Buscar
14:36h. Domingo, 19 de Mayo de 2019

Novela por entregas, II/IV

¡Yo ho ho, la botella de ron!

Bernardo Monroy

II. Mar

El pirata es un personaje al que, aunque famoso por ser un bandolero, un criminal, y representar la vulgaridad y la falta total de moral, se le relaciona también con la libertad y la felicidad. ¿Quién de niño no había soñado con ser un pirata? ¿Con perderse en los siete mares? ¿Con no tener más límite que el mar mismo? El pirata era un arquetipo que ha sido usado universalmente por italianos, españoles e ingleses por igual. Los piratas eran crueles y sanguinarios, pero la imagen romántica que las letras habían plasmado de ellos vencía a la real.

A pesar de lo que la gente cree, la pena de muerte más común de los piratas, “caminar sobre la tabla”, no era muy común. Era más habitual el ahorcamiento. En cuanto a castigos, uno de los favoritos era “pasar por la quilla”, que consistía en pasar una cuerda alrededor de esa parte del barco, esposar a la víctima y arrojarla al mar, haciendo que le diera toda la vuelta por debajo. El pobre diablo se sometía a clases de buceo forzadas y terminaba con serias heridas que se infectaban debido a los animales marinos incrustados y las astillas del barco. La operación se repetía, por lo menos, tres veces. Otro castigo común era el sweating: la víctima era rodeada por piratas, se le ataba de un tobillo a un mástil y la tripulación lo pinchaba con la punta de sus espadas. No lo dejaban en paz hasta que bailara al ritmo de la música del violinista del barco.

Nuestra segunda asignatura consistía en sobrevivir en un barco pirata. Sinceramente, puedo soportar la vida en el mar, pero pasar por la quilla es una de las experiencias más angustiantes que he enfrentado. Parece que la vuelta nunca va a terminar, y no pude contar todas las veces que me golpeé con la nave. Terminé en el suelo de la cubierta, escupiendo agua de mar, vomitando peces y derramando sangre. Bastien estaba mejor que yo, pues padecía del sweating. Para su fortuna, tener en las venas la sangre del Fantasma de la Ópera le hizo darles un buen espectáculo de baile y canto. Por mi parte, ser hijo bastardo de uno de los ladrones más famosos de la literatura mexicana me permitió desatarme sin que Sandokán y Flint, los capitanes a cargo, se dieran cuenta.

Los piratas respetaban sus propias leyes y normas por encima de las del mundo normal. Tenían su propio código de conducta, que llamaban “Chartie Partie”, y quebrantarlo te hacía acreedor a castigos o a la muerte. No violamos ninguna regla, pero decían que debíamos aprender todo lo relacionado con la vida de un pirata. Parte de la educación de nuestra querida escuela.

Caí boca arriba. Miré el despejado cielo del Caribe, los mástiles y la bandera negra con el cráneo y los dos huesos, conocida como Jolly Roger, el símbolo más famoso de esos tipos que gozaban estafando, robando y enterrando y desenterrando tesoros.

Poco a poco, cerré los ojos. La colección de golpes que recibí en la cabeza con la quilla me dieron una terrible jaqueca. Desde que me sacaron del mar me costó trabajo mantenerme consciente. Cuando menos lo pensé estaba dormido, recordando mi infancia en México, mucho antes de estudiar en una escuela donde huir de un dinosaurio y enfrentarse a un pirata significaban lo mismo que aprobar matemáticas.

Ahora tengo quince años, pero cuando me invitaron a formar parte de la academia Macumazahn tenía trece. Vivía en la ciudad de Guanajuato y me dedicaba a explorar las haciendas y los caminos, y a introducirme en los acueductos que surcaban el subsuelo de la ciudad. A mi madre le preocupaba que su hijo fuera tan inquieto. Se sintió liberada cuando un día que llegué a casa bañado en lodo y en la sala, ella tomaba el té con un hombre rubio, con una amplia barriga de alcohólico y vestido de manera informal.

-Ulises, este señor dice que tienes potencial para estudiar en una escuela donde… hummm… digamos… fomentemos tu espíritu aventurero.

-Así es –dijo el hombre, poniéndose de pie y dándome un fuerte apretón de manos-. Soy James Hawkins.

-¿Cómo el protagonista de La isla del tesoro? ¿Le bautizaron igual?

-No, no –dijo, soltando una risita de condescendencia-. Yo soy ese Hawkins. Pero no me llames Jim porque te rompo las piernas. No nos tenemos tanta confianza. Quisiera hablarle a tu madre sobre esa escuela. Pero primero, para entrar en calor, quisiera pedirles una botella de ron…

  Desperté.

Me encontraba en la verga, junto con Bastien. Podíamos ver la infinidad del mar Caribe. Era hermoso e intimidante. Me pregunto dónde estarían los alumnos de Mowgli. “Esos niños inútiles no le duran nada. Un pésimo maestro sólo puede producir pésimos alumnos”, decía Hawkins.

El galeón pirata navegó durante tanto tiempo que perdí la noción. Se detuvo al anochecer, cuando la luna llena iluminaba el mar. Sandokán nos ordenó bajar de la verga. No nos convenía hacer enojar a uno de los piratas más temibles de los siete mares, así que obedecimos. Cuando llegamos a la cubierta, el Capitán Flint nos dijo que nos habíamos hecho merecedores a la peor pena que podía sufrir un pirata: el marooning, que consistía en abandonar a quienes cometían la falta en una isla. En realidad, se trataba de una tortura y una forma de morir demasiado cruel, nada que ver con el romanticismo de Robinson Crusoe de vivir en una isla desierta repleta de vida animal y vegetal. En el marooning se dejaba a las víctimas en islotes pequeñísimos, sin más que una botella de agua, un cuchillo y una pistola. Por lo general, subía la marea y el pirata terminaba ahogándose o moría de insolación o inanición.

El galeón se detuvo ante un banco de arena que no tenía más que unas cuantas palmeras. Flint arrojó a Bastien al montón de tierra firme, y luego Sandokán repitió la operación conmigo.

El barco se fue alejando hasta que la temible bandera se perdió en la noche. Mientras tanto recordé el famoso poema de José de Espronceda:

Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín;
bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido
en todo el mar conocido
del uno al otro confín.

Le pregunté a Bastien por qué no habíamos retado a los piratas a un duelo de espadas, pero supongo que, aunque nos haya enseñado esgrima Edmundo Dantés, no habríamos derrotado a dos de los piratas más temibles de los siete mares, así que no necesitaba que mi amigo hablase, así que mejor me quedé dormido.

Me despertó la voz del profesor Hawkins, quien me ordenó ponerme de pie. Bastien se había levantado, aparentemente, hacía unos minutos.

-En unas horas estará listo nuestro transporte que nos llevará para que cumplan con su siguiente asignatura. Ya están en camino el Príncipe Dakkar y su nave. Mientras tanto, nos sentaremos en la arena a esperar.

No consideré importante discutir por qué quiso que me pusiera de pie si de todos modos me volvería a sentar. Hawkins sacó de su petaca una botella de ron y dio un trago mientras yo recordaba aquel poema: que es mi barco mi tesoro, que es mi dios mi libertad, mi ley la fuerza del viento, mi única patria la mar…

-¿Sabes algo, Ulises? –dijo, acompañando la pregunta, evidentemente retórica, con otro trago-. Me es inevitable identificarme contigo. De niño tampoco tuve padre. Mi madre y yo nos dedicábamos a atender una posada a orillas de los muelles de Londres llamada El Almirante Benbow. Nuestra vida era monótona y aburrida hasta que llegó Billy Bones, el pirata poseedor del mapa que llevaba a la isla del tesoro. La gente que lee la novela cree que no existo y que el mapa fue dibujado por Lloyd Osbourne, el hijastro de Robert Louis Stevenson, pero como ahora te consta, todo es muy real. Cuando emprendí el viaje, conocí a Long John Silver: era un tipo de aspecto siniestro y de personalidad abrumadora… alto, imponente, con pata de palo y un loro en el hombro. La imagen típica del pirata. Entre nosotros surgió una relación de amor-odio, de amigos-enemigos… y de padre-hijo. Sin embargo me abandonó cuando terminó la aventura. Nos dejó a todos. Recuerdo que escribí: No volvimos a saber de Long John Silver. Aquel formidable marino de una sola pierna desapareció por fin de mi vida. Supongo que debió de encontrar a su vieja negra, y acaso vive días felices con ella y con el capitán Flint. Es de esperar que sea así, porque sus oportunidades de ser feliz en el otro mundo son más bien escasas. ¿Por qué nos abandonó? En ese entonces no comprendía sus razones. De modo que en cuanto regresé a tierra firme comencé a beber. La bebida predilecta de los piratas. Siempre cantaban “Quince hombres van por el cofre del muerto, yo ho ho, la botella de ron. La botella y el diablo se llevaron el resto, yo ho ho la botella de ron”; así que el ron, pensé, debía ser una buena bebida. Hasta el momento no he podido dejarla.

>>Años después abrí un negocio: una pequeña cantina. Un día vino a buscarme un hombre vestido como cazador. Llevaba un rifle y sin avisar siquiera, disparó a un pequeño vaso que estaba limpiando. No me hirió. Su tino fue admirable. Sólo una persona en todo el Imperio británico y en todo el planeta podía tener esa habilidad.

>>Allan Quatermain. El famoso explorador y aventurero, quien llegó a las minas del rey Salomón. Los pedantes historiadores afirmaban que estaba basado en un personaje real, de nombre Frederick Selous, quien también era explorador, militar y naturalista famoso en toda Europa, al grado de ser amigo de Roosevelt y participar en la primera Gran Guerra. ¡Ambos eran muy reales!

>>-El mismo –respondió, quitándose su sombrero de explorador o pith helmet, a manera de saludo cortés-. Usted debe de ser Jim Hawkins. Con más años, más barriga, más vicios y menos cabello. Sólo espero que sus ansias de aventura sean las mismas.

>>Quatermain me explicó que con el tesoro obtenido en las minas, quería crear una escuela para jóvenes que quisieran convertirse en aventureros como él. Me dijo que me ofrecía una gran oportunidad, a diferencia de cuando en mi infancia decidí zarpar y me volví aventurero de forma autodidacta. Era necesario, dijo, formar jovencitos para que obtuvieran aprendizaje por parte de expertos.

>>Entre los profesores que Quatermain tenía en su nómina se encontraba gente de todo el mundo. Nombres como el de don Diego de la Vega, quien se presumía era un defensor de indios en la Nueva California, conocido simplemente como El Zorro; el profesor Ferguson, quien había viajado cinco semanas en globo; Phileas Fogg, quien logró la proeza de dar la vuelta al mundo en ochenta días; un ladrón conocido como Fantomas y dos héroes enmascarados de nombre Nyctalope y la Pimpinela Escarlata. Todos ellos unas eminencias. Le dije a Quatermain que estaba de acuerdo, que me encantaba la idea y contaba conmigo. Mi primer alumno fue un niño de nombre Henry Jones. Era un mocoso de un talento desbordante. De los pocos que han salido con vida de la escuela. Estaba obsesionado con los estudios del Santo Grial. Podría jurar que Jones tiene el talento en la sangre, y que si no es él, al menos su hijo será un aventurero que pasará a la historia. Incluso, juro que si se hiciera una obra de teatro, el actor que personificara a un Jones adulto sería el mismo que lo haría con Quatermain.

>>En la escuela todo era amistad y camaradería, como cuando viajé en La Hispaniola. El único problema fue Mowgli, o Nathoo. Entre él y yo siempre hubo fricción. Él se convirtió en un ejemplo del niño bestia y salvaje que madura y se civiliza, mientras que yo nunca dejé de ser el muchacho inmaduro. Sigo siendo un niño, siempre lo seré. Mowgli decidió que la selva fue una etapa de su vida, como el crecimiento de vellos púbicos. Para él  siempre seré un mocoso… para mí, él siempre será un imbécil. Tanto por sus pocas luces como por el hecho que la palabra, etimológicamente hablando, significa anciano con bastón.

Se rió de su propio chiste y dio varios tragos a su botella.

-Pero volvamos conmigo. Hasta el día de hoy no he podido dejar el ron. Creo que nunca podré. No sé si porque Silver se fue sin decir nada, sin dar explicaciones, o de tanto haber escuchado esa canción de yo ho ho la botella de ron, me volví adicto…

Vimos cómo, a lo lejos, caía al mar el cadáver de un muchacho. Poco a poco, la marea lo trajo a nosotros. Llevaba unas alas rotas y trozos de una materia gelatinosa adheridos a su cuerpo.

-Te lo dije. Es un alumno de Mowgli. No le duran nada. El pobre murió en la tercera asignatura: aire. –Se puso de pie dando otro trago y gritó-. ¡Hey, niño rana! ¡Sé que me escuchas! ¡Eres un perdedor! ¿Esto fue lo que te enseñaron Baloo y Bagheera? –le dio una patada al cadáver para enfatizar-. ¡ERES UN TUTOR DE MIERDA! En cambio mis muchachos, como Jones y Ulises, son todos talentosos.

Al atardecer el mar se agitó con violencia, como si de un maremoto se tratara. Ante nosotros emergió una gigantesca figura plateada que mediría miles de kilómetros. Era un submarino… pero no cualquiera: el más famoso jamás concebido en la historia de cualquier biblioteca o librería. El Nautilus. En la escotilla se podía leer con toda claridad el lema de la nave: “MOBILIS IN MOBILI”, algo así como “movimiento dentro de un elemento móvil”.

-No les dije que el príncipe Dakkar es mejor conocido en el fondo del mar como Capitán Nemo –dijo Hawkins.

Entramos al submarino. Era un prodigio de la ciencia y la tecnología, como bien lo había descrito Verne en Veinte mil leguas de viaje submarino. Tenía un gran salón y una biblioteca, podía descender hasta 11 kilómetros, y se impulsaba gracias a un motor eléctrico. La tripulación contaba con gente de todo el mundo, todos leales al capitán Nemo.

Hawkins me advirtió que no veríamos a Nemo. Que era un hombre amargado, resentido y lleno de odio a la humanidad, particularmente al Imperio Británico, por el daño que le había hecho a su nación, la India. Si había accedido a colaborar con Quatermain era por el amor al conocimiento, a transmitirlo a los jóvenes. De otro modo, Nemo seguiría haciendo lo que le encantaba hacer: hundir barcos de la armada británica.

Llegamos al salón principal del Nautilus. Era tan grande como el de cualquier castillo. A las mesas se encontraban sentados varios muchachos con sus diferentes tutores, cada uno de ellos protagonista de alguna famosa novela de aventuras del siglo XIX. Una ventana que llegaba del suelo al techo permitía ver el fondo del mar. Un calamar gigante se acercó y de inmediato se alejó, como sabiendo a lo que se haría merecedor si volvía a molestar al Nautilus y su tripulación. Al fondo del salón se encontraba Mowgli… sin su alumno. James Hawkins no desaprovechó la oportunidad de ir a hostigarlo.

-Saludos, niño rana. ¿Ya encontraste lo más vital? ¿Qué cuenta el tigre Shere Khan?

-James, por favor… no quiero discutir contigo. No estoy de humor- respondió, haciendo acopio de toda su paciencia.

-Lo sé. Tú eres un inglés civilizado. Yo sigo siendo ese niño que zarpó en La Hispaniola. Te convertiste en un tipo aburrido.

En el salón se hizo un mortal silencio. Todos estaban a la expectativa de una posible pelea. Mowgli se puso de pie y cogió la botella de ron para abrirla y arrojó el contenido al rostro de Hawkins. En vez de molestarse, éste se lamió la cara y rió a carcajadas.

-Es ron. No debe desperdiciarse. ¿No te enseñaron los animales de las Tierras Vírgenes a lamerte la cara?

-Me enseñaron, James, pero descubrí el agua y el jabón- respondió, con el rostro enrojecido-. Por lo que veo, a ti los piratas sólo te enseñaron a ser un borracho decadente. Si Quatermain quería a un niño cuarentón hubiera contratado a Peter Pan.

De nuevo, un silencio incómodo. Hawkins, visiblemente molesto, fue a sentarse a la mesa con Bastien y conmigo.

-Espero que no tengan miedo a las alturas. La siguiente asignatura no será entre las nubes.

[Ir a ¡Yo ho ho, la botella de ron! I/IV]

[Ir a la portada de Tachas 174]