Es Lo Cotidiano

De marías magdalenas

Yara Ortega

De marías magdalenas

En la subasta de almas de ésta noche, la Abandonada no salió ni con la postura de arranque. Y ni qué decir que anduvo rondando el Diablo con billete… pero ni así…

Jugadora, amable con los hombres, tierna con los niños… pero con un carácter terrible. En el aniversario de la pérdida de su hijo, decidió tirarse a fondo. Pero ¿a dónde? Si ya todos los pecados le eran conocidos y los excesos, superados. No había penitencia que desconociera, ni propiciación que no deseara. Había probado todas las religiones, todas las creencias. Mitos, magias, conjuros, hechizos y brujerías, habían sido descartados por ineficientes.

Nunca antes como la Noche de la Luna de Sangre, la soledad le fue mayormente tangible. Acostumbrada ya a sentir su cintura –otrora creciente, ahora menguante- rodeada por brazos ajenos, no era bastante la conciencia del tacto de su propia piel. Mil bricolajes para distraer las horas diurnas, pero tras el ocaso… ¿qué sentido tiene seguir escondiéndole la cara al sol?

Sentirse como zurcida a los muros de ladrillo y cal, como un parche que no corresponde. Un remiendo mal hecho. Huyendo del contacto con cualquier viviente, evitando palabras innecesarias. Su pena comenzaba donde termina de lamer la marea la arena volcánica de la rada… y se extendía más allá del infinito horizonte.

No faltó quién le dijera que Lo habían visto… que no lo saludaron… que le insultaron… que intentaron golpearlo. Hacerle pagar lo que hizo. Decirle a su cara lo poco que vale quien empeña su amor por una palabra, quien compromete la reputación de otro a costa de una mentira. El dolor de tan profunda herida, deja una cicatriz en forma de indiferencia en el rostro. Pero sigue sangrando por dentro, y la hemorragia que causa cabalgar a horcajadas entre la normalidad y el cinismo.

Acaso hay aún otro tipo de pena a experimentar, otro sabor de diferente veneno al que destila su humor… ¿La tormenta que fue su vida conoció algo más vital, más convincente, más deseable?  Nunca lo confesó, pero ante la montaña de agravios que crecía cotidianamente, el mayormente doloroso siempre será el haberle pedido que le diera ganas de vivir. Y ahora, la intensidad de aquel amor vergonzante, solo le añadía segundos a las horas… obviando el desierto de las noches prolongadas.

El acento vulgar de su voz, particular y común de los estibadores del puerto, viciado por el acento de los marinos de diversas naciones y diferentes creencias (pero ninguna fe), seguía retumbando en el encaje y florituras de juramentos que no cumpliría… y lo peor entre lo peor imaginable, era la certeza de la mentira. No la de Él, sino la que ella misma se repetía de noche y de día: Esta vez será real. Para siempre. Pero el vicio por sus curvas jóvenes seguía siendo el virus corriendo por sus venas. Gustaba del mar, tan respetable él… tanto como para no sumergirse.

Total, si te cuentan que caí, créeles. Si hablan mal de mí, es que fue peor. Porque tras tanto ensayo para olvidarte, no recuerdo tu rostro completo. Sólo los ojos. A veces la sonrisa. Siempre la nuca. A ratos, la espalda.

No hay rey ni falta roque…

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