Parentalidad y buenos tratos • Maltrato invisible • Gaudencio Rodríguez
Los investigadores en el tema sostienen que la violencia familiar tiene una característica de los microorganismos: ha existido desde hace mucho tiempo, pero sólo hasta hace poco se ha descubierto.
Y es que juntar ambas palabras: “violencia” y “familia”, resultó muy difícil debido a que durante una época muy larga la familia fue considerada como un espacio idealizado, de crecimiento y realización afectiva para sus miembros, de donde emanaba amor, respeto, comprensión, seguridad, consideración, etcétera, mientras que la violencia era concebida como una cuestión del espacio extra-familiar o público, algo que solamente existía en tiempos de guerra, en las calles o barrios peligrosos y que era ejercida por personas delincuentes o trastornadas mentalmente.
En buena medida la anterior visión sesgada de la realidad familiar retrasó la posibilidad de hacer visible la otra cara de la moneda: la familia como un entorno potencialmente nocivo en el cual también se pueden violar los derechos humanos, en el que se puede experimentar desprotección, miedo e inseguridad y en el que se puede aprender la resolución violenta de conflictos interpersonales.
Demasiado trabajo ha costado reconocer que uno de los principales espacios de violencia es el doméstico, y que las personas generadoras son gente común y corriente: hombres, mujeres, pobres, ricos, eruditos, ignorantes, empleados, desempleados, sanos y desequilibrados mentales, alcohólicos y no alcohólicos. Es triste, pero es real.
Aún en la actualidad hay quien se resiste a aceptar que en muchas familias existen niveles altos de violencia. Esta actitud suele estar sostenida por dos elementos significativos:
1. Tratar mal a las personas consideradas más débiles, ha sido algo constante en la historia de la humanidad, por lo tanto, este tipo de trato se ha llegado a considerar como normal o natural.
2. Carecer de herramientas y criterios para detectar los diferentes tipos de violencia. Para descubrir la existencia de los microorganismos fue necesario inventar el microscopio, para dar cuenta de la violencia familiar se requirió de la elaboración de conocimientos e instrumentos de observación y detección, así como lenguaje para conceptualizarla; el problema estriba en que estos aun no han logrado popularizarse como el microscopio.
Es tan reciente el “descubrimiento” de la violencia familiar que aún muchos de los/as profesionales relacionados con su detección y atención (maestros/as, policías, psicólogos/as, médicos/as, jueces, trabajadores sociales, abogados/as, etcétera) desconocen su dinámica, sus causas, consecuencias y mecanismos de acción.
Aunque el concepto ya forma parte del vocabulario, sigue cargado de mitos que contribuyen a que el problema persista y se reproduzca: “Ese señor ayuda tanto a la gente, ¡cómo es posible que lo acusen de maltratar a su esposa, algo ha de hacer ella para provocarlo!”, “Las personas que tienen muchos estudios (en educación y salud), deben tratar muy bien a sus hijos”, “Lo que pasa es que desde que existen los derechos humanos a todo le llaman violencia”, “Mantener desinformada a la pareja acerca de los ingresos económicos familiares no es violencia”, “En la sociedad hay problemas más importantes por resolver, los casos de violencia familiar son pocos”, “El abuso sexual y las violaciones solo ocurren en lugares peligrosos y tenebrosos y el agresor suele ser un desconocido”, “Más vale un golpe a tiempo con los hijos”…
El maltrato físico es visible y fácil de identificar debido a que los golpes dejan marcas evidentes en el cuerpo de la víctima.
Sin embargo, existe otro tipo de maltrato difícil de reconocer, me refiero al emocional. Su reconocimiento se dificulta debido a que no deja inscripción en el cuerpo y debido también a que la víctima (y el observador), suelen no contar con los elementos necesarios para relacionar o identificar los daños. Es un maltrato que existe, pero no se ve. Un niño puede estar gravemente dañado en su interior y sin embargo no mostrar cicatrices exteriores. Puede estar sufriendo el efecto paralizante de sentirse despreciable, sin comprender ni poder explicar el porqué.
Ejemplos del maltrato emocional infantil son, la violencia verbal crónica, la falta de respuesta emocional a las necesidades de contacto afectivo, el constante bloqueo de las iniciativas infantiles, la ausencia de contacto corporal, la indiferencia frente a sus estados de ánimo, hacerlos testigos de la violencia cotidiana entre los padres. Este tipo de maltrato activa los mismos circuitos cerebrales que se activan cuando la niña o niño reciben golpes físicos.
Los estudios en el tema nos recomiendan revisar las nociones míticas que hemos aprendido desde los cuentos infantiles y los textos escolares que muestran a la familia como lugar ideal. Seamos conscientes de que, parafraseando al cantautor Ismael Serrano, la familia puede ser un frondoso árbol donde guarecerse y también puede ser una cuerda que ata… que asfixia… que ahorca. Sembremos y trabajemos día a día para construir árboles nutricios, no este tipo de cuerdas.