sábado. 25.05.2024
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Para salvar la democracia • David Herrerías

"...algo que se asemeja más a una aristocracia, no por que sean los mejores, sino porque son una élite que controla todas las vías de acceso al poder..."
Para salvar la democracia • David Herrerías

Dice mi tocayo David Van Reybrouck, que con la democracia ocurre algo curioso: todo el mundo la desea, pero no hay nadie que crea en ella. Quizá exagera, no tanto al decir que nadie cree en ella, sino porque en estos tiempos que corren tampoco se puede afirmar que todo mundo la desee. Pero sea como sea, es verdad que vivimos un gran desencanto por la democracia. Creemos que es el mejor sistema de gobierno, pero al mismo tiempo no estamos contentos con la forma en que se presenta en realidad. Las democracias, no sólo la nuestra, están enfermas.

Uno de los síntomas de esta enfermedad es la inflamación de los partidos. Aristóteles decía que la verdadera libertad política estaba en la posibilidad que debía tener cualquier ciudadano de gobernar… y también de obedecer. Y Montesquieu hacía esta distinción: cuando el poder reside en el pueblo entero, es una democracia. Cuando reside en una minoría es una aristocracia. En un libro provocador, Van Reybrouck afirma que los seres humanos llevamos casi tres mil años jugando con la idea de democracia, y sólo los últimos doscientos equiparando democracia con elecciones, con una democracia representativa en la que se elige periódicamente a profesionales de la política que acaparan los puestos de la administración pública. En algo que se asemeja más a una aristocracia, no por que sean los mejores, sino porque son una élite que controla todas las vías de acceso al poder, aunque periódicamente nos den a escoger entre tres o cuatro sabores diferentes.

En Atenas la democracia consistía en asambleas deliberativas y también en grupos de representantes que se encargaban de las tareas del estado, pero en su mayoría, eran escogidos mediante procedimientos aleatorios. Lo mismo sucedió durante varios siglos en grandes ciudades renacentistas como Venecia y Florencia. Venecia debe su sorprendente estabilidad de cinco siglos (sólo interrumpidos por el sátrapa Napoleón) a un ingenioso sistema de sorteos electivos llamado ballota (de donde viene quizá nuestra voz boleta) Recientemente se han puesto en marcha experimentos exitosos de elección por sorteo de cámaras de representantes o similares en Irlanda, Canadá, y Países Bajos.

Estamos tan acostumbrados a que la democracia se identifique con las campañas electorales y los partidos, que resulta un poco difícil imaginar en el mundo moderno la elección de puestos públicos por sorteo. Pero ya hay algunos órganos de autoridad que se eligen así. Piensa por un momento: ¿Cuál es la herramienta que mejor funciona en el sistema electoral mexicano, que no está sujeta a los sistemas de cuotas y grillas de partidos y que garantiza independencia y autonomía? ¡Correcto! Dices bien: los funcionarios de casilla. ¿Te imaginas el cochinero que serían las elecciones si los funcionarios de casillas fueran nombrados por cuotas, aprobados por alguna de las cámaras? Los funcionarios de casilla son nombrados por sorteo, y eso ha hecho que funcionen de maravilla. Lo siguiente puede ser, y es fácil hacerlo, que todos los consejeros del INE sean nombrados por sorteo. No de toda la población, pero se puede crear una lista a propuesta de las universidades de 100 personas o más, que reúnan las cualidades profesionales, y luego se hace un sorteo. Los consejeros ya no responderían a los intereses de los partidos que los impulsaron. En otros países el sorteo se utiliza en funciones tan importantes como la impartición de justicia, al convocar a ciudadanos para ser jurados.

¿Y si vamos más allá? Podríamos tener dos cámaras, una por elección, y la otra que se conformara por ciudadanos (que deberían cubrir requisitos mínimos, estudios, disponibilidad, tan mínimos como los tienen nuestros legisladores actuales) que podrían ser electos en sorteos distritales, y contarían con cuerpos de asesores para las cuestiones técnicas, como lo tienen los actuales. Al terminar su mandato, se irían a su casa.  Se pueden ensayar muchas combinaciones y estrategias que Van Reybrouck detalla en su libro que, por cierto, titula “Contra las Elecciones, cómo salvar la democracia”.

Vale la pena leerlo y pensar al respecto, porque es claro que la democracia en el mundo está enferma de gravedad y si dejamos que muera, las alternativas no serán mejores.

(VAN REYBROUCK, David. “Contra las elecciones, cómo salvar la democracia”. Taurus, Pensamiento/Penguin Random House.)