Paz en tiempos de guerra

Paz en tiempos de guerra


Amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,

Octavio Paz, Piedra de sol  (fragmento).

 

Preferiría que el día no acabara. Pero siempre lo hace. Las fiestas se terminan más rápido de lo que uno tarda en nombrarlas, aunque el nombre de la fiesta sea tan corto como: Paz. Es ya 31 de marzo por la tarde, el último de los días. El natalicio de Octavio Paz fenece mientras estas letras van apareciendo. Es mi fortuna pensar que no soy yo quien lo está haciendo fenecer, pero sí debo, antes de que caiga del todo el sol, decir una palabra sobre el gran poeta.

Por ahora no me ocuparé de su poesía, lo han hecho ya los que sí saben de eso. Tampoco lo haré sobre su escaso teatro, porque otros lo montan mejor que yo. Sí me ocuparé, en cambio, de su moral en tiempos de crisis. De eso toca hablar porque se nos está perdiendo la ruta, porque los grandes poetas no sólo escriben versos, también los cantan o lloran por las calles diciéndonos hacia dónde está la luz.

En el caso de Octavio Paz, reconozco en su biografía un episodio de todos conocido pero que ahora viene a cuento. En 1968, el escritor llevaba (como él mismo lo entendía), seis años renaciendo en la India.  Fungía como embajador de México en aquellas lejanísimas tierras, pero no por ello alejado de su origen. Se entera pues de la vergonzosa represión estudiantil por parte del presidente Gustavo Díaz Ordaz, y su indignación fue inocultable.

Ya en comunicaciones previas, Paz había leído los signos de sus tiempos y así escribió al Secretario de Relaciones Exteriores el 6 de septiembre del 68: "Todo es problema de tiempo: una evolución demasiado lenta o una suspensión de la movilidad social, pondría en crisis la estructura misma de la sociedad mexicana..." El aviso estaba en la mesa. Como un oráculo que desde lares orientales llega como una flecha sin dudas, las palabras de Octavio Paz parecían dar aviso de cuanta tragedia se vendría poco tiempo después. Y efectivamente, cayeron las balas, calló el diálogo, se impuso la fuerza, el cambio al fin (me rehúso a compartir la opinión de que el 68 fue estéril), tuvo que venir como tantos otros después del rabioso choque de trenes.

Apenas dos días después de la tragedia, Paz envía una comunicación urgente y confidencial al Secretario de Relaciones Exteriores: "...sea por culpa del Estado o de los grandes intereses económicos que se han apoderado en nuestro país de esos medios, el diálogo ha desaparecido casi por completo de nuestra vida pública. (...) No quisiera decir aquí, en donde he representado a mi país por más de seis años, lo que no tendré empacho en decir en México: no estoy de acuerdo en lo absoluto con los métodos empleados para resolver (en realidad: reprimir) las demandas y problemas que ha planteado nuestra juventud...". Tomó sus cosas y salió de escena.

Siempre me ha parecido que la poesía es la palabra más poderosa que el hombre ha creado. Sólo hay algo más poderoso aún: un poeta que diga "esta boca es mía". Quede este testimonio como lección moral para aquellos que, viendo cómo se desmorona su país por culpas propias o ajenas, siguen embarcados como ladrones hasta que puedan saquear lo que quede. Cuántos diplomáticos, políticos y hombres de poder debieran haber ya renunciado por dignidad. Descanse en Paz el aguerrido hacedor de palabras y sentidos.

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