Parentalidad y buenos tratos • Mitos sobre la adolescencia • Gaudencio Rodríguez

“…en función de nuestras creencias hacia esta etapa de vida, los acompañamos en su proceso de crecimiento…”

Parentalidad y buenos tratos • Mitos sobre la adolescencia • Gaudencio Rodríguez

La etapa de la adolescencia suele estar cargada de mitos, prejuicios y estigmas. Estos suelen tener mucho peso en sus vidas, debido a que en función de dichos mitos y prejuicios los educamos; en función de nuestras creencias hacia esta etapa de vida, los acompañamos en su proceso de crecimiento.

Algunos de mitos que gozan de vigencia son:

  • La adolescencia es una etapa de rebeldía y conflicto total.
  • Las personas adolescentes tienen un pensamiento desordenado que se traduce en conductas del mismo tipo.
  • - Sólo les gusta divertirse y no muestran interés por participar de la vida social, política, cultural, etcétera.
  • - Son muy egocéntricos, solo piensan en ellos mismos.
  • - No les gusta esforzarse, sino que buscan lo fácil y rápido.

Pero, ¿es verdad todo lo anterior? No es cierto. Por supuesto que existen algunas personas adolescentes con las características arriba mencionadas, pero afortunadamente los estudios en el tema indican que la mayoría de ellas y ellos transitan esta etapa de vida sin mayores problemas, sin desviarse hacia la trayectoria de desarrollo psicopatológica.

Vale decir que algunas de las características arriba mencionadas suelen ser vistas de manera negativa por el mundo adulto cuando en realidad son manifestaciones de crecimiento o diferenciación, simplemente. Por ejemplo, la rebeldía. Sí, existen situaciones ante las cuales es necesario rebelarse al ser opresivas, discriminadoras o injustas. Situaciones que ahí han estado siempre, pero que la inmadurez y dependencia natural de la niñez impide rebelarse. A manera de ilustración podemos mencionar los estilos autoritarios basados en los castigos, regaños, gritos, amenazas y otras formas de disciplina humillante ante los cuales es difícil oponerse en la infancia, siendo en la adolescencia donde se abre la posibilidad de cuestionar el ejercicio de autoridad y de rebelarse a los estilos maltratantes. Esto es algo bueno. Sin embargo, la cultura adultocrática lo ve como falta de respeto, como rebeldía sin causa, etcétera.

Manifestar una dosis de egoísmo, impulsividad, deseo de diversión, o desmotivación es algo que hasta a los adultos nos sucede en función de lo que acontece en la vida cotidiana. Lo que pasa es que a las personas adolescentes se les estigmatiza cuando manifiestan este tipo de actitudes, en lugar de aceptar que en determinadas dosis es algo totalmente humano, pues no existe una persona —ni adolescente ni adulta— que todo el tiempo sea cooperadora, organizada, participativa de la vida social, motivada, proactiva, etcétera. Vibramos al son del acontecer de la vida.

En realidad, el problema estriba en que las personas adultas no les damos un lugar claro y suficiente en la sociedad a las y los adolescentes; tampoco les permitimos expresarse y ser ellas o ellos mismos. Y esto sí que intensifica o agrava sus comportamientos y actitudes.

Al crecer en una cultura adultocéntrica y adultocrática como la nuestra, es decir, una cultura donde se considera que son las personas adultas quienes saben de la vida y es su palabra la única que importa, así como también tienen el poder casi monopolizado en las relaciones con las personas adolescentes, estas no encuentran espacios suficientes para ser escuchados, para que sus opiniones sean tomadas en serio. Lo cual genera frustración, impotencia, resentimiento, etcétera.

Tener voz y espacio en la sociedad es uno de los derechos fundamentales hecho norma en la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.

Sin lugar a dudas, somos las personas adultas quienes debemos reeducarnos en un enfoque de derechos humanos. Porque debemos reconocer que no tuvimos la fortuna de vivir una infancia y adolescencia donde nuestros derechos humanos estuvieran garantizados, de ahí que hoy siendo adultos nos sea difícil educar a las nuevas generaciones con este enfoque, aunque tal tipo de educación sea una obligación jurídica.

Necesitamos reeducarnos para educarlos ya no como objetos de nuestra propiedad (como fuimos considerados y formados en nuestra niñez y adolescencia), sino como sujetos de derecho. Y de esta manera facilitar su proceso de desarrollo en lugar de obstaculizarlo.

También es necesario conocer lo que se puede esperar en la etapa adolescente para no hacernos expectativas irreales que los estresen y nos estresen a quienes les criamos. De esta manera el proceso de educación y acompañamiento no será algo que se padezca, sino una experiencia edificante y hasta divertida.

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