Es lo Cotidiano

Tres poemas

Josué Vega López

 

valeria

día de fiesta
en que las risas van apagadas
 
la música se congestiona
en las aburridas
piernas bailadoras
(algunos mueven el bote indiscriminadamente)
y es el aire
una invitación
al fracaso
 
las luces iluminan la pista
en la que una manada
de leones hambrientos
olfatean el culo de las hembras
y fuman un cigarro
 
muestran sus dientes
en una lúcida ocurrencia
mientras desanudan
sus corbatas
 
(los ojos ávidos
o los menos experimentados
buscan torpemente más allá de la bragueta)
 
en las sillas estamos los perdedores
los mirones empedernidos
siguiendo el vaivén de las grupas
la ronca celebración del instinto
 
y el corazón abrumado
:
 
ahí en medio
valeria
la bomba prodigiosa
la loca del enramado
frugal promesa del deseo
poniendo el nombre a la noche
una gota derramando sus muslos
 
y yo tan miedoso
tan estúpidamente tieso
para decirle de qué está hecha
para enseñarle sus olores
y trepar su mirada encendida
 
valeria la insondable
la madeja
de colores encrespados
la profunda hija de la macana
moviendo la noche
llevándosela a la cama
con todo y los leones
del día de fiesta
y los perdedores
–y yo con ellos–
a derrumbar el silencio
a avasallar el clítoris
en una penetración multitudinaria

alcantarilla

leyendas urbanas hablan de un caimán en los drenajes de nueva york
la gran manzana y sus gusanos de sangre fría
la carne pudriéndose por dentro
                                                        en la piel una lágrima de cocodrilo
 
:
 
postal en que la luz gime     gran lagartija enlatada

hara kiri I

Basho el samurai entra a escena. Está agazapado afuera de la biblioteca pública municipal. La noche se corta los dedos en el sable con que el guerrero viola la cerradura (la luz hace un guiño). Entra. Los libros forman una espesa nata en la oscuridad. Con pasos ágiles, Basho se dirige al estante de la literatura universal. Saca el arma de la funda y comienza a partir los libros por la mitad.
De sus labios se descuelgan otros filos diminutos: “¡demasiadas palabras, demasiadas palabras!”.
En el colmo de la fiebre recita haikús de extremidades entrecortadas.
¿Para qué sirve la maleza en un paisaje árido, seco?
El arte breve. Lo absolutamente indispensable. No más. Nunca el juego del rodeo, el tropiezo.
El corazón es una síntesis, no los brazos, la nuca, el muslo apretado; la angustia del todo y sus partes.
La misión suicida se detiene: no ha quedado ningún libro.
 
En las letras dislocadas se lee, sin embargo, otra literatura.
He aquí que en el terrorismo poético está la clave, el siguiente paso evolutivo. Las prácticas caníbales, homicidas, piratas, ladronas, son las preguntas que machacaba Basho antes del Hara Kiri que cierra el episodio:
 
Filo de sable:
La angustia, en mi poesía,
hondo se encaja.

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