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16:40h. Viernes, 19 de julio de 2019

Diario de la abstinencia [I]

José Luis Justes Amador

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

Diciembre, 28

El propósito llevaba un tiempo dentro de mi cabeza. Creo que este no es el día  más indicado para formularlo: el año que viene, el que está apenas a cuatro días de empezar, viviré, intentaré vivir en la abstinencia del tabaco. Y registrarlo por escrito.

Hoy B. cumple años.

Diciembre, 29

Le propongo la idea a L., el editor que el año pasado me trato demasiado bien. Me contesta a vuelta de inbox. Le entusiasma aunque no sé el porqué. Nos comprometemos; mejor dicho, hablarlo con él y su anuencia hacen que me comprometa. El día de los inocentes (aquí sí funciona lo de “qué mal día elegí para dejar de fumar”) fue miércoles. Quedé en enviarle cada miércoles lo de los siete días anteriores. De todas las excusas posibles para dejarlo, creo que es la que más me va a motivar en ese difícil camino. La salud o el ahorro importan, pero no tanto como terminar abruptamente un diario con una frase como “volví a mis casi dos cajetillas diarias”. O quizá sí. Tengo un año para saber la respuesta.

Diciembre, 30

Compro mi penúltima cajetilla. Alargarla hasta mañana. Utilizarla para ir espaciando los cigarros y lograr que el cuerpo se habitúe a una dosis cada vez menor. Soy incapaz de hacerlo. Sigo fumando al mismo ritmo. Me consuelo pensando que la fecha del propósito todavía no ha empezado.

Abro al azar “Días sin fumar” de Vicente Verdú que publicó hace años Anagrama y que encontré hace unos meses en un botadero de libros. Lo compré sin siquiera ojearlo. Es también un diario en el que el escritor español hace un recuento de aproximadamente seis meses, no con entradas diarias, de su drástico dejar de fumar. “Al igual que en las relaciones de amor, la relación con el tabaco configura un código por el que se traduce el mundo”, escribe el ensayista. ¿Cómo veré el mundo? ¿Cómo me verá el mundo que no puede imaginarme sin estar exhalando humo a todas horas, incluso en las de trabajo? son las preguntas que ahora me acechan.

Y, sobre todo, cómo y en qué cambiaré. Si cambio.

Diciembre, 31

Ceno en casa de E. Me quedan cuatro cigarrillos a la hora en que empezamos. Llegan las doce y tras las uvas que no me como, tengo qué tomar la decisión. En teoría el día comienza a esta hora; en la práctica, mañana cuando despierte. Termino los cuatro en una aburrida sobremesa, y del dormitorio de la anfitriona llega una milagrosa cajetilla para los invitados. Fumo como si el mundo se fuera a acabar mañana. Para ayudarme (¿necesito ayuda?) no me dejan llevármela. Es la primera noche desde que empecé a fumar hace años, en que me acuesto sin que haya un cenicero ni un paquete de tabaco sobre la mesita de noche.

Enero, 1

La mañana ha sido tranquila. Lo escribo y sonrió al ver lo que he escrito. La mañana no ha sido para nada tranquila. La ventaja es que tardé en salir de la cama y eso lo ha hecho más llevadero. Hubiera fumado (tenía muchas ganas, una ansiedad no localizada en ninguna parte en especial) mientras estaba tumbado, pero no tenía cigarrillos. Sí un encendedor.

Salgo a comprar cosas para la casa. Paso junto a la abarrotería donde normalmente me surtía cada mañana de un paquete que solía durar una mañana. Pregunto, sabiendo que la respuesta será sí, si venden cigarrillos sueltos. Compro uno. Descubro un placer que hacía tiempo que no sentía: poder fumar, disfrutándolo, hasta la boquilla. Completo. Vuelo por un momento a la infancia mientras camino bajo el sol de año nuevo. Pero el placer se estropea al juntarse con la falta de voluntad. No aguanté ni siquiera dos horas.

Debo comenzar a analizar la ansiedad.

En la tarde compro otro cigarrillo suelto.

Enero, 2

G. me pregunta cómo lo llevo. Estamos tomando té y café porque el alcohol es mal compañero de la abstinencia. Me apoya pero su apoyo suena a consejo para degenerados. “En la mesa de al lado acaban de prender uno. No mires”. Creo que me perdonaría más si mirara con lujuria a una menor de edad a la que, por la manera de sentarse, se le ve la ropa interior, casi transparente de tantas lavadas, que si me levantara a pedirles, para aliviar mis ansias, un cigarrillo. Me cuenta el remedio de M. B. “Desde que lo dejó lleva siempre un cigarrillo en la mano. Sin prender. Cuando necesita vencer la ansiedad se lo lleva a los labios y lo aspira como si estuviera prendido de verdad”. Suena bien, pero no sé si sería capaz de hacerlo. Suena el teléfono y algo nos distrae. Agradezco no hablar más del intento. Cuanto más pienso, cuanto más hablo de mi lucha, más ganas tengo de fumar un cigarro. (Mientras escribo este párrafo, de hecho, muero de ganas de salir al patio cercano a mi oficina y prender uno. Tengo conmigo la cajetilla que compré, pero no el encendedor.)

Son las seis de la tarde y llevo siete cigarros. Más de uno a la hora, desde que a las doce tomé el primero.

Esta semana he aprendido varias cosas sobre el vicio. La primera y más importante es que la adicción no existe; es el adicto. Sin persona no hay adicción. El problema está en mí, no en el tabaco.

Enero, 3

Llama JM a las cinco de la tarde. Me propone tomarnos una cerveza. Acudo a la cita. Le pregunto si tiene tabaco. Me responde que no, pero envía a uno de los meseros a comprar dos cajetillas. La noche continúa en un wine bar. Antes de llegar hemos vuelto a comprar cigarros. Cuarenta cigarrillos en una tarde y una noche.

Regreso a casa ligeramente achispado y cantando para mis adentros una canción de Nacho Vegas: “Idénticos planes, diferentes estrategias”.

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