lunes. 03.10.2022
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Monstruos en technicolor

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Monstruos en technicolor

Reza un lugar común que el cine es la fábrica de los sueños y que el género del terror es la representación de nuestras pesadillas y miedos inconfesables. Siguiendo esta línea de razonamiento, entonces no es raro imaginar que dentro de este universo tan característico, todo, absolutamente todo, es posible, por raro o excéntrico que pueda parecer.

Uno de los temores más inverosímiles que manifiesta la naturaleza humana a través de la pantalla de cine, es la de enfrentar nuestra enclenque condición contra un monstruo generalmente de tamaño descomunal, creatura que suele vivir en ecosistemas no aptos para la supervivencia de nuestra especie (King Kong. 1933; Tiburón. 1975; Alien, el Octavo Pasajero. 1979)… o por otro lado, algunas de estas bestias pueden tener origen a través de un desastre nuclear y la contaminación de tipo industrial, adquiriendo gracias a estos atentados, una dimensión antinatural que les permite arrasar con cuanta ciudad o cristiano se les ponga en el camino, transformándose en seres de características casi indestructibles (Reptilicus. 1961; Alligator. 1980; El Huésped. 2006; Cloverfield. 2008).

Una especie cercana al homo sapiens, a saber porqué, puede llegar a adquirir un tamaño monumental (Yeti, el abominable hombre de las nieves. 1977) y sembrar el caos y la destrucción de manera exponencial como si se tratase del mítico Godzilla (1954). O bien, ser simples criaturas de la naturaleza que formando hordas gigantescas, constituyen una seria amenaza para los pequeños pueblos ubicados en los confines de la civilización e incluso para una que otra urbe cosmopolita (Los Pájaros. 1963; Ben, la rata asesina. 1972; Enjambre. 1978; Piraña. 1978) y del medio donde prosperan, a pesar de la intromisión de la raza humana que ha osado invadir su hábitat natural para instalar las comodidades de la civilización urbana (Marabunta. 1954; Wolfen. 1984).

Algunas representaciones bestiales y otras no tanto, pueden tener un origen místico, religioso, o provenir de una extraña dimensión paralela a nuestro mundo (El Golem. 1920; The Relic. 1997; The Mist. 2007; Dreamcatcher. 2003), ser producto del avance científico cuyo experimento se sale de control por no regirse bajo un marco ético, de rigor científico o de sentido humanista (Frankenstein. 1931; Splice. 2009). En otras ocasiones, estos ensayos han sido creados para ser explotados en una hipotética industria militar (La Mancha Voraz. 1958, remake en 1988; Piraña 2 Asesinos Voladores. 1981), para librar a las sociedades modernas de plagas y enfermedades transmitidas por insectos, alterando la estructura genética de algunos especímenes, convirtiéndose en engendros depredadores de la raza humana (Mimic. 1997), o de plano para un lucrativo entretenimiento temático que se escapa de las manos (Parque Jurásico.1993).

El terror suele presentar formas indefinidas y logra encarnarse en una entidad extraterrestre multiforme, capaz de desintegrar un microcosmos social en un lapso de horas y poner en peligro a la humanidad entera por vía del contagio exponiencial, recurriendo a mecanismos como la fagocitación celular (Contaminación. Alien invade a la tierra.1980; La Cosa del Otro Mundo. 1982; Monstruos: Zona Infectada. 2010). Otra variante alienígena adquiere la forma de animales reptantes que se introducen en cadáveres para reanimar al mayor mito clásico de las creaturas del imaginario colectivo: una especie de zombi carente de un cerebro funcional, de naturaleza violenta y que amenaza al estatus quo llevándola a su extinción (remakes en 1978, 1993; El terror llama a tu puerta. 1986; Criaturas Rastreras. 2006). El alienígena puede ser fruto de las más bajas pasiones terrestres, entes que se alimentan de las emociones y la fuerza vital de sus víctimas en una especie de vampirismo sideral, sembrando el caos y la destrucción en las sociedades modernas, cuya milicia no sirve para gran cosa (Los Usurpadores de Cuerpos. 1956; Lifeforce. 1985).

El monstruo puede ser creado por vía de la imaginería de la cosmogonía helénica (el Kraken de Furia de Titanes. 1982, remake 2010), instrumento de exterminio desatado por la ira de los dioses para hacer pagar sus pecados y expiar las culpas a los habitantes de un pueblo que ha caído de la gracia de seres superiores. Un horror medieval y consignado en múltiples leyendas (Dragonslayer, 1981) encarnado en una bestia magnífica y despiadada, despierta de su letargo. Infinidad de dragones llevan al holocausto a la humanidad entera, creando nuevas sociedades feudales y hacinadas en vetustos castillos sobreviviendo a duras penas, con el hambre y el temor en muecas de desolación (Reign of Fire. 2002).

El mecanismo de protección y supervivencia de varias criaturas es la capacidad de mimesis que utilizan para ocultarse de los ojos de sus potenciales cazadores (Predator. 1987), ser un vegetal en apariencia inocuo y que esconde sus instintos caníbales a más no poder, manipulando a su antojo a su propio jardinero (La Tiendita del Horror. 1960; El Ataque de los Tomates Asesinos. 1978), o bien disfrazarse de una cariñosa mascota de tamaño minúsculo, a pesar de ser una especie desconocida por la comunidad científica y poseer mecanismos de reproducción parecidos a la mitosis celular (Los Gremlins. 1984; Critters. 1986) que sólo engendrarán ejércitos de clones con ánimos destructivos, por descuido de sus amos.

Los monstruos no sólo residen dentro del closet de las habitaciones de nuestros hijos (Monsters, Inc. 2001); pueden estar ocultos en los lugares más insólitos, como en la pantalla de la televisión o en los cimientos de nuestro hogar (Poltergeits. 1982, Evil Dead. 1981). Otros engendros manifiestan una capacidad de adaptación fuera de la norma; incluso pueden sobrevivir en cualquier lugar, ya sea en climas extremos o en el subsuelo de parajes desérticos y atacar a plena luz del día (Tremors. 1990).

Sin embargo, la representación más inquietante del monstruo cinematográfico proviene de la humanidad misma, es decir, del hombre que se transfigura en su propia pesadilla, donde incluso puede llegar a convertirse en una especie de azote de corte mesiánico; entre los más explotados: en la figura de un asesino serial oculto en la densidad de las sombras propio de los suburbios norteamericanos de clase media (Psicosis. 1960; Henry: retrato de un asesino en serie. 1986; Silence of the Lambs. 1991; Seven. 1995; Zodiac. 2007). Existen otros homicidas que además suelen poseer algunas características sobrenaturales que los vuelven invulnerables a las defensas histéricas de sus víctimas como Michael Myers (Halloween. 1978), Jason Voorhes (Viernes 13 Segunda Parte. 1981) o Freddie Krueger (Pesadilla en la calle del infierno. 1984). El acoso se vuelve estremecedor y sin posibilidad de escape por culpa de los muertos vivientes, seres reanimados por causas inexplicables que pueden transmitir su condición a los pocos vivos a través de una especie de contagio exponencial (La Noche de los Muertos Vivientes. 1968; Rabia. 1977; Exterminio. 2002; Resident Evil. 2002).

El monstruo oculto bajo la frágil epidermis puede salir a la superficie debido a una posesión de tipo demoniaca, con una capacidad para la blasfemia y violencia que raya en lo obsceno (Evil Dead. 1981; Demons.1985). Esta misma entidad mefistofélica puede no tener presencia física y ser una fuerza abstracta que siembra y contagia temores primarios, como la paranoia colectiva en un grupo científico que presencia, estupefacto, las señales del apocalipsis anunciando la llegada de Luzbel para sumir al mundo en una era de oscuridad perpetua (Prince of Darkness. 1987). El diablo a nuestro lado a través de la potencia de los motores de cilindros V8 (El Auto. 1977. Christine. 1983). O evidenciar su presencia en la intimidad de nuestros hogares, en la placidez del sueño, volviendo un caos la cotidianidad, violando a placer la cordura y exhibiendo nuestra total indefensión (Actividad Paranormal. 2007), mancillando la capacidad de razonamiento además de la fragilidad femenina (El bebé de Rosemary. 1968; El Ente. 1982; Incubus. 1982).

Nuestro vecino puede ser la manifestación de una maldad de tipo pagana e incluso religiosa (Drácula. 1931; El Exorcista. 1972; La Profecía. 1978; Noche de Miedo. 1985) o ser nosotros mismos, sacando a flote la parte más inhumana de nuestra propia herencia bestial a través de una maldición de carácter folklórico, la manipulación genética con fines perversos o el retorno al origen primitivo por vía de psicotrópicos chamánicos (El Hombre Lobo; 1941. Humongous. 1982; Estados Alterados. 1980). O bien mutando la constitución orgánica para convertirse a través de la fusión cromosómica y la descomposición de la carne, en un verdadero fenómeno repulsivo, sin perder del todo la conciencia que nos reitera la humanidad perdida (La Mosca. 1958. Remake. 1986). Los muertos, nuestros muertos pueden ser utilizados como instrumentos de una venganza de carácter sobrenatural (La Máscara del Diablo. 1960. Las Momias de Guanajuato. 1970). La magia negra, el esoterismo y la brujería como llave de entrada a un universo de degradación moral (The Craft. 1996; El Libro de Piedra. 1969) o el fantasma que regresa para ajustar cuentas con los vivos (Hasta el viento tiene miedo. 1968, The Changeling. 1980).  

Toda esta breve galería de aberraciones de la naturaleza quizá sean las manifestaciones más socorridas de una pequeña parte de nuestros temores primarios; creaciones ficticias que se generan desde el inconsciente colectivo y que el cine se ha encargado de explotar y perpetuar a través de la historia; psique obsesiva que sigue estando presente en lo más recóndito de nuestras almas; imágenes de antología que se han encargado de recordar la fragilidad como parte de un universo delirante y excesivo; monstruos surgidos de un universo genérico despreciado y ninguneado por la crítica que presume seriedad y que, sin embargo, perdurarán en el imaginario popular para atormentarnos hasta el fin de los días…

Facebook: Gerardo Mares Rodríguez; Twitter: @geracido2011; e-mail: gerardomares_08@hotmail.com

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