sábado. 11.07.2020
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The Music Machine vistos por La Vieja Ola

Javier Morales i García

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook
The Music Machine vistos por La Vieja Ola

No creo en la suerte. Ni en la buena ni en la mala. Me gustan los gatos negros y cada vez que veo una escalera paso por debajo de ella. Nunca creí en vampiros ni en zombies. Nunca entendí esa pasión del ser humano por las patas de conejo y otras zarandajas. Solo sé que aquel amuleto llamó mi atención desde la primera vez que lo vi.

Era una medalla extraña comprada en algún bazar hip de Los Ángeles o tal vez era el regalo de una bruja, porque dicen que haberlas, las hay.

Todas las religiones, blancas o negras, tienen sus amuletos, pero yo aún dudo de sus efectos. En todo caso, sí creo en la energía de los objetos inanimados como canalización de nuestro poder. Una piedra, una pluma, una brizna de hierba.

Ese misterioso colgante estaba en el cuello de un antiguo folksinger californiano que formó una banda sofisticada y salvaje a la vez. Un tipo que se convirtió en todo un personaje por el misterio obsesivo de una sola canción que fue un éxito más importante de lo que puede parecer a primera vista y por un look macabro y sombrío, a todas luces a contracorriente en una California soleada llena de buenas vibraciones.

Una canción te puede cambiar la vida y a eso lo suelen llamar Pop...

Javier Morales, - The Music Machine vistos por La Vieja Ola I

The Music Machine suelen estar en las listas de grupos de Garage pero hay veces que nos dejamos llevar por las etiquetas, y este es uno de esos casos. Realmente sonaban como nadie antes había sonado. Realmente no recordaban a nadie que hubiera existido antes.

Aquellos chalecos de cuero negro... Los jerseys de cuello alto... pantalones negros y botas negras... guitarras y amplificadores a juego... los cabellos teñidos de negro y cortados exactamente iguales... Y por último, pero no menos importante, los guantes: un guante negro en la mano derecha para las actuaciones o un guante en la mano izquierda para la vida pública y las entrevistas. 18 dólares el par. Tres o cuatro pares por semana.

Ellos eran The… Music… Machine! Keith Olsen al bajo. Doug Rhodes en los teclados. Ron Edgar a la batería. Mark Landon en la guitarra solista y Sean Bonniwell en la voz y guitarra.

Thomas Harvey (Sean) Bonniwell era nativo de Los Ángeles. En el instituto formó un trío de folk llamado The Nobleman y ya entrada la década de los 60 estaba en otro combo folkie con el nombre de The Wayfarers – otra de esas formaciones como el Chad Mitchel Trio, donde estaba un tipo llamado Jim McGuinn.

The Wayfarers llegaron a sacar tres LP's y varios singles con RCA Records, pero esta no es la parte de la historia que más me interesa.

El bajista de este grupo consiguió unas actuaciones en su ciudad, Charleston, Carolina del Sur, y allí se fueron dispuestos a convertirse en estrellas locales. Vaya si lo consiguieron. Llegaron a tener su propio club llamado The Hungry One, que se convirtió en una estación obligatoria para todos los folkies en gira por la Costa Oeste.

Fue la Invasión Británica de grupos beat lo que lo cambió todo. Desde Dave Clark Five hasta aquella mítica actuación de The Beatles en la tele que parece que todo el mundo vio.
Era el año 1964 y todo empezaba a cambiar, desde las ideas hasta los cortes de pelo. Los pelos crecen y matan a Kennedy, los primeros movimientos Anti-Vietnam y la conciencia social, las drogas y la liberación femenina. Para la gran mayoría solo hay una diferencia sobre todas las demás: ¿Cómo llevas el pelo? ¿Largo o corto?

Los tradicionalistas más cerrados del folk rechazaban los nuevos sonidos en bloque pero Sean Bonniwell era de los que se deja crecer el pelo. Jim McGuinn habló con él para que entre en su proyecto The Jet Set. Se conocen desde hace tiempo ya pero a Bonniwell le parece ridículo el nombre y le dice que no. Un tiempo después tendrían algún problema que otro en un concierto en el Anaheim Convention Center.

Es ya el principio del 1965 y Bonniwell se cansa de Charleston. Aprovecha la ocasión de que por allí pasa una banda llamada The Goldbriars y se une a la formación, convirtiéndose también en el manager así como el cantante. Era el veterano que ya se las sabía todas. Se hace amigo del batería que se llama Ron Edgar y juntos vuelven a un Los Ángeles en efervescencia, donde todo el mundo quiere tener un grupo.

Las estrellas del momento son The Byrds... Sí, se cambiaron el nombre. Folk y Rock aúnan fuerzas y el conservadurismo de los puristas ya no importa, sobretodo porque aquello también da dinero. Protesta + Melodia = Dólares. Esta es la ecuación que ven los productores.

Justo antes del verano de 1965, Bonniwell forma una banda llamada The Ragamuffins, en donde Ron Edgar está en los tambores y su viejo colega Keith Olsen está al bajo. Entre alguna versión que otra, las canciones originales que tocan ya son las de The Music Machine. En ese momento se unen a la formación Landon y Rhodes.

Son contratados por una agencia de management y se van a San José para estar unas semanas allí tocando. Obligados por dicha agencia visten con unas largas capas al estilo Batman, serie de televisión que estaba de moda en esos momentos. Ni ellos ni su público están de acuerdo con esta idea, pero también hay muchos adolescentes que abren los ojos mirando a la banda.
El sonido es compacto. Las canciones originales son de Bonniwell pero todos ponen algo de su parte y así surge la compenetración. El organista Doug Rhodes le da un toque genial y la guitarra de Mark Landon hace unos punteos precisos. Todo es empujado por la sección rítmica y la voz de Bonniwell es de una matizada aspereza, rica en detalles.

Todos juntos forman un contrato de grabación con un productor llamado Brian Ross. Después resultaría mucho más que eso. Los ensayos son ya continuos en el garaje de la casa de Bonniwell en San Pedro y su primer público es la gente joven del barrio, que se acerca cada tarde a escucharlos.

En noviembre de 1966 saldrá el primer single que tiene en la cara A Come On In, pero en la cara B está la joya de la corona. Es una canción que los DJ's de las radios prefieren a la que suponía que sería el tema de éxito.

Sí, es Talk, Talk. Entra directamente en las listas llegando a estar en el número 14 y sin parar de sonar en las emisoras, sobre todo en la favorita del momento, la estación KRLA.

Un minuto y 56 segundos. Los mejores 150 dólares gastados del Rock. Cuatro pistas. En el estudio C de la RCA angelina. Sean Bonniwell escribió la canción mientras esperaba a su novia a la salida del trabajo. Tardó 20 minutos en componerla. ¿Lo que tardan algunas chicas en arreglarse? Sólo hubo dos tomas de grabación y los arreglos los hizo unos minutos antes de entrar al estudio. Varias décadas después el misterio sigue intacto. Misteriosa composición que empieza por el título repitiéndolo tres veces y después no se vuelve a mencionar hasta el final. Un hit sin estribillo reconocible y en el medio, dos solos de guitarra muy cortos que recuerdan al trabajo de Jimmy Page en The Yardbirds. Directos a la leyenda. La banda tenía conciencia de que aquella canción era diferente, pero nada más.

“Jazz japonés”, bromeó Bonniwell con los demás…

C O N T I N U A R Á

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Javier Morales i García
(Tenerife, España) es editor del fanzine Ecos de Sociedad, la publicación mod más longeva en Europa. Desde inicios de los 80, escribe, reseña y edita; hoy, Ecos puede leerse en ecos-de-sociedad.blogspot.com.es. Es obseso de la música y el cine.

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