Parentalidad y buenos tratos • Adicciones y adolescencia • Gaudencio Rodríguez
El desarrollo de nuestras hijas/hijos transcurre entre riesgos y oportunidades. Durante la infancia la protección de los peligros del entorno es más viable gracias a que su vida transcurre en un perímetro limitado en el cual suele haber adultos a cargo (papás, mamás, docentes, etcétera).
Es en la adolescencia donde el perímetro se amplía. Su vida ahora no transcurre a la vista de papá y mamá, y en ocasiones, ni a la vista de docentes o cualquier otra persona adulta. Por ejemplo, cuando salen a una fiesta, a la plaza o a un punto de reunión con sus pares.
Es ahí donde han de poner en juego los principios, valores y criterios adquiridos en casa para una adecuada toma de decisiones. Para entonces es conveniente que tenga una capacidad ética producto de una larga infancia donde contó con una mamá y un papá (o con quien le haya cuidado) que facilitaron dicho ejercicio ético y de discernimiento.
Los factores de riesgo, esos que aumentan la probabilidad de que el desarrollo se complique debido a la aparición de problemas de salud física o mental son parte de la vida. No hay que hacer nada para que aparezcan. Están ahí. Sus características varían en función de la etapa de ciclo vital de las hijas e hijos.
En cambio, lo factores protectores no aparecerán por arte de magia en la vida de las hijas e hijos. Para que los riesgos se reduzcan todas las personas de la sociedad, así como sus instituciones públicas y privadas han de crear las condiciones que reduzcan la probabilidad del riesgo en la vida de las niñas, niños y adolescentes, al mismo tiempo que a través de la crianza positiva y el buen trato, promueven su sano desarrollo y les habilitan para afrontar los retos propios de la vida, para manejar de manera asertiva los conflictos interpersonales, para la autorregulación, etcétera.
Los riesgos psicosociales tienen dos componentes, uno de origen individual, psicológico, y otro del orden contextual, relacionado con el entorno social, donde uno se afecta o retroalimenta a otro.
Uno de estos riesgos psicosociales son las adicciones al tabaco, al alcohol y a otras drogas, riesgos que están asociados a características, vulnerabilidad, necesidades no satisfechas y trastornos individuales, así como a condiciones del entorno comunitario y social. Entorno que afecta y que es afectado a su vez, por la persona adicta.
De acuerdo con el psicólogo clínico, Francisco Escalante, algunos factores de riesgo individual para las adicciones están relacionados con el carácter psicológico, el estilo de vida, con las relaciones afectivas, actitudes, hábitos, aptitudes, intereses, creencias, habilidades sociales, nivel escolar y ocupación. Mientras que la tolerancia hacia los comportamientos antisociales, usos y costumbres, permisividad en el consumo de drogas legales e ilegales, falta de grupos de apoyo social, grupos de presión, niveles de violencia, son algunos de los principales factores de riesgo ambiental.
El de las adicciones es un problema complejo que, desafortunadamente, ha alcanzado a la población adolescente, y, menor grado, a la infantil. En un taller que impartía sobre el tema, para evidenciar la dimensión del problema, un par de participantes mencionaban haber sido testigos en más de una ocasión a papás o mamás dándole sorbos de cerveza a su hija o hijo de tres años de edad.
Es un hecho que el consumo de tabaco y alcohol (práctica milenaria) se ha normalizado. El problema es que ha ocurrido de manera indiscriminada, pudiendo llegar a escenas como las arriba descritas, así como a otras donde los padres incitan al consumo de alcohol bajo la justificación de que ellos, los papás, les están enseñando a beber adecuadamente a sus hijas o hijos: “prefiero que tome en casa conmigo para enseñarle cómo se hace, a que lo haga afuera”. Expresión cargada de contrasentido, pues ningún padre debería “enseñar” a tomar alcohol mientras su hijo o hija es menor de edad, debido a que es dañino para un cuerpo y un sistema nervioso que está en proceso de maduración. Por eso es que los envases ostentan la leyenda: “el abuso en el consumo de este producto es nocivo para la salud”.
Y si lo anterior no es un motivo suficiente, existe otro del orden formal-jurídico: está prohibido en la Ley General de Salud, la cual en su artículo 220 menciona que “en ningún caso y de ninguna forma se podrán expender o suministrar bebidas alcohólicas a menores de edad. La violación a esta disposición será equiparable con el delito de Corrupción de Personas Menores de Dieciocho Años de Edad o de Personas que no tienen Capacidad para comprender el Significado del Hecho o de Personas que no tienen Capacidad para Resistirlo”.
Los padres no pueden decidir dar a probar bebidas alcohólicas a sus hijas o hijos, ni para enseñarles a tomar, ni por ningún otro motivo. La ley lo prohíbe. No respetarla implica corrupción. En todo caso, su papel es enunciarles la ley y enseñarles a respetarla.
No olvidemos que los estudios en el tema indican que el consumo de una sustancia lleva a otra de mayor efecto e intensidad: el consumo de tabaco puede llevar al consumo de alcohol, el consumo de alcohol al consumo de drogas más duras y peligrosas.
Digamos no al consumo de tabaco y alcohol, para después no tener que recurrir a la rehabilitación de la adicción. Es más fácil, viable, económico y sano prevenir que rehabilitar.