Martes. 15.10.2019
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Juan José Arreola y su cuaderno de actividades

Ulises Guzmán Herrera

Juan José Arreola y su cuaderno de actividades

Buenos días, damas y caballeros. Mi nombre es Juan José Arreola Zúñiga y me llamo así desde el día de San Mateo Evangelista y Santa Ifigenia Virgen de 1918, número que cabalísticamente no significa nada, pero que me gustaría fuese diferente para así tener un tema de conversación en las fiestas. Me considero ciudadano del mundo, pero del extraño y cambiante mundo de Zapotlán (figúrese usted que ahora se llama Ciudad Guzmán), allí en un rinconcito del universo jalisciense, donde tomé posesión eterna de dos metros cuadrados hace unos años.

Me hubiese gustado ser un niño consentido, pero mis padres se pasaron de prolíficos y me dieron trece hermanos con los que me la pasaba jugando entre pollos, puercos, chivos, guajolotes, vacas, burros, caballos y el borrego negro que se salió del corral y me obligó a dar mis primeros pasos.

Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. Pero no pude seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la Revolución Cristera. Entonces soy autodidacta, pero a los doce años y en Zapotlán el Grande leí a Baudelaire, a Walt Whitman y a los principales fundadores de mi estilo: Papini y Marcel Schwob, junto con medio centenar de otros nombres más o menos ilustres… Y oía las canciones y los dichos populares y me gustaba mucho la conversación de la gente de campo.

Desde 1930 hasta la fecha he desempeñado más de veinte oficios y empleos diferentes. He sido vendedor ambulante y periodista; mozo de cuerda y cobrador de banco, impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes quieran, pero de cuando en cuando me propongo ser un escritor asequible, y no sólo por el bajo precio que ahora tengo en el mercado, sino por el profundo cambio que se opera en mi espíritu y en mi voluntad estilística.

La literatura fantástica concede libertades que la vida real no da, aunque, de nuevo, la literatura fantástica vuelva a quedar subordinada a la realidad. Sin embargo, la fantasía es nuestro recurso para enmendar la Creación, arreglar esos pequeños detalles que impiden a la vida ser soportable.

Hace cincuenta y tantos años, tal vez más, que declaré mi guerra a la gramática porque no sirve para nada. Cuando mucho, para crear profesores que a su vez engendrarán nuevos profesores de gramática. Y que seguirán atormentando con su enseñanza a las criaturas indefensas.

Cuando se da con la palabra clave, hay qué repetirla. Incluso hasta la saciedad. Ya sea un poeta o un político el que se encuentre con ella. Una frase o una canción cualquiera es suficiente para que todos nos unamos al canto. Qué mal que entre las cosas “Made in Mexico”, la palabra corrupción sea nuestra marca de fábrica. ¿Por qué no fue un poeta quien diera con la palabra clave?  
Desde hace un cuarto de siglo he pensando en el tedium vitae. La Filosofía del Aburrimiento (y el demonio de la curiosidad) me ha obligado a encontrar más de cincuenta palabras castellanas que aluden con múltiples matices al tedio, al aburrimiento, al agobio y a la hartura de vivir. ¿Qué ánimos quedan en el menester literario para nosotros los escribientes, cuando nuestra lengua ofrece tanta nostalgia y melancolía? Ojalá y me lea alguno de ustedes, noveles escritores que serán grandes, y tómese entonces la labor de hacer una taxonomía del tedium literalis.

¿Tú crees que ya me leíste? Pues vuélveme a leer. Mis letrillas y letrones son maquinarias ambiguas, dice un tal Felipe Vázquez, y quesque yo soy un alquimista escritural (de ser así, me pregunto: ¿dónde está mi oro?), y que mis máquinas se transforman y se desbordan de significado y paradojas. Mis máquinas suelen descomponerse a sí mismas. Las muy malcriadas.

La última vez que nos encontramos, Jorge Luis Borges y yo estábamos muertos. Para distraernos, Borges se puso a hablar de la eternidad. Antes, mi amigo dijo que pude nacer en cualquier lugar y en cualquier siglo, lo que me hizo sentir viejo, pero también dice que hay en mí algo infantil y festivo. Por conveniencia personal aceptaré esta última afirmación, así puedo ser juguetón y conservar mi imaginación, que pareciera ser un tabú para los adultos.

Dos puntos de recta que se atraen, no tienen por qué elegir forzosamente la recta. Claro que es el procedimiento más corto. Pero hay quienes preferimos el infinito. El Marqués de Sade y yo encerrados en un laberinto, aunque hablando de lo mismo, damos pervertidas vueltas de aquí para allá, y si nos encontramos en la constante búsqueda ni siquiera nos saludamos.

Cada vez respeto menos a las hormigas. Su necedad es tal que ya es posible hablar de “prodigiosas toneladas” y todavía no se satisface su hambre fetichista. Hoy incluso se educa las hormigas para que tengan una preparación apropiada para la recolección de miligramos y objetos brillantes. ¡Qué digo! Hoy ya no se tiene qué salir del hormiguero, se pueden ordenar miligramos por internet.

Supongamos que el mundo va acabar dentro de cinco minutos y que usted dispone de dos horas para redactar un informe sobre el Juicio Final. ¿Dónde le gustaría pasarlas? Supongamos que yo amo a la mujer de otro y que ese otro es usted. ¿Qué haría en mi lugar? Supongamos que usted va a suicidarse esta noche, y que el ser amado viene a ofrecerle su ayuda para tal empresa. Si los acepta, ¿admitiría que los periódicos hablen de crimen pasional? Supongamos que no se trata de suposiciones. ¿Cuál sería “su” posición?

Anita lava la tina, pero yo me dedico a escribir, a molestar las conciencias de todas ustedes muñequitas plasti-sex®, que tratan todos los días de conciliar su condición de mucamas y prostitutas. ¿Por qué no se resignan a lucir bonitas en su escaparate? Es que ustedes son insoportables. Ahora hasta pueden votar...

Y a ustedes rinocerontes, les digo que no dejen que les repriman el whisky y que les racionen el tabaco. Nunca deben ceder. Si retroceden un paso estarán sentados a la mesa, siendo vegetarianos y prudentes, con andar suave de pantuflas y cóleras de queso cottage. ¡Como si pudiéramos evitarlo, la depredadora Pamela siempre nos encuentra! Todos tenemos al final un poco de Joshua McBride.

Ya con el cañón de la pistola en la boca, apoyado contra el paladar, entre un aceitoso y frío sabor de acero pavonado, sentí la náusea incoercible que me producen todas las frases hechas... Y aquí estoy, todavía vivo, bloqueado por una frase...

Una última confesión melancólica: no he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.

Con mis extrañezas y metáforas me despido; las letras son mis poderosos miligramos únicos y personales (aunque a decir verdad, a mi me parecen mucho más pesadas). Así que señor bestia, espero haya disfrutado el juego y con sana reverencia le digo, y disculpe la arrogancia implícita, el hacedor de lectores yo soy. Tenga a bien tener una buena vida.

***

Ulises Guzmán Herrera (Morelia, 1982) es dandi de la cultura pop, coleccionista, escritor y una enciclopedia de trivia de cine, música, videojuegos y libros. Colabora para el sitio oyemongo.com, entre otros.

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