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Amores, odios y barro

Agustín Sánchez González

Amores, odios y barro

¿Se puede odiar cuando la vida te ha entregado de muchas de las cosas que muchos no tienen? Es decir, ¿se puede pensar en odios cuando, sin ser cristiano ni de ninguna religión, se entiende que somos, o debiéramos, ser iguales? ¿Se puede odiar tras pensar como escribió Shiller: “sobre la bóveda estrellada tiene que vivir un padre amoroso”?

La vida es complicada. Alguna vez, estaba en psicoanalisis, le llamé desesperado al doctor, me sentía muy mal, muy deprimido, tal vez era en estas fechas, no recuerdo. Lacónico, me repondió: “Muérete”. ¡Queeeeeeeeeeeeee! “Si, muerete, sólo así resolverás tu vida”. Me dejó frío.

Otra lección la leí en no me acuerdo qué libro. Una niña a quien nadie quería en el orfanatorio fue a esconder una caja en el jardín, tras hacer un hoyo. Otra niño chismosa, de esas que nunca faltan, la acusó y la maestra fue a buscar que había: abrió la caja y leyó en un papel: a quien quiera que lea esto: le amo.

Es lo que falta en una sociedad desangelada, egoísta.

Amar a nuestros semejantes, darte cuenta que todos somos iguales, que nadie es diferente, aunque nos empeñemos en demostrarlo.

Hace unos días leía con tristeza el asesinato perpetrado en Monterrey al arquitecto Eliseo Garza Salina, director del Museo de Historia Mexicana, un hombre dedicado toda su vida a la promoción del arte y la cultura, un convencido de que sólo el amor, porque las expresiones artísticas lo son, podría derrotar a la violencia, al odio, y entonces como una réplica llegó el odio: unos seres irracionales lo asesinaron a sangre fría.

No he dejado de pensar en su sonrisa, no he dejado de pensar en su mirada, no he cesado de reflexionar y de tratar de entender la irracionalidad de la ira, del odio.

Amor y odio son parte de la complejidad humana.

No me imagino un mundo sin ambos sentimientos, por desgracia.

Tampoco me imagino un mundo de paz y amor como proclamaban los hipies setenteros que terminaron siendo unos gringos gordos tomando CocaCola.

Sí creo, aún creo, que el mundo puede ser mejor si se accede a la cultura, si los libros son habitables para todos, y la buena música (popular, rock, clásica, pero de calidad) asoma en un pesero y la escultura aparece “casualmente” por las calles, lo mismo que la pintura, en fin, para actualizar los términos, si la vida fuera menos face y más book.

“Sólo el amor  –cantaba el viejo Silvio, convierte en milagro en barro”.

De ese barro, cuenta la leyenda, nació el ser humano, nacimos todos y aunque hay barros que se solidifican y, por ende, son incapaces de abrazar, hay otro, un barro capaz de crear corazones, erigir seres humanos capaces de forjar el hierro con que se fabrica el azadón que servirá para sembrar por un mundo diferente donde prolifere el amor y logre aminorar, que no extinguir, ello sería imposible, el odio.

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