Es Lo Cotidiano

Llueve

Yara Imelda Ortega

El ruido de la lluvia despertó a los pájaros. 

Faltaba rato para que amaneciera, por lo que no se atrevieron a denunciar al nuevo día. Emirade también despertó. La humedad era inminente, luego de un estío premeditado y prolongado desde antes de tiempo. Las primeras gotas llegaron con el relámpago.

Y el deseo también. Tal vez sería la colcha (aunque en otra cama). Quizá sería la cama, con otras sábanas. Posiblemente sería el hombre, aunque también pudo haber sido el recuerdo de otros, tantos antes que Él. 

No bastó levantarse a beber agua. La urgencia no se contiene en apenas dos vasos. Regresó al lecho, hasta donde llegaba el eco de música lejana. Poco a poco, se percibía el olor de los prados sedientos: La Plaza de la Concordia, el Jardín de los Jenízaros. El de la Hermandad. La de la Unión. 

Y pensó en su ryadh. Lejos geográficamente, como un recuerdo. La pobreza le obligó a renunciar a él. Pero ni toda la riqueza del mundo le arrebatará nunca la memoria de lo que le arrancó al erial para convertirlo en un refugio para el amor clandestino.

Los minutos se desgranaron en la clepsidra. Y siguió lloviendo, tal vez solo un poco más fuerte. Y el deseo aumentaba. Pensó en aquella vez, en el Bosque de la Primavera. Su dueño estaba sumergido en la corriente, extasiado en la caricia sagrada del agua recién nacida. El calor, era quizá igual al de ahora. Y los árboles respondían a los susurros de la brisa en las piedras.

Algo de vino en la sangre, permitió que el aire acariciara su ombligo. Algo extraño, aun cuando Emirade era públicamente la mujer de todos. Y de aquel que pudiera pagarse el placer. Ya desnuda, sus dedos hallaron el pliegue secreto de su piel, aquel vórtice de la despiadada pasión. Que estalló en silencio, aunque su mente llamaba a un hombre. El que fuera.

Un leñador respondió al conjuro. Y desde lo alto, fue testigo del galope de las manos, en territorios que ni el sol más descarado pudo broncear jamás. La Perla estaba cerca. Apenas un suspiro mal disimulado avisó a la sombra el alivio de la mujer. Pero la cima humedeció la tarde en las rocas. El hombre apenas alcanzó a sacudir sus dedos de la simiente derramada, antes de ser sorprendido con el saludo del Dueño. Titubeante, apenas acertó a recoger el hatajo de leña. Y se fue, tambaleante bajo el resplandor no del sol, sino de la mujer. Jamás vería otra igual. Jamás vería otra. 

La vereda desapareció bajo sus sandalias. Sólo los buitres conocieron su destino final. Eso nadie lo sabría.

La ventaja que da el conocer la lengua de los animales, es que los pájaros son poco discretos. Las golondrinas son sumamente comunicativas. Los gorriones bastante escandalosos. Y los murciélagos cuentan lo que los ojos de sus alados hermanos desconocen porque la noche se los oculta. 

Los perros son hipócritas guardianes del honor de la casa. Se les soborna con golosinas. En cambio los gatos son la autoridad de la vigilia. Cierran los ojos a lo que pasa, pero abren los oídos para escuchar. Fingen dormir, cuando lo que hacen es memoria. Adecúan los hechos para que puedan ser recordados, mas son egoístas y no cuentan lo que recuerdan. Y siguen escuchando.

Emirade lo sabía, y por eso no le extrañó que la cachorrita amarilla se levantara de su lecho, diera unas vueltas simulando patrullar la casa. Bostezó, se desperezó, y volvió al puesto de los sueños, mullida atalaya donde el sueño le aguardaba, vigilando a la fantasía de algún pastelillo.

Pero el gato apenas se movió de la barda. El viento calmo no trajo olores extraños, pero sí un ruidito bajo las piedras. Alguna gota resbaló hasta el vientre del pequeño lagarto verde al que acechaba desde hace días. No era oportunidad para desperdiciarla, por lo que se puso en guardia. Cinco sentidos y siete vidas al servicio de la cacería. Acechó.

La mujer regresó al lecho, que no fue tálamo nupcial. 

El recuerdo volvió, más fiero que nunca. Y volvió la tarde del sexto mes, en que se entregó en el piso blanco del refugio al peregrino conocido como el Mestizo Peninsular, de ojos febriles y barba de algunos días, que olía a tabaco y a la bebida fermentada de las chumberas desérticas, sazonada con la raíz de los dioses profanos que permite verlos, y hasta hablar con ellos. 

Luego memoriosa, la luz filtrada de la posada en Frontera, en donde coincidió con Caderas de Arista. Con sus jugos derramados sobre los higos y la miel de sus cabellos, que fue todo lo que comieron por la escasez que las peregrinaciones fomentan.

Apresurada, el alba de la primera mañana en La Perla. Pero es ya otra historia. 

Y otro hombre de muchos. De tantos, que solo los sobrenombres los distinguen de los otros hombres. En tanto, la lluvia arreciaba y la humedad crecía.

En la casa, cada uno entregado a sus quehaceres. La anciana que le acompañaba roncaba plácida en su virginidad. El joven eunuco de los mandados soñaba en su impotencia. La perra, entretenida en sus vagabundeos oníricos; pues la calle le era vedada desde su nacimiento. Y Emirade se tocaba, con la retrospectiva de la fantasía hecha realidad. Que aún dolía.

Solo el gato seguía en pie, atento. Olisqueaba el musgo muerto de sol, que empezaba a revivir. Y la mujer alcanzaba el pasado inmediato: vio en su mente de nuevo al Administrador de la Aduana, que le miraba el cabello desatado como el deseo, que caía en torrentes de suspiros por la espalda. Esa noche, la siguió, con la convicción de que la poseería.

Pero según su costumbre, coleccionaba mujeres como gemas, como tapices. Las ponía en alto para que todos las admirasen, y que quien se atreviera las alcanzara. Para tocarlas, gozarlas. Y después hablar de ellas en el zoco. Para que lo envidiasen. 

Pero Ángel era diferente.

Trabajaba para Salubridad, vigilando que el dengue no sobrepasara el límite de los barrios pobres. Los ricos regresarían a la ciudad en invierno, eran convenientes pocos muertos.

Alto y atlético, sus músculos eran como un arco tenso. Malhumorado, su voz de trueno se hizo sentir la noche en que echó de su lado al asistente que apenas esbozaba bigote. Su mujer, la Garrapata por mal nombre entre las públicas, lo había gozado.

No porque Ángel no tuviera suficiente con qué distraerle las tardes (en que gemía y gritaba como de muerte), o llenarle las noches (Emirade lo había contemplado desnudo), sino porque era así, de mala cabeza.

No le dolía tanto la traición, porque el mismo no era ejemplo de fidelidad. Lo que le molestaba era que el sucedido ocurrió en su misma cama. Con su asistente. Con los otros como testigos burlones. Y el vecindario se enteró con la primera luz.

Un hombre así, con ojos de furia, hacía juego con las piernas estupendas columnas que sostenían el mástil donde enarbolaba su masculinidad. Unas manos así, acostumbradas a imponer su razón donde faltara el más común de los sentidos, eran enfebrecedoras en las caricias. Sólo de mirarlo…

Y la lluvia arreciaba por momentos. La humedad hacía lo suyo. 

Emirade llevó la rienda de la evocación por senderos prohibidos. Si su Señor supiera quién ocupaba su mente…

Y volvió a la carga. Sus dedos sustituyeron la monstruosidad que contempló babeante de envidia, cuando la pobre Garrapatita fue embestida sin piedad en la reconciliación. Los niños se preguntaban por qué la estaban matando. Las mujeres se cuestionaban con la mirada: qué hay que hacer en esta vida para que en la próxima te traten así. Para empezar.

Apenas satisfecho, Ángel echó a la pública a la calle en medio de las risas y pujidos fingidos de sus compañeros. El mismo desapareció unos días. 

No se le echaba de menos, porque hacía rondines por los pueblos y aldeas cercanos. O dormía con su esposa. O visitaba a sus hijos. O vagaba. Nadie preguntaba. 

Emirade se soñaba bajo el hombre, que era como noche esculpida en mármol. Ya sentía la amenaza cerniéndose entre sus piernas. Un relámpago chasqueó la oscuridad. Mas nunca sabría si el estallido fue dentro o fuera: su cerebro halló alivio sobre la almohada. Los cabellos ensangrentados enmarcaban los ojos desorbitados.

Siguió lloviendo. El gato cazó el gordo lagarto que acechaba desde hace días. La perra roncó un poco y suspiró. La anciana no escuchó nada. De hecho, era paulatinamente sorda desde hace tiempo. El eunuco dormía.

Escampó. Y Ángel volvió a la vecindad. 

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