestra estancia en este Valle de Lágrimas!). Los memes son, para los Millennials (Generación Y) y los analfabetos funcionales, los tebeos bonsái de la época nueva (o la miniaturización de las obras de Rius, pero la mayor parte sin ‘savia educativa’ ni ‘nutrimentos cognitivos’).

Desde luego, las redes sociales no son, ni por asomo, una palestra para debatir seriamente, sino un simple recipiendario de lamentaciones, sandeces y bobaliconerías (¿el método clínico en versión virtual?); en suma, las redes sociales sólo son un divertimento, quizás invento del sistema mismo para solaz de linces, desinformados e ingenuos. Aunque algunos comentarios sí tienden a combatir la incuria —como la clonación de los aforismos del difunto Galeano—, los pulgares en erección se inclinan hacia la banalidad. Eso es innegable.

¿En qué barra de cantina están opinando los enemigos de Peña Nieto? ¿A la luz de cuántas obras conspiratorias están confabulando los detractores del peñanietismo para derrocar al Sacro Imperio Priista?

—Mucho ruido y pocas nueces —solía decir la abuelita en todos los cuentos.

En la raigambre clásica de la crítica simplona, cualquier persona —con título universitario o sin él— puede señalar que Peña Nieto trata de engatusarnos con el nuevo Shangri–La (el paraíso terrenal del que hablaba James Hilton en la novela “Lost Horizon”) y, después de vivir nuestros “Young and innocent days”, nos damos cuenta de eso que Cachirulo, el Chavo y Chabelo nos impedían ver: el exceso de futbol televisado, la telenovelización de nuestras vidas, los noticiarios amarillistas (o la editorialización de las noticias) y otros viejos trucos del sistema político ocasionan que todo el mundo, todos, incluso tú, él, ella y yo, nos sintamos con el derecho a opinar sobre cualquier tema sin pleno uso de conciencia (e incluso, de manera mordaz, tendremos que echar mano de la frase antológica de Evelyn Beatrice Hall respecto al legado de Voltaire: “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, es decir, “respetaré tu opinión, aunque sepa que te han lavado el cerebro”).

Sin pretender aprovecharme del deceso de Galeano ni caer en eufemismos que amortigüen la pedrada, la que incluso ha caído sobre mi cabeza, ¿nos han hecho un brainwash o nosotros mismos nos masajeamos todos los días con “shampoo mediático”?

El sistema político, que tiene bajo su poder el control de casi todas las cosas, se vuelve, ¡oh, sorpresa convulsiva!, en el ojo que todo lo ve: mientras nos entretenemos con memes, ignoramos que los aristócratas de nuestro México ya casi balcanizado se disputan, por medio de títeres o intermediarios, nueve gubernaturas, 500 diputaciones federales, 610 curules locales, 881alcaldías y 16 delegaciones en el Distrito Federal. Alrededor de 10 mil aspirantes a un ‘hueso’ fueron registrados ante el recién engendrado Instituto Nacional Electoral (INE), pero, seamos sinceros, ¿cuántos de los que alegamos a lo Peña Nieto lo sabemos?

Durante 97 mil horas de transmisión, nos harán lavado de cerebro con 10 millones de spots televisivos y radiofónicos.

En la pieza “She’s bought a hat like princess Marina”, Ray Davies ironiza sobre la mujer clasemediera que gasta una gran cantidad de libras esterlinas para comprarse un sombrero como el de la princesa Marina, aunque tenga que lavar pisos (o ‘endrogarse’ en Coppel). El patético intento de acercarnos a una élite a la que nunca perteneceremos. ¿Cuántas veces nos han hecho creer que una prenda de vestir o una marca zutana nos hará ser el otro o la otra que siempre hemos deseado ser? Suena cacofónico y ‘cagónico’, pero así es. Lo mismo sucede en el plano político: somos políticamente analfabetos y cuántas veces nos han hecho creer que el partido zutano erradicará el nepotismo o la corrupción, cuando el primer paso para hacer valedera una propuesta de tal naturaleza es alfabetizarnos para comprender el espectro político y evadir el lavado de cerebro. Nos creemos libres —cantaba el melenudo británico—, pero vivimos en una sociedad telecrática que no tolera una opinión diferente a la oficial.

En este mismo sentido panfletario (aunque ya estemos hartos del panfleteo), ¿cuántas veces nos han hecho creer los que tienen el poder en sus manos, como Peña Nieto o su tío Montiel, que tenemos el derecho a despotricar contra ellos, a desahogarnos con excesos verbales —o escriturales— de todas las naturalezas habidas y por haber? En cuanto nos la creemos, desaparece, ipso facto, la avidez de ir a la acción; en cuanto empezamos a memear (o un verbo parecido), se desvanece, “de volada”, el ímpetu del intelectual orgánico o, simplemente, el ímpetu del que quiere hacer que las cosas sucedan.

El lavado de cerebro, señores y señoras (recitaba José Ramón Fernández ampulosamente), ha sido efectivo desde los tiempos porfiristas por la subsistencia de las creencias nocivas (ideas falsas o de falsarios que se toman por válidas o certeras, aunque ni por asomo lo sean). ¿Cuántas veces hemos creído, a pie juntillas, en todo el ‘choro’ que nos avienta el político que ambiciona un ‘hueso’ o el sacerdote que ofrece al dos por uno la redención de las almas?

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