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Cuento misterioso

Karen Lee Galindo

Cuento misterioso

Aquí en mi ciudad, cada que había una vez, un cuentista moría.

¿Cómo se llamaba aquel hombre cabizbajo, engreído bajo la cáscara de su falsa modestia? Le decían Ontiveros. Pero el bastardo no merecía el apellido de su padre, ni su fama, ni su herencia.

Ontiveros escribía basura, si fuera indispensable utilizar el verbo “escribir”.

Ontiveros no escribía, escupía, vomitaba. Y ni con la pluma robada era capaz de articular una mísera rima.

Hace ya tantos años de esto y aún deseo restregarle en odio entintado lo que él me restregó a mí, haciéndome personaje de sus cuentos. Principal, personaje principal… un rol que me es ajeno cada que se inflan mis pulmones y cada que, sin poder impedírselos, se desinflan.

¡Ay Ontiveros!... Tú fuiste mi única victoria.

Yo escribía de él, pero le cambiaba de nombre. Que una vez, cuando éramos amigos y compartíamos clases de retórica, juramos que seríamos parte de nuestros escritos.

No sólo fuimos parte. Los escritos mismos nos devoraron por completo.

“Los Mejores”. ¿Quién osa insultar al cuento con tal título? Sólo aquél de arrogancias y soberbia. Sólo Ontiveros. Lo único bueno de su paupérrima narrativa era su protagonista. Mejor bidimensional y llano que en carne viva.

“Para mi querido amigo de la infancia y de toda la vida.” Se atrevió a incluírme en la dedicatoria. Se atrevió a suponerme infancia.

A la hora de la comida entró un extraño a su casa, sin certera explicación de cómo obtuvo las llaves. Conocía de memoria cada rincón, cada barandal, dónde rechinaba el piso…

Un disparo.

Un disparo que se escucha proveniente de la calle. El sonido entorpece al intruso, pero recuerda que es parte del plan. Que alguien afuera, tras la señal, activa el gatillo, para que él entre a la casa sin ningún contratiempo más que, por supuesto, olvidar estúpidamente que un disparo formaba parte de la cuenta que pagó hace meses.

Sí, Ontiveros. Yo era estúpido. Aún lo soy. Pero sigo vivo. Que si bien eso incrementa mi estupidez, me hace posible sedarla con venganza.

Ontiveros. Yo no tuve infancia y tú permaneciste en ella.

¡Ay! Era tan ingenuo… Pero más ingenuo fui yo al darle tanto margen al tiempo.

Pobre Ontiveros, ingenuo Ontiveros.

El día que robé su cuento, lo maté.

***

Karen Lee Galindo (León, Guanajuato, 1989) estudió Comunicación y se encuentra estudiando una maestría en Educación Artística. Sus diversas pasiones la han llevado por los caminos del teatro, la danza, la música y la literatura.

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