Parentalidad y buenos tratos• El trabajo con niñas y niños víctimas de violencia • Gaudencio Rodríguez

“…no podemos ser indiferentes al sufrimiento humano. El día que ya no nos afecte su dolor será un buen momento para cambiar de ruta…”
Parentalidad y buenos tratos• El trabajo con niñas y niños víctimas de violencia • Gaudencio Rodríguez

Gracias a Ediciones La Rana, de la Secretaría de Cultura de Guanajuato, recientemente tuve la oportunidad de presentar en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara mi libro: “Verdades de la adopción”.

Más que una presentación, se trató de un conversatorio sensible, íntimo y profundo. Todo gracias al claro e informado comentario del T.S. Francisco González adscrito a la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes del estado de Jalisco, a la escucha y participación de las y los asistentes, así como a sus comentarios en corto a la hora de la firma de su respectivo libro.

La conexión con la gente producto del interés común hacia el tema, su atención y sensibilidad, me hizo sentir en confianza y posibilitó que pudiera compartir/me.

Una estimada colega que no pudo estar ahí me preguntó con curiosidad genuina: “¿qué te preguntaba el público? Cuéntame”. Esta fue parte de mi respuesta:

Un señor, después de escuchar atentamente la situación de las niñas, niños y adolescentes privados de cuidados parentales y que viven en las casas hogar o instituciones residenciales, con desesperación y elocuencia dijo que cada político y funcionario público debería tener un ejemplar de mi libro y ponerse a trabajar en la resolución de sus problemas.

Una psicóloga agradeció, de manera muy honesta y sentida mis aportes que por años he hecho al tema de la adopción y a la causa de la las niñas, niños y adolescentes en situación de violencia y vulnerabilidad que, agregó, le han servido para ser mejor profesional.

También peguntó si se pueden revertir las consecuencias de los malos tratos que esta población vive. Mi respuesta fue afirmativa: “afortunadamente la plasticidad cerebral permite enunciar una respuesta positiva en la medida que los sistemas de protección y las y los tutores de resiliencia hagan su aparición de manera pronta y sensible. Esto sin dejar de advertir que la resiliencia también tiene su límite, por lo que, si el daño es crónico, profundo y no hay activación de los sistemas de protección, ciertos daños pueden ser irreversibles.

Un joven psicólogo, preparando el terreno me advirtió que su pregunta era más personal: “¿cómo le haces para mantener una actitud proactiva y propositiva después de muchos años de atender víctimas de violencia, para no perder la esperanza, para seguir trabajando en ello?” Su curiosidad honesta estimuló mi respuesta trasparente y espontánea: “enfermando un poco”, dije. Luego de pensarlo unos segundos amplié mi respuesta: acudiendo a la supervisión de la práctica profesional, así como a espacios psicoterapéuticos y de autoconocimiento; fortaleciendo los vínculos afectivos con familiares y amigas y amigos; conectando con la vida; procurando mantener espacios y actividades de interés.

La pregunta de mi joven colega era muy estimulante. Y, como suele pasar, invitó a un ejercicio de rápida autoexploración y recuento de la propia práctica. ¿Qué más he hecho para no tirar la toalla? Tomarle distancia al objeto de estudio, a la atención de víctimas. ¿De qué manera? Estudiando sobre el tema para tener conceptos teoría y técnica que permita mayor pericia y comprensión sobre el trabajo. Escribiendo sobre la experiencia acumulada y el entendimiento logrado. Lo cual después permite plasmarlo en un libro que puede ser presentando ante un público como ante el que estuve en la FIL y ver sus rostros de sintonía, así como recibir sus palabras y muestras de gratitud por lo que mis aportes les han ayudado, significado y aportado a sus vidas.

En este sentido, una mujer me contaba mientras le dedicaba su respectivo libro lo siguiente: “yo soy una mamá adoptiva y quiero agradecerte todo lo que publicas, me ha sido de mucha utilidad…”. Lo más conmovedor fue cuando su hija de nueve años la interrumpió para decirme con orgullo: “yo soy su hija adoptiva”, y poniendo en mi mano un separador de libros, me dijo con seguridad y firmeza: “escríbeme aquí lo que les escribiste a las personas en sus libros”; se refería a las dedicatorias que me vio escribir en cada uno de los libros. Claro que le escribí unas palabras de afecto. Faltaba más.

Existe otro elemento que mantiene mi motivación para trabajar en este tema tan doloroso para cualquier profesional de la salud mental. Se trata del impacto positivo que tiene en nosotros los y las profesionales cuando contribuimos a la recuperación de las víctimas. Me refiero al aprendizaje e inspiración que nos deja el ser testigos de su manera de afrontar y superar la adversidad y salir fortalecidas, así como de aprovechar aquello que el entorno les ofrece. Se le llama resiliencia vicaria. Es un proceso donde al fortalecer al otro con nuestra labor, también nos fortalecemos; al contribuir al mejoramiento de su existencia nos convertimos en mejores personas; al escuchar sus historias de vida resignificamos y revaloramos la propia… De ahí mi gratitud hacia las niñas, niños y adolescentes que me han permitido acompañarles en su metamorfosis.

Más nos vale asumir que al trabajar en el terreno de la atención a víctimas de violencia, aun tomando las respectivas medidas preventivas de autocuidado, por momentos podremos salir raspados, pues no podemos ser indiferentes al sufrimiento humano. El día que ya no nos afecte su dolor será un buen momento para cambiar de ruta.