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La verdadera y fatídica historia de Super Ratón

Edgard Cardoza Bravo

La verdadera y fatídica historia de Super Ratón

I

 

Cuando Dracton nació, el antes impasible volcán Aguamayón lanzó –exactamente– 999 fumarolas de fondo luminoso durante cuarenta noches/días. Algo así como un diluvio de cenizas suspendido en el viento sin arca ni tutela patriarcal.

   Justo a la media noche de la luna cuarenta, la recién alumbrada entre efluvios de ceniza, Eternicia Domínguez, su madre, se despidió del mundo, después de un prolongado achaque de depresión post parto. Citando a Chava Flores: murió, murió, murió.

   La abuela Licántropa –por cierto, de apellido Luna–, robándole una porción de humor a su tristeza, pensó que el neonato era feo (entonces con facciones de tierna musaraña), pero tal desencanto no era suficiente como para matar a alguien de aflicción. Concluyó que la muerte de su hija tenía más qué ver con las señales emergidas del volcán que con el nacimiento de su poco agraciado nieto. El niño fue la causa directa del asunto, pero hay algo en el ambiente –quizá el polvo del volcán– que le veló los ojos para siempre a mi amada Eternicia. Ni modo, hay que querer y criar al niño, como quiera que sea –Pensó.

    Hasta los doce años el niño fue aparentemente normal y no pasó de ser la pieza preferida de bromistas y guasones. En un cruce más que certero entre sus facciones físicas y su nombre, “el ratón” fue el mote con que fue conocido desde su más temprana edad. Quizá por tanta burla el niño era terriblemente huraño. No tenía un solo amigo. Los maestros decían que cumplía con lo básico para pasar el año, pero nunca iba más allá. Ni su misma abuela –que con el tiempo llegó a amarlo sin reparar en su fealdad– lograba arrebatarle nunca una sonrisa: cumplía sin chistar con sus obligaciones infantiles, pero con una adustez y parsimonia extrañas para un muchacho de su edad. Él es muy bueno. Tanta seriedad es porque le hace falta su mamá –comentaba su abuela Licántropa Luna.

 

II

 

En el segundo año de secundaria los maestros se percataron que Dracton tenía serios problemas visuales y que aún ubicándolo en la primera fila de alumnos, la respuesta del jovencito a los estímulos de la clase era prácticamente nula. A los estímulos visuales únicamente –dijo algún maestro a su abuela–, porque el niño capta todo lo que escucha. Necesita llevarlo urgentemente con un especialista, y usted señora debe ir considerando para él una escuela para ciegos y débiles visuales. No es discriminación, lo que pasa es que esta escuela no está preparada para niños como él.

    El diagnóstico oftalmológico fue contundente: glaucoma severo. En muy breve tiempo el jovencito quedaría completamente ciego. Le voy a dar unos ejercicios táctiles, óticos y de memoria para que el joven se vaya acostumbrando a su realidad. Entre más pronto mejor. Esto ya no tiene remedio –sentenció el médico.

    La abuela cumplió fielmente las indicaciones del doctor. Comenzó dando paseos repetidos con Dracton por todos los espacios de la casa para que fuera fijando los objetos en su memoria. En la etapa que pronto vendrá –había señalado el médico– sus manos van a ser sus ojos, haga que vaya palpando todos los objetos posibles de la casa y se trate de grabar muy bien su ubicación, pero eso sí: con los ojos cerrados. Licántropa Luna estaba que era un mar de pena: Pobre niño –se repetía entre lágrimas–, primero lo de su madre y ahora esto. Pero al muchacho este nuevo infortunio no pareció afectarlo tanto. Él continuó con su adustez e introversión de siempre. Tal vez hasta sea mejor así. Qué bueno que ya voy a salir menos a la calle, así ya no me harán tanta broma –dijo en cierta ocasión a su abuela.

    Y un primero de noviembre la oscuridad completa llegó a su vida para no irse más. Pero ya para entonces el muchacho estaba perfectamente mentalizado a su problema y Licántropa había ido aceptando poco a poco la nueva fatalidad. Lo curioso del asunto es que a partir de la llegada de la oscurana total, el jovencito se conducía por la casa con fluidez asombrosa.  Parecía que un chip nuevo, un radar que antes no tenía, guiara sus movimientos. Únicamente en presencia de la abuela se mostraba inseguro y fingía tropezarse o chocar con las paredes y objetos a su paso.

    Cuando quedaba sólo –y trató que estos momentos fueran cada vez más frecuentes y prolongados– el muchacho comenzó a implementar nuevas dinámicas: por ejemplo colgarse por los pies (como murciélago en letargo) de un tubo metálico que hizo que Licántropa Luna mandara a empotrar entre los muros de la esquina del cuarto más próxima a su cama. Es que necesito colgar algunas cosas para tenerlas siempre a la mano –dijo a su abuela.

   Un día Dracton decidió prácticamente no salir del cuarto y Licántropa lo consideró normal. Pobre niño –pensó– no quiere andarse dando de topes con todo. También cuando el muchacho comenzó a dormir de día y a deambular de noche, la abuela justificó así el hecho: Para los ciegos siempre es noche.

 

III

 

También en el pueblo empezaron a ocurrir cosas extrañas. En el período de luna llena en patios y azoteas aparecían gatos muertos y totalmente desangrados. Ningún otro animal, únicamente gatos. Cuando alguien soltó la versión de haber visto algo como un murciélago de tamaño descomunal rondando su casa una noche de luna llena, nadie lo tomó en serio. Pero la extraña historia fue agregando nuevos voceros que aseguraban también haber visto al enorme engendro. Surgieron cada vez más precisiones: su cara tenía marcadas características ratunas, poseía garras en las patas que se prolongaban hasta unas grandes alas como de látex negro, sus ojos de destellos rojizos (seguramente ciegos como los de los murciélagos) brillaban en la noche cual brasas candentes. Ya para entonces no había dudas: efectivamente, se trataba de un murciélago de grandes proporciones que en las noches de luna se dedicaba desangrar mininos. Y no faltó el chistoso: Si no tuviera una cara tan fea hubiera jurado que era Batman. Pero fue la columna periodística de tintes esotéricos Agua Quemada la que desató la cacería a través del sugerente título La venganza de las ratas. Tal artículo, que aludía –entre otras cosas– al parecido físico entre ratas y murciélagos y a la conocidísima propensión masticable de los gatos por los ratones, culminaba con la siguiente pregunta: ¿y cuándo empezará este engendro del demonio a atacar a los humanos?

 

IV

 

Como era de esperarse, una noche de luna llena, una verdadera multitud de parroquianos –incluida Licántropa– se armó de palos, rifles güiloteros, pistolas oxidadas y lámparas de mano, y fueron en busca del maligno quiróptero. No tardaron en encontrarlo en el disfrute de su vianda preferida: le había llegado el fin de su séptima vida a un estupendo siamés de casa rica, cuyos dueños no se hallaban aquella noche en casa. Aunque el murcielagote logró huir, cuando lo hizo ya llevaba en el cuerpo algunos proyectiles de aquella tragicómica fiesta de las balas.

 

V

 

Dractoncito, Dractoncito, ¿ya te despertaste? –grita por la mañana Licántropa Luna ante la acerrojada puerta del cuarto de su nieto–. Y Dracton no contesta. Insiste durante mucho rato, y la misma respuesta: silencio. Licántropa Luna se hace de algún trebejo para forzar la puerta, finalmente lo logra, pero oh, sorpresa: la habitación está vacía. Sale jadeante, con el alma en vilo, a buscarlo en los alrededores de la casa. Y sí, allí está, al pie de la ventana de su cuarto, en posición fetal, lleno de perdigones y apagado –como desde hace más de doce años el volcán Aguamayón–, Dracton el niño ciego, apodado por sus burleros El Ratón.

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