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Hermann Broch: epígrafes, citas, muerte, universo…

Benjamín Morquecho Guerrero

Hermann Broch: epígrafes, citas, muerte, universo…

 

 

 

 

I

Hermann Broch nació en Viena en 1886. Dos años antes que Martin Heidegger y que Ramón López Velarde. Tres años antes que Alfonso Reyes. Por su generación pertenecía a lo que en México ha sido conocida coma la de “los broncos de la Revolución” o también como la de “los ateneístas”.[1] Tenía catorce años cuando nació este siglo, veintiocho cuando se inició la gran guerra y treinta y dos cuando se inició la paz de entreguerras. No sé si su generación europea ha sido llamada la generación de la primera guerra. Parece su nombre adecuado. Era hijo de un acaudalado industrial de origen hebreo.

Desde 1913 publicó, en revistas, relatos cortos. En 1950 reestructuró toda su narrativa juvenil, y, dotándola de unidad, la publicó con el nombre de Los inocentes.

En 1927 —Fato profugus— renunció a la gerencia de empresas familiares y se dedicó a estudiar Filosofía, Matemáticas y Psicología en la Universidad de Viena. Desde entonces se hizo un sitio entre los fundadores de la novela contemporánea. Ésta, frente a la decimonónica, según Broch, “ha de reflejar la totalidad del mundo, sobre todo la vida global de los personajes que presenta”. En este camino considera Joyce un maestro.

El arte proclama ahora  —explica en una suerte de Epílogo de Los inocentes— una radical visión de conjunto que antes no podía prever. Para satisfacer tal exigencia, la novela precisa una superposición de planos para la que no basta la técnica naturalista: hay que presentar al hombre en su totalidad, en toda la gama de sus posibles experiencias, desde las físicas y sentimentales hasta las morales y metafísicas.[2]

En 1938 fue arrestado por la Gestapo durante cinco semanas; después de breves estancias en Londres y en Escocia decide exiliarse a Estados Unidos. Llevaba la idea de una ambiciosa novela, La muerte de Virgilio.

Cinco difíciles años de exiliado dedicó al proyecto. Se preparaba al mismo tiempo el original alemán y las traducciones al inglés y al español. La novela fue publicada finalmente en 1945.

Ha sido traducida dos veces al español: primero en Argentina, donde fue editada por Pfeuser; después en España, por Alianza.

II

En su versión española —la segunda— se trata de un texto de cuatrocientas ochenta páginas que relata los acontecimientos ocurridos en poco más de veinticuatro horas, la del último día de la vida del poeta romano Publio Virgilio Marón, en Brindis, en septiembre del año diecinueve antes de nuestra era. Se trata de una compleja superposición de planos.

Un plano exterior, relatable en media página, podría servirnos de hilo conductor: la flota imperial arriba, de su viaje por el Adriático, a Brindis, en nua cálida tarde otoño. En una de las naves viaja Virgilio enfermo. Buscaba el conocimiento en Atenas y de allí había sido arrebatado por la invitación de Augusto a celebrar, con imperial pompa, el aniversario de su natalicio. El viaje había agravado la enfermedad del poeta. Le acompañan, en un cofre, los rollos del texto inconcluso de La Eneida. A su llegada a Brindis, el emperador es objeto de una imponente recepción política. En el apresuramiento del arribo Virgilio es traladado en litera a lo largo de una penosa travesía por callejas hasta el palacio donde ha de hospedarse. Es insultado por una plebe desordenada, femenina y miserable. Un esclavo niño lo guía con alegría y eficiencia. Luego sabe que se llama Lisanias.

El poerta pasa una noche penisa e insomne. Observa y escucha los monótomos movimientos del guarda. Escucha la trivial conversación —la pelea por un sestercio— entre tres rufianes: un hombre largo, flacucho, cojo y colérico; una mujer baja y obesa y su atesorado y gordo chulo.

Al amanecer es visitado por el médico y preparado para la entrevista con el augusto, su amigo. Voirgilio ha decidido destruir lLa Eneida. Tiene con el césar una complicada y larga discusión sobre la política y el arte, sobre la vida y la muerte, sobre el conocimiento. Augusto finalmente se hace regalar el texto del gran poeta y deja al poeta en manos de sus amigos y albáceas. Virgilio reforma su testamento. Luego entra en el delirio y muere.

III

Estructuralmente la novela está dividida en cuatro capítulos desiguales: Agua—El arribo, pp. 11-72; Fuego—El descenso, pp. 73-229; Tierra—La espera, pp. 231-437; Éter—El regreso, pp. 439-482.

Se abre con tres epígrafes, tomados dos de La Eneida y uno de La divina Comedia.

El primero: FATO PROFUGUS pertenece a los versos iniciales del poema vrigiliano. O bien el segundo verso o bien el quinto. Recordemos que La Eneida tiene una especie de prólogo personal de cuatro versos, antes de su inicio formal:

Ille ego, qui quondam gracili modulatus avena

carmen, et egresus silvis vicina coegi

ut quamvis avido parenti arva colono,

gratus opus agricolis, et nunca horrentia martis…

Podríamos decir que esta es una versión libérrima y muy conocida:

Yo que sólo canté de la exquisita

partitura del íntimo decoro

alzo hoy la voz a la mitad del foro

a la manera del tenor que imita

la gutual modulación del bajo,

para arrancar a la epopeya un gajo…

Aurelio Espinosa Polit así lo traduce:

Yo que en la tenue flauta campesina

toqué de joven, y al dejar mis sotos

hice que el campo obedeciese dócil

al ávido labriego, con que supe

ganar su amor, hoy de marte las erguidas…

Después de este prólogo personal, el inicio propiamente de La Eneida es el siguiente:

Arma virumque cano, troice qui pribus ab oris

Italian fato profugus lavinaque venit litora…

Otra vez Espinosa Polit:

Armas canto y al héroe, que de Troya

prófugo por el hado vino a Italia

en las levinas costas el primero…

Hermann Broch traduce el fato profugus como prófugo del hado, fugitivo del destino. Se trata de una traducción heterodoxa, aunque el texto de alguna manera lo permite.

Arcadio Pagaza, humanista mexicano, así lo tradujo:

Las armas canto y al varón que huyendo

de las playas de Troya, a Italia vino,

por el hado y a las playas riberas de Lavinia…

René Acuña así lo vierte a prosa castellana:

Canto a las armas y al varón que fugitivo,

por el imperio del hado,  fue el primero

que de las costas de Troya llegó a Italia

y a las costas de Lavinia…

Es Eneas el héroe cantado por Virgilio. Un héroe que el hado arranca a la muerte en las playas de Troya. No era su destino la destrucción como el de su vieja patria. Era su destino la grandeza de Roma según la leyenda patria que para el imperio reestructuró Virgilio. Eneas, el piadoso Eneras, nunca huyó de su destino, así tuviera que sacrificar su amor por una reina. El fato profugus, aplicado a Eneas nunca se leyó como fugitivo del destino.

En la novela de Broch no ciertamente Eneas el prófugo del hado. No es Eneas el héroe. Es Virgilio. La nota de la fuga atraviesa la narración en diversos estratos. Virgilio ha huido del conocimiento final, buscado en Atenas al aceptar la invitación de Augusto. Ha huido de la vida campesina que era obra y no sólo arte, sombre de obra. Ha huido de su pueblo, del amor; de la belleza ha huido al arte artificioso, sobre la senda de hacedores de versos a los que él despreciaba…

Así yacía, él, en el lecho, él, el poeta de La Eneida, él, Publio Virgilio Marón: en el lecho yacía con amenguada conciencia, casi avergonzado de su desamparo, casi exasperado por el destino, y miraba fijamente la nacarada redondez de la bóveda celeste; pero, ¿por qué había cedido a la insistencia del Augusto?, ¿por qué se había alejado de Atenas? Ahora se había desvanecido la esperanza de que el sagrado y gozoso cielo de Homero, favoreciera, propicio, la terminación de La Eneida; se había desvanecido cualquier esperanza de la incomensurable novedad que hubiera novedad que hubiera debido surgir, la experiencia de una existencia filosófica y científica, alejada del arte y de la poesía, en la ciudad de Platón; se había desvanecido la esperanza de poder pisar jamás la tierra jónica. ¡Oh, había desaparecido la esperanza en el milagro del conocimiento y en la salvación por el conocimiento! ¿Por qué había renunciado a ella? ¿Voluntariamente? ¡No! Había sido casi una orden de las fuerzas ineludibles de la vida, de aquellas indeclinables fuerzas del destino que nunca desaparecen completamente, aunque por momentos se oculten en lo intraterreno, en lo invisible, en la inaudible, pero inquebrantablemente presente cono amenaza inexplorable de las potencias a las que nunca es posible sustraerse, a las que siempre hay que someterse; era el destino. Él se había dejado llevar por el destino y el destino lo llevaba al final. ¿No había sido siempre ésta la forma de su vida? ¿Había vivido él alguna vez de otro modo? ¿Habían significado para él otra cosa, tal vez, la nacarada concha del cielo, el mar primaveral, el cantar de las montañas y ese cantar doloroso de su pecho, la voz de la flauta de dios, otra cosa distinta de un lance que, como un vaso de las esferas, le acogería pronto para llevarle al infinito? Campesino era de nacimiento; un campesino que ama la paz del ser terrenal; un campesino al que hubiera convencido una vida simple y afincada en la comunidad del terruño; un campesino a quien, de acuerdo con su origen, hubiera correspondido poder quedarse, deber quedarse y que, de acuerdo con un destino más alto, no había abandonado la patria, pero tampoco había sido dejado en ella; había sido expulsado fuera de la comunidad, e impelido a la más desnuda, perversa y bárbara soledad del torbellino de los hombres: había sido echado de la sencillez de su origen, expulsado al ancho mundo hacia una multiplicidad siempre creciente, y cuando, por ello, algo se había tornado más grande o más amplio, era solamente la distancia de la verdadera vida la que única y realmente había aumentado; sólo al borde de sus campos había caminado, sólo al borde de la vida había vivido; se había convertido en un hombre sin paz, que huye de la muerte y busca la muerte, que busca la obra y huye de la obra, uno que ama y sin embargo perseguido, un vagabundo a través de las pasiones externas e internas, un huésped de su propia vida. Y hoy, casi al final de sus fuerzas, al fin de su fuga, al fin de su búsqueda, ahora que ya se había afanado y preparado para la despedida, afanado para la aceptación y preparado para admitir la última soledad, para entrar en el camino interior de una vuelta hacia ella, el destino se había adueñado otra vez de sus fuerzas, le había prohibido una vez más la sencillez y el origen y la intimidad, le había desviado una vez más hacia la ruta del retorno, cambiándola por la senda de la multiplicidad de lo externo, le había obligado a volver al mal que había ensombrecido toda su vida; era como si el destino no le reservara ya más que la única sencillez: la de morir (pp. 12-14).

  

Ha sido muy larga la cita. He tratado de mostrar con ella la complicación poética de la escritura y la complicación del pensamiento. Frente al claro destino de Eneas, arrebatado a la muerte para cumplir una misión gloriosa: hacer la grandeza de Roma, el destino de Virgilio es complicado y estratificado. En un nivel, la sencillez, la obra, la comunidad, la vida; en otro, la complicación, la multiplicidad, la superficie, la muerte. Eneas sabe su destino y, piadoso, lo busca, es un fugitivo por el destino, fato profugus, de la destrucción hacia la gloria. Virgilio es en el mismo sentido fato profugus, prófugo por el hado, desde la sencillez y la vida hacia la complicación y la muerte. Pero al mismo tiempo es un prófugo del destino. Su búsqueda es una fuga. La cita se enmarca en las reflexiones del poeta encadenado al lecho en la barca de la flota imperial que le conduce a la playa donde esperan al Augusto. Casi al término del capítulo inicial Agua—El arribo, instalado en su lecho por la eficiencia amorosa del esclavo niño —canto, guía, veneración filial— vuelve a la temática de la fuga:

…Y él, lanzado al umbral, noche tras noche esperando en el umbral, confuso en la media luz del borde de la noche, en el crepúsculo del borde del mundo, él, sabiendo del acontecimiento del sueño, había sido elevado a lo inexorable, y tornándose él mismo figura, fue precipitado atrás y arriba a la esfera de los versos, al interregno del conocimiento terrenal, al interregno de las madres, de la sabiduría y de la poesía, al enseuño que está más allá del ensueño y linda con el renacer, meta de nuestra fuga, la poesía.

¡Fuga, oh, fuga! Oh noche, la hora de la poesía. Pues poesía es espera que mira en la media luz, poesía es abismo en presentimiento del crepúsculo, en espera en el umbral, es comunidad y soledad al mismo tiempo, es promiscuidad y angustia de la promiscuidad, libre de lascivia en la promiscuidad, tan libre de lascivia como el sueño de los rebaños que duermen y sin embargo angustia ante esa lascivia; oh, poesía en espera, aun no partida, pero continua despedida. En su rodilla sentía, casi imperceptible, el hombro del jovencito acurrucado, no veía el rostro, sólo le sentía hundido en su propia sombra; y mientras veía el enmarañado cabello negro en el que jugaban la luz de las velas, y recordaba aquella noche terrible, dichosamente desgraciada, cuando empujado por el destino —también en este caso amante y atormentado— había llegado a casa de Plocia Hieria para no hacer más que leer versos ante aquella persona acurrucada, esperando invernal, invernalmente indecisa… Habría sido la égloga de la maga, aquella égloga compuesta por deseo y encargo de Asinio Polión, que nunca le hubiera resultado tan bien, si el recuerdo de Plocia, si la nostalgia y la gozosa zozobra por la mujer no la hubieran presidido, y que sin embargo le había salido tan bien, si el recuerdo de Plocia, sólo porque desde siempre había sabido que nunca le sería dado abandonar el umbral para entrar en la perfecta noche de la comunidad; ay, como desde siempre, le había sido impuesta la voluntad de fuga, había debido leer la égloga, y el temor y la esperanza se habían cumplido: se había trocado en despedida. Y había sido la misma despedida que una vez más y más tarde y más grande iba a ser vivida por Eneas, cuando obligado por el enigmática e insondable curso fatal de la poesía, zarpando con fugitivas naves hacia lo irrevocable, había abandonado a Dido, renunciando para siempre a dormir a su lado, a cazar con ella, para siempre separado de ella, que había sido para él la dulce sombra de la realidad, la dulce sombra del goce, por siempre jamás alejado de la nocturna cueva del amor entre las tempestades. Sí, Eneas y él, él y Eneas, habían huido en una partida real y no sólo en una constante despedida poética; habían huido de su interregno como si no valiera para la realidad aunque es también el del amor… (pp. 64-65).

   

También la poesía es huida y Virgilio era poeta por un destino inexorable. Huir a la poesía era huir de la comunidad, del tiempo y hasta del amor que era a su vez otra fuga, fuga del tiempo.

En la noche de la fiebre: Fuego—El descenso —ciento cincuenta y seis páginas— Virgilio pretende huir de su fuga, recostruir su autenticidad contradictoria. Ya no hay tiempo siquiera para quemar La Eneida. Nada puede hacer personalmente. Depende de los demás para sus propios movimientos. Y no puede encontrar la complicidad.

En la larga mañana: La tierra—La espera, todo se decide ante el César.

IV

El segundo epígrafe también está tomado de La Eneida. Se trata de los versos 697 a 702 del canto sexto.

    …Da jungere dextram,

da, genitor, teque amplexu no subtrabe nostro.

Sic memorans, largo fletu simul ora rigabat.

Ter conatus ibi collo dare brachia circum,

Ter frustra comprensa manus effugit imago,

Par levibus ventis volucrique simillina somno.

…Deja que estreche tu diestra,

déjame, oh padre, y no huyas del abrazo.

Así rememorando un gran llanto el rostro le bañaba.

Tres veces trató de echar los brazos en torno de su cuello,

Tres veces, en vano, asida escapó la imagen de su mano

Como viento ligero e igual que un sueño efímero.

Eneas ha bajado, por mandato del hado, a la región de los muertos, y allí, de boca de su padre conoce el futuro de su estirpe. Se trata del centro del poema.

Por su piedad, gracias a su piedad, Eneas, invitado al mundo de los muertos accede al conocimiento del pasado, del presente y del futuro, como de los viejos videntes. Conoce aquello, pero no quiere asirlo.

Virgilio, el Virgilio de Broch, no puede, por su fuga, asir el conocimiento. Aun la piedad se le escapa, es la figura del hijo no engendrado, que cantará y guiará y será acurrucado en el lecho del moribundo, que agradecerá al padre el haber regalado los nombres de las cosas a su pueblo, que aparecerá en la forma del esclavo redimido, que heredará su sello. No puede, en su fuga, asir el transcurso, huyendo a la poesía ha desembocado en la simultaneidad de la muerte.

Es también muerte la dominación, el señorío.

…vivos ducem de marmore vultus…

Te regere imperio populus, Romane, memento…

…sí, entonces llegó el instante esperado por el sordo rugir de la bestia masa, para poder soltar su jubiloso alarido, que en el momento estalló, sin pausa y por fin, victorioso, estremecedor, desenfrenado, aterrador, magnífico, sometido, invocándose a sí mismo en la persona del Uno. 

Ésta era pues la masa para la que vivía César y había sido creado el imperio y había sido preciso conquistar Las Galias y habían sido vencidos el reino de los Partos, la Germanía; ésta era la masa para la que había sido lograda la gran paz del Augusto y que debía ser sometida a la disciplina y al orden del Estado para esa obra de la paz, llevada de nuevo a la fe de los dioses y a una moral humano-divina. Y ésta era la masa sin la cual no se podía hacer política alguna y en la cual debía apoyarse también Augusto, mientras quisiera afirmarse; y lógicamente, el Augusto; y, lógicamente, el Augusto no tenía otro deseo. ¡Sí, y éste era el pueblo, el Pueblo Romano, cuyo espíritu y cuyo honor él, Publio Virgilio Marón, él auténtico campesino de Andes cerca de Mantua, no había por cierto descrito, pero sí tratado de ensalzar! ¡Ensalzado y no descrito… tal había sido el error, ay, y éstos eran los Ítalos de la Eneida…   (pp. 20-21).

…Sí, siempre sacerdotalmente había imaginado el cometido del cantor, tal vez por la rara consagración de muerte que habita en el extasiado fervor de toda obra de arte, y aunque hasta entonces sólo rara vez había osado confesárselo a sí mismo —tal vez en algún momento incluso se había negado a hacerlo, exactamente como en sus primeros poemas no había oasado acercarse a la muerte, y más bien se había esforzado en defenderse, con la fuerza amable y amante de un profundo amor por el ser, contra la amenaza en ciernes, pero ya presente—, había debido desistir cada vez más de esa resistencia: el poder poético de la muerte se había revelado muy pronto como el más fuerte, conquistándose paso a paso derecho de ciudadanía, que luego en LaEneida se había tornado pleno derecho de dominación, siguiendo el sentido de los dioses: la dominación fragorosa, sangrienta, dominadora, inmutable del destino, la señoría de la muerte que todo lo supera, que por eso mismo se supera a sí misma y se aniquila a sí misma: Pues de está impregnada toda simultaneidad…” (p. 80).

…—¡Vino! —gritó—, ¡tendrás tu vino, gordo, vino para todos, vino a la salud del César!

—¡Hui, hui, hui! —cacareó la mujer y su risa, dando una vuelta de campana, aterrizó en cólera y, entonces justamente, en impúdica oferta—. Tu César… yo lo conozco.

—Harina del César —le ilustró embelesadamente la torre patriótica y comenzó a separarse de la pared— harina del César, tú misma lo has oído… ¡Viva!

Casi era de esperar que a todo ello la mujer hubiera debido lanzar de nuevo su grito del ajo, hasta tal punto era aquello un vagar perdido sin moverse del sitio, y cuando el otro todavía agregó como confirmación, gritando y atragantándose:

—Sí, mañana será distribuida, mañana la hace repartir… No costará nada… —se le acabó la paciencia:

—Una mierda será repartida —chilló tan fuerte que repercutió en toda la plaza—. Una mierda regala el César… Una mierda es tu César, una mierda es él, el César: ¡Bailar y cantar y joder y pestañear sabe él, señor César, pero otra cosa no, y una mierda regala:

—Joder… joder… joder —repetía feliz el gordo, como si con esa palabra casual se le hubiera volcado toda la lujuria del mundo en toda su casual calentura —¡El César jode, viva el César…” (p. 212).

 

En el centro del más largo capítulo: Tierra—La espera —206 páginas— Broch describe una larga conversación —97 páginas— entre el poeta y César. Se ha ido acentuando la superposición de planos. Únicamente en el plano externo se trata de un diálogo entre el gobernante y el poeta, y aún allí, en ese estrato superficial aparecen los amigos, los cointegrantes de una generación, los coparticipantes en una tarea. Pero en un estrato más profundo de la voz de un poeta, en una especie de contrapunto se acorda la voz de Placia y la del esclavo. En ésta se unen la del esclavo y el hijo.

La discusión se entabla sobre La Eneida, sobre sus respectivas misiones. Se recita el pasaje de la batalla de Accio. SE repiten las palabras del padre Anquises.

—¡Octaviano, déjame el poema!

—Muy bien, Virgilio, de eso se trata… Lucio Vario y Plocio Tucca me han informado de tu tremendo propósito y no les he querido prestar fe… ¿Piensas realmente destruir tus obras?

El silencio se extendió en la habitación: un riguroso silencio que tenía su centro lívido y finalmente delineado en el severo rostro reflexivo del César. En el ninguna parte algo se quejaba muy suave, y también esto era tan delgado y rectilíeno como la arruga entre los ojos de Augusto, cuya mirada estaba fija en él.

—Callas —dijo el César— y esto significa que realmente quieres retirar tu regalo… Reflexiona, Virgilio, es La Eneida. Tus amigos están tristes, y yo, tú lo sabes, me encuentro entre ellos.

Los leves lamentos de Plocia se tornaron más perceptibles; en tenue fila, sin entonación llegaron una tras otra las palabras:

—Destruye la poesía, dame tu destino: tenemos que amarnos.

Destruir el poema, amar a Flocia, ser amigo del amigo, extrañamente llena de convicción se agregaba una tentación a la otra, y sin embargo, Plocia no podía participar en ello…” (pp. 309-310).

 

A la voz de Plocia se une la del esclavo y luego la del niño, en la conversación con César y luego con la de sus amigos. En el último capítulo, en el delirio que precede y casi acompaña a la muerte, la voz de Virgilio es ya muchas voces, las de los hombres, las de los animales, las de un mundo vegetal que invade el cielo, las del universo entero en el descenso al humus. Porque la muerte es el universo, el conocimiento, el ser.

V

El tercer epígrafe está tomado de la Divina Comedia:

Lo duca e dio per quel camino ascoso
    Entramo a retornar nel chiaro mondo
    E, senza cura aver d’alcun riposo,
Salimo su, ei primo e dio secondo,
   Tanto ch’ io vidi delle cose belle
   Che prota il ciel, per un pertugio tondo
E quindi uscimmo a riverde le stelle…

El guía y yo por el camino oculto
    Entramos a volver al claro mundo;
    Y, sin tener cuidado de ningún reposo,
Subimos, él primero yo segundo,
    Hasta llegar a ver las cosas bellas
    Que lleva el cielo por un hueco redondo
Y luego reencontramos, fuera, las estrellas…

 


[1] El primer nombre es de Luis González en La ronda de las generaciones, SEP/FCE, México, 1984; el segundo, de Enrique Krauze en Caras de la historia, Vuelta, México, 1985.

[2] Hermann Broch, Los inocentes, Lumen/Conacyt, México, 1990, pp. 325 y ss.

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