¡Que muera el 2016!

Rafael Ortiz Aguirre

¡Que muera el 2016!

If you should ever leave me
Though life would still go on believe me
The world could show nothing to me
So what good would living do me?
God only knows what I’d be without you

Brian Wilson

Cuando era pequeño, la muerte era algo lejano. No sabía de nadie que yo conociera que hubiera muerto durante mi infancia o adolescencia. Mi abuelo y mi hermana mayor fallecieron antes de que yo naciera.

Pero al ir creciendo, la muerte se convierte el algo más presente y cercano. Se mueren los abuelos, los tíos, los primos, mi hermana menor, mi padre, y algunos conocidos cercanos y distantes. Eso hace pensar en nuestra propia mortalidad. Surgen reflexiones y recuerdos de tantas cosas, sentimientos, memorias. Esas muertes hacen que quienes te conocen se acerquen y te abracen física o figurativamente. Por esas muertes faltas a la escuela o al trabajo, o dejas de socializar o festejar por un rato. La muerte de personas cercana pesa mucho. No todos la pueden manejar solos, quizá nadie puede. Habrá quien se trague los sentimientos, o se llene de alcohol, o fume más cigarros, o tome algo para sentir otra cosa que no sea ese dolor. Hay quienes recurren a la terapia con psicólogos o tanatólogos buscando respuestas o tratando de armar las preguntas para contestarlas ellos mismos.

La primera vez que la muerte de alguien famoso me impactó fue cuando murió John Belushi el 5 de marzo del ‘82. Ya habían muerto Keith Moon, John Bonham y John Lennon. La que me pegó y me llegó duro fue la de Belushi. Yo era un fanático de Saturday Night Live. Ya había visto (varias veces) Animal House, 1941, Neighbors y The Blues Brothers, la película que más veces he visto. ¿Cómo es que uno se entristece tanto con la muerte de alguien a quien no conoce? Digo no es familiar, ni amigo, ni tu exnovia.

Ahora vivimos en la cultura del culto a la fama… y del duelo público. Todos los usuarios de redes sociales usamos ese espacio para eso, para enseñar a los demás que nosotros sí somos fans, que sí sabemos quién es el señor debajo de la máscara, dentro del robot, o el que tocaba la batería en esa banda que decimos que nos gusta. Entonces te topas con publicaciones que se preguntan cómo la vida injusta se llevó a Fidel Castro a la tierna edad de 92 años. Quizá se trata de un complot. Tantas conspiraciones y cortinas de humo nos van a dejar ciegos, o nos van a irritar los ojos. Y entre todo eso también está el duelo real de los fans que ven a sus ídolos como aquello que le da sentido a muchas vivencias y recuerdos.

Este 2016 ya se acaba, pero nos ha pateado el trasero a todos. Como melómano obsesivo, iniciaba cada año con “la semana de David Bowie”. Este año lo estaba haciendo con material publicado después de 1980. Todo iba de maravilla. El día 8 de enero, cumpleaños de Bowie, se publicaría su más nuevo disco. Una noche me acosté escuchando el disco Tonight (1984). La tercera canción del Lado A es un hermoso cover de God Only Knows de los Beach Boys, pero la cuarta, que da título al álbum, dice: “todo estará bien esta noche”.

En la mañana desperté con la noticia de la muerte de David Bowie. Sentado en la orilla de mi cama, lloré. Me vino a la mente una conversación con mi amigo E, en la que, sentado en un café esperando a mi hija, le decía cómo me perdía cada que lo escuchaba; esa voz y esas letras, esas imágenes, esa elegancia absoluta. Sí. Lloré. No. Nunca lo vi en persona, pero sí lo conocía personalmente.

El maldito 2016, como decía, nos ha pateado el trasero durante doce meses. Es un bravucón. Llegó repartiendo madrazos a diestra y siniestra. Se llevó a David Bowie, a Prince, a Leonard Cohen, a Mose Allison, a Ignacio Padilla, a Sharon Jones, a George Michael… y varios más. Muertes que han generado desgarre de vestiduras, dramatismo falso, teorías de conspiraciones, pero también tristeza real y legítima. Cuando murió Prince, le dije a una amiga cercana: “Estoy muy triste porque murió Prince”. Ella me contestó: “Consíguete broncas reales, amigo”. No es mala onda, es distancia. Para ella no significa nada su música.

El 2016 estuvo gacho y nada chido. Así, en esos términos. Aun así tenemos que ver que también hay otro factor, estamos grandes, somos fans de gente mayor. Escribo esto el día que murió George Michael, de 53 años de edad. Yo tengo 53. Un día se va a morir Morrissey y no sé qué va a pasar conmigo porque él sí me conoce personalmente… O, bueno, escribe canciones como si me conociera personalmente.

Este año (¡aguas, ahí viene el cliché!) “es el principio del fin”. Se seguirán muriendo nuestros ídolos. No están chavos, han vivido una vida de excesos o son veganos (y eso no lleva a nada bueno). Nuestra era musical está en pleno momento de división. En unos pocos años, habrá quien sólo escuche “gente muerta”. Cuando crezcan los chavillos de 13 años se van a morir las Keitiperris, las Arianagrandes, los Direc-chons. A mis padres se les murieron Pedro Infante, los Soler, Tintán…

Al final del semestre hablaba con un par de maestros (yo soy uno) sobre lo mal que andaban algunos grupos. La maestra señalaba lo mal que estaba la sociedad también:

“Ya todo se fue al caño. Todo va tan mal, Ralf”.

“¡Sí!”, respondí. “Y David Bowie ya no está”.

Lo que sí es que este pinche 2016 ya me hartó. Ya fue demasiado. Lo que es más: el 2016 me la hizo de tos, me la quiso aplicar, pero no me ganó el hijo de su pinche madre.

¡Qué muera el 2016!

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Rafael Ortiz Aguirre
 (San Luis Potosí, 1963) es doctor en cool, punk añejo, musicómano sin cura, entusiasta de la lucha libre y el futbol americano y escritor pop. Ha trabajado en la radio, es profesor de inglés, escritor de cuentos cortos y chef amateur.

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