Es Lo Cotidiano

Estambul

Veremundo Carrillo Trujillo

 

Por una necia
condescendencia
no he conocido Estambul.

 

Desde Salónica
(Tesalónica, en la correspondencia de Pablo de Tarso)
desvié mi rumbo
a las fronteras yugoslavas.

 

Me queda la íntima compensación
de haber conocido en Salónica
el más perfecto templo bizantino.
Bizancio no, pero sí sus huellas.

 

Desde las Termópilas
donde un ingenuo campesino griego
repitiendo “eleutheria” cada dos palabras,
achacaba a Leónidas
anacrónica y absurda hostilidad hacia los turcos,
soñé con ver la gran Constantinopla.
Constantinopla, Bizancio, y Estambul
se quedó para mí
—por una terquedad turística de amigos—
en la ciudad leyenda.
Sobre dos continentes,
no sé qué tan lejos o tan cerca de Troya,
semilla del Renacimiento florentino,
buena para la intriga,
para el miedo,
para el emocionante contrabando.

 

Con Bagdad
con Java
y con Machu-Pichu,
sigue siendo Estambul
mi rincón intocado de misterio.

 

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