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¿Te acuerdas cómo perdimos la inocencia?

Gizeh Jiménez 

¿Te acuerdas cómo perdimos la inocencia?

¿Te acuerdas cómo perdimos la inocencia? ¿Te viene a la mente la incomodidad de no poder sostenerle la mirada a tu mamá? La sensación de calor en la cara y el cosquilleo en la nuca, el morbo que te hacía rememorar eventos específicos hasta el cansancio, anexando la culpa de todo lo que te instruyeron que no debías sentir o ver o disfrutar.

¿Te acuerdas cómo se desvanecieron las sábanas blancas y de repente todo se inundó de colores carmesí? ¿Te viene a la mente el momento exacto en que te olvidaste de los infantilismos porque la realidad te golpeó directamente en la cara? Y sentiste la suciedad como polvo en el alma, pero al mismo tiempo la fuerza renovada al comprender esa sensación de romper cadenas.

¿Te acuerdas lo libre que fuiste? ¿Te viene a la mente la lucha interna que sufriste al darte cuenta que algunas cosas no sólo no podías excluirlas sino que además te causaban un tremendo placer? Hasta que llevaste a la práctica todas las ideas que no le gustaría escuchar a tu papá, pero que a tu edad también le taladraron el cerebro y le invitaron a desobedecer un par, si no es que la mayoría de los mandamientos.

¿Te acuerdas cómo es disimular? ¿Te viene a la mente cuando te aprendiste a masturbar pensando en situaciones que te hacían sentir inmundicia pero a la vez tan autónomo e independiente? Para luego descubrir que nos dijeron tantas mentiras acerca del bien y el mal, que las líneas entre una cosa y otra se volvieron difusas e intrascendentes.

¿Te acuerdas? Dime si te acuerdas de cómo nos empezó a valer verga ser recordados, dime si te acuerdas cómo descubriste que a la larga lo único que querías era ser olvidado, no me ignores y dime, dime cómo te pasó, porque ahora lo único que esperamos es alguien que nos jale de la mano a la pista de baile y nos hable en estado de ebriedad y nos diga que lucimos bien aunque nuestro reflejo hace diez minutos en el baño nos mostró la realidad: un rostro destruido por todas esas cosas que nos gusta usar para olvidar. Pero nada más queremos un rato de felicidad, porque entendemos que de eso consta la nueva era: de momentos.

Y pasamos varios días de la semana esperando suceder, y cuando llega el momento, porque claro que nos llega el momento, hacemos erupción como volcanes inactivos durante cincuenta años y quemamos todo alrededor y entonces necesitamos a alguien que nos apague el fuego y nos lama las heridas y nos ponga tomate crudo en las quemaduras de tercer grado, para después besarnos las pupilas y el coxis y los codos y las raspadas en las rodillas.

Luego olvidamos, por cínicos y calculadores, porque ya perdimos la inocencia y conocemos las repercusiones de invitar a alguien a quedarse. Sabemos que si estuviéramos en la misma situación nos iríamos sin pensarlo dos veces. Todo lo procesamos a base de sueños, todo lo procesamos a base de una chingadera tras otra chingadera, pero así somos ahora, nos enamoramos de lo absurda y ridícula que es la vida desde esa vez que perdimos la inocencia y las sábanas blancas se nos escurrieron de los pies y todo se inundó de color carmesí mientras esperábamos a que alguien nos tomara de la mano y nos arrastrara a la pista de baile y nos hablara de cerca en estado de ebriedad, para sentirnos libres por nada.

Gizeh Jiménez

@jiseland

Originaria de Monterrey, Nuevo León, estudiante de último semestre de la carrera de periodismo por la UANL. 

Periodista, redactora y editora de tiempo completo, le gusta escribir porque todo lo demás lo hace mal (o sea, peor que escribir).

Ha trabajado para Reporte Índigo, Milenio y Periódico ABC, además de colaborar en distintos sitios web; también tiene su propio blog donde sube las cosas que se le ocurren en el camión http://www.blogspot.com/jiseland

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