lunes. 20.09.2021
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La ejecución en Albert Camus: El mal en el cuerpo

Rodrigo Díaz Flores

Tachas 09
Tachas 09
La ejecución en Albert Camus: El mal en el cuerpo

El libro de ensayos El mito de Sísifo es una obra cuyo peso en las novelas de Camus es evidente, es posible incluso decir que la teoría que se plantea ahí es de un pensamiento cuya práctica se realizó principalmente en la novela El extranjero. Sus publicaciones fueron casi simultáneas, en 1942, y que al respecto ya Sartre ha tratado con especial maestría esta relación entre ambos textos.[1] Las primeras páginas de tales ensayos establecen una tajante propuesta: el interés realmente serio de la filosofía es el suicidio. “Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la vida”[2]. Es con esta breve sentencia con la que abre las reflexiones del libro, que al principio podemos interpretar como una afirmación segura y sin titubeos, palabras que arrasan con lo dicho en torno a la filosofía y replantean lo fundamental.

¿Realmente vale la pena vivir? Así se nos muestra en forma de ensayo una de las preocupaciones que en forma de literatura encontramos en la mayoría de sus obras. Al lado del suicidio hay muchas otras preocupaciones sobre las que también se discute y que emanan de la misma raíz: la pena de muerte y el asesinato indiferente. Ambos problemas se plantean preguntas en torno al valor de la vida del hombre. En cada uno está la figura del asesino, en una es el Estado quien mata, que a través de justificaciones jurídicas e incluso filosóficas, legaliza la ejecución, haciéndola moralmente aceptable. La discusión gira en torno a si el valor de un hombre es tal que sus crímenes, por lo terribles, son capaces de anular ese valor hasta hacer “humano” o siquiera “aceptable” el castigo de ejecutarlo. Eso en cuanto a la pena de muerte, mientras que en cuanto al asesinato indiferente también es discutido el valor de un hombre, valor tan bajo que no provoca ningún remordimiento en el asesino. No vale la pena sentir nada por una persona, pues no es tan valiosa una vida. Los dos problemas justifican, cada uno por sus medios, el hecho de que el asesino quede exento por completo de culpabilidad. Los protagonistas, respectivamente, son el Estado y el hombre absurdo, Meursault, por ejemplo, el personaje de El extranjero, quien mata un árabe sin conmoverse.

Para Camus la ejecución, como antagonista directa del suicidio, viene también acompañada del problema fundamental de la filosofía, pero se manifiesta en forma distinta. Implica que alguien más decida sobre tu vida, y es entonces la pregunta que se plantea: ¿Vale la pena castigar y matar y, por consiguiente, ¿vale o no la pena la vida? Esta obsesión nació quizás en la infancia de Albert, como nos lo dice en El primer hombre, una autobiografía literaria, cuando su madre con indiferencia le cuenta al pequeño Jaques Cormery una anécdota de su padre, sobre cómo la ejecución pública de un criminal famoso lo sacudió terriblemente de por vida. El semblante lívido y la cara pálida fueron consecuencias del trauma, incluso varias veces por la noche se levantó a vomitar. De niño y hasta llegar a una edad adulta el horror de una ejecución que no vivió lo perseguiría hasta en sueños. “Alimentó durante años la misma angustia que había trastornado a su padre y que éste le legara como única herencia evidente y segura”[3].

No es de sorprenderse que existan referencias a la ejecución en otros de sus trabajos literarios. En La peste[4] Jean Tarrou habla también del fantasma de la ejecución que lo persigue: descripción idéntica a lo que vivió el padre del pequeño Jaques, y por si fuera poco nos encontramos con Meursault en El extranjero, que cuando su madre le cuenta sobre su padre comenta lo traumática que fue la experiencia de presenciar una ejecución pública. También en Calígula, un guión de teatro, aparece recurrentemente la ejecución como pretexto de análisis filosófico. La ejecución tortura a Camus desde sus sueños hasta sus obras.

        Para acercarnos a nuestro tema es necesario plantearse algunas preguntas: ¿Cuál es la función de la ejecución en una sociedad? ¿Por qué hacerla pública? ¿Quién es el condenado? ¿Y el verdugo, por qué anónimo? ¿Quién es esa criatura gigantesca que conforma al espectador, esa masa también anónima que al unísono exige que rueden cabezas? Estas cuestiones tienen que ver con el rol de cada elemento dentro del ritual que conforma la ejecución. También es importante mencionar el enfoque más adecuado para enfrentarse a un tema tan polémico. ¿Es conveniente enfocar el análisis hacia discutir la moralidad, es correcto asesinar a alguien para “educar” la sociedad a través del castigo?[5] Creo que por existir muchísimos debates sobre ese punto sería más productivo descubrir por medio de qué premisas se lleva a cabo este ritual, qué procesos lo componen y en su totalidad juzgar qué visión sobre el castigo y la muerte se puede construir. Descubrir opuestos como culpable e inocente, verdugo y condenado, el bien y el mal, si es que estos establecen límites claros.

Es preciso tener en mente que la ejecución es una manifestación cultural y social, producto de una sociedad determinada, por lo que los valores que le asignemos a las partes de este acontecimiento dependen mucho del contexto en el que se desenvuelven. Aunque parece que en Occidente, de una época a otra, encontramos similitudes: justo sesenta años después de que en el Concilio de Letrán se hizo oficial la existencia del diablo, en 1275 se quema por primera vez una mujer acusada de brujería en Toulouse. Hoy, en pleno 2013, queman en una pila de basura a una mujer en Nueva Guinea acusada por el mismo delito que su compañera medieval. Los siglos las separan, pero ambas comparten una hermandad histórica que las acerca y las vuelve contemporáneas no de una época, sino de un castigo. El fuego las purifica y sólo el proceso tendrá éxito si se extermina la vida por completo, se combate a otro fuego interno: el diablo. No comparten crímenes exactamente iguales pues sus contextos difieren, pero comparten que su sociedad haya decidido convertirlas en el monstruo de la encarnación del mal: la bruja.

Se requeriría mucho trabajo pero podría ser muy interesante hacer una historia de la ejecución, la cosmovisión que la produce y los procesos que trabajan en ella para llegar al fin común: el asesinato justificado, con la ley, ya sea ley política, jurídica, ideológica o religiosa. Desde las momias egipcias, pasando por la cicuta griega, las ejecuciones en el foro romano, la crucifixión de Jesucristo, el ejecutado más famoso del mundo, los sacrificios prehispánicos, que nos hacen pensar en un dios sediento que pide sangre para calmar los males que nos manda, las brujas en la hoguera, la guillotina, la horca y la muerte por los mil cortes en Oriente hasta los descabezados del narcotráfico en México. Un libro que resulta muy revelador y que es de enorme utilidad para llevar a cabo la tarea de construir una historia de la ejecución es Vigilar y castigar, de Michel Foucault, en donde se analiza el desarrollo de la concepción del cuerpo y la pena de muerte del siglo XVIII en adelante, los cambios que llevaron de los métodos más terribles para matar, hasta la guillotina y la paulatina abolición del suplicio en Europa del siglo XIX.

Por la magnitud de dicha tarea, que Foucault y otros autores han avanzado en gran medida, es prudente analizar en este ensayo sólo algunos ejemplos de la historia de la pena de muerte, y hacerlo con el fin de hablar, más concretamente, sobre los procesos y valores manejados en El extranjero de Albert Camus, una obra dedicada a la ejecución.

El proceso jurídico que va de la mano siempre de lo moral, en El extranjero adquiere toques que nos invitan al análisis. Meursault confiesa desde un principio su autoría del asesinato, por lo que el proceso jurídico en el que se ve envuelto no va enfocado a determinar la culpabilidad, a través de pruebas y testigos, sino que una vez clara su condición de asesino se procede a establecer la intensidad del castigo. Para esto es necesario y casi obligatorio descubrir la maldad dentro del criminal, ya no la maldad dentro del crimen en sí mismo. Por esta razón muchos de los argumentos en contra del acusado giran en torno a su actitud frente al crimen. La indiferencia y lo absurdo en las explicaciones de Meursault ante el juez instructor son motivo de considerar aplicar todo el peso de la ley.

Mató al árabe porque hacía calor, entre el primer disparo y los cuatro siguientes, explica en un interrogatorio, hubo un espacio de tiempo. El juez se queda pasmado, el asesinato no ocurrió bajo los efectos de la euforia ni de odio, tampoco hubo premeditación, la reflexión del asesino al disparar. Parece paradójico pues donde no hay euforia es de suponerse que haya análisis, pero en Meursault no hay ninguno de los dos, lo hace naturalmente, con indiferencia. La afirmación de que lo cometió a causa del calor se hace convincente cuando leemos el fragmento de la playa, donde el molesto ambiente húmedo y caluroso, y para colmar la luz del sol que refleja el cuchillo del árabe sobre nuestros ojos hacen creernos como consecuencia instintiva y natural disparar el gatillo. Nos metemos en sus circunstancias y podríamos decirle al jurado en su defensa: “Ustedes no estaban ahí, por eso no lo entienden. ¡Hacía calor!” Con el mismo sentido y empatía con que Salamano dijo en su testimonio: “Hay que comprender, hay que comprender”. Aunque nadie pareciera comprender.

La búsqueda del mal en Meursault no termina y el jurado excede los límites del propio crimen, con lo que intenta configurar una imagen más clara del asesino a través del análisis de otros aspectos externos, su indiferencia no sólo ante el asesinato sino ante la vida. El Procurador dice haciendo un elogio al sentido común: “Señores jurados: al día siguiente de la muerte de su madre este hombre tomaba baños, comenzaba una (relación) irregular e iba a reír con una película cómica. No tengo nada más que decir.”[6] Tal afirmación nos hace pensar en lo incompatible que es la cosmovisión de Meursault con la del hombre promedio, que en este caso es representado por un miembro del poder jurídico. Habla como si sus palabras fueran una prueba clara y contundente de la presencia del mal, por lo tanto su postura aprueba la máxima condena.

Por un momento parece que no se persiguen los actos reprobables que pudiera cometer un ser humano sino la maldad que encarna. Al decir esto es inevitable recordar el papel de la bruja en las sociedades del Renacimiento, que Esther Cohen nos resume: “A falta de un cuerpo que certifique la existencia material del diablo y sus maleficios la bruja viene a colmar ese vacío espacial.”[7] Sucede lo mismo en la novela de Camus, y hasta se nos presenta de manera literal cuando el juez instructor, encargado de interrogar varias veces al condenado le dice después de una de las sesiones con una palmada en el hombro: “Basta por hoy, señor Anticristo.”[8] Se empieza poco a poco a colocar a Meursault en un privilegiado lugar en el que las sociedades suelen colocar al enemigo: el otro, el bárbaro, el extranjero.

La maldad en Meursault no es maliciosa, es un hombre absurdo[9] cuyos valores no coinciden con los valores cristianos en los que se basa la moral en el jurado, o si se quiere, con los valores del Contrato social, obra de Rousseau a la que Camus le dedica reflexiones en El hombre Rebelde. Es más aún, Meursault no tiene parámetros con los que juzgar nada porque nada en él incita sentimientos, la indiferencia es su reino y ese desinterés lo hace libre en términos del absurdo, no se somete ni si quiera a sus propios valores. “Le dije que no sabía qué era un pecado, se me había hecho saber solamente que era culpable.”[10]

“El sentimiento de lo absurdo (…) brota de la comparación entre un estado de hecho y una realidad, entre una acción y el mundo que la supera. Lo absurdo (…) no está ni en el uno ni en el otro de los elementos comparados. Nace de su confrontación”[11]. Lo absurdo en nuestro asesino nace de la confrontación entre su indiferencia y la moral cristiana que no concibe la abolición del luto. El hijo no guarda luto por la muerte de su madre, por eso lo odian y lo condenan. No es maldad en sí misma como una bruja que asumiéndose la encarnación del diablo mata niños y bebe su sangre. A Meursault no le sucede esto, sólo se desinteresa por algo ante lo que una moral colectiva no puede permanecer inmutable, desde ese momento la indiferencia se convierte en maldad por la moral establecida que lo determina, aunque no emane “maldad”[12] en estado puro como emana de una bruja renacentista o de un asesino sádico. No lleva el diablo en el cuerpo[13] más que para los ojos de quien lo juzga, pero sí lleva el absurdo, que lo posee a sí mismo.

El jurado se basa en valores cristianos para evaluar el crimen, se escandaliza ante la ausencia total de compasión y empatía, un vacío que no se llena con sus contrapartes, el sadismo y el desprecio, sino con la antítesis del sentimiento mismo, la ausencia de sentimiento: la indiferencia, el enemigo monstruoso. Pero nuestro hombre absurdo no es una bruja del siglo XX precisamente porque carece de sentido religioso, como sí florecía en las persecuciones de la Inquisición, agregándose a la ejecución fines de poder político. El condenado en la obra de Camus se extraña cuando le mandan un cura para que se arrepienta y se confiese. Le aburre pensar en eso. No cree en Dios y al mismo tiempo no es ateo, es la antítesis de la religión incluso más que el propio ateo si pensamos en lo que dice Octavio Paz al respecto: “Nuestros ateos y creyentes pertenecen a una misma familia: éstos afirman la existencia de un Dios único; aquéllos la niegan. La negación de los últimos sólo tiene sentido frente a la concepción monoteísta del judeo-cristianismo.”[14] El ateísmo en realidad es un anti-teísmo. Pero esto es algo que el jurado no sabe, y ante sus ojos tienen al demonio en persona, al que hay que exterminar por obligación. No llorar por la muerte de su madre es inaceptable, inmoral. Ser inexperto en el arte de amargarse la vida es su mayor crimen.

La condena de un asesino a muerte es la conclusión de una moral que está funcionando a nivel colectivo, que logra convertirse en la razón justificada para cometer las barbaridades que persigue. Porque, en palabras de Jean Bloch-Michel, “también es un crimen, pero razonado, administrado y, lo que aún es peor, admitido”[15] La pena de muerte atenta no contra el mal que persigue, sino contra el individuo.

El fin de “educar” de las ejecuciones siempre ha sido su justificación, no por nada fueron públicas en el mundo occidental y de manera oficial hasta ya entrado el siglo XX, con condenas precedidas por un proceso jurídico, por un grupo de personas penalmente aptas que avalan y legalmente imponen que el criminal debe ser ejecutado. También de una manera extraoficial están las quemas de negros en Estados Unidos del Ku Klux Klan realizadas por una horda de puristas raciales encapuchados. Pero la cosa no terminó el siglo pasado, en pleno siglo XXI las noticias sobre la guerra en oriente nos llegan y nos sorprendemos de un público indiferente ante el asesinato, incluso eufórico, emocionado. También recordemos las mujeres apedreadas por adulterio, condenadas que no se les da siquiera el lujo de disfrutar la elegancia[16] de la guillotina. Que muera la elegancia y que viva la aguillotinada justicia. La justicia sin cabeza.

En todos estos ejemplos es fundamental el público, personas que se unifican en un ser anónimo cuya anonimidad alcanza a protegerlos, salvarlos de los pecados que fuera de su yo cometen en la muchedumbre y en lo individual intentan abstenerse. En la ejecución el hombre es un animal que se sacia con la sangre que emana del mal que se condena, y esto sin que se ponga en duda su humanidad. El asesinato se convierte en un espectáculo, no existe el individuo sino la colectividad. A estos eventos los caracteriza una euforia colectiva, y así el ritual de la ejecución se torna revelador para la sociedad que lo alimenta, es decir, los individuos que participan se justifican ante los pecados cometidos, el bien y el mal trazan sus fronteras, el mal está por allá, la guillotina, y el bien por acá, la muchedumbre. El espectáculo redime a quien lo observa, le otorga la razón a una sociedad que puede equivocarse. Es un elogio para los que creen que todavía existe algo por lo que vale la pena vivir, y también por lo que vale la pena castigar.

Descubrir el principio con el que se determina matar al acusado es descubrir el principio de la sociedad que lo juzga. La función de la ejecución es refutar públicamente la tesis del orden de las cosas, cuya antítesis es el condenado. Este papel que interpreta el público es claro para Meursault, lo vive en carne propia y su actitud es digna, se enfrenta a la muerte con respuestas que no tenía antes del proceso del tribunal, se le revelan con claridad las cosas: “Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.”[17] El odio a lo desconocido, al extraño que se quiere eliminar porque se le teme. Para que todo sea consumado se necesita enfrentar a ese público y que actúen como deben hacerlo, con odio.

La muchedumbre se mira a sí misma en la ejecución, pero niega ser lo que castiga. En su morbo y en la necesidad de que alguien más tenga la culpa. El ejecutado es un sacrificio al dios del mal dentro de nosotros al que le ofrecemos sangre para saciarlo, calmar ese fuego interno. Al hacerlo se muere una parte propia, atacamos al individuo y alimentamos a la muchedumbre que, sin saberlo, se mira en un espejo cuyo reflejo no soporta, por eso lo hace añicos. Cuando todo acaba el corrosivo y sordo grito del ahorcado que da patadas en la nada nos quita el sueño: “¡Todavía estoy vivo!”[18] Vomitamos en la noche por el miedo a que, después de todo y al regreso a nuestra Ítaca, también seamos extranjeros.

 

[1] Cfr. Mario Vargas Llosa en El extranjero (Albert Camus), http://www.criticadelibros.com/drama-y-elemento-humano/el-extranjero-albert-camus/

[2] Albert Camus, El mito de Sísifo, Alianza, España, 2008, p. 13.

[3] Albert Camus, El primer hombre, Tusquets, México, 2009, p.  77.

[4] Albert Camus, La peste, Orbis, España, 1985, p. 195.

[5] Una educación inútil en las conclusiones a las que Camus llega en Reflexiones sobre la guillotina: el posible castigo no hace reconsiderar a un asesino que ya ha decidido cometer su crimen.

[6] Albert Camus, El extranjero, Booket, México, 2010, p. 122.

[7] Esther Cohen, Con el diablo en el cuerpo: filósofos y brujas en el Renacimiento, Taurus, México, 2003, p. 28.

[8] Albert Camus, El extranjero, p. 93.

[9] Véase El mito de Sísifo, Alianza, España, 2008, para profundizar en el concepto absurdo de Camus.

[10] Albert Camus, El extranjero, p. 151.

[11] Albert Camus, El mito de Sísifo, p. 45.

[12] Encerrado entre comillas pues en diferentes casos la concepción de maldad puede variar, es un valor que lo determina su contexto.

[13] Cfr. Esther Cohen, op. cit.

[14] Octavio Paz, Apariencia desnuda: La obra de Marcel Duchamp, Era, México, 2008, p. 82.

[15] Arthur Koestler, en Albert Camus, Reflexiones sobre la pena de muerte, Capitán Swing, España, 2011, p. 16.

[16] Uso esta palabra haciendo referencia a la concepción del dolor y del cuerpo en Europa en el momento en que la guillotina se inventa, morir a través de este artefacto era considerado para la cosmovisión que lo creó un arma más humana, pues evitaba el dolor y sólo quitaba la vida. Este contexto es una bisagra que dio lugar a lo que se buscaba en el siglo XVIII: el castigo dejará de recaer en el cuerpo y ahora se castigará al alma. Véase Vigilar y castigar de Michel Foucault.

[17] Albert Camus, El extranjero, p. 157.

[18] Última frase de Calígula, cuando lo ejecutan, en la obra Calígula de Camus.

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