Viernes. 13.12.2019
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La beatitud de los subterráneos

Eduardo D. Aguiñaga

La beatitud de los subterráneos

Hablemos de la llamada Generación de los derrotados... La Generación Beat, cuyos miembros originales, ahora indudablemente unos ancianos (o bien algunos otros ya tragados por gusanos), terminaron siendo más conocidos como beatniks.

Los beatniks como subcultura son, sin duda, el ineludible punto referencial de partida para comprender todas las subculturas, movimientos sociales y, sin duda, hasta intelectuales posteriores a esta generación.

El término Generación Beat tuvo sus orígenes con Jack Kerouac, quien describía así a la gente de su edad que vivía en Nueva York a finales de los años 40. Sin embargo, según el psicólogo Gustavo Martínez:

[El término] fue dado a conocer hasta 1952, tras una conversación con el novelista John Clellon Holmes, quien escribiera el artículo, ‘Ésta es la Generación Beat’, para la revista literaria del New York Times.

El término “beat”, según el mismo Kerouac, fue tomado de una palabra en la gran jerga de los jazzmen de Nueva York. La palabra proviene de beaten down, dead beat o beat-up, que equivalía a estar machacado, alienado y a su vez derrotado, todo esto por sentirse como exiliados de la sociedad más convencional; reflejaba, asimismo, la desesperación frente a una sociedad barrida por la depresión económica, la Segunda Guerra Mundial y la amenaza de la bomba atómica.

Pero si bien, el nacimiento del  movimiento Beat surgió en Nueva York, también tuvo un gran desarrollo (¿o renacimiento?) en San Francisco, donde terminaron siendo reconocidos como beatniks. Tal como lo cuenta el periodista peruano Luis Eduardo García: “Fue en la ciudad de San Francisco donde los beatniks se levantaron para conquistar el mundo.”

Ahí, el cronista Herb Caen notó a los jóvenes bohemios que se encontraban en el área de North Beach y, como lo describe Tom Christopher (en su Beat Scene Magazine)…:

Es notable que él (Herb Caen) designó el grupo beatniks, añadiendo el sufijo nik a la palabra beat. Afirmó que la inspiración vino de Sputnik, el satélite ruso que fue el primero en circular en el mundo.

Entonces, los “derrotados” (o “los madreados”, como les llama José Agustín en su famosísimo pero casi obsoleto La Contracultura en México) vieron en aquellas épocas la situación del anticomunismo atroz y el crecimiento de la burocracia en su nación; como resultado optaron por tener una actitud desnuda y sincera: se dejaron de falsas moralidades y se mostraron individualmente como únicos, rechazando –por considerar opresivas– todas las posturas políticas norteamericanas de la época. No sólo por lo que éstas eran sino por lo que a ellos les tocaba con las técnicas que éstas aplicaban para tratar enfermedades sociales, como por ejemplo: el inconformismo y la homosexualidad.

Alcanzaron el poder de tener respuestas libres de concepciones sociales y tomaron la espontaneidad como forma de vida; se posicionaron completamente en contra de una sociedad básicamente materialista, lo que logró liberar naturalmente a los miembros y observadores de la generación Beat. Toda ésta época llena de situaciones fue inmortalizada por algunos escritores como el mismo Kerouac, Burroughs, Ginsberg o el mismo Cassady. No puede entenderse a la generación Beat sin su literatura.

Los escritores beats desarrollaron una nueva forma de expresión donde todo aquello que producía efectos sobre los sentidos (anfetaminas, LSD, marihuana, alcohol) constituye un proyecto explícito de protesta ante los valores de la sociedad capitalista. El consumo de drogas tuvo una necesaria y obligatoria influencia sobre ellos, esto –según ellos mismos lo mencionan en varias de sus obras– para adquirir inspiración, pero también por el hecho de romper las reglas insolentes de lo establecido por los conservadores, dando origen al surgimiento de los fundamentos contraculturales que después explotarían de forma inmersa, severa y de cierta manera estúpida los hippies (con la excepción de ciertos músicos de la movida psicodélica). Ante todo, los beats usaron esos alteradores emocionales para crear una transformación cultural, modificando su propia sensibilidad. Tal es el caso de William Burroughs en El almuerzo desnudo:

Había llegado al término de la blanca... Desde hacía más de un año no me había bañado ni me había cambiado de ropa. Ya ni siquiera me desvestía –salvo para plantar a cada hora, la aguja de una jeringa hipodérmica en la carne gris y fibrosa, carne de madera del estadio final de la droga.

O bien, la muestra escrita de la relación indirecta de los beats con los hombres de color que vivían en aquellos años en una Norteamérica aún más racista que hoy (bueno, los tiempos no han cambiado tanto, realmente). Indirecta, debido a que nunca se relacionaron de forma real. Claro, gustaban del jazz tocado por negros, pero su relación no se daba más allá que en esos viajes que las drogas les obsequiaban; ahí convivían imaginariamente con el “negro-como-buen-salvaje, con ese negro heroico situado, según la mitología, entre una ‘vida de perenne humildad’ y un ‘peligro siempre amenazante’ entre la servidumbre y la libertad” (como lo dijo Norman Mailer) y, por lo mismo, como lo cuenta Dick Hebdige, convivían con hombres de color “…a través de un filtro sentimental por la prosa afectadamente tópica de Norman Mailer (con su [ya mencionado] The White Negro) o los jadeantes panegíricos de Jack Kerouac”, como el siguiente:

Ya anochecido, caminé, con todos los músculos doloridos, entre las luces de la 27 y Welton, por el barrio negro de Denver. Deseaba ser negro, con la impresión de que lo mejor que el mundo blanco me había ofrecido no era bastante para mí, no bastante vida, alegría, diversión, oscuridad, música, no bastante noche.

Y en general, con los escritores beats surgió una nueva forma de expresarse. Expresarse en contra de algo o hacerlo como nadie se atrevería a hacerlo, como lo explica Liliana Vázquez:

La literatura comienza a expresar el cambio de la figura de la droga como medio de actuar sobre sí mismo y como una forma de protesta a las convenciones sociales existentes. Diferentes críticos señalan de esta escritura beat que es un flujo ininterrumpido, desde el fondo del espíritu, de ideas y palabras que soplan sobre las imágenes; no hay periodos que separen las frases, ridículas puntuaciones, sino vigorosos blancos, que separan las respiraciones retóricas. No hay selectividad de la expresión, sino aceptación de las asociaciones libres producidas por la mente en un mar ilimitado, nadando en un océano, sin otra disciplina que los ritmos de la respiración retórica y de las puntuaciones como un puño que golpea sobre la mesa.

 

C O N T I N U A R Á

 

 

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Eduardo D. Aguiñaga (León, Guanajuato, 1984) es arquitecto preocupado (y ocupado) por cuestiones sociales, músico y coleccionista de discos y experiencias. Es pinchadiscos y coeditor del Fanzine El Cerdo Violeta.

La beatitud de los subterráneos fue escrito en 2008; una primera versión fue publicada en el fanzine La Trampa del Bulevar.

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